Momentos: 16 – 30 Septiembre 2015

16.

Cuando salgo de la tienda la lluvia aprieta. El viento la convierte en una fina cortina de agua que cae racheada, más horizontal que vertical. La gestión era necesaria. Seguramente aplazable bajo la excusa meteorológica, pero no quería postergarla más. Me coloco el casco y los guantes, arranco, maniobro para bajar el escalón y me incorporo a la calzada. Unos metros más adelante el semáforo se cierra. Parado en el cruce con la bulliciosa avenida no tardo en calarme, y cuando arranco siento la camisa empapada pegada al pecho, la chaqueta del traje chorreando sin remedio.

17.

Salgo del ascensor precipitado y me abro paso entre la muchedumbre que sale al vestíbulo en las horas del mediodía. Tengo que detenerme en seco y a conciencia para dejar paso en los tornos a un fulano al que casi me llevo por delante. Reflexiono entonces un instante y me pregunto qué me ocurre, a cuento de qué viene tanta prisa. He vuelto a acelerarme sin motivo, enfrascado en la tarea como si tuviera que sacarla cuanto antes. En una vida no tan lejana me ocurría esto a menudo, y me preocupa que vuelvan a aparecer los síntomas.

18.

No puede ser, pienso. No debo volver a rayarme. La situación es incómoda, cierto, pero no lo es menos que a base de crearme una historia en mi cabeza quizá la estoy magnificando. Y ese es un debate interior desagradable: ¿reconocer que igual lo estoy exagerando supone quitarle al asunto un hierro que efectivamente tiene? En cualquier caso, nada puedo hacer en este momento, y de mí depende pasar una tarde de trabajo agradable o seguir comiéndome el coco por algo que no puedo resolver ahora. Así que intento meterme de lleno en el presente y apartar esa rayada mental que sólo me enturbia el ánimo.

19.

Buscamos un hueco en el murete de piedra, sobre el espacio cuadrado de la fuente a reventar, y compartimos una pita griega de pollo y una Pepsi. El día es de los buenos y el plan puntero, diferente, con lo que el lleno hasta las trancas era previsible. Aun así, hemos venido sin prisas, sólo por disfrutar. Y eso hacemos, encantados de pasar juntos otro día.

20.

Acabo de terminar la tercera serie cuando lo veo aparecer en la sala. Viste camiseta naranja chillona, de alguna de las carreras populares que ha corrido, y mira en torno como pensando qué lo trae por ahí, todavía sin decidir qué hacer. No recuerdo habérmelo encontrado nunca de un modo puramente casual, y nada más verlo se me ilumina el rostro. Avanzo hacia él mientras se gira, y al colocarme justo a su espalda lo abrazo fuerte como amordazándolo, sin intención de evitarle el sobresalto. Qué gran coincidencia, regalo de primer día.

21.

Puedo ahorrarme perfectamente la lección y tirar para adelante, reformulando la tabla y corrigiendo el gráfico en consecuencia, pero no estaría actuando como debo. Parte de mi trabajo, así lo entiendo, consiste en formarla. Aunque en realidad, pienso, no lo hago por tratarse de mi trabajo, sino más bien por un genuino interés en que aprenda de sus errores, por más que tal aprendizaje no vaya a beneficiarme en adelante. Así que interrumpo la producción para llamarla y ponerla sobre aviso de semejante gamba, que acoge agradecida y sonriente.

22.

Extrañamente mi compi ya ha llegado cuando entro en el despacho. La saludo sonriente mientras dejo la bolsa del gimnasio sobre la silla (he decidido volver a las mañanas, como antaño, y estoy en pleno despegue) y me quito la chaqueta, que cuelgo mecánicamente en la percha. Abro la cremallera del bolsillo delantero para ir sacando bártulos: las gafas, el plátano de media mañana, la ración de frutos secos. Entonces suena el teléfono, y con el primer vistazo a la pantalla comprendo que algo no va bien.

23.

Enderezamos rumbo y arrancamos al paso. Cargo sobre mi hombro derecho, apoyando mi mano izquierda en la caja, y camino mirando al frente cuidando la pisada. La garganta se me hace un nudo y noto los ojos humedecidos a medida que avanzamos entre las filas de bancos repletos. Cuando descendemos el féretro y lo colocamos en el altar, percibo la música de la marcha militar que casualmente suena hoy en la plaza. La iglesia está abarrotada.

24.

Los avatares de la vida se cuelan en nuestras rutinas y nos hacen despertar súbitamente. Pero en la mayoría de los casos se trata tan sólo de un impacto momentáneo antes de seguir atrapados en la inercia. Esta vez el dolor, inevitable, queda suavizado sabiendo que al fin descansa; era más duro verle padecer y apagarse, el contraste entre lo que fue y a lo que había quedado limitado en estos últimos años. Con ese consuelo me quedo, y con el recuerdo del abuelo guasón y campechano con sus nietos. La vida sigue, y el tren de vuelta me devuelve nuevamente al día a día.

25.

Hago verdaderos esfuerzos por no sobarme allí mismo, o al menos para que no se note. Medio resfriado y con el estómago bramando, mi siguiente preocupación es que tales rugidos no sobresalgan por encima de las disquisiciones de abogados y contrapartes. El tostón es considerable, pues el tipo está sacando a colación puntos del contrato que ya estaban acordados, matizando frases o completando redacciones en párrafos no marcados como pendientes, lo cual está alargando el asunto más allá de lo previsible. Cojo una botellita de agua del centro de la mesa, me sirvo un vaso y le pego un buen trago; igual así me espabilo un rato y puedo seguir el hilo sin tanto sufrimiento. Estos tres días me han dejado para el arrastre.

26.

La progresión es impresionante, me dicen. Al parecer he ganado en seguridad y por tanto en soltura, y comunico con gran energía. No termino de creerme los halagos, porque no me parece plausible que los nervios que sigo teniendo lleguen tan amortiguados, e incluso pasen por aplomo. Sin embargo, pudiera ser que la procesión fuera por dentro, que mis palabras fueran más firmes y mi voz menos entrecortada, menos trémula. El temblor de la mano sigue ahí, incontrolable; pero no importa en absoluto, me devuelve el maestro, porque es signo de humanidad y cercanía. No ha pasado un año, recuerdo. Exagerados o no los piropos, lo cierto es que estoy en pleno proceso de mejora, en un crecimiento imparable.

27.

La tranquilidad de la tarde me concede un rato de silencio e introspección que aprovecho para retomar la lectura y mis notas resumen en tanto ella descansa. Afilar la sierra consiste en ejercer las cuatro dimensiones de manera regular, congruente y equilibrada, leo. De ahí saqué la idea hace un año, y en unos días se cumplirán once meses, nada menos, de registro diario de los hábitos correspondientes. Sigo leyendo, y de pronto valoro que quizá ha llegado el momento de ajustar las prioridades y retocar la herramienta de cara al próximo trimestre. Aún tengo que pensarlo, pero puede que sea buena idea redefinir qué es lo importante, simplificar y tratar de reducir la dispersión concentrando esfuerzos.

28.

Giro la llave, tiro de la portezuela peatonal recortada en el portón metálico y salgo a la calle oscura. Hay gente, poca, tomando algo en el bar de al lado. Cruzo a la otra acera, y unos metros más allá el paso de peatones al rebasar la esquina. Todo muy rutinario, habitual; salvo por mi ánimo. Miro hacia dentro en busca de algún motivo, pero no hallo nada concreto. Es más bien un estado general reflexivo, aunque también apesadumbrado. Por un momento percibo un aspecto diferente en el entorno: las fachadas, el pavimento, una valla de aviso de una avería en reparación, los coches que circulan camino de la avenida. La sensación es extraña, difícilmente explicable. Estoy bajo, sin más. O, quizá, sumido en exceso en ciertas cavilaciones.

29.

Las voces me llegan amortiguadas desde la sala contigua, suficientemente claras para entender extractos completos de la conversación cuando no hay ruido alrededor. Han tenido la imprudencia de ignorar las paredes de prefabricado, que son traspasadas por cualquier nivel razonable de decibelios. Oigo entonces las protestas encendidas, prácticamente gritos, que tanto por el tono como por el contenido me reafirman en la idea que me he ido formando de él desde que lo conocí hace unos meses: estoy ante un imbécil de categoría, un soplapollas de mucho cuidado. No me gusta un pelo verme en medio de las historias palaciegas que se traen él y su protegida, mimada y elevada a la categoría de experta de manera incomprensible. Me veo en medio de un lío que no tiene que ver conmigo, y ya me jode. Debo andarme con ojo.

30.

Es al bajar el segundo peldaño de la escalera de caracol cuando lo veo. Era cuestión de tiempo, claro. Él viene en sentido contrario, subiendo, y tarda un poco más en darse cuenta, prácticamente cuando tiene que esquivarme y quedamos a la misma altura. Nos saludamos con alegría y nos detenemos a intercambiar unas palabras. Soy consciente de que pueden ser fingidas, y de que la escena de apuntarse mi número (ya lo tenía en la agenda, comprueba en el momento) bien puede ser un paripé. Aun así, parece contento de verme. Yo lo estoy, advierto sorprendido. No siento el más mínimo rencor, más bien al contrario. De ahí que sonría orgulloso cuando, valorando la coincidencia, llego al pie de la escalera y me dirijo a los tornos.

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