Momentos: 16 – 30 Junio 2016

16.

Apenas se ve nada, pero qué más da. Está bien, y eso es lo que importa. Tumbada en la camilla, ella pregunta una y otra vez buscando una confirmación, queriendo alejar la inquietud. La posición es buena, con la cabeza hacia abajo y las manos cubriéndose la cara en un gesto habitual. Ha salido tímido, bromea. Sigue creciendo a buen ritmo, en torno al kilo cuatrocientos; no es pequeño, por tanto, en contra de lo que cabría pensar. Todo a pedir de boca, qué alegría. Estará con nosotros en nada, y ya lo esperamos con una ilusión tremenda.

17.

En lugar de seguir la ruta habitual decido adentrarme en la plaza. Total, qué prisa hay, valoro. Suelto la bolsa de deporte sobre uno de los nuevos bancos de madera. Cuando termino de hablar con ella me echo el móvil al bolsillo y me apoyo en el respaldo con los brazos extendidos. Miro en torno, arriba, y contemplo relajado una perspectiva diferente del lugar. Escucho el sonido de los pájaros. Dos perros se bañan en la fuente y corretean alrededor, disfrutando de lo lindo mientras sus dueños conversan sentados sobre los escalones al otro lado. Qué bueno es a veces tomar distancia y ver las cosas, sobre todo las que nos son más familiares, desde otro ángulo, desde un prisma distinto, con otros ojos. Saco el libro de cuentos y comienzo a leer, encantado.

18.

En el mismo instante en que alcanzamos el semáforo por la estrecha acera, justo en ese mismo instante, él, que pasea empujando un carro y acompañado de un señor que resulta ser su suegro, se detiene en el cruce desde la amplia avenida perpendicular. Por un momento le noto vacilante y juraría que le cambia el gesto. Me da la impresión de que habría preferido evitar verme, pero no le queda otra, pues nos encontramos cara a cara con una coordinación que ni adrede. Paso por alto su aparente incomodidad y le doy un abrazo efusivo y sincero que parece relajarle. Conozco así a su hija de quince meses, una niña lindísima, y nos ponemos brevemente al día, a base de grandes titulares, en el tiempo en que cruzamos el semáforo y llegamos a la tienda unos metros más allá. Me alegra mucho verlo; y sé que, a pesar de haberse borrado del mapa incomprensiblemente, él también siente lo mismo.

19.

No doy crédito a lo que veo, seguramente porque nunca había visto bailar así. Ella pasa de uno a otro moviéndose con absoluta fluidez, sin que el intercambio, cual pelota en un partido de tenis, suponga trabar la coreografía. Ellos, por su parte, no escenifican una pugna por ella, sino que la comparten, cuidándola y posándola con mimo en brazos del compañero para luego recibirla con suma delicadeza. Incluso bailan entre sí por momentos, y hasta a la vez con ella, que desafía los límites de la belleza a cada paso, con cada giro. La coordinación es más que asombrosa, sublime, y no tardo en darme cuenta de que estoy ante algo único. El tango adquiere una nueva dimensión, un menage a trois sobre la pista como pocas veces se habrá interpretado, y menos aún por bailarines no profesionales. Es realmente alucinante, tremendamente inspirador. Me encanta la gente que quiere ir más allá, que da lo mejor de sí misma sin pedir nada a cambio, ni buscando más recompensa que su propia satisfacción.

20.

El ascensor baja de un tirón las quince plantas, y en ese intervalo de diez-doce segundos ninguno de los dos decimos palabra. Cuando las puertas se abren le cedo el paso apoyando la mano en su espalda, en un gesto que no llega a ser una palmadita pero que al menos disipa el incómodo silencio. Mientras pasamos la tarjeta por el torno comenta en tono jocoso: “¡na, sales de día y parece que te has cogido la tarde!” El consuelo de los necios, pienso. Pobre de aquel que sólo vive para esto. Pasan diez minutos de las nueve, y para mí es otro día que se me escapa como arena entre las manos.

21.

Me levanto sin pensarlo, de un tirón, y entro en el baño como cada mañana. Dejé todo preparado anoche, luego no hay más que seguir adelante por inercia. Sin embargo, por alguna razón injustificable le abro la puerta al pretexto (estoy reventado, no he dormido lo suficiente), y de esta forma el proceso rutinario se detiene a las primeras de cambio. La habitación está oscura, es demasiado pronto para que penetre la claridad a través de los resquicios de la persiana. En esa quietud permanezco de pie un buen rato, debatiéndome entre el camino fácil (es decir, abandonar) o echarle el par de huevos que el asunto requiere. Todavía sobado me visualizo una hora después, en pleno esfuerzo. Craso error, pues ahí sucumbo. Atraído por su respiración profunda, tiro la toalla, vuelvo a meterme en la cama y me acurruco junto a ella.

22.

Llega a la mesa acelerado, y acelerado me estrecha la mano cuando me levanto para saludarlo. Es el de siempre, es acelerado como vive, compruebo entre preocupado y divertido. Ha tendido su tercera hija hace un mes, y ahí sigue, desbordado, atacado, conteniéndose para no echar pestes por la boca, riendo por no llorar. Este trabajo es una mierda, convenimos los tres. Por lo ingrato y por lo desagradecido, por aquellos a quienes uno tiene que aguantar. Somos esclavos de un sueldo, pienso, algunos más que otros. Le admiro y le aprecio (de muy pocos he podido decir algo así en este mundillo a lo largo de tantos años), pero no quiero parecerme a él. No es ésta la escalera por la que quiero ascender, eso sí lo tengo claro. Estoy a tiempo de salirme de la rueda.

23.

Giro una vuelta completa de llave, más un cuarto. La casa tiene una quietud acogedora, y desde los ventanales del salón se filtran las últimas luces del día. Empujo la puerta de la habitación, deseando despojarme del traje y los zapatos para ponerme cómodo y olvidar las tensiones de otro día de trabajo intenso. Sobre la cama encuentro la maleta abierta. Me detengo, examino el contenido y me quedo paralizado. Hay pijamitas, camisetas diminutas, tres patucos mínimos, varios conjuntos de primera puesta y un arrullito. Impactado, imagino cómo será, y qué sentiré cuando lo tenga en mis brazos.

24.

Pega una calufa muy seria, acentuada en estas horas centrales del día en que el sol radiante golpea vertical desde el cielo azul. Camino con la chaqueta en la mano, y ahora me arrepiento de no haber soltado arriba la corbata. Subo las escaleras y dejo a un lado el edificio de oficinas, del que salen en tropel los afortunados que empiezan ya su fin de semana. He atravesado la plazoleta y me dirijo al portal cuando la veo. No nos cruzamos de frente por un par de segundos, y porque al intuir que es ella me detengo confundido, dejo que salga y camino unos pasos en su dirección. Ha sido un instante mínimo, fugaz, pero suficiente para distinguir el perfil de su tez morena y su larga melena. La observo alejarse antes de dar media vuelta, intrigado por la tremenda casualidad y preguntándome por qué no la habré saludado.

25.

Me entran ganas de bailar al ritmo del temazo que llevo conectado en los auriculares, reproduciendo directamente desde INSPIRATTIO. Paso junto a un par de bares con varias mesas en la calle donde la gente se toma la cerveza de última hora de la tarde. Llego al semáforo, que cruzo trotando con el muñeco todavía en verde. Me crezco a través de acordes y estribillo, viniéndome arriba como si la calle fuera un videoclip. Es la música, por supuesto; pero también el trabajo bien hecho esta tarde con plena autonomía, así como el convencimiento de que no dependo de nadie para progresar. Es la rabia por sentirme estancado bajo el control de tíos que no me aportan nada y cuya inseguridad me frena y me limita. Siento un prolongado escalofrío a medida que bajo la avenida en pendiente. Me vengo arriba, con un anhelo enorme de expandirme.

26.

El ambiente es cálido, lindando en el bochorno veraniego tan propio de estos días. Un helicóptero patrulla la ciudad desde las alturas, parte el despliegue policial que vigila las aglomeraciones en una noche señalada a la que soy ajeno, al menos hasta mañana. Hoy siento una alegría extrema. Acelero, en un arranque de liberación explosiva, metiendo puño a todo lo que da con pista por delante. Entonces grito, grito hasta casi desgañitarme. El casco amortigua mi risa, y bajo el influjo de ese éxtasis percibo el flameo de mi zamarra amarilla. Me golpeo el pecho, agarro el escudo. Vuelvo a gritar, rebosante de felicidad.

27.

Van dos horas de llamada. No hay grandes discrepancias entre las partes; más bien al contrario, salvo una discusión puntual acerca de no sé qué matiz, los acuerdos se suceden punto tras punto. Ocurre que el contrato es interminable, así que el asunto empieza a adquirir tintes de tostonazo. Siento el chorro del aire acondicionado pegándome en la espalda, pero es tal el sopor que, a pesar del frío, tengo que recomponerme para reprimir las cabezadas. Me evado un rato de la conversación, y esa desconexión me traslada a la gesta de anoche. Imbuido en la dulce resaca el día es más brillante y luminoso, y todo es más llevadero.

28.

Igual se lo he pintado muy negro, recapacito cuando termino la perorata. Por otro lado, no había necesidad alguna de maquillarlo (al fin y al cabo, se trata de una desconocida a la que ni siquiera tengo delante), y siempre es preferible hablar con franqueza. Eso dice ella, que agradece la claridad y la cruda exposición de pros y contras. Desde luego, le servirá mucho más para tomar su decisión e ir prevenida. Aun así, la animo a tirar para adelante. No miento cuando digo que fue una experiencia muy gratificante a pesar de las dificultades. Precisamente por ellas uno se demuestra a si mismo de qué pasta está hecho y lo que es capaz de hacer. Cuando cuelgo, me surge la reflexión de lo curioso que resulta hablar de ello en pasado. Y me doy cuenta, como en un despertar repentino, de que acerca de todo en la vida, en algún momento, hablaremos en pasado.

29.

Dieciocho años en la planta, que se dice pronto. Día tras día, una noche detrás de otra. La de gente que ha visto pasar, me contó una vez. Es una mujer entrañable, cercana y afectuosa, y cada vez que aparecía con su carro de enseres de limpieza lo hacía saludando educadamente, con una mezcla de sonrisa y melancolía. Así, con esa bondad y sencillez, se ha ganado el cariño de las decenas de personas que se agolpan en una de las caras de la planta para recibirla por sorpresa la tarde anterior a su jubilación. Rompe a llorar enseguida nada más darse cuenta de la que hay formada por ella. Deben ser muy pocas las personas que cuentan con el afecto unánime de tanta gente. Ese respeto y admiración, tan naturalmente atraídos, es algo a lo que sólo unos privilegiados pueden aspirar.

30.

Preguntarnos “¿cuál fue la última vez que estuve orgulloso de mí por algo que hice?” podría darnos un buen impulso en la búsqueda por ser mejores. Tiene mucho que ver con una de mis obsesiones: evitar el desaprovechamiento. Hoy lo estoy. Por trabajo bien hecho (cómo cuesta calificarnos de “brillantes”), por haber tirado del carro, por haberme hecho valer ante el cliente y la contraparte siendo la persona clave en la parte financiera de la ejecución. Además, hoy es cierre de semestre. Medio año y aquí sigo, dándole a la tecla sin otros motores que el carácter, el compromiso conmigo mismo y la constancia. Ciento ochenta y dos Momentos más. Y tanto que es para estar orgulloso.

Email this to someoneTweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>