Momentos: 16 – 30 Noviembre 2016

16.

Pego la moto lo más posible al seto para no interrumpir el paso a los viandantes. Clavo las patas con cierta dificultad, pues el jalón hacia atrás despierta el punto de molestia en la lumbar. Cruzo la avenida por el semáforo y unos metros adelante dejo a mi izquierda el Starbucks, donde veo que han puesto mesas alargadas compartidas, llevando el concepto casi a un espacio de co-working con varias personas echando el rato con sus ordenadores. No hay conserje en la portería cuando entro (estará haciendo la ronda de recogida de basura, pienso). Atravieso el descansillo, entro en el ascensor y subo al sexto piso. Saco el móvil del bolsillo para mirar la hora: las veinte treintaiséis. Llamo al timbre de la puerta, y al cabo de unos segundos escucho la voz al otro lado.

17.

Su semblante serio, adusto, de aparente resistencia o desconfianza inicial en la visita a la fábrica de esta mañana, se va relajando, y con las dos copas de blanco se suelta y coge confianza. En más de una ocasión nos pregunta si puede ir encargando el barco, y nos confirma que una vez venda quiere retirarse a vivir la vida, recreándose en sus planes de navegar por el Caribe. Es hombre de escasa conversación, compruebo. Un tanto simple incluso, ni siquiera está cómodo hablando de fútbol. Deben ir por siete las veces que insiste en que la canción de Niña Pastori es la mejor que jamás se ha hecho de una ciudad. Entonces le pregunto cómo empezó. Con veinte años, estudiando Económicas, quise montar algo, dice. Tiró de páginas amarillas para ver qué negocios encajaban con unos criterios que predefinió. Y decidió comprar unas bombillas halógenas a un fabricante y pasearse por su ciudad para venderlas. De ahí al bicho que tiene hoy, el principal fabricante nacional de luminarias LED. Espectacular.

18.

El edificio está repleto de niños allá por donde pasamos: en las clases, en las entreplantas, subiendo y bajando escaleras, en los pasillos, en el patio. Hasta la última esquina. No en vano, son dos mil alumnos hacinados en los tres bloques en mitad de la ciudad, un barrio de clase media-baja según nos ha explicado la directora. Dos mil niños y tres millones de EBITDA, una auténtica barbaridad. Me voy fijando en los carteles colgados en las paredes, muchos con frases inspiradoras de personajes célebres, como la de Steve Jobs acerca de buscar el trabajo que uno ama. Esparcido por diferentes lugares, con el emblema del colegio, un mensaje muy INSPIRATTIO, como una declaración de principios: “somos lo que hacemos cada día”. Me encanta.

19.

Nos paramos en mitad de la imponente escalera neomudéjar (más bien me detiene ella) y nos giramos para contemplar nuestras figuras en el enorme espejo. El lugar mantiene el aire distinguido, con arquitectura historicista y cuidada decoración con arcos que bordean el patio interior, columnas, artesanía, paredes y techos de azulejos, suelos combinando mármol y madera, sillones señoriales, y hasta reales, en los pasillos. Acabamos de excusarnos del salón entre el plato principal y el postre, y ahora ella saca el móvil e improvisa una sesión de fotos aprovechando nuestro reflejo. Entre el cóctel y el banquete llevo encima cinco copas de vino que empiezan a hacer mella.

20.

La lluvia fina, más propia de latitudes norteñas, se intensifica justo cuando salgo del coche, abro el maletero y saco el capazo. Para simplificar la operación opto por dejar el chasis y portar a Bebito como si fuera en una cesta (aquí sí que se nota el aumento de peso, cago en todo). La zona interior flanqueada por los edificios que componen la comunidad es inmensa, y alberga no sólo jardín y piscina, sino área de juego con columpios y hasta dos pistas de pádel. Calidad de vida, nos cuentan luego. Para cuando salgamos se nos habrá echado la mañana encima, jugándonos el caravanón de entrada en la ciudad siete horas más tarde. Pero no importa, convenimos. A veces hay que hacer el esfuerzo por mantener a los amigos: son las relaciones con las personas lo que da sentido a la vida.

21.

No pelearnos con el presente, recuerdo bajando las escaleras en dirección a la plaza. Puedo estar aproximándome a un punto de inflexión en mi vida, o eso siento, si bien el camino sigue cubierto de una niebla tan espesa que impide ver la bifurcación. Imagino un futuro diferente, lo positivo que sería para él. Por ellos estaría dispuesto a dar el paso; que también sería bueno para mí si las circunstancias fueran otras. Pero no en estas condiciones, rumio una vez más. No puedo ser yo el único que ceda (tantísimo, además) sin un gesto por la otra parte. A él, cuando crezca y pudiera explicarle, no le gustaría saber que lo hice. No puedo rebajarme de esta forma.

22.

Está contando como nunca, caigo en la cuenta de repente. Desde el inicio, con una primera frase que atrapa la atención y mantiene al público en vilo, pasando por una conversación buenísima y un desarrollo del cuento impresionante. Supera holgadamente los setenta, pienso observándola admirado, y ahí la tienes una vez más. Hoy se la ve más segura. De vez en cuando se traba, o tropieza mínimamente; pero eso no la disuade de tirar para adelante, y enseguida encuentra sobre la marcha las palabras para continuar sin menoscabo de la historia. Y es que el cuento no está memorizado, sino en su cabeza. Es capaz de reinventar. Los gestos, la modulación de la expresión, el tono de voz, el ritmo. Todo en ella es pura oralidad.

23.

Hoy me habría quedado en la cama muy alegremente, acurrucado con ellos, sintiendo la respiración de ambos en la semioscuridad. El día es lluvioso, la calle está húmeda y hace frío. Cuando salgo del garaje las gotas empiezan a mojarme el traje, y no tardo en sentir el biruji en los pies, que llevo cubiertos con calcetines finos de vestir. Además, la lluvia ralentiza el tráfico, lo cual dificulta maniobrar entre los coches y me expone aún más a la intemperie. En días como hoy, el mero hecho de levantarse y ponerse en marcha, con lo que queda por delante, es prácticamente una heroicidad.

24.

Puede que sea efecto de la sugestión provocada por las explicaciones de la guía, pero es cierto que la pintura adquiere una dimensión diferente vista unos pasos más atrás. La estancia parece ahora más alargada, la luz que penetra desde la ventana de la derecha menos lúgubre. Los personajes, clavados en el instante en que ven aparecer a los reyes, cuyo reflejo se aprecia en el espejo dibujado al fondo, tienen una mayor expresividad y realismo. Volvemos a alejarnos, contemplando el cuadro desde el fondo de la sala. El efecto anterior se magnifica, la infanta da la impresión de ir a salirse del lienzo y cobrar vida. Era un genio, concluye la mujer mientras nos invita a continuar con la visita. Cómo cambia todo visto con otros ojos, pienso, en el contexto adecuado y con la oportuna orientación.

25.

Segunda calada en cuestión de un rato, primero en la moto volviendo de la rehabilitación y ahora al salir a comer al japonés de enfrente, donde me he echado unas risas con estos dos. Hace un día de perros, instalado en una extraña combinación de lluvia persistente y frío cortante, así que tampoco es mala echar un rato de curro al calentito. Antes de ponerme de nuevo al lío cojo la botellita de aluminio y me encamino a la cocina cruzando el pasillo vacío. Hay poco movimiento en la planta, tanto por ser viernes como por la hora, las tres y cuarto. Tiro del portón. Entonces me la encuentro de frente, solitaria, sentada en la mesa alta del fondo, comiendo directamente de un tupper que se ha traído de casa.

26.

He pasado con él menos tiempo del que me gustaría en las últimas semanas, así que hoy que puedo  (aprovechando, además, que salir a la calle con este gélido diluvio es impensable) lo disfruto mucho. Lo he cambiado al despertarse; hemos jugado un ratillo entre sonrisas y se ha sorprendido de tener por primera vez agarrado el sonajero de madera, agitándolo desacompasado; me lo he puesto en el regazo mientras leía sentado en el puf, cara a mí; me lo he colgado de la mochila para hacer la cama… Y así, en la mochila, con esa carita de pachón mirando hacia arriba, se ha quedado sobado mientras tecleo en el ordenador. Hasta ronca, el tío. Dios, está increíblemente bonito.

27.

Acordamos dos menús degustación para los cuatro, sujeto a que lo permitan. Consultamos a la chica (no es la habitual, de hecho no la habíamos visto nunca) y nos suelta que hoy no hay menú degustación porque es el último día. Así, a bocajarro. Cómo, pregunto, el último día de qué. Del local, hoy cierra. Qué me estás contando, le espeto a la individua sin dar crédito. No es posible, ¿qué me he perdido? Aduce no sé qué motivos, pues del desconcierto ni la escucho. Bajonazo máximo. Bofetada con la mano abierta para darnos cuenta de que la vida es un cúmulo de ciclos, y nada es perpetuo.

28.

Plantada con el cubo de la basura y los enseres de limpieza en la puerta de mi despacho, me pregunta cómo estoy. Me cuenta que el viernes se metió un hostiazo con una silla que la dejó lista de papeles y al borde del desmayo, en urgencias al día siguiente. Quizá se le haya movido la placa que tiene en la rodilla, y en tal caso tendrían que abrirle y recolocársela. Y está la cosa como para cogerse la baja, se lamenta. Estirando un poco la conversación me cuenta que tiene tres hijos (fue madre con diecisiete años y salió para adelante ella sola, separada al poco de serlo) y dos nietos. A la de cinco años la está criando ella, pues el novio de su hija salió por patas al conocer que estaba embarazada y negarse ella a abortar, después de ocho años de relación; no se supo más del prenda desde entonces. Su hija, que trabajaba de camarera, está cobrando el paro, y entre las dos se apañan para ir tirando con la niña. Esa es la vida, realmente; la de verdad, la que está ahí fuera. La nuestra, en cambio, es una existencia cómoda.

29.

Suena el despertador. Aflojo el volumen tocando en el lateral la ruedecilla, y a tientas palpo el aparato hasta dar con el botón alargado del snooze. Hoy se presenta un día tranquilo, bastante similar al de ayer. El fin de semana, además, cumplí la meta de ponerme al día, a falta de unos cuantos pendientes de agosto que afrontaré en los próximos festivos. No tengo, por tanto, ninguna necesidad de levantarme todavía. Sin embargo, no han pasado diez minutos (lo sé porque la radio no ha vuelto a cantar) cuando me obligo a salir de la cama. Me gusta ir con tranquilidad, disfrutar del proceso de desayuno y ducha sin agobios. Pero, sobre todo, comprendo, tengo tremendamente arraigados los conceptos de disciplina y aprovechamiento.

30.

Los renglones en la pantalla se disocian, duplicándose, y me cuesta un mundo mantener los ojos abiertos. A partir del post, que consigo leer a duras penas, anoto tres o cuatro ideas para desarrollar el artículo más adelante, según las indicaciones del curso. Es tarde, mucho. Pero ni por esas: sigo sin conformarme, buscando sumar un punto más a pesar del reventón. El pequeño lloriquea en sus brazos, un instante desesperado y al siguiente en calma, y vuelta a repetir secuencia; no hay forma de que se duerma. Pienso en la reunión de esta mañana, la casposa sala de juntas, el viejo, el colegio. De pronto recuerdo que es final de mes, que ya sólo queda uno. Dos entregas, un último empujón; las rampas definitivas para coronar puerto. Hace justo un año estaba sentado en el mismo sitio, también pugnando por mantener la vigilia.

Email this to someoneTweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>