Momentos: 16 – 30 Noviembre 2015

16.

El edificio queda a la vuelta de la bocana, justo enfrente de la gran tienda de ropa de varias plantas que han abierto recientemente para delirio de fans y pasmo mío, que no dejo de sorprenderme ante tal avidez e incondicionalidad. Flanquea la entrada, acomodados entre cajas y varias mantas en el suelo, una joven pareja de mendigos con escasa pinta de indigentes. Me fijo en el portal, muy señorial, a través del que accedo al hall por una puerta giratoria de madera. Saludo al portero y me quedo allí esperando, observando la particular arquitectura de una construcción que combina estéticamente lo moderno con el toque añejo, de época, como el de los dos ascensores de hierro forjado que bajan al descansillo por una estructura vista, el pasamanos dorado de la escalera y los anchísimos peldaños de mármol. En lugar de sacar el libro decido estar sin más, disfrutando de una tarde inesperada, viendo la vida pasar mientras aguardo.

17.

Detenido en el borde, calibro la ocupación de las calles. Mismo número en cada una, observo, incluso en la lenta, así que es indiferente por cuál me decida. Muevo los brazos en aperturas a los lados y en extensiones arriba y abajo, y estiro la parte posterior de las piernas alternativamente tocando la puntera de la chancla. Mucho mamoneo innecesario, como si tanto preámbulo fuera a ahorrarme el trance. Me coloco bien las gafas, asegurándome el agarre de la chupona, y doy un par de pasos al frente. Dudo uno, dos segundos, antes de dejarme caer, zambullirme y sentir el frío del agua.

18.

La tranquilidad de este espacio y tiempo personales me brinda una valiosa oportunidad de introspección que dedico a la lectura aplazando la comida un buen rato, el mismo que le quito a la siesta que podría echarme luego. El fragmento habla de costumbres, de rituales, de tácticas inspiradoras. Invita a incluir sistemas que ayuden en la consecución de resultados, al menos que proporcionen un marco para mantener la constancia. Llevado al ámbito empresarial, algo así como un sistema de control de calidad. “Estructuras para el éxito”, las llama. Me gusta. No lo había visto por escrito, pero ahora me doy cuenta de que exactamente para ello diseñé y mantengo mi herramienta, los “4D Habits”.

19.

Al aproximarme al ceda reduzco velocidad hasta casi detenerme. Sin apoyar los pies, mantengo el equilibrio mientras miro a la izquierda y dejo pasar al vehículo que sube por la perpendicular y gira noventa grados, hacia la prolongación de la calle que traigo. El coche que tenía delante se aparta dejándome frente a la placa del que acaba de aparecer, instante en que la veo y siento el escalofrío. Ahí está la cifra mágica, como una llamada secreta. Por un segundo intento descifrar si las letras “CZL” que completan la matrícula significan algo; pero enseguida vuelvo a los dígitos, pegándome al culo del coche como hipnotizado. Cuando en el cruce advierto que sigue de frente me planteo seguirle. Adónde vas, hombre de Dios, pienso volviendo en mí antes de seguir mi camino y echar un último vistazo al número cabalístico.

20.

He tenido casi un mes, cago en todo. Vale que los primeros veinte días eran del todo prescindibles, y bien que los he dedicado a otras cuestiones, pero para esta semana era meta prioritaria. No sé qué carair he hecho para llegar a este punto absolutamente en bragas. En realidad sí lo sé, está muy claro. Postergar, eso es todo lo que he hecho. Es más fácil sumar puntos en terreno llano, siempre más manejable y llevadero; lo chungo es afrontar la incomodidad, coger el toro por los cuernos. Así que ahora estoy jodido. No me van a quedar más que unas horas (y eso madrugando mucho un sábado), y no soy precisamente un monstruo de la improvisación.

21.

Las dos medias que pedimos como entrante, acompañadas de dos claras con limón, apenas dan para abrir boca: tres croquetas de gallina y tres pinchaditas de finísimas láminas de boletus por cabeza. La media de merluza, cocinada en no sé qué salsa y con qué guarnición de pitiminí, es, literalmente, una cola mínima igual de fina que una anchoa que, dividida longitudinalmente, uno estira en dos pinchadas ligeritas con un poquito de pan. Trece cincuenta la ración. El corzo viene servido en cinco medalloncitos del diámetro y grosor de una moneda de dos euros. También trece cincuenta. De postre, cuatro cucharaditas de crema de yogur y otras cuatro de chocolate con calabaza. La jefa de sala no nos acompaña a la puerta, como ha hecho hace un momento con la conocida actriz televisiva que acaba de marcharse sonriente. A diferencia de ella, nos vamos estupefactos por la tomadura de tupé y el atraco impudoroso. Con 60 euros menos en la cuenta y un hambre de tres pares de cojones.

22.

El contacto con su piel desnuda me sumerge en un letargo delicioso. Nos dejamos arrastrar por la calidez de los cuerpos inmóviles bajo las sábanas, en la quietud de la caricia y la conexión. Poco a poco nuestra respiración se entrelaza serena, y vamos cayendo en la prolongación del sueño, como una prórroga sin penaltis. Siento la suavidad de su mejilla, su nariz pequeña y respingona. La observo por un instante, muy de cerca. Estrecho el abrazo, cierro los ojos, me entrego al momento.

23.

El disco ámbar al fondo torna a rojo antes de darme opción a meter puño. Quedo parado a solas en la línea del semáforo que regula el cruce con la avenida, a escasos metros de la boca del túnel, y empiezo a sentir el frío penetrar entre la manta a la altura de los muslos descubiertos. Pronto amanecerá, pero aún no hay atisbo de claridad: es de noche y voy medio sobado, o no del todo espabilado. Me cuestiono si esto es necesario, me pregunto qué carair hago aquí a estas horas, con este pelete, pudiendo estar en la cama todavía un rato largo. Debo estar zumbado, es el último pensamiento que recuerdo antes de que un fulano con barba profusa, mallas ajustadas y sudadera térmica amarilla fluorescente atraviese trotando a buen ritmo, dejándome noqueado al verlo cruzar la calle mientras el muñeco verde comienza a parpadear.

24.

El taxi discurre por la larguísima calle, al final de cuyos más de diez kilómetros lo hemos parado después de caminar un pequeño trecho desde el polígono de oficinas y talleres. El barrio es obrero, con mucho comercio y tienda de detalle a ambos lados de la avenida, que bulle con bastante movimiento a pesar de la tarde gélida, ya anochecida. En estas estamos cuando distinguimos los carteles. Droguerías, ópticas, pequeños establecimientos, lucen la pantomima: “Black Friday”. No teníamos suficiente con Halloween, con Papá Noel, con el día de San Patricio que desde hace algunas temporadas todo quisqui celebra; así que nos la han vuelto a meter doblada. Puestos a subirnos al carro de las gilipolleces, sólo falta que el año que viene a alguien se le ocurra pregonar a bombo y platillo la venta pavos para el día de acción de gracias. Y no faltarán cretinos que los compren.

25.

Con gran esfuerzo por alejar los pensamientos reptilianos, me tiendo por tercera vez en el suelo boca abajo, los puños cerrados agarrando a las mancuernas, y comienzo una nueva serie: flexión, remo a un lado manteniendo el equilibrio, remo al otro, y vuelta a empezar. Me incorporo a duras penas y completo las repeticiones de power cleans, para acto seguido hacer las sentadillas con las mancuernas apoyadas en los hombros, que empiezo a sentir reventados. De ahí, sin interrupción, lunges hacia atrás levantando las pesas en vertical sobre la cabeza, una vez con cada brazo. Cuando termino el último y las suelto el alivio es tremendo, pero casi no puedo mantenerme en pie. Gotas de sudor me caen por la cara mientras me agarro a un taburete y respiro como puedo con mucho aspaviento, hiperventilando.

26.

He dejado pasar la ocasión de meter la cuña, y ahora me maldigo por ello. No es necesario que hable, pero teniendo algo que aportar no entiendo a cuento de qué viene quedarme callado. De pronto dejo de escuchar al asesor, que habla desde la autoridad que le otorga su trayectoria, y su voz se entremezcla con el ruido de mi lucha interior y mi nerviosismo. Lo fácil es no decir nada, por supuesto, quedarme sentado como un convidado de piedra; pero entonces saldría de allí mosqueado conmigo mismo. Nadie en esa sala conoce mejor que yo la compañía, y nadie ha tenido esa experiencia que viene al caso y es pertinente aportar. Sé que tengo que hacerlo. Nadie más lo echará en falta, pero sí es relevante para mí. Permanezco atento a la conversación. Aprovechando una ligera interrupción del inglés sentado enfrente, me lanzo a hablar sin pensármelo dos veces. Noto sobre mí todas las miradas, y estoy cómodo con ello.

27.

Por el rabillo del ojo la veo levantarse de su sitio y dar los pasos habituales por el tramo para mí visible de la sala, hasta que dos segundos después vuelve a aparecer en la puerta. Entonces, en lugar de caminar a lo largo del pasillo como hace siempre, percibo que el movimiento se detiene y se me acerca. Fascinado, levanto la vista de la pantalla justo en el instante en que me encara de frente y, como disculpándose, rompe el hielo y se dirige a mí por primera vez. Detallazo el suyo, momentazo para enmarcar.

28.

Siento que avanzo. Cuando uno se pone y le echa tiempo, las cosas parecen fluir de otra manera y salir del aparente estancamiento, que en realidad no es más que falta de dedicación. Escribo, formateo, publico. Anoto en el archivo de registros, pulo algún detalle y decido próximos pasos. Enchufado a la lista de “música motivadora/para venirse arriba”, miro el mural y busco la frase. “The more action you take, the more you want to take action”. Qué gran verdad. Ahí está la esencia de INSPIRATTIO.

29.

Tumbado sobre los listones de madera, respiro relajadamente mientras siento cómo mi cuerpo va absorbiendo el calor seco de la estancia, que recuerda a una cabaña nórdica a los pies de un lago helado (muy probablemente sólo me la evoque a mí, producto de un repentino desvarío). Cierro los ojos y extiendo los brazos a ambos lados del cuerpo con las palmas hacia arriba, juntando ligeramente índice y pulgar. Noto la piel al límite de la quemazón, y entonces imagino que estoy sufriendo la pegada del sol veraniego, tirado en la arena sobre la toalla con el rumor del mar al fondo. Con cada inspiración las fosas nasales se me abrasan, y empiezo a sentir gotas de sudor emergiendo por la frente. Me quedo ahí muy quieto, desconectando cuerpo  y mente.

30.

Resignado a deponer el libro, pues las fuerzas ya no me dan ni para sostenerlo, subo la tapa del portátil con un último aliento, introduzco la clave que despliega la herramienta y registro ceros y unos en esa última columna del mes que acaba de marcharse. Diez puntos por encima del objetivo, con todas las filas en verde por primera vez en un año, observo. Eso significa algo, deduzco satisfecho mientras presiono los botones “control” y “G” y pincho en el aspa de la esquina superior derecha. Algún cambio introducido está dando resultado. El análisis, si es que procede, decido dejarlo para otra ocasión: ahora sólo pienso en destrozar la cama.

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