Momentos: 16 – 31 Julio 2016

16.

La heladería tradicional es ahora otra heladería, más moderna. El local de la taberna de antaño lo ocupa una franquicia, junto a la cual han abierto otro sitio de tapeo. En la otra acera reconozco algunos escaparates; pocos, porque también hay muchos nuevos, entre ellos una hamburguesería de aparente estilo cool y un enorme bazar de ropa regentado por chinos. El fast food  de tacos ha desaparecido, y en su lugar hay una tienda de artículos para fiestas infantiles. La tienda de la que salimos tampoco existía entonces. El enorme italiano (cenamos allí un par de noches en la época en que ella venía a pasar el fin de semana, recuerdo) es ahora un restaurante japonés. Más aún me sorprende que cerraran la cafetería haciendo esquina, pues era una localización premium para la cadena. Me consuela que siga la librería justo enfrente. La otra, unos metros más arriba, ya no está, compruebo desilusionado. Ahora es uno de esos bares de moda tan iguales, con vigas vistas, decoración metalizada, tablones de madera y macetas de plástico.

17.

Muchos de los mosqueos que nos agarramos, sobre todo con personas de nuestro entorno, se deben a que la situación tiene que ver con un comportamiento nuestro que vemos reflejado en el otro. Algunas experiencias que no hemos procesado pueden instalarnos sin darnos cuenta en la intransigencia, provocándonos reacciones emocionales y conductas impulsivas. Sin entender qué me ha pasado, en cuanto la exclamación sale de mi boca sé que la he cagado. En casos así, hecho el daño, una disculpa sincera ayuda a mitigarlo en la otra persona, pero sobre todo a recomponerse uno mismo. Así que sin más dilación la rodeo con mis brazos pidiéndole perdón.

18.

Va a tener usted que esperar, me dicen. Mucho, insisten, poniendo cara de circunstancias. La oficina de denuncias está atendiendo un caso de maltrato, explican los chavales. Aun uniformados, con la placa, la porra y todos los enseres en su sitio, parecen los becarios en prácticas de verano; al de barba rala, además, le atufa el aliento a frutos secos. Menuda pérdida de tiempo, pues. Media hora entre ida y vuelta y unos trece euros de taxi. Cruzo la plazoleta, espacio de recreo de montones de niños que corretean en los columpios, montan en bicicleta o juegan a la pelota, muchos acompañados de sus madres, y permanezco atento a cualquier signo, escudriñando alguna señal divina que me convenza de que el viaje no ha sido en balde.

19.

Atravieso el descansillo, pasando frente al portero por detrás de un señor en el intento hacerme invisible, o al menos desapercibido. Hay un tipo esperando el ascensor, junto al espejo que queda vagamente iluminado por las luces del pasillo. Ya es casualidad, pienso cuando la vista se me acomoda y lo distingo, que sea precisamente el compañero al que invitó ella la otra noche. Ignoro si me ha reconocido, pues permanece imperturbable cuando nos cruzamos la mirada fugazmente. Pero no ha pasado el tiempo suficiente para que mi rostro sea una cara más que le suene haber visto antes, sin ubicar cuándo ni dónde. Llega el ascensor, al que suben con él otros dos hombres. Lo dejo pasar para evitar mayor exposición, con la pretendida coartada de que espero al siguiente hacia el sótano. Salvo que le hayan despistado el traje y las gafas, tiene que haberse dado cuenta. Y siendo así, el fulano debe haberse quedado muy loco.

20.

Estos dos se han enzarzado en una conversación acerca de su urbanización de segunda residencia en la periferia, que me la trae al pairo sobremanera. Así que desconecto y me aíslo, metiéndole buenos tientos al salmorejo y a la ensalada de arroz. El dependiente, que atiende hoy la zona de ingredientes porque el dueño ocupa su lugar habitual en caja, coge la base de espinacas que la chica ha depositado en el mostrador. Dándole un toque con el dedo en uno de los vértices la hace girar y la impulsa con una mano al aire para recogerla con la otra; la abre, vierte el contenido sobre el bol metálico y con su alegría perenne le pregunta “¿qué ponemos?”. Lo observo entre admirado y sorprendido, intrigado como siempre por su actitud positivísima, casi rayando el artificio. Una vez más, no puedo evitar sentir envidia. Debe ser el tío más feliz del mundo. O hacérselo, que para el caso no supone mucha diferencia.

21.

Esta sensación de tiempo perdido no sólo mina la moral, además deja fundido el cuerpo. Entre una cosa y otra, asuntos diferentes, correos y llamadas, y también interrupciones varias, se ha ido la tarde con un bagaje insuficiente. No hay duda de que era preferible aislarse, pero hoy tenía que estar de cuerpo presente. “¿Todavía por aquí?”, pregunta la limpiadora. Qué le vamos a hacer, vengo a decirle. A veces, en el equilibrio entre la productividad y las relaciones, dejarse ver no es lo más eficiente a corto plazo. Pero sé que hacer el esfuerzo es importante.

22.

Venían compartiendo asuntos confidenciales, o al menos íntimos, a juzgar por el intercambio de susurros  inaudibles. De pronto, el recién nombrado socio alza la voz para compartir el encuentro que les organizaron hace unos días en Roma. Cuenta que les sacaron de paseo en bici, y cómo le impresionó la vida que bullía en torno, la gente en calles y plazas. El comentario, vertido cuando el taxi cruza la glorieta y se detiene en el semáforo, viene a colación del ambiente en la avenida, a esas horas en que cualquier hijo de vecino, a sus ojos, debería estar currando. “Cuando veo esto me pregunto qué estoy haciendo, es que yo no tengo vida”, dice quejoso. Pues haberlo pensado antes, porque te acaban de cerrar la puerta de la jaula, barrunto mirando afuera desde el asiento del copiloto. Demasiado tarde para bajarte de la rueda. Yo aún estoy a tiempo.

23.

Las dos maleducadas se me cuelan en el ascensor cargado de bultos, apartándola a ella justo cuando íbamos a subir. A posteriori me recrimino no haberles dicho nada, o no haber parado en nuestra planta para que se comieran la descarga, las muy impresentables. Ha sido tan chocante que me han descolocado por completo, incapaz de pintarles esa cara de sinvergüenzas. El caso es que bajo de nuevo a recogerla y en tres tacadas metemos las cajas y paquetes, que dejamos en medio de su preciosa habitación. El carrito era todo cuanto faltaba, por lo que, ahora sí, podemos decir que estamos listos. No tengas prisa, de todos modos; puedes seguir ahí dentro un par de semanas más. Tú decides el momento, que nosotros ya te estamos esperando con una ilusión inmensa.

24.

Media hora clavada cuando abro el ojo, qué pelotazo. En un momento me pongo las lentillas, completo la bolsa y tiro. Me pide que le encienda el aire acondicionado y la dejo tumbada en el sofá, descansando sobre el lado vacío de la barriga. Con el coche en la puerta estaré ahí en tres minutos, en la piscina igual en siete. Más vale aprovechar la inercia de estos dos días sumando, tras los doce que llevo en blanco en un segundo mes aciago. Tengo que mentalizarme y volver, aunque sea con una rutina diferente mientras siga sin la moto, pues me aproximo peligrosamente a un punto de no retorno.

25.

Dos sesiones de pomodoros esta mañana y media más por la tarde suman cuatro horas  y tercio de trabajo concentrado, que ya está bien para ser festivo. Acabo de dar por bueno el día cuando se despierta de la siesta. Abre la puerta atolondrada, imbuida en esa resaca que dejan las grandes sobadas. Conteniendo la risa, me siento junto a ella en el sofá y la observo muy de cerca. Está preciosa. Sus ojos, su boca, su naricilla, sus mofletes. Las gafas de pasta que contonean un rostro redondo junto al que cae una larga melena de reflejos dorados. Y su barriga. Tersa, estiradísima, no homogénea, a ratos hasta deforme cuando él se posiciona más saliente. Es increíble que podamos casi acariciarlo. Entonces ella se arranca con la cancioncilla pamplinosa que le entonamos varias veces al día; yo la acompaño, por supuesto. Nos miramos, sonreímos, nos abrazamos. En nada está éste aquí, qué alucinante.

26.

Es locuaz como pocas, y tiene esa capacidad de ganarse a la gente que otorgan el desparpajo y la experiencia. Es uno de los grandes nombres del sector, o más bien lo fue, con una trayectoria de más de veinte años en primera línea. Cuenta que todo le salió de cara entre el noventaisiete y el seis o siete (no lo dice expresamente, pero su comentario implica que debió hincharse a ganar dinero), y que la cosa se torció más adelante, cuando hasta el más mindundi en las islas renegaba de aquí y quiso mirar para otro lado. Los dos fulanos que tenemos delante, talluditos, zorros, guasones, como salidos de un sainete, la escuchan complacidos, aderezando la conversación con alguna anécdota propia contada con mucha sorna. Y yo, que poco tengo que decir en todo aquello, asisto encantado a la escena hasta que ella, sin dejar de hablar y manteniendo el clímax, decide darla por finalizada.

27.

Son las ocho y cuarto. Aunque los días son cada vez más menguantes, todavía hay buena claridad ahí fuera. Valoro dejarlo aquí por hoy, ganar algo de tarde y continuar mañana. Sopeso la opción por un instante, pero decido armarme y dar un poco más, como el que tira in extremis una última serie en el gimnasio. No sólo porque el trabajo que avance ahora bueno será para mañana, sino porque la fuerza de voluntad es un músculo, y nunca está de más ejercitarlo.

28.

Campeón nacional de cachopo 2016, se lee en una pancarta que cubre el ancho de la pared del fondo. Hemos dado cuenta del plato de embutidos regionales, que acompañamos de una botella de rioja de la casa, cuando el tipo aparece con dos bandejas enormes que deposita frente a cada uno. Casi se me caen los huevos al suelo. Habrán necesitado paelleras para freír el bicho, qué barbaridad. Con razón se sorprendió el fulano al pedirle uno por cabeza. Son hermosos, advirtió. Pues nada, al lío. Cómo afrontaré la intensa tarde de curro, eso ya lo trataremos luego.

29.

Los resultados de la encuesta lo han dejado muy tocado, expone en su habitual actitud apocada, lindando con el remilgo. Las puntuaciones son especialmente bajas en preguntas relativas a la comunicación, la consideración hacia el equipo y el liderazgo. Mi imagen de él ha cambiado notablemente en el curso de un año, y he aprendido que una opinión honesta puede volvérsete en contra si el tipo, acostumbrado a la actitud sumisa de sus colaboradores, la toma como una ofensa. Así que todos preferimos guardar silencio. Eso sí, rasgarse las vestiduras ante la opinión de treinta y dos personas (cuya satisfacción es aún menor de lo que dice la media, dado que los de arriba habrán dado puntuación máxima a todo) no parece el mejor ejercicio de autocrítica y de reflexión personal, que es lo que procede en lugar de difundir los resultados, pregonar su desconcierto y mirar alrededor en busca de explicaciones. Y, desde luego, sobra del todo anunciar que buena parte de su bonus depende de esta encuesta. No sólo como líder, también como persona, cada día me genera más desconfianza.

30.

Ella se tumba sobre la camilla y se sube el vestido para que la enfermera conecte los sensores, que aplica a su barriga aferrándolos con un cinturón de velcro. Conecta la máquina, aumenta el volumen. Enseguida respiramos aliviados, pues el latido, con su habitual cadencia acelerada, es la prueba de sigue ahí. No ha dado señales en un día, o quizá es que empieza a no campar a sus anchas por falta de espacio. Pero ahí está, comprobamos relajados. Todo en orden, confirma otra enfermera cuando el aparato termina de imprimir la gráfica. Y él debe darse por buscado, pues es ahora cuando empieza a moverse otra vez, el tío.

31.

El arroz está muy bueno, y entra de categoría en estupenda compañía. Alucino con la mansedumbre de los niños, hipnotizados por las pantallas de sus móviles y tabletas mientras nosotros nos ponemos al día entre cucharadas de paella (voy por el tercer plato rebañado) y sucintos tientos al vino. Todos bien, la vida sigue. A todos nos ha cambiado desde que terminamos hace dos años, y es una suerte enorme poder compartir los avatares ya no sólo en equipo, sino en familia.

Email this to someoneTweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>