Momentos: 16 – 31 Agosto 2016

16.

Pica el ligero desnivel de subida a medida que asciendo al trote la larga avenida. Por un instante me parece advertir un oso panda tatuado en el muslo de una chica que pasea a su perro, entre toda una maraña de dibujos y líneas que le recorren la pierna, pero no me giro a comprobarlo. Me ha servido mucho el ratillo echado con él. No sólo por el bañito vespertino entre las dos carreras, que ayuda a despejarme y coger aire, sino también por la conversación. Comparto su preocupación. Claramente, el inmovilismo sólo nos llevará a que el problemón nos estalle un día en la cara.

17.

Lleva una blusa de Mickey Mouse, observo con curiosidad cuando se inclina para estudiarlo sobre la camilla. No adivino a discernir si su acento es insular o latino, pero su porte y proceder confirma la buena impresión que tenía de ella desde que apareció como una desconocida en el paritorio. Lo ha auscultado, movido, girado, tirado de los brazos y aprobado su buen estado general, cuando, retirado el pañal para pesarlo, el tío, sin cortarse un pelo, lanza un potente chorro de pis que no sólo se moja a si mismo pecho y cara sino que deja bien marcadas las dos paredes. Ea, ahí lo llevas, habrá dicho, quedándose muy a gusto. Nos ha salido reivindicativo, el chaval.

18.

El abrillantador del lavavajillas; la aceitera de cristal estallada al caer al suelo prácticamente llena; las idas y venidas a mostradores funcionariales en el Registro para cumplimentar uno de los muchos trámites administrativos; la llamada para pedir cita en otra instancia, respondida por la voz enlatada de una máquina que tras varios minutos pidiendo datos responde que esa hora no está disponible, pero no ofrece alternativas (para cagarse una vez más en las ineficiencias de los servicios públicos); las sigilosas incursiones en la cocina en mitad de la noche; las cortinas, que de pronto tengo que cambiar por unas al parecer más monas; el horno, de nuevo estropeado; las cuentas, actualizarlas; las fotos, descargarlas; el friegaplatos, retirarlo. No son los biberones, el esterilizador, la bañera, los pañales sucios, las cagadas y meadas, los despertares de madrugada, la escasez de sueño, ni el descanso entrecortado, los que me privan de espacio propio y por tanto me vacían. Son esas otras cosas las que ponen a prueba mi aguante. En este instante en paz él duerme a mi lado en su moisés, y yo por fin, aunque agotado, encuentro un momento de serenidad.

19.

Hasta esta ligera cabezada de sofá el día ha sido un no parar. Intenso pero productivo, habiendo dejado encarrilado el papeleo pendiente, que sigue siendo la piedra en el zapato. De una tacada he solventado buena parte con una amable funcionaria, he ido a por dos juegos de bajeras, he repuesto la aceitera y he comprado tomates y fruta. De ahí directamente a la cocina, trajinando una comida improvisada pero contundente que ella ahora reposa, aprovechando para recargar pilas mientras éste duerme. Con buena parte del día echada en la intendencia y el cuidado de los dos (que debo y quiero asumir sin injerencias), el reto será afrontar los dos proyectos, cuyos remates ahora se me antojan exigentes. Tendré que arañar cada resquicio de que disponga para evitar el desaprovechamiento, y aun así es muy probable que no llegue. En esos pensamientos estoy, sumido en la modorrilla, cuando el perrillo empieza a berrear.

20.

Se ha levantado un aire repentino que remueve las hojas de los árboles y llena el carro de florecillas secas, aportando el toque fresco a una noche de por sí muy agradable. ¿Otra cerveza?, pregunta el japonés es su castellano ramplón. Suele bastarme con una, y además ya nos hemos calzado gyozas, makis, rollitos y temaki, por lo que, a falta únicamente de los yakisoba, miro un instante la botella vacía de Asahi como buscando la respuesta en ella. Qué carair, estamos de celebración. Es nuestra primera noche fuera, y hoy cumple diez días. Ajeno a todo cuanto ocurre al otro lado del capazo, todavía bajo el influjo del paseo, el tío nos deja disfrutar con él de la velada.

21.

De la cocina llega el sonido de la máquina que he dejado conectada haciendo el puré de patatas, así como el crepitar del agua hirviendo en la olla y el constante rumor del extractor. Aprovecho esos diez-doce minutos hasta que pite para tirarme un momentillo, como si me enchufase a un cargador para reponer energía. Es de los pocos paréntesis en estos días, aparentemente relajados pero intensos en faenas domésticas. Un par de palmos más allá, sobre mi cabeza, sus simpáticos balbuceos y gemidos me envuelven en una atmósfera única.

22.

Acabo de cambiarle pañal y body y me dispongo a retirar la sábana bajera que ha vuelto a mojar (es inaudito que cada meada suponga renovar los tres), para lo cual debo soltarlo un momento. Acomodo el cojín de lactancia sobre el sofá, doblándolo por la mitad y juntando ambos flancos bien pegados en forma de hoja, y lo coloco tumbado con la cabeza en el vértice para, sin quitarle ojo de encima, vestir el moisés. Se queda quieto, mirando alrededor muy sereno. Está lindísimo, rediós. Me extiendo junto a él, observando de cerca cada gesto y carantoña como si tal maravilla fuera un espejismo. Tomando consciencia del consejo que nos dan todos: disfrutar de él cada minuto, pues habrá cambiado por completo antes de que nos demos cuenta.

23.

Están a punto de sacar la primera colección, una tirada de cuarenta vestidos que nos enseñan en la web que también han diseñado ellos. Tras un sinfín de avatares y mucho, mucho curro, esa remesa modesta debe ser su gran espaldarazo para apuntar a mayores volúmenes de producción en adelante, así como para comenzar a trabajar en la nueva línea de vestidos de novia. A eso aspiran sin ningún complejo, liándose la manta a la cabeza y tirando para adelante en un escenario complejo, en tanto han ido reinventándose por el camino para conseguir euro a euro, de su trabajo paralelo que también se han guisado solos, la financiación necesaria para poner la marca en marcha. Son, además, personas excepcionales. Agradecemos la visita y el ratillo que hemos pasado, el cariño y la emoción que le han mostrado al pequeño. Deseo de corazón que triunfen; cada vez más son necesarias personas como ellos.

24.

Fear of an OrdinaryLife”, leo. Es eso, supongo. De ahí mi obsesión por evitar el desaprovechamiento, mi convencimiento de que tiene que haber algo más. De ahí el esfuerzo por discernir de qué se trata, y por llevarlo a cabo a pesar de nadar contra corriente. Es una sensación incómoda que comparto plenamente con el autor. Dos comentarios aportan una perspectiva diferente. Por un lado, redefinir el marco, sustituyendo el negativo “miedo a una vida ordinaria” por un positivo “deseo de aportar significativamente, de contribuir”. Por otro, aceptar lo que es y sentirse feliz con ello, pero manteniendo un punto de inconformismo o insatisfacción. Levanto la cabeza de la pantalla. El salón está en penumbra y en calma. A mi lado, él balbucea en sueños.

25.

Opto por el cuchillo en lugar de la palita de plástico para seguir picando, y a la primera puñalada cae una enorme placa del techo. El hielo se ha ablandado razonablemente al contacto con el vapor de la tercera cazuela hirviendo, y ahora gotea como una lluvia provocada. El contraste frío-calor de dentro es extensible a mi cuerpo, pues tengo las manos heladas de sacar bloques y escurrir el trapo con el que voy achicando agua, a la vez que un calor tremendo me hace sudar la gota gorda. Esto lo limpio entero por mis huevos, me digo con insistencia para no dejarlo a medias. No me llevará mucho más, y cuando lo haga habré completado una semana pletórica como amo de casa. Estoy deseando el respiro de los días venideros.

26.

Nos despedimos prometiendo traerlo de nuevo mañana para que lo vean despierto, y ella se presta a acompañarnos el pequeño trecho. El levante, que ha soplado violento, inmisericorde, durante las últimas semanas, parece apaciguarse, abriendo la posibilidad al paseo frente a la playa. Cogida de mi brazo, lo mira y vuelve a emocionarse. Qué pena, solloza, le habría hecho tanta ilusión… La aprieto contra mí con el brazo libre, intentando consolarla. Aparentemente está bien, salvo algún achaque físico normal, y es impresionante cómo le funciona la cabeza, a su edad. Se trata de un dolor del alma, interpreto; y es que toda una vida con él es demasiado tiempo como para asumir la soledad a estas alturas.

27.

La casa está completamente a oscuras para prevenir el reclamo de luz a los mosquitos que aparecen con la calima, lo cual la envuelve en una serenidad total que contrasta con el jaleo que se respira a dos calles, con los restaurantes repletos y montones de veraneantes caminando a lo largo de la carretera hacia la zona comercial. El traqueteo del carrito lo deja sobadísimo, de forma que el tío ni se ha coscado del paseíto en torno a la urbanización. No tardará en protestar reclamando su ración de leche. Entretanto nos sentamos en el porche, al arrullo del rumor del mar, para comer algo ligero. No hay en el mundo un rincón como éste.

28.

Saciado de biberones, la carita que pone, ojos entornados apuntando arriba, es un poema; como si le hubieran dado una paliza y estuvieran reanimándolo entre asalto y asalto. Me siento y lo coloco boca abajo contra mi pecho, las piernecitas de rana encogidas y los bracitos estirados a mis costados. Noto su respiración abdominal, acelerada, y me concentro en transmitirle la pausa de mi ritmo. Con el mar de fondo y la luz de un nuevo día nos quedamos así, pegados uno al otro, y no tardamos en dormirnos disfrutando de la mutua compañía.

29.

Me ajusto las gafas, cuyo efecto chupona me comprime tanto el parietal que tengo la sensación de que no podría quitármelas sin que me arrancasen la cara. Una vez tomada la referencia de la orilla miro al frente para comprobar que a esa profundidad tengo pista libre. Ondea bandera verde en la atalaya de vigilancia. El agua está buenísima, y el mar tan sólo presenta ligeras ondulaciones que no llegan a formar corriente. A una distancia prudencial, pero lo suficientemente lejos para ser retadora, diviso la boya amarilla. ¿Hasta lo boya?, me digo. A mi ritmo, controlando el resuello y sin contar las brazadas, tiremos a lo que dé. Sonrío para mis adentros, inspiro y comienzo a nadar. Vamos a por ella.

30.

El sol se alza cada vez más vertical sobre la ensenada, perforando la capa de neblina que enturbia los contornos de los cerros. A un lado se extiende el pinar, que cubre de un verde fantástico la entrada al pueblo. Observo los tejados de las casas bajas colindantes, con ropas tendidas en las azoteas, y más allá el puente sobre las marismas y el cauce del río, que desemboca en la playa al fondo. La panorámica es espectacular. Apoyadas las manos en el pretil de mármol, me quedo un rato así, contemplando el paisaje y recibiendo el calor del sol de la mañana sobre cara y torso. De pronto, una chavala vestida con camiseta deportiva y pantalón corto aparece en el balcón del edificio de enfrente, se sienta en el suelo contra la pared y se enciende un cigarro.

31.

Sale del agua cual sirena, melena rubia cayéndole por los hombros, esbelta en su bañador turquesa con un volantito bajo el pecho y marcando pezones como tornillos. Venga, refréscate, me dice, te va a venir bien. No hace calor, pues un poniente suave ha dejado el día magnífico para el paseo sin necesidad de baño posterior. Tampoco hay tiempo para dar unas brazadas, habiéndosenos escapado buena parte de los minutos contados en un par de enganchadas de conocidos suyos. Sin embargo, cambio de opinión y opto por el chapuzón. No para beneficio del cuerpo sino para despejar la mente, de nuevo enzarzada en cavilaciones por el mail de este asfixiado.

Email this to someoneTweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>