Momentos: 16 – 31 Marzo 2015

16.

Lo tengo, me digo cuando completo el ensayo una vez más. La conversación está conseguida y el cuento niquelado, al menos en el salón de casa. El escenario será bien distinto esta tarde, nada menos que el paraninfo de la facultad de Filología, o de Filosofía, o de ambas a la vez… Palabras mayores, vamos. Mi debut en público si excluimos la contada en el ambiente reservado del pub hace unos meses, que también me impuso lo suyo. Ya no es cuestión de practicarlo de nuevo hasta la saciedad, sino de ser capaz de mantener el temple y la concentración para apaciguar los nervios en la medida de lo posible. Desafío. Reto. Arriba. INSPIRATTIO.

17.

Han pasado casi doce años, y sigue sonriendo como entonces, cuando en la carrera nos tenía enamorados a todo el grupito de tíos. Es curioso la de encuentros fortuitos que tuvimos en este tiempo en los lugares más insospechados, como empeños caprichosos del destino por cruzar nuestros pasos brevemente en puntos del todo aleatorios. El último hace tres semanas, cuando al volverme la vi de pronto en el aula, tres filas más arriba. Nos despedimos en el jardín, felices ambos por volver a vernos y ponernos al día de nuestras vidas. No se lo digo, pero sé que sabe que la admiro. La leucemia, el trasplante de médula, esa terrible enfermedad que le sobrevino de repente, no le han minado su vitalidad. Más bien es lo contrario, pienso: son precisamente su alegría y su energía las que la han mantenido en la pelea.

18.

Cuando llego al final del pasillo compruebo que no hay nadie en la sala todavía. Veo luz en el despacho, y al pasar por la puerta no me sorprende encontrarlos a los dos en su habitual conversación animada. Nada anormal si no fuera porque ese trabajo de despacho y de pasillo, esa comida de oreja tan infame, ese peloteo indisimulado que todos hemos contemplado atónitos desde hace años, ha sido premiado generosamente a costa de los que no nos hemos prestado a seguir ese juego bochornoso. El trepa, el impostor, el trilero cuyo mayor mérito consiste en ser un vendedor profesional de sí mismo, protegido de un jefe vergonzoso que, reconfortado en su ego y su soberbia, le ha consentido y le consiente tomaduras de pelo sangrantes y agravios comparativos mezquinos con el resto de compañeros. Ahí están los dos, en su “jijijaja” diario, dorándose la píldora sin pudor y sin vergüenza. Qué ganas de perderlos de vista.

19.

Es pronto cuando llegamos, y todavía hay mucho sitio libre en las mesas del fondo y las sillas laterales. Nos acomodamos en dos de las más próximas a la puerta, por la que sigue entrando gente de forma continuada. El espacio es amplio. El mobiliario amontonado al fondo sugiere que se trata de un salón de celebraciones, posiblemente para acoger cenas o caterings. En uno de los lados hay una pequeña barra, y fuera una terraza con sillones que será muy agradable en noches veraniegas y menos intempestivas. En la pista, de parqué y con una columna en el centro, tres o cuatro parejas bailan a sus anchas. Demasiado despejada para saltar al campo, acordamos admirados por el nivelazo. Nos quedamos como espectadores, tranquilitos en la grada hasta que el ambiente se vaya caldeando y podamos gestionar el miedo escénico.

20.

Die pie junto al guardia de seguridad, a un lado de la puerta giratoria, espero a que la chica de recepción me dé el visto bueno para subir. Observo el movimiento de gente que llega por las tres entradas y converge en los tres tornos de acceso a cada tramo de ascensores. A mi derecha, un grupo de pipiolos con pinta de estudiantes, uno de ellos además con look de estrella popera adolescente, aguarda para el proceso de selección masivo al que seguramente habrán sido convocados. Todo en el hall me resulta conocido, familiar. Advierto el efecto puente por la ausencia de aglomeraciones a pesar del trasiego incesante de tíos trajeados y chicas en tacones. Yo mismo era uno de ellos hace más de siete años. Cómo pasa el tiempo, pienso recordando la lejanía de aquella época. De pronto la llamada de la recepcionista me saca de mis cavilaciones.

21.

La vida no es dura ni complicada, como pretenden hacernos creer, como dicta el cliché; al contrario, la vida es fácil, asegura. En sociedades en las que tenemos las necesidades básicas cubiertas (un techo bajo el que resguardarnos, una nevera llena de comida), es fácil llevar una vida cómoda, argumenta, transitar sin más por ella. Lo realmente difícil es vivir la vida en plenitud, perseguir tu sueño. La vida es fácil, vivirla es lo jodido. Incita a vivir el sueño día a día, a actuar para alcanzarlo. Si no estás persiguiendo tu sueño ya estás muerto, concluye. ¿Y si uno no tiene claro cuál es ese sueño?, me pregunto. ¿Y si el manido “follow your passion” no aplicara para algunos, no por falta de agallas sino porque simplemente no han identificado esa llamada? Creo que saberlo no es algo que ocurra de buenas a primeras. Creo que requiere estar alerta, escuchar a la vida atentamente. Y aprender a interpretar lo que nos dice.

22.

Giro el pomo y empujo la puerta suavemente. Avanzo tres pasos mientras mis ojos se acomodan a la penumbra. Dejo las gafas sobre la mesita de noche, junto a mi foto de niño, y al volverme la veo tumbada boca abajo, inmóvil. Detengo el movimiento que he iniciado para recostarme junto a ella y me quedo de pie al borde de la cama, observándola respirar pausadamente. Está preciosa cuando duerme, pienso. En realidad es que lo es, y ese estado natural, la vulnerabilidad del sueño profundo, acentúa su belleza más si cabe. No siente mi presencia, compruebo, porque a diferencia de otras veces, que ronronea al escucharme, ésta ni se inmuta. Así que decido dejarla dormir un rato más, y volviendo sobre mis pies salgo de la habitación con gran sigilo.

23.

Self-discipline is the foundational habit that makes all other good habits possible”, leo. Interesante lo bien traído que está a la tarde que acabo de echar. “¿Qué es la autodisciplina?”, continúa la entrada. “La habilidad de ejecutar una acción elegida incluso cuando no te apetece hacerla”. Ahí está, como si la providencia me lo hubiera puesto por delante adrede precisamente hoy. Enseguida me viene a la cabeza la idea del compromiso frente al interés, porque esta tarde he tenido que tirar de ella para no venirme abajo. Está claro. Es esa disciplina, esa constancia impulsada por la determinación, la que me mantiene en el camino. Carácter, compromiso, disciplina… Vamos.

24.

Tumbado boca abajo en la camilla, con una toalla hasta las corvas que me tapa los calzoncillos, siento las manos de la chica palpándome la pierna mientras me inquiere para detectar el punto exacto de dolor, allá donde la radiografía muestra la rotura. No noto molestia cuando me toca, respondo, ni al andar, ni al ponerme de puntillas. Todo viene, le explico, de esa lesión mal curada hace año y medio, que se ha cronificado y reaparece al segundo día de carrera continua, en forma de latigazo, cada vez que he intentado trotar suave. De pronto me incrusta los dedos y sin miramientos los arrastra a lo largo de la cara interior del gemelo, ensañándose como si se estuviera vengando de mí nada más conocerla. Estremeciéndome del daño, tengo que contener un grito quedo. Es ahí, con sus castas.

25.

“En un mes cómo que no”, me dice, “si no veo resultados en un mes no sigo”. Ahí está el problema, respondo: por lo general no tenemos paciencia para dejar que el hábito se asiente, y mucho menos para que empiece a dar sus frutos. Todo tiene su periodo de maduración, pero no esperamos el tiempo necesario, el que el cambio requiere, y muchas veces tiramos la toalla al no advertir mejora. Sin darnos cuenta de que hay un progreso imperceptible en todo lo que hacemos, si somos constantes y estamos convencidos de querer ir a por ello. El mensaje parece convencerla, porque enseguida se viene arriba y reafirma su voluntad de seguir en la pelea. Orgulloso de ella, le choco los cinco y sonreímos.

26.

Es la primera vez que recorro ese tramo de la calle. Aparco la moto y me paro un instante a observar los edificios a ambos lados, buscando el número tres. La zona es tranquila, de construcciones antiguas y clásicas que hoy albergan no sólo casas de época, imagino, sino también oficinas y sedes de instituciones y organismos públicos. Una pareja de gendarmes montan guardia frente a uno de ellos, justo delante del portal en el que entro. Subo unas escaleras de mármol muy señoriales y llego al descansillo, donde intento averiguar la forma de meterme en el ascensor de madera con doble puerta manual, la exterior de hierro forjado. El piso conserva un toque añejo que le confiere un gran estilo. Cierro ambas puertas tras de mí, me ajusto la corbata en el reflejo, doy un paso al frente y llamo al timbre.

27.

No puede ser verdad, me digo. La escucho sin dar crédito, incubando un creciente malestar que me asciende al pecho a medida que me relata lo ocurrido. No ha querido contármelo antes para mantenerme al margen y no preocuparme, porque bastante tenía yo ya con lo mío, dice. El capítulo es ruin hasta el extremo, de una bajeza moral indescriptible. Lo que vistió de buena voluntad era en realidad una estrategia forjada en la hipocresía y el cinismo más absolutos, aprovechando la bondad de ella. Resulta que el aprecio por sus sobrinos, que alegó momentos antes de un juicio que sabía perdido, no era más que un burdo pretexto, un respiro momentáneo antes de asestar la puñalada por la espalda. Intento calmar mi furia, la impotencia me exaspera. Mi propio tío, manchado de infamia hasta las cejas. No se puede caer más bajo.

28.

La calle está atestada. Es una de las principales arterias comerciales de la ciudad, y a su invasión parecen haberse encomendado en tropel gentes de todos los estilos y latitudes, ávidas por poblar aceras, tiendas y restaurantes en el primer día de indudable primavera. La meteorología es en efecto espectacular: día soleado, de cielo celeste luminoso y temperatura suave que permite pasear tranquilamente en mangas de camisa, en alentador contrate con las lluvias de principios de semana. Esquivando a la muchedumbre con la que me topo nada más subir las escaleras, decido dejar marchar los pensamientos que me enturbian el ánimo, y así predisponerme a disfrutar de la tarde que tengo por delante.

29.

Los corredores avanzan hacia la meta en una riada multicolor ininterrumpida. Apoyados contra la valla, junto a uno de los arcos hinchables que dibujan la recta final, escaneamos cada figura esperando verlo entre el torrente de atletas aficionados. Pasan hombres y mujeres de todas las edades, incluso portando niños, a hombros o de la mano, que les acompañan en los últimos metros. Algunos golpean el cartelón del kilómetro veintiuno, unos con furia, otros con orgullo. Los hay felices por rematar la hazaña, y otros que casi no se tienen en pie y se arrastran con rostro desencajado. Ha pasado hora y media larga desde que lo vi en el kilómetro cinco, y todavía en el trece parecía ir bien. Cuando de pronto lo distingo y le pego un grito de ánimo, levanta el puño como puede. Su cara es un poema, y va muy castigado. Pero ha vuelto a hacerlo, con un par.

30.

El cosquilleo de las suaves descargas en el gemelo me sume en una agradable modorrilla, que no llega a ser de libro tan sólo por un pinchazo en el cuello que me obliga a girar la cabeza de un lado al otro buscando alivio a cada rato. Es todo lo que dan de sí la postura boca abajo sobre una camilla y la toalla que tapa el hueco de la cara. Aun así, me dejo llevar y casi me traspongo hasta que, minutos después, oigo el pitido que detiene la máquina. Cuando ella entra en la sala y me pregunta qué tal, la respuesta no puede ser otra: “aquí se está en la gloria”.

31.

Han pasado tres meses, reflexiono. Con éste sumo noventa Momentos ininterrumpidos, pero más que con satisfacción pienso en ello con un punto de desapego. Esta noche no me apetece escribir especialmente, y descubro que es esa misma sensación de vacío que he tenido estos días atrás. Días, semanas, en las que he dejado INSPIRATTIO un poco al margen, sin concederle el lugar prioritario que le tenía previsto en un principio. Estoy atravesando una etapa de serena incertidumbre, y seguro que eso influye. Aun así, vuelvo a sentarme a teclear, y aunque sólo sea por eso me concedo el crédito del empate. Recuerdo que el año pasado esta serie duró apenas tres entregas. Ahora ya van seis, un trimestre completo. Noventa Momentos, tío. Que se dice pronto.

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