Momentos: 16 – 31 Octubre 2015

16.

Son más de las doce de la noche. Rebasadas las diez horas entre esta sala y la contigua, seguimos esperando a los principals de ambas partes, que hace un buen rato salieron a deliberar en privado. Aprieta el hambre y el cansancio. Alguien habla de pedir unas pizzas, pero la idea no termina de cuajar. Es preferible la incomodidad para así acelerar la negociación, argumenta otro. En su lugar el abogado trae una caja de galletas danesas, de esas míticas de mantequilla. Observo cómo algunos se las enchufan a pares, intentando saciar no sé si el agujero o la ansiedad, pero decido no picar. Ignoro el tiempo que nos queda allí, y aun así prefiero no caer en la tentación.

17.

Tenía la decisión tomada, o eso creía. Sentado sobre la alfombra, en la tranquilidad de las primeras horas del día, la duda me surge con tiempo suficiente como para sumirme en la indecisión. Un autoimpuesto sentimiento de obligación se entromete en el ensayo y me impide concentrarme. Estoy ante la diatriba cabeza o corazón, aunque bien pensado la primera tampoco está clara desde un punto de vista racional. Puede, concluyo desde muy adentro, que no se trate de responsabilidad sino de miedo, de temor por el qué pensará. No quiero que el miedo me limite. Así que me recompongo y tiro para adelante: hoy me quedo con el corazón.

18.

No hace mucho, días como estos eran un encierro más bien forzado, remando cuanto podía entre caso y caso. No los añoro, más bien los recuerdo con admiración y orgullo. Hoy, sin embargo, echamos una jornada casera voluntaria, disuadidos por las nubes grises que encapotan el cielo y habiendo disfrutado ayer largo y tendido. Aprovecho para avanzar temas pendientes, entre ellos algo de escritura. Todo está bien, soy un tío afortunado.

19.

Salgo del vestuario sin ímpetu excesivo (más bien ninguno) y contemplo mi reflejo en la ventana oscura del fondo mientras recorro el pasillo hasta llegar a la escalera. Asciendo los dos pisos todavía adormilado, fijando mentalmente la rutina para no tener que pensarla ni improvisar sobre la marcha. Me doy cuenta de que voy sin reloj, sin cascos y sin toalla pequeña; a pelo, qué más da. Entro en la sala y avanzo hacia la zona de ejercicios libres, que, a diferencia de otras mañanas, presenta un aspecto la mar de animado. Un par de tipos levantan barras con discos de tropecientos kilos, y varias chavalas tiran de móvil para replicar circuitos aeróbicos nada despreciables. Tal es el ambiente que enseguida me despejo, espoleado por el musicón que suena a buen volumen. Como para no venirse arriba.

20.

Nos ubican en una de esas mesas cuadradas mínimas, tan pegadas unas a otras que quien pasa a sentarse enfrente tiene que hacerlo de perfil y casi restregando el culo a los comensales vecinos. Llevamos allí un rato y hemos pedido sendas hamburguesas cuando, de pronto, el tío que tengo al lado, tan cerca que lo tocaría hasta con el codo flexionado, se vuelve hacia mí y me nombra efusivo. La sorpresa es mayúscula y la alegría al verlo enorme. Hacía años, recordamos, en un autobús urbano por mi antiguo barrio. Me pregunta si sigo dándole al fútbol – “un fenómeno era éste”, le suelta a mi jefe por la cara. Me cuenta que tiene tres hijos. Intercambiamos algunas palabras más antes de abrazarnos (sigue hecho un toro, compruebo) y despedirnos con una sonrisa franca. He conocido a pocos tíos tan sanos y alegres. Un auténtico ejemplo de actitud ante la vida.

21.

Cada punto supone enredar una madeja, y no parece que nadie tenga interés en cortar, aceptar un acuerdo (o al menos comprender a la otra parte, haciendo acuse de recibo) y pasar al siguiente. Empieza a resultarme cansina la actitud del abogado, un tanto resabido y sin interés en escuchar lo que se le contrapropone o se le consulta. A la suya, el mamón, eso es así porque sí. En el enésimo bucle salgo al baño a tomar un respiro, y cuando entro parece que hubieran estado esperándome, pues la discusión sigue encasillada en el mismo punto en que la dejé. Va para largo, acepto. Hoy volvemos a salir a las tantas.

22.

El bajón es considerable, la situación incomprensible. Tanto que ni siquiera me cambia el ánimo al verla aparecer en el pasillo. Quedamos cara a cara, y apenas puedo vislumbrarla un instante, pura elegancia nórdica, impresionante, antes de intercambiar unas palabras y entrar juntos en el ascensor. Le resumo lo ocurrido en el breve trayecto hasta la planta baja. Cruzamos el torno y nos despedimos más adelante, al pie de la escalera donde ella tira por un lado y yo por otro. Cualquier otro día la habría subido flotando, pero hoy no está la cosa para muchas palmas. Al menos el episodio me permite ir a ver contar a mis compañeros. Ese consuelo me queda, pienso cuando salgo al fresco de la noche.

23.

Me siento en la pequeña piscina-jacuzzi, varios grados más templada que la de veinticinco metros. Pulso el botón para accionarla y me quedo un rato inmóvil, relajado con el cosquilleo de las burbujas que ejercen casi de masaje en la parte lumbar y en las piernas. El pensamiento me vuelve a anoche, a la frustración primero y al disfrute posterior. El contraste de la vida. Dirijo la vista arriba, más allá del pabellón, e inspiro profundo disfrutando del momento. Fuera empieza a clarear el día. El reloj marca las ocho de la mañana.

24.

La conferencia no ha sido lo que esperaba. La tesis estaba fundamentada en lo religioso, que no es precisamente por lo que venía, más que en lo vital. Aun así, no era sólo el contenido lo que me atraía, sino también observar la forma, la manera de transmitirlo. Ha sobrado, por supuesto, el discurso del rector, asumiendo un protagonismo que no le correspondía, pero no me arrepiento de haber ido. Me quedo con el concepto y he sacado en claro alguna idea. En cualquier caso, uno nunca sabe lo que le espera hasta que lo experimenta, y peor habría sido quedarme en casa y con la duda.

25.

Arrastro los papeles hacia el contenedor con cuidado de que no se desperdigue ninguno fuera, y una vez vacía empujo la caja por la ranura, forzándola con esmero hasta que consigo que la traspase y se sume a los cartones del fondo. El día ha sido productivo, pienso de vuelta. Le hemos metido mano a tres asuntos pendientes, con la consiguiente sensación de cumplimiento cuando uno liquida aquello que lleva demasiado tiempo postergando. Vencida la resistencia de la sesión de ejercicio, logro que me coloca en buena posición para batir el objetivo mensual, también he tenido tiempo para descansar y enchufarme tranquilamente un par de partidos. Y por si ello fuera poco, he vuelto a hacer pleno de hábitos diarios por segundo día seguido. Satisfecho, siento que voy haciendo camino. Que el ritmo no pare.

26.

Puede que la capacidad de sacarle jugo a un día ordinario y convertirlo en especial sea un efecto sobrevenido de este proceso de desarrollo que creo estar atravesando. Serenidad frente a ansiedad, sosiego, tranquilidad. Al inspirar hondo advierto que hoy sin darme cuenta he salpicado la cotidianeidad más absoluta de acciones diferentes, nada rutinarias. Pequeños gestos que escapan de lo habitual, y que, pienso ahora, surgen de una paz mental y de espíritu colaterales. Me asomo al balcón. Es noche de luna llena.

27.

Me alegro de que hayáis vuelto, dice. En realidad nunca nos hemos ido, respondo sonriente. Es cierto que es nuestro reencuentro después de varias semanas de curso, y que seguramente no seremos tan asiduos como hasta ahora; pero el paréntesis ha sido sobrevenido, circunstancias del trabajo y de la vida. Tenemos claro que queremos seguir disfrutando del tango porque aprender a bailar, aunque poquito a poco, enriquece nuestras vidas. Igual el día a día no nos permite darle la caña que nos gustaría, será que ahora mismo tenemos otras prioridades. Sin embargo, hace tiempo que decidimos no agobiarnos por ello y ver nuestro baile como una inversión a largo plazo. De momento salimos de la sala contentos por el rato echado. Y vaya si eso es algo.

28.

Cinco minutos a máxima potencia no son suficientes para que el agua entre en ebullición; aun así, decido retirar el vaso hirviendo, que vierto sobre el recipiente ayudándome de un trapo. El volumen no llega a alcanzar la marca, así que lo coloco bajo el grifo para calentar un par de dedos más. Al contacto con el chorro, el cristal se cuartea y el fondo se desprende mansamente en tres pedazos. Debí haberlo supuesto; es curioso, pienso, lo anti intuitivas que a veces pueden resultar las cosas.

29.

Aprovechando el semáforo en rojo me meto en el bulevar y detengo la moto junto a la barandilla bajo el puente. Preferiría estar en casa, sí, pero en momentos de duda o hastío, ante la indiferencia del grupo, el éxito sigue siendo insistir en convocarlos. No tener la respuesta deseada no me exime de hacer lo que creo oportuno, y desde luego nada consigo rompiendo la baraja. Por eso estoy ahí, recuerdo, por mantener la cohesión y vivo el espíritu que el paso del tiempo reveló impostura. Pero también por mí, reflexiono. Afrontar la incomodidad es la única forma de crecer, y a veces hay que forzarse a cumplir cuando la mente quiere olvidarse. Miro el reloj. Quedan quince minutos para la hora.

30.

La piscina me ha dejado casi listo, en ese estado de relax en que el cuerpo se desploma y dice hasta aquí por hoy. De nuevo, el punto es muy meritorio, obtenido por puro compromiso y no contemplando ninguna otra opción que no fuera sacarlo adelante. La casa está vacía, silenciosa. Elijo un disco, tomo asiento sobre el puf en mi rincón y me dejo llevar, ahora sí, por una combinación inédita de Salinger y Piazzola.

31.

Más importante que el output, leo, es el acto en sí mismo. El de cumplir cada día. Habrá veces en que uno quiera tirar la toalla, porque piense que ése no es su mejor trabajo, porque sienta que la inspiración le ha abandonado. Pero si se aferra a su compromiso, si lo mantiene a pesar de la debilidad, la inspiración regresa y el trabajo simplemente ocurre. Más bien, hacemos que ocurra. Lo importante es aparecer, show up. Qué identificado me siento, cago en todo.

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