Momentos: 16 – 31 Enero 2016

16.

Uno nunca sabe cuánto de invención, o de hipérbole, hay en sus historias. De “yo mentiroso”, como llama al único tipo de cuentos que permite narrar en primera persona. Menudo prenda debió ser; lo sigue siendo, a sus años. Lo observo fijamente, muy atento a sus palabras, voz y gestos. Lleva media hora larga de conversación, que sostiene sin fisuras. Su capacidad, su maestría, son impresionantes. Pero, sobre todo – voy conociendo poco a poco  –, bajo esa fachada compleja, un tanto extravagante de primeras, se esconde un hombre único. Todo bien regresa, expone en una nueva lección de vida. Es un orgullo inmenso tenerlo como maestro, y un privilegio enorme contar con su aprecio sincero.

17.

He perdido la cuenta de los pomodoros, me parece que es el sexto. Aún sobran cinco minutos cuando llego al treinta y uno de diciembre. Miro el reloj y compruebo que han sido dos horas y media, más o menos a mes por intervalo. Qué gran técnica ésta, que hace que el tiempo fluya mientras uno avanza constante y sin apenas desgastarse. Aunque a modo de escaneo, la lectura de esta segunda parte me deja una impresión más positiva que la indiferencia del otro día. Tengo la sensación de que cuando regrese al texto con calma, cuando lo tenga entre mis manos en papel, estaré satisfecho de muchos de los pasajes. Porque una cosa es estar orgulloso del proceso, de haber sostenido el reto, y otra quedar contento con el resultado. Sea como fuere, el manuscrito está a punto de caramelo, y eso ya es motivo de arrebato.

18.

Repaso para mis adentros la parte final del cuento, intentando sacarla desde las imágenes mentales en lugar de la memorización palabra por palabra, lo cual me supone un desafío porque sigo sin verme con soltura buscándolas sobre la marcha. He de trabajar en la secuencia de sucesos, admito, seguro de que eso me pondrá en otro nivel. Estos días he aprendido que cada cual procesa los hechos según tres tipos de modalidades: visual, auditiva y cenestésica. Quizá tenga que ir favoreciendo la visual en detrimento de la auditiva, que es a la que me agarro, comprendo ahora, para afianzar los textos. No obstante, es cenestésica la sensación que me saca de tan sesuda reflexión cuando desciendo la calle. Y es que hace un frío de pelotas.

19.

Subo las escaleras hacia la plazoleta, muy despejada entrada la noche, y al doblar la esquina enseguida lo veo a través del cristal, sentado a la mesa con una cerveza. Entro por primera vez en el local por cuya puerta paso varias veces al día, me planto ante él y nos damos un abrazo. En un extremo de la barra un cocinero maneja espátulas y palas sobre una plancha teppanyaki, frente a la cual esperamos a que se cocine nuestra selección de carnes y vegetales. Hacía tiempo que no nos veíamos a solas. Por un momento pienso que la ocasión es inmejorable para sacar el tema, pero enseguida decido que hoy prefiero saber de él y disfrutar de su compañía. No estoy para conversaciones trascendentes.

20.

Me quedaría allí toda la tarde, pues la conversación con ellos es muy agradable. Me cuentan los pasos que están dando para buscarse la vida, y quedo impresionado por su manera de tirar para adelante. Más aún con la situación familiar que están viviendo. Hoy parece que han salvado una bola de partido, y a todos se les ve aliviados. Ella está bien, y sonríe agradecida cuando me acerco a la camilla a despedirme. Tendrá que seguir batiéndose con el tratamiento que le queda por delante, pero hasta ahora ha resistido razonablemente las embestidas de la quimio. Le pido que mantenga la alegría, inclinándome para darle el último beso. Bajo con él, que, sin embargo, sigue conservando el aire reflexivo; inmerso, al parecer, en hondas preocupaciones.

21.

Es bastante más tarde de lo habitual cuando giro la curva y freno ligeramente para dar tiempo a reaccionar al gato negro, que por un momento se queda clavado ante los faros de la moto dudando si apretar el paso o echarse atrás, como finalmente hace. Entro en el garaje con una sensación incómoda, la de tiempos pretéritos para los que ya no estoy. Demasiada agitación mental, pensamientos furibundos, ningún sosiego. No parece que la visita al colegio haya sido esta mañana, pienso. El gimnasio remodelado a mediodía, el encuentro casual justo después… me da que han transcurrido en un espacio paralelo, o en otra vida. Obligado además, cagándome en todo, a aceptar la realidad y renunciar a la contada de mañana. He de serenarme y recuperar el equilibrio, me digo al salir del garaje. Sin saber que en los minutos que quedan de día voy a recibir aún una pésima noticia.

22.

No has pinchado, me digo, porque lo has dado todo hasta el último momento. Sólo una hora antes, después de una semana bastante alborotada, seguías practicando incluso sobre el vaso de leche con galletas. De hecho, cuando has entrado en la sala y te han preguntado a bocajarro no lo has descartado, y sólo después, cuando has notado el bajonazo de energía, has decidido que tu estado no era el adecuado. Desciendo las escaleras y salgo del edificio. La moto está mojada, ha debido de caer una tromba repentina en este par de horas. No has pinchado, tío, insiste mi voz interior. No has pinchado porque en ningún momento tiraste la toalla.

23.

Asoma un amago de duda que podría confundirse con desidia. Siento un ligero desconcierto que me produce vacilación, como el perro indeciso del cuento. Preparo la bolsa, pero no termino de arrancar. Entonces recurro al “sistema”. Ante la amenaza del desaprovechamiento, tiro de hábitos diarios para ocupar el tiempo de forma significativa en lugar de echarlo por la borda. Me siento en el escritorio, conecto el flexo, abro el libro, saco del estuche regla y portaminas, y me entrego a la lectura, que retomo por el interesantísimo capítulo acerca de la fisonomía: las relaciones cuerpo-mente, y cómo cambios en la postura, voz y gesto provocan cambios automáticos de estado.

24.

Me asomo al ventanal pegándome al cristal hasta tocarlo con la montura de las gafas. El día es espléndido, soleado y cálido, muy diferente del gris frío y húmedo de esta semana. En la plazoleta juegan niños, y sus gritos de diversión llegan amortiguados a la planta completamente vacía a mi espalda. Me quedo un rato viéndolos corretear antes de levantar la vista al cielo azul y los edificios circundantes. Pienso en cómo sería un salto al vacío desde esa altura, fantaseando con un fuerte tirón hacia arriba antes de tocar el suelo. Qué rumbo tomaré en la intrincada bifurcación de caminos, medito por un instante. Acepto con calma la incertidumbre. Sea lo que sea, confío en lo que la vida me depare, y en mi capacidad para fraguar ese futuro. Queda mucho recorrido por delante.

25.

Sin un motivo concreto me aproximo a la estantería. Quizá se trate de un aplazamiento inconsciente de las tareas imperativas para cumplir el ambicioso objetivo semanal, desaprovechando así parte del holgado lapso de tiempo que me concede el mediodía. Sea como fuere, mis dedos índice y pulgar tocan uno de los libros de la tercera balda, incrustado a presión en el lado más próximo a la ventana. Lo desencajo, lo palpo y lo abro por una página al azar, escrita sólo a media cuartilla. Leo. Por alguna extraña alineación o designio del destino, resulta que acabo de dar con mi próximo relato.

26.

Meto puño a lo que da, arrimándome en exceso a los vehículos que esquivo en la carrera contra el tiempo. A cada instante le echo furtivas ojeadas al reloj del salpicadero, calibrando segundos y distancia. Cruzo el semáforo en ámbar en el preciso momento en que se cierra, conservando así la mínima esperanza. Atravieso el siguiente manteniendo a los peatones a raya, trazo la curva entre una hilera de coches y enfilo la avenida avanzando a tramos por la línea continua. Llego a la plaza, donde aparco de cualquier manera con el beneplácito de un policía (por mí no hay inconveniente, me dice, otra cosa es lo que opinen los municipales), y echo a correr como un poseso entre el gentío hasta entrar en el edificio. Subo las escaleras de dos en dos, y todavía me demoro unos segundos asomándome sigilosamente a varias salas. Qué irónico sería quedarme fuera sólo por no tenerla ubicada. Dejo el primer piso y me dirijo raudo al tercero, donde, tras varias comprobaciones más, doy al fin con ella. Entonces me paro un instante a respirar y recuperar la compostura. Siéntate o levántate, pero no vaciles, pienso satisfecho, recreándome en la victoria. Tan sólo un minuto antes de que el acceso quede vetado, giro el pomo de la puerta y empujo la hoja, muy despacio.

27.

Estoy colocando la bolsa en el cajón cuando aparece el fulano de la moto transversal. Por un momento estoy tentado a censurarle su incivismo, pero decido morderme la lengua y tirar para adelante. Arranco y paso de largo sin cederle el puesto, eso faltaba. Me detengo ante la valla, me quito el guante y saco del bolsillo la llave, que aproximo al lector con mucha parsimonia. Vuelvo a guardar la llave y a colocarme el guante en tanto la valla se levanta. Desde abajo diviso el cielo plomizo, y al subir la cuesta empinada me topo de bruces con la niebla espesa, fiel retrato de mi ánimo marchito. El recuerdo de su descontrol vuelve a impactarme.

28.

El doctor gira la pantalla para que ella también alcance a verla. La imagen queda razonablemente perceptible a nuestros ojos, y en ese punto deja el aparato quieto sobre su vientre para señalarnos los contornos de una sombra. De pronto lo vemos nítidamente, una forma blanca sobre fondo oscuro que se balancea boca arriba en un movimiento pausado. No mide más de tres centímetros, pero ya se le distingue la cabeza y las extremidades. Es alucinante. Nos miramos sobrecogidos y sonrientes, y entonces siento una ráfaga de ilusión indescriptible.

29.

Tengo que detener esta zozobra, me digo. Parar la corriente de pensamientos que me perpetúan en un estado de malestar continuo e inútil. En un rato me ocuparé y enviaré ese correo que ya tengo redactado en la cabeza; por más que esté hasta el mismísimo de ella, en este momento no obtengo nada al maldecirla. Así que, en un esfuerzo por cambiar mis representaciones (no es lo que nos ocurre, sino cómo percibimos lo que nos ocurre y qué hacemos en consecuencia, recuerdo), me evado de todo lo que no sean las tortitas con miel y kiwi que tengo delante, rociadas con un toque de miel y acompañadas de un zumo “despertador”. Acabo de completar el pleno de ejercicio semanal, y es logro para estar entusiasmado.

30.

Ando allí en busca de un subtítulo, que persigo infructuosamente desde hace días. De la inspiración, al menos, o de una idea que me encienda la bombilla y me facilite dar con la tecla, pues hasta que eso ocurra sigo estancado. Antes de bajar al sótano me doy una vuelta por la planta suelo. Me he detenido en las primeras letras de la sección de narrativa española e iberoamericana, atraído por un grueso volumen de cuentos completos de Julio Cortázar. Estoy examinando el tomo cuando oigo el susurro. Me paro y escucho un murmullo ininteligible, pero también inconexo. Entonces me giro y confirmo mi sospecha: se trata de aquel tipo trastornado que ya me encontré en la tienda hace unos meses. Lo observo pasear por los pasillos de estanterías, siempre bisbiseando, sin detenerse a estudiar ningún libro, ni a tocarlo siquiera. Se diría que acude allí para echar el rato entre los anaqueles, como si la presencia de los miles de ejemplares le aplacara la locura. No es mal sitio para buscar sosiego, en absoluto, pienso con una mueca amarga, mirándolo con respeto y disimulo.

31.

Siento una impotencia enorme y una gran desconexión viéndola entrar de lleno en el boquete. Es la tercera vez que llora hoy en mi presencia. Me preocupa sobremanera cómo está escarbando el agujero. Quiero sacarla y no responde, quiero ayudarla y no puedo. Me gustaría agitar su conciencia, zarandearla, expresándole muy claro lo que creo: que con esa forma de pensar, de sentir y de representarse la realidad se está creando su propia depresión. Entiendo su sufrimiento; de hecho, quién mejor que yo para comprenderla, si no hace tanto que pasé por algo así. Hoy sé que puede cambiar su estado, o al menos no agravarlo. Pero nada de esto puedo decirle, pues su mente está cerrada y sólo busca compasión.

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