Momentos: 16 – 31 Diciembre 2015

16.

Salgo al descansillo vacío quince minutos antes de la cita, y cuando las puertas del ascensor se abren me encuentro cara a cara con el presidente. Intercambiamos el saludo y bajamos en silencio, como los desconocidos que somos. Se me pasa por la cabeza preguntarle por los tres emprendedores que habrá visto hoy en la fundación de la que es patrono. No puede saberlo, ni imaginarlo siquiera, pero hace días me tocó leer los documentos y analizarlos con espíritu crítico para que él tuviera algo inteligente que preguntar si se terciaba. Estoy tentado de sacarle el tema, pero enseguida decido que es preferible ser prudente. Llegamos abajo, las puertas se abren y nos miramos a la cara, cediéndonos el paso cortésmente. “Por favor”, insiste. Le agradezco el gesto, nos despedimos y cruzo los tornos hacia la salida.

17.

Debe estar zumbado, pienso, o llevar un par de tuercas aflojadas, pues a cada rato murmura alguna frase incomprensible y mira inquieto a uno y otro lado. Cruza la rotonda y se incorpora a la autovía en el preciso instante en que se topa con la entrada, demasiado tarde para meterse. Por un segundo farfulla una protesta, y a la vez que se lamenta detiene el coche en el arcén. No puede ser, barrunto desconcertado, hasta que comprendo. Mirando por el retrovisor hacia la curva que acaba de trazar, el fulano ha metido marcha atrás y pretende recorrer los cien metros tanteando, mientras coches, furgonetas y camiones nos pasan a medio metro amenazando con llevarnos por delante y formar allí la de Dios es Cristo. Tire para adelante, ande, le increpamos. A ver si vamos a jugarnos la vida por no buscar un cambio de sentido en condiciones. El tarado emprende la marcha y retoma sus murmullos.

18.

La ciudad parece otra en esa parte del sur. Miro con curiosidad a través de la ventanilla, y me parece haber adentrado en territorio comanche. Las calles, ciertamente ambientadas (fruterías, carnicerías, farmacias, estación de tren, comercios variados, bazares chinos), dibujan un barrio obrero cuyos vecinos parecen vivir a otro ritmo, más pausado, entre construcciones de hormigón poco vistosas y sin atractivo aparente alguno. Predominan las mujeres de edad avanzada portando bolsas de la compra, jubilados fumadores con boinas o gorros de lana, inmigrantes africanos de buena planta vendiendo réplicas de zapatillas deportivas y cedés piratas. Por un momento me siento raro, fuera de sitio, como si al bajar del coche todas las miradas fueran a posarse en mí por el simple hecho de ir trajeado. Pulso el timbre; alguien activa la apertura al otro lado y empujo la puerta suavemente.

19.

Dejo varias monedas sobre la bandejita plateada y apuro el licor de menta, de un psicodélico verde turquesa. Las mesas a nuestro alrededor se han ido vaciando, y en el pequeño salón beduino tenuemente iluminado sólo quedan algunas parejas rezagadas en los postres o inmersas en conversaciones relajadas. Ella regresa del baño, la observo ponerse el abrigo. Está bellísima, como siempre. Muy buena comida, me dice. El tayín de cordero con ciruelas, el cuscús de pollo con verduras, los entrantes falafel y sabila, incluso el bocado de hojaldre con miel y pistacho, estaban espectaculares. Planazo improvisado que bien sirve de celebración. La contada de esta mañana, exitazo para estar orgulloso; y sobre todo nosotros, a pesar del desconcierto. Dadas las incertidumbres preferimos ser prudentes, pero no por ello reprimimos nuestra felicidad.

20.

Abro los ojos y despierto prácticamente envuelto en la oscuridad del salón, que va extendiéndose fuera en tanto cae la tarde. Frente a mí, noto que ella se remueve bajo la manta. Hoy toca apechugar y echar un rato de trabajo, lo cual no me place y me produce un perezón tremendo. Alguna vez tenía que pasar, pues estoy viviendo bastante bien, con un ritmo razonable que me permite dedicarme a mis otros menesteres. Ocurre, sin embargo, que la claridad mental y de ideas, el foco en el aprovechamiento, los hábitos diarios, implican un coste de oportunidad mucho mayor. Aun así, por más que me incomode, asumo mi responsabilidad y me pongo al lío.

21.

El efecto principal de llevar la cuenta es que, inconscientemente, uno se obliga por el simple hecho de puntuar; o por evitar no hacerlo, sorteando así la incomodidad que supone marcar un cero en la casilla. Hoy es el primer día exento, el inicio de un periodo de dispensa que decidí establecer para rematar metas irresueltas y concederme unos días de reflexión. La apatía inicial responde claramente a esa descompresión. Muchas veces el estímulo extra es necesario, dado que no basta con tomar conciencia de lo que a uno le conviene. Por eso me congracio conmigo mismo cuando vuelvo a levantarme, a sacudirme la flojera y a tirar para adelante.

22.

Observo las tres cartulinas, cada una diferente. Y. Matsui, Y. Shigemura y M. Akita, leo alternando la vista entre los nombres y las caras. El primero, venido de Phoenix, muestra un aire más occidentalizado y algo más de tablas. El segundo, que viste jersey azul marino bajo la chaqueta del traje, parece no hablar ni papa a pesar de que su tarjeta lo presenta como Director Financiero y de Planificación de una de las compañías del grupo situada en la periferia. El tercero, de Tokio, es un chavalito delgado e imberbe, con el pelo liso muy negro peinado hacia adelante, que perfectamente podrían haber puesto allí al azar sacado de un pupitre de escuela; de hecho, no me cuesta imaginarlo en una de las tiendas de manga (o, peor aún, en uno de esos edificios de varias plantas plagados de máquinas recreativas) del distrito de Akihabara. El cuarteto lo completa un inglés, director general del departamento de gestión de participadas, que lleva la voz cantante.

23.

Leyendo entre líneas concluyo que las cosas apenas han cambiado, lo cual no me sorprende. Salimos a la calle con el paladar tonificado, y la luz del día soleado y el soplo de aire me devuelven a la realidad. Nos despedimos sin mucha ceremonia emplazándonos para una próxima. Dejo atrás la esquina y el tramo de calle que tantas veces caminé, y el solo recuerdo del pasado me produce un escalofrío. Al tomar la curva respiro aliviado, sin añoranza alguna por el lugar, y mucho menos por los personajes. Qué bueno que salí de allí.

24.

El sol resplandece sobre los contornos de la ciudad más allá del puerto de contenedores. Nos acomodamos alrededor de una mesa de plástico cochambrosa, en las sillas a juego de promoción de una marca de bebidas. Hay dos o tres mesas más en torno al barecillo cutre, desperdigadas como caracoles en esa pequeña explanada al final del espigón. Pedimos raciones de papas aliñás, chocos fritos, cazón y boquerones. Cuando el tipo que regenta aquello nos sirve los tres botellines de cerveza bien fríos, la conversación pendiente no se hace esperar. Me basta su introducción para entender que sigue sin moverse, que esto está igual de enquistado. Una vez más me cago en todo: el marrón que nos deja por incapacidad, falta de miras, torpeza, ineptitud, está cada día más próximo. Y va a ser de los gordos.

25.

Dejo el libro sobre la mesa. Pliego las gafas y las coloco encima. Me inclino a un lado apoyado en el cabecero, cierro los ojos. Vuelvo a recordarla sentada en este mismo sillón, que era el suyo. El silencio de la mañana permite distinguir la cadencia de un tictac, y de fondo el hipnótico rumor del mar. El contraste de celestes, que se tocan en el horizonte, vaticina un día impresionante. Respiro hondo y me entrego a ese susurro hasta quedar traspuesto. El sillón sigue aquí, pero ella hace tiempo que no está.

26.

Deben haber pasado un par de horas cuando nos detenemos a la altura de la pasarela. Varios kilómetros atrás, recortada sobre el pequeño acantilado, se distingue la silueta de la torre de vigía hasta la que hemos llegado. Entonces me paro en seco y me digo “vamonó”. La playa está casi desierta; y qué más me da, en cualquier caso. Me quito la camiseta, me desabrocho los cordones, me saco zapatos y calcetines. Hago un poco el paripé con alguna sentadilla, un par de sprints y elevando rodillas en el sitio, para entrar en calor mínimamente. Es mejor no darle vueltas, así que me despojo del pantalón y echo a correr en calzoncillos, internándome de sopetón en el agua hasta que el oleaje del mar helado me derriba.

27.

Las farolas derraman su luz apenada sobre el asfalto solitario a lo largo de la extensa carretera que discurre junto al pinar, donde no se oye más que la vibración de las chapas agitadas por el levante y el permanente rumor del mar más allá del acantilado. Le he rechazado el consuelo por segunda vez en un rato, reflexiono contrariado, y ahora la observo caminar muchos metros por delante, probablemente conteniendo las lágrimas y con un nudo en la garganta. Me viene a la mente la fuerte discusión con él esta mañana, como nunca antes en mi vida. Me cuestiono si hay algo que estoy obviando, o no transmitiendo adecuadamente, para tener dos encontronazos diferentes tan seguidos. La veo desaparecer junto al murete de una de las primeras casas. Me detengo un instante, tentado de perderme entre la arena y la vegetación. Miro a mi espalda. En la semioscuridad del camino no hay un alma.

28.

Llegar antes de hora punta nos ha permitido hacernos con un buen hueco en la barra, que ya presenta su habitual aspecto embotado por ambos frentes. Le hemos metido un buen tiento a varias tapas tremendas cuando pedimos media de atún a la plancha para rematar antes del postre. Y a cuento del atún vuelta y vuelta, que ella requiere más pasado, me deja una perla para la reflexión. Es que a veces te apocas, me dice. Sonrío y asiento, mirándola como si acabara de conocerla. Cuánta sabiduría contenida en tres palabras: “no-te-apoques”. Me deja de piedra. Todavía pienso en ello un rato después, cuando salimos a pasear el casco antiguo, ligeramente entonado por el efecto de la cerveza y los riojas.

29.

Elijo un pantalón vaquero ancho y suelto y la camisa de cuadros azul marino, ambos clásicos de este armario, de cuando era adolescente, y seguramente despuntando estilo retro. Me echo varios toques de perfume y me calzo los tenis que tengo a mano, también por comodidad. Una vez limpio y aseado, saco la mesita al porche, frente al mar y el sol luminoso de la tarde, y coloco en ella el portátil, que enchufo a la toma de corriente. Tomo asiento en el silloncito, me acomodo el cojín en el respaldo y abro el archivo. Me hago consciente de la solitud en torno. No se oye más sonido que el piar de algún pájaro y el rugido de las olas. Fantástico beatus ille.

30.

Lo he conseguido, tío, me digo. Lo he hecho. Trescientos sesenta y cuatro días después de ese amanecer que fue el primer Momento, estoy a punto de culminar la hazaña. Me siento como el corredor de fondo que vislumbra la meta al doblar la curva. Faltan unos metros, muy pocos, pero al mirar atrás y entrever (que no asimilar) lo recorrido, un escalofrío de júbilo y orgullo me recorre el cuerpo. Ignoro si cuando cruce la línea de llegada podré seguir corriendo o si me desplomaré medio asfixiado. Quiere el destino que suene “Divenire”. Extiendo las palmas en alto y siento ganas de llorar. Ha sido una travesía alucinante.

31.

Camino lentamente por el corredor vacío, cuyo silencio abrumador aumenta la resonancia de mis pasos. Al otro lado del pabellón, impresionante, el edificio se extiende en varias plantas que albergan las aulas del centro. Giro el pomo de una puerta y encuentro una de infantil, con mesas bajas hexagonales, cajas de colores, plastilina, juegos en las estanterías, paredes forradas de pintarrajos. De pronto recuerdo, y empiezo a ver mentalmente la estructura de lo que fue, superpuesta en lo que es hoy: la construcción antigua, los espacios de antaño, el patio de arena, las escaleras. Entonces identifico la clase. Miro alrededor, calibrando distancias. Retrocedo en el tiempo, recupero de la memoria imágenes y sensaciones, visualizo el pasillo. Aquí fue, sí. En este mismo punto, oculto por la reforma y el pasado, ella me entregó a la señorita con gran dolor de su corazón, mientras yo lloraba como si se me fuera a desgarrar el alma, en mi primer día de colegio.

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