Momentos: 16 – 31 Marzo 2016

16.

Lo veo aparecer en el corto trayecto desde el inicio de la escalera hasta la moto, me lo habría topado de frente de haber aparcado en el lugar habitual de la explanada, que estaba hasta las trancas cuando he llegado esta tarde. Corre de vuelta a la torre, sin abrigo a pesar de la rasca, portando un maletín, la cara desencajada, o quizá simplemente sofocado por la carrera, a la que, intuyo, no estará acostumbrado. La escena resultaría chocante incluso para un observador desconocido. Lo sigo con la mirada hasta verlo desaparecer escaleras abajo, intrigado por qué le habrá ocurrido. Decido no llamarlo para no alterar aún más su angustia.

17.

Una suave melodía que me haga venirme arriba es a veces todo lo que necesito para disipar la indecisión. Como ayer durante el partido, como anoche al escribir, como esta mañana calentando, como en este preciso instante, en la burbuja espacio-temporal en que me aíslo del mundo por un rato. Un ligero cambio de mentalidad, el pequeño ajuste que evite el rozamiento con esas partes de uno mismo que nos sumen en la duda, maniatándonos, y nos impiden elevarnos. No debe ser casual, entonces, que esa música que surge aleatoria al pulsar play lleve por título “Changes”.

18.

Pican las abdominales cuando el crono pita señalando la tercera serie. Me echo atrás para aflojar la tensión y tomar un respiro breve, pues a los trece segundos el aparatito emite un nuevo bip-bip y arranco el ejercicio siguiente. Entonces, al incorporarme, no doy crédito a lo que ven mis ojos. La chavala se ha tumbado frente a mí, un par de palmos a mi lado, tan cerca que cuando adelanta su pierna izquierda podría tocarla si yo abriera los brazos en cruz. Mira que hay sitio de sobra, y ha venido a instalar su colchoneta justo delante, ofreciéndome una perspectiva única de su perfil y su cuerpazo. Estira ajena a mí, en cualquier caso, muy a lo suyo y aislada con los cascos conectados al móvil que lleva en la funda sujeta al brazo. Yo sigo también a mi rollo, qué remedio, completando las series restantes como si aquello no fuera conmigo.

19.

Quién diría que en mitad de un mercado de abastos hallaría un sitio así. Son tres mesas a un lado de la galería, frente al puesto de productos italianos y la mínima cocina donde un par de tipos preparan genuina pasta fresca que acompañan con salsas también elaboradas por ellos. Nos atiende una mujer encantadora que nos relata sus recomendaciones con un acento muy marcado. Para compartir pedimos una piadina y parmigiana di melanzane, a cual más tremenda. Los cinco principales, diferentes variedades de pasta preparadas en otros tantos estilos, son auténticas exquisiteces. Miro otra vez alrededor, al recinto ya vacío salvo por algunos hombres rudos que recogen sus puestos apilando cajas y enjuagando sus mostradores antes de echar la baraja. Sorpresas te da la vida, pienso, qué ilusorias son las apariencias. Esto es un tres estrellas Michelín que por azar comparte espacio con la pescadería.

20.

Sé que tengo que cuidar la forma en que me expreso en determinadas circunstancias, pues a veces lo que yo juzgo asertividad el otro lo recibe como un ataque, o bien lo considera posición defensiva por mi parte. Me ha pasado mucho, granjeándome malentendidos innecesarios por cuestiones que para mí no tenían la menor importancia. A eso, además, hoy se le une que ella es, y está, especialmente sensible. Me siento a su lado, al borde de la cama, y le digo que lo siento. Le aparto el pelo de la cara, haciéndome hueco para besarla, y encuentro acuosos sus ojos, que reflejan su tristeza. Pido perdón de nuevo, y ella asiente con un sollozo.

21.

Días como éste permiten desacelerar y tomar cierta perspectiva. Además, visto el panorama al otro lado del ventanal, queda el consuelo de que a menor coste de oportunidad más llevadero resulta no tener plan de vacaciones (o no ser éste exótico, a diferencia del de muchos, pues plan hay en cualquier caso). Si a eso le sumamos que quienes están de retén son ellas, que antes de irse han hecho escala ante mi puerta a intercambiar un par de cuñas y pavoneos, la conclusión es que ni tan mal, después de todo. Cumplidos los deberes, decido que hasta aquí va bien por hoy, que aprovecho más el tiempo en casa previa parada en la ferretería. Cuando llego abajo me topo de bruces con el temporal. Llueve a trombas sobre un fondo gris apocalíptico.

22.

Tengo la sensación de haberme vuelto mejor conversador. Al menos creo que he ganado soltura en el cara a cara. Comparado con cuándo, no lo sé, por lo que no podría concluir a ciencia cierta si tal avance es imputable a la narración y a la práctica de enfrentar la incomodidad a través de ésta. Sin duda, algo tendrá que ver, pues no hace tanto que la timidez me limitaba; sobre todo en la confianza con que cuento y pregunto, y en la mayor conciencia con la que escucho. Hoy he sabido un poco más de ella. Que nació aquí, aunque sus padres son de un pueblecito del sur, donde tiene a parte de su familia. Y que la semana que viene cumplirá veintinueve años.

23.

Desplazo la moto marcha atrás hasta colocarla sobre los tablones de cartón, apago el contacto, me bajo y tiro de ella para clavar la pata de cabra, que a pesar del cálculo cae fuera del protector. Escucho el eco de mis pasos al aproximarme a la rampa. Ha sido un gran día, reflexiono. Distinta sucesión de movimientos sobre contornos habituales, algo así como jugar a la petanca sobre una pintada de rayuela. Caigo en la cuenta de que parte de esa diferencia es atribuible a tres decisiones concretas, aparentemente mínimas, intrascendentes. En un momento dado, el efecto compuesto de optar por escapar de la rutina y no caer en tentaciones vacuas puede convertir un curso predecible en otro más aprovechado, incluso significativo.

24.

Le gusta el estilo, responde. A mí ni me va ni me viene, pero nunca está de más culturizarse un poco. Me llaman más los paisajes que los retratos, saturado de tanto cuadro de Clotilde rayano en lo obsesivo. Me acerco a varios óleos y examino la técnica basada en trazos gruesos, golpes de pincel multicolor que vistos a un palmo apenas delimitan contornos ni facciones, pero que dando unos pasos atrás adquieren una dimensión distinta. Lo que de cerca no es más que una amalgama cromática inconexa, a cierta distancia encaja y conforma un conjunto armónico y vistoso. Como en la vida, pienso, todo es cuestión de perspectiva.

25.

La única explicación plausible es que la chica no estuviera ahí como espectadora sino como quinta ayudante, compinche del espectáculo. No hay otra, y aun así resulta una locura verla en equilibrio cuando él retira los apoyos. Pero queda una última bala. La traca final de despedida. El número para la puerta grande. Llama a un chaval del público, lo hace subir a una de las dos plataformas sobre el escenario, le venda los ojos y le pide que no se mueva. Entonces sendas cortinas cubren ambos pedestales. El ilusionista cuenta hasta tres, y cuando caen las telas el efecto es inaudito. El chaval ha desaparecido de donde estaba, y ha surgido al otro lado. Qué salvajada, pienso desconcertado. Jamás había visto nada igual.

26.

La carretera se vuelve más sinuosa y estrecha a medida que ascendemos, con pendientes de entre cinco y seis por ciento. A ambos lados de la ladera el hielo se va haciendo más espeso, cubriendo la montaña de un impresionante manto blanco entre el que asoma la abundante flora de pinos silvestres. Permanezco atento al volante, intentando no desviar mi atención del camino, deslumbrado a ratos por el sol que se filtra resplandeciente en el parabrisas, y a ratos por la visión maravillosa que depara la subida al puerto. El paisaje es bien guapo, al otro extremo en el espectro de la playa en la que en otras circunstancias me encontraría ahora.

27.

Aflojo los músculos y me relajo. Apoyado el occipital en el bordillo, extiendo el cuerpo y dejo que los chorros y burbujas me mantengan a flote medio palmo sobre el fondo, prácticamente levitando. La sesión de hoy remata el pleno, recuerdo. Debe ser el primero en dos años, tirando por lo bajo. Desde luego, será el único strike anotado desde que llevo el registro de hábitos diarios. Siete de siete, ocho seguidos para seguir sumando e intentar la proeza. Cuando pierdes todas las vidas y estás al borde del game over, sólo el compromiso puede mantenerte en liza. Y eso requiere carácter, determinación… y un par bien puestos.

28.

Prefiero no enfrascarme en los recuerdos. En lugar de pararme a hojear y rescatar vivencias tan pretéritas (seguirán ahí cuando quiera volver a ellas, pienso), sigo filtrando libros, guías y algún bloc. De pronto doy con el mapa de la ciudad que usé como guía en la universidad, subrayado en las arterias principales y ya ajado por los pliegues. Conservar, decido. Un nuevo plano, éste más grueso y con tipografía de otra época, llama mi atención. Sé cuál es, aunque nunca supe cómo llegó a mí, supongo que lo heredé de ella en algún raro intercambio. Está en perfecto estado, pues nunca llegué a usarlo. Al girarlo quedo un rato inmóvil. Es letra de su puño, escrita a trazos alargados con tinta azul. Su nombre y dos apellidos y una fecha: 12-10-71. Me paro a imaginar cómo sería entonces. Aún no había cumplido veinte años.

29.

La temperatura es agradable, el día espléndido, de los primeros del año en que uno puede salir a la calle sin más abrigo que el traje de chaqueta. Salgo por la puerta lateral, frente a las obras que avanzan a un ritmo inapreciable. Unos pasos más allá, la plaza congrega a no pocos chavales en ambiente distendido, estirando el parón del mediodía. Miro hacia arriba, recibiendo encantado los rayos de sol que brinda la recién llegada primavera. Voy pensando en la ensalada (base de arroz con cuatro ingredientes, uno de ellos tomate seco, ineludible) y también en la tarea que me queda rematar. Habiéndola dejado encarrilada, y con lo que se ha prolongado la mañana a causa de la llamada, quedan horas relativamente livianas por delante, demasiadas. La tarde se me va a hacer muy larga.

30.

El doctor mira absorto la pantalla mientras toquetea los botones de la máquina, que casi parece el cuadro de mandos de una avioneta. Vuelve a pasarme lo mismo, en esa amalgama de sombras y ondulaciones no hay quien descifre formas ni contornos. El cerebro, el abdomen, la columna, el corazón, va diciendo el médico como si le hablara al monitor. Sí distingo los pies, la cara, la boca, la nariz. Escuchamos unos segundos su latido, que registra una secuencia gráfica de líneas y barras con patrones repetidos Un varón, dice al cabo. ¿Un varón?, pregunta ella. Sí, confirma señalando el indicio de una picha. Entonces nos miramos y sonreímos incrédulos, tremendamente ilusionados. Sus ojos irradian un brillo maravilloso.

31.

La ciudad tiene más ambiente del que imaginaba, con no pocas cadenas de casual dining y bastantes pubs muy animados con jóvenes y no tan jóvenes tomando la pinta del afterwork. Estiro el paseo sin rumbo, disfrutando del escenario y avivando recuerdos al paso por ciertos lugares que recorrí hace más de once años. Me detengo en el puente, donde recibo la brisa que sube fresca del río, y contemplo el contorno de edificios y rascacielos iluminados, muchos de ellos inexistentes entonces. Ha cambiado, pero sigue conservando un encanto indiscutible. Siempre me sentí bien en este país, y por un momento pienso cómo habría sido mi vida de haberme aventurado a vivir aquí. Difícil, estoy seguro. Una cosa es recorrerla sin prisa como turista, o volver de paso, y otra estar en ella sin haber podido disfrutarla, que es lo que habría ocurrido. Retomo la caminata, y al volverme me encuentro, majestuosamente entrecortada en la noche, la silueta de la torre del reloj.

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