Un día que el reverendo Fred Craddock, notable predicador de Georgia, estaba de visita en casa de su sobrina, encontró allí a un viejo galgo, de esos que corren por una pista persiguiendo conejos mecánicos, que ella había acogido después de que los días de carrera del perro hubieran terminado.
El reverendo se acercó al galgo y le preguntó por qué no seguía corriendo, si se había hecho demasiado viejo para correr.
– No, todavía tenía mucha carrera en mí.
– ¿Y entonces? ¿No ganabas?
– Al contrario. Gané mucho dinero para mi dueño.
– ¿Te has quedado lisiado?
– No.
– ¿Entonces por qué? – presionó el reverendo. – ¿Por qué?
El perro respondió: “Renuncié”.
– ¿Renunciaste?
– Sí. Lo dejé.
– ¿Por qué lo dejaste?
– Simplemente lo dejé porque después de tanto correr y correr y correr, descubrí que el conejo que perseguía ni siquiera era real.

Anécdota contada por John Bogle en Suficiente