Momentos: 16 – 30 Septiembre 2016

16.

Es muy probable que no vuelva a ser el que era, advierto de pronto al escucharlo contar. Un asomo de melancolía me golpea de repente, recordando al hombre enérgico de hace tan sólo unos meses y observándolo ahora, tan mermado y fatigado. Ha envejecido de pronto; diez, quince, veinte años. Aunque su conversación no es la misma, puesto que arrastra una vocalización dificultosa consecuencia de la parálisis, sí mantiene la lucidez mental. A su ritmo, que es lento y costoso, y a veces con la mirada perdida, todavía nos deja algunas perlas que anoto en mi cuaderno. Ideas importantes a retener: que el poder de la palabra es inmenso y no hay que desistir; y que no debemos ceder los espacios conquistados.

17.

Sentado en el borde de la cama, me he quitado los zapatos cuando ella entra a cambiarse, recién llegados del paseo vespertino que hemos prolongado hasta bien entrada la noche. La tomo de la cintura y me la acerco, recorriéndola con la mirada de abajo a arriba. En ese momento escuchamos un gritito, al que sigue un llanto de protesta que reclama la toma. Sonrío, sonreímos. Es increíble, coincidimos. Cómo unos simples gemidos pueden llenar de tanto amor la casa.

18.

El día es espléndido, de un cielo azul radiante como un lienzo. Caminamos cubriendo manzanas a través del trazado de calles perpendiculares y paralelas, que tomamos con cierta aleatoriedad. En una de esas salimos a la residencia donde él habría nacido si hubiese llegado un poco antes. No hace mucho que pasamos por allí, una mañana de principios de agosto. Ahora duerme plácidamente, bajo el hipnótico efecto del traqueteo del carrito. Vamos en silencio, fundamentalmente porque ella no se ha levantado muy católica y va rumiando su fastidio. En tales circunstancias las palabras no suelen hacer efecto (al menos el terapéutico que a mí me gustaría), así que decido no intervenir y seguir disfrutando del paseo. Recuerdo lo leído esta mañana sobre la necesidad de sonreír.

19.

Esto sí que no lo esperaba. A continuación de la amplia entrada, en la que me detengo un instante para echar un vistazo y comprobar si está el portero, me topo con el cartelón ocupando toda la luna: el nombre de una inmobiliaria que desconozco y debajo, en letras blancas sobre una franja roja, el anuncio de “se alquila”. Quién lo habría dicho. La cafetería presentaba buen aspecto cada mañana, y no pocas tardes se juntaban en ella grupos de jóvenes, posiblemente de la escuela cercana, a tomar unas cervezas. Llevaba en el barrio más tiempo que yo. Fue aquí donde, en un día lluvioso de hace casi seis años, nos sentamos los tres a hacer tiempo cuando vimos la casa por primera vez.

20.

Hace más de treinta años era yo quien iba en el carro. De entonces son los ligeros recuerdos, imágenes vagas, que todavía conservo paseando por este mismo espacio. A veces la vida tiene remotas coincidencias, guiños incomprensibles cuyo significado uno no es capaz de esclarecer. El caso es que han venido a verme por primera vez, y he bajado tela de contento a hacer un parón de media tarde. Ella, tan ilusionada como yo, insiste en que lo coja en brazos a pesar de que va en la gloria en el carrito, totalmente sobado, como suele con el mínimo traqueteo. Quiere plasmar el momento, y aunque para variar estoy lejos de la fotogenia (el traje, no obstante, me da un toque distinguido), sólo mirarlo y sostenerlo me produce una felicidad inmensa.

21.

Los chillidos y el berrinche se le pasan nada más tenderme boca arriba, con su cabeza reposando en mi torso, los pies en mi barriga y los brazos extendidos colgando de los costados. Es su postura favorita, enseguida se relaja. Y la mía no digamos. Una mano apoyada en el pañal, la otra arropándolo por la espalda, no tardo en quedar traspuesto. Así, uno en el duermevela y el otro medio sobado, los dos relajadísimos, compartimos media hora de siestecita inigualable.

22.

Hasta ahora no ha parado, se excusa al acercarse a verme. Sólo un café a las doce y media, y yo estaba liado. Me hago cargo, siendo su primer día después de dos semanas de vacaciones en “Ouhaio”. Sonríe con cierto rubor, compruebo, como si el espontáneo abrazo que me ha dado esta mañana le hubiese parecido excesivo. Me muestro natural, como soy con todo el mundo; y es que, además, a pesar de su belleza apabullante, estoy muy cómodo con ella. Iba a la impresora, me dice cuando le ofrezco hacer el parón y ponernos al día en la cocina; pero venga, va, de perdidos al río, se convence con fingida resignación. Me encanta su forma de conducirse, tan diferente de tanta niña pija que abarrota la oficina.

23.

La semana se me ha echado encima entre trabajo y compromisos, reduciendo al mínimo el tiempo disponible para practicar. Mientras él prolonga nuestra estupenda siestecita, sobado como lo dejé sobre la cama, me aplico en garabatear la conversación escénica. Me gusta la idea y el resultado, pero enseguida me topo con la realidad: iría apuradísimo para sacarla bien mañana. Así es, porque el chatito, que comienza a desperezarse, no tardará en reclamar biberones y atención; y porque ellos están a punto de llegar.

24.

“El titiritero observa a la niña correteando divertida. De pronto ella se acerca, y con una mueca traviesa le dice: ‘Hola, ¿puedo?’. Entonces moja la nube de algodón en el café, del que emergen caracoles de humo blanco. Él la mira mientras se aleja, y recuerda con nostalgia a Gabriela.” Alzo el brazo frente a mí, la mano temblorosa. Bien jugado, me digo cuando me congelo.

25.

Actualizar lo que sabemos implica poner al día nuestros conocimientos básicos: revisar, descartar, descubrir, completar, mejorar lo que hasta ahora habíamos dado por hecho. Me encanta la actitud de querer aprender algo nuevo, de expandirnos hacia nuevas inquietudes. Pero creo que también conviene volver de vez en cuando sobre lo sabido. Dar ese paso atrás, retornar al punto de partida. Porque desde la perspectiva y los conocimientos que tenemos hoy, quizá encontremos en esos orígenes algo que en su momento no captamos. Releo lo escrito, que me place, y voy asimilando el contenido. No hay mucho margen, y esta vez tengo que llevarlo bien atado.

26.

Sentado en el peldaño superior del tramo de escaleras, me saco del bolsillo y despliego el folio doblado en cuatro. Al frente una placa con el número trece y la letra B, y sobre ella una semiesfera saliente que no sé distinguir si es un artefacto detector de humos o una cámara de vigilancia. Intranquilo por si se trata de lo segundo, e imaginando que la sospechosa imagen de un fulano (uséase, yo) se esté proyectando en algún pequeño monitor en blanco y negro entre una miríada de pantallas, me pego el móvil a la oreja para disimular. Una puerta se abre con el ruido metalizado de hoja, pomo y goznes, al que siguen algunas voces que desaparecen tras el sonido de una segunda puerta. Continúo leyendo, el papel en la mano izquierda y el teléfono en la derecha, haciendo el paripé. El vacío y la soledad son abrumadores en las tripas del edificio.

27.

De repente siento una conexión total que va más allá de la mera repetición oral del cuento. Plantado con gran presencia y tremendo despliegue de voz y gestos, voy posando la mirada unos instantes sobre cada uno, jugando con la entonación y los silencios para tenerlos a todos en vilo. Sus rostros pasmados me confirman que lo estoy bordando. Disfruto enormemente, y me doy cuenta de que los nervios se han disipado por completo: estoy contando desde dentro, enchufado como nunca. Cuando pronuncio la última frase, entregándola con la mano extendida al frente, la atmósfera es sobrecogedora. Entonces ella habla, dice que le dan ganas de abrazarme y se levanta. Nos miramos sonrientes mientras se dirige a mí y nos fundimos en un abrazo prolongado.

28.

Una más, y debe llevar diez o doce. Miro abajo por pudor, o por vergüenza ajena. No sólo denota una flagrante incapacidad de expresión, sino que además, de tan repetitiva, resulta hasta cargante. Qué pensarán al otro lado de la línea. Recuerdo cuando en el colegio apostábamos a cuántas veces soltaba la muletilla el profesor. Cinco a partir de ahora, me digo jugando para mis adentros. Más ridícula aún resulta la pillada en el “e, e, e, e, e, e, e, e”, como el motor gripado que no arranca. Para darle un cate al nota. Qué importante es aprender a comunicar, oralmente y por escrito, y que poco se valora la aptitud.

29.

De entrante elije mollejas, seguidas de unas berenjenas confitadas con foie que están bastante buenas. Sigue igual de grueso que la última vez que lo vi, con la misma panza ensanchando su escaso metro cincuenta y ocho, la cara incluso más amofletada. Y tan zorro como siempre. Ha acabado yéndole muy bien, lo cual dice mucho de sus habilidades para moverse entre pasillos y despachos, teniendo en cuenta lo negado que es para hacer papel o modelo alguno, y lo mal compañero. Sin embargo, a diferencia de lo que creía, no intenta sonsacarme nada, ni da la impresión de haber montado la comida (llevaba meses persiguiéndome cual perro de presa) en beneficio propio. Así que echo un buen rato, después de todo. No siento resquemor alguno, advierto con sorpresa cuando salgo del restaurante. Es más, me reafirmo en que dejarlos fue la decisión correcta. Mi brújula no es el dinero.

30.

La veo de espaldas entre los árboles, sentada en uno de los bancos de piedra, y al acercarme la encuentro disfrutando de la tranquilidad que ofrece ese rincón en sombras de la plaza. Él se deja caer en sus brazos completamente relajado, ebrio de teta y todavía amodorrado por el paseíto. Está lindísimo, Dios. Lo cojo y lo observo dormir tan pancho, y luego la miro a ella. Los reflejos de la luz que se filtra entre las ramas acentúan el dorado de su melena y el mar de sus ojos azul turquesa. Quién me lo iba a decir, comento embelesado. Una parte de mí sigue sin creerse lo que estoy viviendo.

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