Momentos: 16 – 31 Octubre 2016

16.

El coche va como la seda, y conducir regulando la palanca más que pisando pedales me permite perderme en consideraciones diversas mientras dejamos atrás kilómetros de autovía. Abstraído entre música y pensamientos, la estrofa del poeta me atraviesa de pronto. “Un alma sin brillo es tiempo marchito para quien lo soporta”. Así morirá, marchito, no tengo duda; ahogado en sus propias sombras, incapaz de elevarse sobre su oscuridad interior. Se apodera de mí una pena inmensa. Siento ganas de llorar.

17.

Lo tumban sobre la camilla y lo colocan de perfil. Él mira inquisitivo a uno y otro lado, con su habitual gesto como preguntándose qué pasa aquí. Entonces la enfermera saca una jeringuilla, le humedece el muslo pasándole un algodón y la descarga sobre su cachita con virulencia. Repite la operación dos veces, entre llantos y chillidos descorazonados del pequeño. Nos miramos con el corazón encogido: esas agujas se nos clavan a los dos tanto como a él, que conoce el dolor punzante por primera vez.

18.

Después del episodio de ayer, acercarme a ese fondo de la planta es como adentrarme en territorio comanche. Entro en su despacho precedido por ella (una chica deliciosa, vuelvo a confirmar), y lo primero que hace al verme es reiterar sus disculpas, que acojo con un sencillo “no te preocupes” más prudente que distante. Habré olvidado la afrenta en unos días, pues no soy rencoroso. Pero hay perdones que no tapan ciertas actitudes, de la misma forma que hay faltas de respeto que dejan muesca. Entra el otro, saluda tímidamente y toma asiento a mi lado con aires de superioridad. Su olor delata que ha vuelto a caer en el tabaco.

19.

Me detengo un segundo más a contemplarlos, colmado de ternura, y cierro con sumo cuidado la puerta de la habitación. En la entrada me echo la cartera al bolsillo de la chaqueta, que me ajusto abrochándome el botón superior antes de pararme frente a mi imagen en el espejo, elegante y resultona. Por un momento dudo si coger el abrigo, pero un vistazo al tiempo en la ciudad de destino me disuade de cargar con él, pues el frío no es excesivo y no será necesario para las transiciones taxi-estación-tren-taxi. Bajo en el ascensor, donde vuelvo a mirarme complacido. Al llegar a la calle la lluvia me coge en bragas. Dudo un instante lleno de contrariedad (no se me había ocurrido chequear la climatología aquí, y llueve para su padre) antes de echarme a la calle oscura, avenida abajo, buscando la protección de los salientes de azoteas.

20.

Lo observo contar maravillado, a través del enrejado hueco que permite una visión escasa del escenario desde el pasillo de camerinos. Ese recogimiento es ahora serenidad, en contraste con los nervios previos a salir a escena en mi debut aquí. Atrás queda la inquietud de hace unas horas, la incertidumbre de si llegaría a tiempo, y en qué condiciones, tras el estrés adicional de la presentación al fondo y el ejercicio de escapismo, todo ello bajo la lluvia de un día plomizo y congestionado de tráfico. Habría sido más cómodo renunciar, dejarlo estar. Pero entonces habría faltado a mi compromiso con ellos; y, sobre todo, habría tirado por la borda una nueva oportunidad de salir al ruedo, de exponerme, de seguir creciendo. Él termina su contada, se oyen los aplausos y salimos todos a saludar. Y ahí, absorto en la oscuridad, bajo la intensidad de los focos que ciegan hasta el punto de impedir ver más allá de la primera fila, siento el tremendo subidón y el gran orgullo por haberlo hecho de nuevo.

21.

La incomodidad me asalta por juzgar la tarde como desaprovechada. Claramente, cuarenta y cinco minutos en la sala de espera de una clínica no son plato de gusto de nadie, pero no se trata sólo de eso. No he sido productivo esta mañana, y después de comer he decidido plegar velas, en contra de lo que había previsto, quedándome con dos horas muertas hasta la cita. Es una forma de verlo. La otra es pensar que es tiempo pasado con ellos. Un ratillo mientras él engulle teta. Un paseo, un zumo de naranja con un donut. Incluso esos tres cuartos de hora, ella a mi lado y él durmiendo felizmente en el carrito. Todo queda tamizado por la perspectiva que uno adopte, y tengo claro que ellos son lo prioritario. Me libero entonces de los remordimientos: la tarde está siendo memorable.

22.

Hace un momento lloraba en la hamaquita, y ahora duerme boca abajo sobre mi pecho. Reclinado en el puf, lo sostengo con la mano izquierda y le acaricio la cabeza y la cara con la derecha, observándolo desde arriba en total relax. Miro a través de la ventana, donde languidece la tarde gris, aún lluviosa. De fondo, Gardel canta Bandoneón arrabalero.

23.

La niña juega con un gran globo amarillo, otro azul casi vacío y una pequeña calabaza de plástico, tras los que corretea en torno al salón. Para haber cumplido tres años hace menos de un mes, es alta y muy espabilada, y está guapísima. No la hemos escuchado decir palabra, por más que con su madre diga que charla por los codos. Miro al horizonte, donde se distinguen las siluetas de la ciudad muchos kilómetros más allá de la extensa arboleda. Las estancias diáfanas y los amplios ventanales transparentes dotan a la casa de una luz extraordinaria que baña todas las habitaciones, como un palacio de cristal. Es una claridad física, que, sin embargo, ella sigue sin encontrar en su interior, deduzco con tristeza. Su conversación es el reflejo de su mente, que sigue enrocada y oscura.

24.

“Bájese los pantalones hasta los muslos y túmbese boca arriba”, me suelta la chica a bocajarro. Petición que me suena violenta, pues, despojado de camisa, había empezado a desabrocharme el cinturón para liberar la zona lumbar y así tenderme boca abajo. La camilla no está acolchada: es dura y está fría. Pero no es eso lo que me incomoda, sino el intenso dolor al inclinarme hacia atrás para apoyarme. Me hace una foto de frente y otra de costado, y con eso desaparece indicándome que ya puedo vestirme y volver a la sala de espera de urgencias.

25.

Lobos y corderos, recuerdo. Me encamino al edificio a través de la plaza vacía en una atípica hora de media tarde. El suelo y la tierra conservan la humedad de la lluvia de estos días. Dirijo la vista a la torre y relajo el paso, innecesariamente acelerado. Ni siquiera son lobos, recapacito. El lobo tiene una combinación de astucia, ambición y vileza de la que estos carecen. No pasan de engañabobos, de inocentes timadores. Ese bobo he sido yo, por aceptar ser parte de un ganado adormilado y conformista, y por confiar en la palabra de un mediocre. Repaso mentalmente la conversación de ayer, con el consuelo de al menos haberle puesto su mentira por delante, con mucho temple y sangre fría. Yo no soy un cordero.

26.

Entra la chica justo en el momento en que me iba adaptando a la camilla dura y fría, a la plancha prácticamente sobre mi nariz, y al ensordecedor ruido de tuneladora. Me incorporo con dificultad, pues siento el pinchazo en la lumbar, y paso al cuartito, donde me visto y recojo mis cosas sin dejar más rastro que la bata que deposito en el cubo de basura. Intercambio un hasta luego con la enfermera, más aséptica que la estancia, y salgo del edificio. Sigue siendo de noche. Por un segundo valoro volver a casa y a la cama, pero enseguida enderezo el rumbo: a la piscina.

27.

Va a coger el toro por los cuernos, sin medias tintas. Resuelto a zanjar el problema, quiere empezar a abordarlo el mismo uno de enero, y ha definido su plan. No le importa ir y volver todas las semanas, pasar allí tres días y aquí cuatro, puesto que está acostumbrado a viajar continuamente. Su decisión es arriesgada y valiente, fruto de una desesperación que compartimos desde hace tiempo y que a él le urge atajar para seguir con su vida. No intento disuadirle porque la ha tomado en firme, a pesar de que será un camino arduo y extremadamente complejo. El local se ha llenado, advierto al mirar en torno una vez ventilada la hamburguesa. A mis dos, sentada en un taburete alto contra la pared más próxima a la entrada, una chica luce un vestido osadísimo que le deja toda la espalda al aire. Eso y su coleta morena es todo lo que alcanzo a ver de ella, sumido reflexiones y en la intensidad de la conversación.

28.

El destrozo gástrico causado por la medicina, y quién sabe si por la cena de anoche, no es baladí. Se junta además con el dolor de lumbares agravado por las dos horas al volante, buena parte de ellas embotellados y con una media total de veinticinco kilómetros por hora. Era imperiosa la parada, que él aprovecha para pegarle unos buenos tientos al pezón de la atunara, breico. Habiendo desaguado convenientemente, con las cañerías parece que desatascadas, levanto la cabeza y me topo con el mensaje, escrito con rotulador rojo en el azulejo: “Sonríe. No tienes todos los problemas del mundo”.

29.

Las estrechas e intrincadas callejuelas cobijan la ciudad del levante. El día es luminoso, con esa claridad inequívoca que sólo se percibe aquí. Qué mirará tan embobado, nos preguntamos. Desde ahí abajo su visión está limitada al rectángulo de cielo celeste inmaculado, delimitado por las antiguas fachadas de los edificios. Mecido, además, por el traqueteo del carrito al paso por la calzada adoquinada, no hay duda de que el tío va en la gloria. De vez en cuando nos dedica una sonrisa franca, espontánea, que nos desmonta. Una sonrisa de total felicidad.

30.

He bajado a pelo: sin camiseta ni chanclas, ni más atuendo que el bañador. Me tiro unos minutos sobre la arena, y cuando me levanto echo a correr sin pensármelo. La playa está espléndida para el paseo, con no poca gente de todas las edades recorriéndola en ambos sentidos. Sin embargo, lo que nadie imagina es que, superado el impacto inicial del frío, sumergirse en este mar inmenso, dar unas brazadas, tumbarse flotando boca arriba, chapotear conteniendo un grito de júbilo pero sin reprimir la risa, es la mejor decisión que podrían tomar en todo el día.

31.

Sopla un aire fresco que, al igual que el agua del mar esta mañana, fría pero buenísima, no disuade de estar a la intemperie. Sentado en la barandilla del balcón, enderezo la espalda y dejo reposar las manos sobre el regazo. Respiro hondo, miro en torno. Hay una quietud conmovedora. El silencio, las palmeras, las dunas, la pasarela que las cruza. Contemplo la inmensidad oscura frente a mí, salpicada por numerosas lucecitas de barcos pesqueros que permanecerán ahí hasta el alba. Entonces siento el escalofrío de la conexión. Pienso si no estaríamos los tres mejor aquí.

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