Momentos: 16 – 31 Mayo 2016

16.

El día es espectacular, tan despejado como ayer pero sin el viento del norte que obligaba a caminar de largo. Hoy el pantalón me habría sobrado, así que me lo subo por encima de las rodillas, estiro la camiseta en la arena y me tumbo boca arriba, con un júbilo que es casi euforia. No tardo en quedarme sobado y escuchar mis propios ronquidos, como mandan los cánones. Y tampoco en sentir el tostado de cintura para arriba, embadurnado de crema sólo cuello y brazos. Me giro, echando una ojeada a los paseantes que circulan en ambos sentidos por la orilla, y prolongo la cabezada donde la había dejado. En la gloria.

17.

Creo que no me has entendido, le interrumpo muy sereno. O quizá es que no me he expresado bien. Sigo mirándolo a los ojos, hablando con una equilibrada combinación de tranquilidad y de firmeza. No me gusta el comentario, pues es de esos que parecen inocentes pero que encierran una carga de tanteo con muy malas intenciones. Por eso lo paro en seco y, sin guardarme nada ni caer en el buenismo (pero siempre desde la educación y con un respeto que ellos no me están teniendo), le expongo claramente hechos y corolario. Así que eso a mí no me vuela, remato. Le agradezco su tiempo y su atención, me levanto de la silla y salgo del despacho. No sé el efecto que habré dejado en él, pero no se puede hablar más claro. Tomaduras de pelo, las justas.

18.

Debí haberlo sospechado. Ese mail, recibido en el taxi minutos antes, cuando enfilaba alegremente el camino a casa (levantarse a las cinco y media más dos vuelos en el día ya está bien, y hoy además es su cumpleaños), no auguraba nada bueno. A través del cristal lo veo rodeado de seis personas, atendiendo a las explicaciones de una chica de otra área. Voy a darme la vuelta cuando me hace señas para que entre. Coge una silla, dice. Tenemos que sacar un info memo el viernes a mediodía, así que ya puedes cancelar todo lo que tengas hasta entonces. Mantengo el aplomo para responderle, sin cortarme, antes de obedecer desconcertado, como si hubiera recibido un gancho de derechas. Me cago en sus castas,  menudo atropello indecente. Pero una cosa es eso, que te lleve por delante un accidente, y otra muy distinta son las formas, que me resultan del todo intolerables.

19.

Salimos del local bien aprovisionados de comida, empaquetada en la bolsa de papel que sujeto por abajo con cuidado para que no reviente. Aquí empezó todo, comenta, y su afirmación es más pregunta que constatación del hecho. En realidad en aquel de allí, matizo vuelto a medias, aunque sólo durante un par de semanas. Bordeamos la plaza hasta las escaleras, que descendemos bajo la imponente iluminación del rascacielos. Un guarda de seguridad nos abre la puerta, pues la entrada principal quedó inhabilitada hace ya un buen rato, y desde el mostrador de recepción otros dos nos reclaman para presentar tarjeta de acceso y DNI. Qué pensarán los fulanos, me pregunto, viéndonos llegar como si quedara toda la noche por delante.

20.

Hemos elegido una mesa para dos montada en mitad de la escalera que desciende desde la entrada, cuyo asiento, qué puntazo, es un columpio fijado desde arriba. El local está lleno, como las dos veces anteriores, con un ambiente muy cuidado en luz tenue que combina cena con bar de copas. La comida está exquisita, y los platos van entrando uno detrás de otro hasta quedarnos bien colmados. La semana ha sido de tal traca, y estoy tan destrozado, que el balanceo del columpio me mece en una modorrilla al borde de la cabezada. Aun así, necesitaba salir, tomar el aire y dar una vuelta. Y, sobre todo, quería estar con ella.

21.

Buenísimo, así me gusta el zumo, le digo. Para ella, que le tira más el dulce, está demasiado fuerte. La zona de cajas está bastante despejada, sin colas a pesar de haber sólo unas pocas abiertas. Estupendo para el cliente, no tanto para el negocio, respondo. Terminamos la parada en boxes, cojo el carro aparcado junto a la mesita con el enorme bulto de un quintal (a ver cómo lo subo luego, no tanto por el peso como por el volumen), y salimos de la tienda. Con esto y las gestiones de hoy, a falta de una elección gorda estamos casi listos.

22.

Estoy tirado en el puf a punto de caramelo, en ese limbo de la sobremesa en que los ojos se entrecierran y uno tiene que dejar el libro a un lado, cuando recibo su mensaje. Acaba de enganchar una red en el aeropuerto, y están a punto de embarcar al vuelo de once horas. Agradece mis palabras de esta mañana, dice, le han hecho mucha ilusión. Hoy es su día, hace treinta años que llegó. He pensado mucho en ello últimamente. En él y en lo que ha supuesto desde entonces, siempre. Eso y mucho más es lo que siento, y me alegra saber que las recibe con alegría. Pocas veces compartimos con los nuestros lo mucho que nos importan, y él lo es todo para mí.

23.

Son jóvenes, posiblemente todavía en los veintitantos. Él porta un par de palos de golf, discordantes con el resto de su aspecto: poblada barba negra, chaqueta de cuero, pantalón marrón y zapatillas de deporte gastadas. Ella es morena, de piel tostada, lleva el pelo rizado recogido y viste pantalón vaquero y blusa malva. Se abrazan un largo rato, despidiéndose, y todavía intercambian unas palabras antes de separarse. Entonces ella le hace un gesto divertido y le sonríe ya a distancia, perdiéndose calle abajo. Él cruza la avenida en la otra dirección, pasando por delante de la moto en el semáforo en el que estoy detenido.

24.

He olvidado pararme en el cartel una vez fuera, con la bolsa de papel en la mano, pero no me resigno a dejarlo pasar. Arranco y me sitúo junto a un camión, al borde de la línea de peatones. Permanezco atento al muñeco. En cuanto cambia a rojo pongo el intermitente y acelero para ganar distancia, y enseguida tiro de frenos deteniéndome un instante en el hueco delante del taxi. Leo bien desde ahí. Está escrito a mano, con tiza de colores y letras de distinto tamaño y tipología rodeadas por trazos y formas también coloridas. Increíble, parece puesto ahí para mí: “Recuerda que no conseguir lo que quieres significa a veces un maravilloso golpe de suerte”.

25.

Luces y sombras. Las luces compensan con creces las sombras, recuerdo haber dicho hoy, ahora rescato el momento. Así es, o debiera ser. Pero la frustración me come, la impotencia me exaspera. Me cago en todo, en ellos y en sus castas. Estoy fuera de mí, indignado. Fumo en pipa, llegué a decirle ayer ante su impertérrita mirada. Y más que eso, defraudado. El ánimo enturbiado, dándole vueltas una y otra vez. Tengo que parar la mente, tomar distancia y reafirmarme. No dudar de mí mismo, pues sé que soy mejor que ellos. Necesito cortar estos pensamientos. Venga a mí la luz.

26.

“Un fideo, mi reina”, dice dirigiéndose a cocina. Soy el primero en el local vacío, que se llena del tirón de un minuto al siguiente. “La quince, mi reina”, “ensalada y crema, mi reina”, “sácame la diecisiete, mi reina”. No deja de resultar curioso, pienso, que la rutina no borre ese trato cariñoso tan latino. También lo es conmigo, cada vez que me sirve el plato o me recita el menú con un asomo de sonrisa. En contra de lo que postula mucho predicador del networking, prefiero aislarme y concederme este momento de relax, pues aquí encuentro la serenidad que necesito. Aquí y en la trasposición de manual que va a caer acto seguido.

27.

No está mal, después de todo. Nada mal. Tendemos a ser especialmente críticos con nosotros mismos. O inconformistas. Había rescatado libreta y papeles, apuntes y anotaciones, para retomar aquello que quedó en el tintero e introducir una mejora. He consultado a mis referentes en busca de una idea, y resulta que la combinación de sans-serif y serif es común en casi todos. Decido dejarlo como está, y entonces me da por pinchar aquí y allá, separándome un momento para examinar estilo y diseño con ojos de visitante. Ahí caigo en la cuenta. Todo es mejorable, por supuesto, pero qué bueno sería apreciar lo que hemos hecho, mandar a la mierda las dudas y sentirnos orgullosos del camino recorrido.

28.

El dependiente me invita a seguirle y me conduce lejos de la sección de bolsillo. Atraviesa la zona de novedades, pasa los estantes de narrativa española e iberoamericana ordenados por autor, cruza las estanterías de novela histórica, asciende por la escalera de caracol y bordea todo el pasillo elevado hasta un rincón casi recóndito de la tienda. Desde esa atalaya observo el trajín de gente y miro a quienes descansan, o esperan, en el sillón justo debajo, antes de volverme sobre la fila de libros que tengo delante. Casi me gotea el colmillo, dispuesto a echar un rato perdido entre relatos, tomando ejemplares, hojeándolos, leyendo fragmentos e historias… Discerniendo, en una palabra, para quedarme con un elegido.

29.

No. No, por Dios, no puede ser. Llevo un buen rato leyendo foros y toqueteando código en busca de una mejora que no consigo introducir cuando me doy cuenta de la pifia. Un vistazo repentino, incredulidad por un instante, la confirmación de que el contenido de ambas ventanas es el mismo: he copiado el archivo header.php en style.css. Enseguida tomo conciencia de la gravedad de la cagada, y entonces saltan las alarmas. Por un mero despiste he tirado abajo los cimientos que tantas horas y esfuerzo me llevó construir pasito a paso, reduciendo el edificio a escombros. Y, para más inri, remato con un error de principiante que había pasado por alto hasta ahora: no tener un back-up.

30.

Nos despedimos a la puerta de la cantina mexicana, de la que salimos bien servidos de tacos, cerveza, totopos, quesadilla de huitlacoche y toluqueño. Él tira hacia arriba, nosotros en dirección contraria. Está muy cascado, me dice. Esto nos estallará en algún momento. Así es, convengo, pero no tenemos mucha alternativa. Asumido que será cuestión de tiempo, buenas son noches como hoy, en las que al menos propiciemos el acercamiento y escuchemos algo de lo que quiera compartir. Consuela ver que se entretiene viajando, y que hay quien cuenta con él para esos desplazamientos más propios de hincha descerebrado. Salvo por los temblores y su envejecimiento prematuro, no parece andar tan mal; pero quién sabe cómo estará realmente de salud.

31.

Es la primera vez que paso por la calle desde entonces (no porque lo haya evitado sino porque no se había terciado hasta ahora), y hacerlo me evoca sensaciones y automatismos de una época cerrada: el giro a la izquierda deteniéndome en el paso de peatones, la mirada a la derecha en el primer cruce, el ligero escalón en el cambio de calzada, la atención a los que bajan por la segunda perpendicular y ese tramo de calle hasta el portal. Durante dos o tres milésimas de segundo, un acto reflejo hace que el cerebro dé orden a las manos de frenar y doblar el manillar para iniciar la maniobra de estacionamiento. Sin embargo, sólo es un instante efímero, imperceptible, pues enseguida desautorizo la orden y acelero para rebasar el semáforo. Sí miro deliberadamente al edificio y al aparcamiento de motos, donde distingo la Yamaha negra.

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