Momentos: 16 – 31 Diciembre 2016

16.

El restaurante está hasta las trancas a pesar de lo temprano de la noche, como a mediodía entre semana. Nos instalamos en la única mesa disponible dentro, en la parte del local que mira a los árboles navideños encendidos en la plaza desde la pomposa inauguración del otro día. Una luz tenue ilumina el amplio salón, en el que se percibe mucho trasiego de camareros tomando nota y sacando bebidas y platos. Pedimos un par de pinchos de tortilla, unas alcachofas y unas croquetas para hacer boca mientras llegan. Hago la pregunta, que es acogida con sorpresa. Entonces, en lugar de argumentar pausadamente, me pierde la impulsividad (cosa rara, siendo tan reflexivo casi siempre). Me percato del patinazo enseguida. No por lo dicho, que es una gran verdad demasiado tiempo taponada cual olla exprés en ebullición, sino por la falta de serenidad al decirlo.

17.

Nueve de la noche, cero puntos. Día de gestiones y recados obligados. A la hora y media de esta mañana para guardar las fotos, entrando una a una en las interminables carpetas nombradas automáticamente mediante series aleatorias de dígitos y letras, se suman las dos que llevo ahora para migrar el teléfono, primero haciendo copia de seguridad y luego tratando de formatear el aparato para cedérselo como nuevo. Proceso infructuoso, con sus castas, los caminos de la tecnología son inextricables: echada lo que quedaba de tarde desde que hemos vuelto, para pegarme de bruces contra el muro a costa de no sé qué error 9006 de actualización de software. Por esta sensación de tiempo perdido y desaprovechamiento es por lo que todo lo burocrático-administrativo me da urticaria. Suena el telefonillo. Éramos pocos y parió la abuela.

18.

Presiono el pulsador que activa las burbujas del jacuzzi y me sitúo en el banco opuesto, justo en la diagonal que trazan los rayos de mediodía que penetran por una de las ventanas. En la piscina pequeña varios padres bañan a sus bebés, tela de graciosos con los gorritos y flipando con el agua, disfrutando de lo lindo unos y otros. Individualizo a uno de esos padres, más o menos de mi edad, para preguntarle luego. Relajo los músculos cansados, satisfecho de la tirada de largos completados a buen ritmo, y siento los chorros agitarme suavemente el tren inferior desde las lumbares. Con el solecito templándome la cara, cierro los ojos y decido que éste es buen momento para la meditación diaria.

19.

Muy abajo, separada del frondoso árbol de carpetas (una por proyecto, y varias para mails recurrentes tipo noticias del día, bases de datos, newsletters y comunicaciones de distinta índole), hay una agrupación de cinco o seis más bajo el encabezado de “Outlook Data Files” que debí incluir en su día al incorporarme. Me he ido a ella recordando que los correos que buscaba podrían estar ahí. Los encuentro, efectivamente, y además me da por divagar en otros. Mails escritos y recibidos en una vida pasada, lejana de años y sensaciones. Veo su nombre en muchos, pero resisto el impulso de pararme en ellos. De pronto encuentro dos fotos adjuntas, que sí abro: una con su hermano en una graduación, la otra con una pirámide al fondo. Hacía tiempo que no pensaba en ella, me percato de repente. Me paro y escucho mi interior al volver a verla. Compruebo que ya no hay rencor, más bien siento lástima por ella. Cuántas vueltas le habrá dado a aquel viaje y a cómo se comportó. Cuánto, en todos estos años, habrá lamentado perder lo que con tanta desidia dejó escapar.

20.

Pasamos del sitio donde habíamos quedado y de los dos siguientes. Los que se suceden a continuación, a lo largo de los bajos de la mole de edificio, también están a reventar, por lo que sugiero seguir un poco más allá, hasta el local de la esquina, para evitar aglomeraciones. Ahí encontramos buen acomodo y espacio sobrado para el carrito, donde el tío sigue durmiendo plácidamente. Nos bajamos un rústico de jamón ibérico y otro de pavo junto con una ensalada de rúcula, y rematamos con una escasita y cara tapa de ensaladilla. Hablamos de él, de qué hacer y cómo a partir de enero. Terminamos de comer, y es entonces cuando abre el ojo, todavía medio sobado y tela de lindo. Ya casi ni cabe en el capazo, cómo ha crecido.

21.

Un vistazo rápido a los números agregados muestra que la situación ha empeorado desde 2011, último año del que tenía datos en la versión anterior. El EBITDA, escribo, ha caído en cada uno de los años de 2012 a 2015, y en éste el margen es single-digit por primera vez, posiblemente en la historia. Los ingresos se mantienen al nivel de 2011, lo cual sugiere que se está teniendo que sacrificar rentabilidad para mantener las ventas. Hay €350k menos en caja que cuatro años atrás. Si bien en 2012-2014 se generó flujo de caja libre positivo (aunque en niveles significativamente inferiores a 2007-2011), en 2015 se consumió caja por casi €1m, con capex de €1,5m en 2014 y 2015. Esto nos ayuda a tener una mínima visión de lo que hay, reflexiono decepcionado por el resultado. La farra y la vida que se están pegando estos cabrones a costa de algo que nos corresponde no tiene nombre, me escribirá luego.

22.

Hace seis meses pensé que sería inviable, hace tres no daba un duro. Y sin embargo aquí estoy, cavilo asombrado. A las puertas de una nueva proeza, a punto de completar una segunda vuelta en la que me embarqué sin pensar en las consecuencias. Como hizo ella aquella vez, recuerdo visualizando el instante: cuando en la bifurcación de caminos, de pronto, en un acto tan reflejo como impulsivo, decidió ampliar al doble su carrera en lugar de entrar en la pista de atletismo para rematar los siete kilómetros que vino a correr. Ha sido difícil, mucho. He querido tirar la toalla tantas veces… Y heme aquí, con un par tan grande como el del caballo de Espartero. A falta de diez, que ya son nueve. Comienza la cuenta atrás.

23.

Es más tarde de lo que me habría gustado; pasadas las dos, me dice la esfera del rinconcito vintage. Abro la puerta con mucho tiento y paso al vestidor, donde cuelgo el pantalón y me pongo el pijama. Meto la camisa en la bolsa de tela, me quito las lentillas. A oscuras rodeo la cama, donde ambos duermen muy pegados. Destapo mi lado, me siento en el borde y me quito los calcetines. Me acomodo con sigilo boca arriba. Lo siento respirar, moverse en sueños. Pongo un dedo en su manita, que él agarra desde su subconsciente. Sólo dormiré algunas horas, pero ya me apañaré con ellas. Enseguida caigo dormido, envuelto en esta magia que no termino de creerme.

24.

La ciudad está radiante, preciosa bajo el cielo celeste y la caricia de un sol espléndido cuya rutilante luz multiplica el mar por los cuatro costados. Caminamos por las intrincadas calles hasta el mercado de abastos, que muestra un aspecto vivísimo en la hora punta del mediodía. Pescaderos, carniceros y fruteros desmontan sus puestos en tanto que el callejón de puestos de comida bulle de nativos y visitantes, cerveza o manzanilla en ristre. Nos instalamos a un lado del mostrador de un puesto de comida gallega, donde nos calzamos una tapa de ensaladilla de pulpo, albóndigas de lo mismo y croquetas de puchero. El chato soba encantado, adormilado por el jarilleo y el solecito. Estoy esperando una tapa de secreto ibérico de otro de los puestecitos cuando me giro y lo veo aparecer.

25.

No soy de arrancarme a cantar, pero observo la escena con asombro, un año más, apoyado en el marco de la puerta corredera. En el pequeño porchecito se han hecho hueco nueve o diez personas (de tres familias distintas, recuerdo el apunte compartido por él en la espectacular comida), más instrumentos (varias panderetas y un triángulo) y libretos. Observo a los invitados, que flipan con el festival de villancicos intentando seguir unas letras que les sonarán a arameo. Muy de vez en cuando, ya que somos casi los únicos pobladores de la urbanización en invierno, aparece alguna pareja paseando, también estupefacta con la algarada. Se respira un sanísimo ambiente de concordia y alegría en el que no faltan las risas y las chanzas. De pronto pienso en ella, que hace años que no está, y siento que su espíritu sigue vivo con nosotros, en sus hijas, sobrinos y nietos. Dondequiera que el tiempo me sitúe, siempre recordaré estas celebraciones navideñas en familia. La de gente noble y honesta; la de verdad.

26.

Llevamos caminando cosa de un kilómetro cuando le propongo esperarla allí mientras ella prolonga su paseo. Echo un vistazo alrededor, inspeccionando el terreno, y elijo la pequeña terraza que se ha formado en la duna. Con cuidado de no despertarlo me agacho, y apoyando las manos en la arena completo el movimiento muy despacio hasta quedar tumbados en la pendiente: yo boca arriba, con las rodillas semiflexionadas y haciendo un surco con los pies a modo de tope para no deslizarme; y él boca abajo, protegido por el gorrito y la mochila que lo sujeta a mí. Y así, flotando sobre la playa rebosante de luz, sintiendo sobre mi pecho su respiración, que se funde con el sereno rumor del mar turquesa, me sumerjo en una plácida modorrilla, una trasposición de categoría.

27.

Mitiquísimo: el circuito, la playa, la pradera con los topos, el desierto de chocolate, Ghost Valley y Bowser Castle, el lago helado, Rainbow Road… Fue in clásico de nuestra infancia y adolescencia, la de horas y de risas que nos echamos. Hacía lustros que no nos juntábamos los cuatro, y más aún sin las respectivas madres, así que interrumpimos las partidas para inmortalizar el reencuentro. A alguien se le ocurre replicar la foto enmarcada, tomada hará casi veinticinco años en la plaza de un pueblo de la sierra. Sentados en el mismo orden (el picha hasta coge dos naranjas, en un guiño genial), la superposición de las dos es espectacular: niños en la primera, tíos hechos y derechos en la segunda. Cada uno con su vida, pero unidos por una amistad eterna, indisoluble a pesar del paso del tiempo y la distancia. Cuatro hermanos. Cuatro tunantes.

28.

Saco tierra del agujero que ella ha empezado a excavar, hasta que a ojo el espacio nos parece suficiente para que pueda enraizarse. Sobre el saliente del murete, con la maravillosa luz de atardecer bañando la playa al fondo, corto las ramificaciones inferiores del retoño dejando únicamente el tronco principal. Entonces saco el cepellón de la maceta, lo coloco en el centro del agujero, apoyado en una estaca de guía, y lo tapo devolviendo la arena al hueco. Me quito los guantes, me incorporo y miro satisfecho el resultado. Ahí está. Tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol. Todo ello en un mismo año inolvidable.

29.

Madre e hijo duermen plácidamente a mi espalda, ajenos al sonido del teclado. Es difícil dejar de mirarlos. Vuelto hacia ellos, advierto de pronto mi doble reflejo: en el espejo de pared que tengo detrás y en el armario blanco a mi izquierda. Frente a mí se extiende la entrada al municipio flanqueada por el pinar, cuyo manto verde acoge la cálida luz de media tarde en tanto el cielo torna a rosáceo, y más allá el parque natural, las marismas y el pueblo blanco sobre el promontorio. Hay ropa tendida en una azotea, y un suave levante mece las hojas de las palmeras. De fuera llega el rumor de motores de los vehículos en ambos sentidos, perdiéndose los que salen tras la curva entre los árboles. El chatito ha abierto los ojos y se despereza. Se queda quieto, las manos flotando en el aire. Cambia de postura, vuelve a dormirse. No tardará en espabilarse.

30.

Nos despedimos de él secamente, como es habitual, y seguimos un poco más allá hasta el principio del puente donde tenemos aparcados nuestros coches. Exactamente como previste, le digo. En efecto, buena parte de la conversación ha sido una exposición de motivos acerca de la complejidad del negocio y la mala vida que supone estar atado a él (no obstante viven como marqueses, casoplones y cochazos entre múltiples lujos, lo cual ni han mencionado, faltaría más), aderezada con generosas dosis de autobombo y autoengaño, así como sucintas perlas con las que han pretendido igualarse a nosotros de un plumazo en inteligencia, capacidades y méritos. Pa mear y no echar gota. Aun así, nos vamos satisfechos, convenimos. La conversación llega veinte años tarde, y eran ellos tres quienes tenían que haberla promovido en su día, les he apuntado un par de veces; pero el tiempo pasa inexorable y juega en nuestra contra. Como primer contacto bueno es, más aun habiendo evitado el enfrentamiento. Era necesario levantar la mano y dejar claro que aquí estamos.

31.

La azotea ofrece una panorámica privilegiada no sólo del pueblo sino de la comarca hasta los cerros y el tapete verde de la arboleda, cual atalaya que permite ver sin ser visto. Aguanto el embiste del frío, embrujado por la quietud de las alturas. No pienso en nada concreto; simplemente observo, escucho y siento. De algún lugar próximo al río llegan sones aflamencados. Estoy un buen rato a la intemperie hasta que el sol desaparece por completo, dibujando un asombroso lienzo purpúreo a poniente al ocultarse tras el pinar. Tañen las campanas de la iglesia cercana, y miro cómo se contonean en su baile sobre la torre a escasos metros. Me vuelvo finalmente y estoy a punto de salir cuando, de nuevo sin pensarlo, detengo el movimiento y me giro para contemplar una vez más el mar en el horizonte. Mañana será el primer día en dos años en que no elija momento que escribir. Lo he hecho una vez más, pienso. Lo he conseguido. Si he llegado hasta aquí, no hay nada que me proponga que no pueda alcanzar. Encajo la puerta metálica y echo el cerrojo, que emite un sonido ahogado por el hueco de la escalera. Soy imparable.

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