Momentos: 16 – 30 Junio 2015

16.

A estas horas, con las últimas luces del día, los más largos del año, las puertas del ascensor se abren casi al instante y éste desciende de un tirón las quince plantas, hito inviable en cualquier otro momento. Paso la tarjeta por el lector del torno y atravieso el hall hasta la escalera de caracol en el otro extremo. Todo esto me sigue pareciendo curioso. Me surgen aún sensaciones pasadas; siempre desde aquella óptica distinta, claro, la del chaval que era entonces. De pronto recuerdo esa idea del profesor de master que tanto me abrió la mente hará cosa de un año: “no pelearnos con nuestro presente”. No sólo superé la lucha, sino que además ahora lo vivo con enorme gratitud.

17.

Despego un trozo de solapa y rajo el sobre lo necesario para extraer la única hoja que contiene, tamaño folio, doblada por la mitad y sobradamente conocida. A modo de portada aparece en grande el logo de la asociación y su eslogan, “La solidaridad en buenas manos”, bajo el cual figura el nombre de la ahijada y el centro o programa al que acude. Las dos caras siguientes son para un dibujo coloreado, a la izquierda, y la carta manuscrita, a la derecha. La contraportada recoge un breve informe de la chica, firmado por el tutor, que describe brevemente su situación académica y personal. Es el primero de la nueva ahijada que me han asignado recientemente. Lo leo casi con desapego, advierto melancólico. Pienso en Gabriela, la echo de menos.

18.

No la veo entrar, concentrado como estoy en el documento con el que ando liado estos días; de modo que cuando oigo su saludo, levanto la cabeza y la veo frente a mí. Viene a presentarse, dice sonriente. Sé cómo se llama y qué equipo dirige, pues a pesar de su discreción no me ha pasado desapercibida. Es la mujer más elegante de la oficina, no sólo por cómo viste sino sobre todo por cómo se conduce. No me ha sido ajeno, cada vez que la he visto cruzando el pasillo, su toque distinguido, un aire de exquisita educación y buenas formas que la hacen aún más atractiva. Es extranjera, sospechaba por su aspecto y su apellido, y confirmo ahora por su acento. Cercana y agradable, compruebo en el cara a cara, se muestra simpática, ofreciéndome su ayuda en lo que pueda requerirla. Mantengo la compostura y la sonrisa, agradeciendo sinceramente su visita. Con veinte años menos, pienso cuando se marcha, habría caído enamorado cual adolescente en babia.

19.

A través del ventanal miro los edificios colindantes y observo las vistas de la ciudad más allá, al sur, mientras espero su respuesta. La buena impresión que causaba sobre el papel y que luego ha refrendado al describir su trayectoria empieza a desinflarse como un globo soltado al aire al tratar cuestiones técnicas. Domina las herramientas, tiene la experiencia que buscamos y parece conocer la teoría. Pero no los cimientos, las premisas generales en las que se apoya. Y desde luego hace aguas a la hora de pensar. ¿Qué les enseñan entonces en ese master tan especializado?, pienso. Cuánto daño hace la enseñanza teórica, la fórmula por la fórmula, sin el contexto. Tanto academicismo ha cercenado la capacidad de razonar.

20.

Había llegado muy justito, y sabía que no lo llevaba atado del todo. Por eso me debatía entre el sí o el no, deshojando la margarita casi hasta el último momento. Y por eso, al salir allí y mostrarme, exponerme, plantarme frente a la mirada de los compañeros, siento una ráfaga de orgullo por haberme lanzado. Más allá de haber salido airoso, cuentan las ganas y el esfuerzo, la gestión de la tensión, la preparación de estas dos semanas, la ilusión y el compromiso. Haber salido a jugar el partido en lugar de quedarme cómodamente en la grada. Haberme expandido un poco más. Haber crecido.

21.

La ronda por los diferentes puestos, camionetas y tenderetes nos lleva a una taquería, ante la que me detengo atraído por su oferta estrella, tacos de cochinita pibil. Voy a pedir uno aprovechando que está despejado, sin cola ni aglomeraciones, cuando en una pizarrita leo un mensaje, “hoy firman tacos”, y bajo éste, como una revelación, su nombre. Incrédulo, me acerco al mostrador, doy un paso a un lado y observo al “chef” que los prepara. Es él, compruebo sorprendido. “Yo quiero uno de esos”, digo en voz alta ante la extraña mirada del chaval que despacha, al que no presto atención. Entonces levanta la vista, me ve, nos miramos un segundo y a los dos se nos ilumina la cara.

22.

Disfruto de la tranquilidad y el espacio que hoy encuentro para trabajar en calma. Poco a poco voy haciéndome a una rutina que ya no me incomoda, más bien al contrario. Voy hallando serenidad en lo que hago, y en cómo lo hago. Me siento más productivo, más eficiente. Positivo y receptivo. Soy otro. Qué capacidad de resistencia tuve, pienso, cuánta resiliencia. Cómo pude aguantar tal marejada emocional durante tanto tiempo. Cómo pude tragar con tanto gilipollas.

23.

Me recreo en el olor a lluvia mientras enfilo la recta y afronto los virajes del damero que es el barrio. Siento las gotas gruesas repiqueteándome en el pecho, sobre la camisa abierta sin corbata, y empapándome el traje sin remedio. No me importa en absoluto. La tormenta depurará el ambiente cargado de los días previos, tan tórridos. Lejos de contrariarme, la recibo sonriente; será que yo ya me siento bien, limpio, saneado.

24.

El cansancio no puede ser físico, admito, pues estos días he dejado de lado el ejercicio para aprovechar cada hueco disponible en ir afianzando la historia y la forma de contarla. Sin embargo estoy agotado, más que si hubiese encarrilado consecutivamente varias sesiones de workouts diarias. Me siento en la alfombra con un cojín apoyado en la espalda, y por un momento pienso que me quedaría ahí, ajeno a todo, reponiendo energía o dejándome vencer por el sueño hasta mañana. Han sido dos semanas de mucho remar, desde que a principios de mes decidiera que iría a por ello, solapadas además con la incorporación al nuevo curro. Así que es tensión emocional, sin duda. La que yo mismo me he creado. Un estrés positivo (“eustrés”, leí alguna vez): hacer para crecer. De eso se trata, en definitiva.

25.

Por un momento es como si mi pensamiento y mi conciencia se desdoblaran. Por un lado, siento que narro con firmeza, acompañando con buenos ademanes, modulando la voz en el diálogo entre los personajes; sostengo el cuento, lo hago subir en intensidad y me noto creciendo yo también a medida que avanza la historia. Por otro, percibo el silencio abrumador de las decenas de miradas fijas en mí. El espacio está repleto, y veo gente de pie al fondo, apostada entre las columnas. Montón de rostros atentos, concentrados en mi relato, imaginando. De pronto mi mirada, que mantengo siempre con el público, se posa en él. Sus ojos glaucos no pueden verme, perdidos en el infinito; pero su cara expectante y su amplia sonrisa me confirman que disfruta escuchándome. Entreveo en su rostro limpio un punto de admirada aprobación, y eso me hace venirme más arriba. Es una sensación indescriptible.

26.

Observo su pelo muy negro, recogido en una cola, cuya vista me ofrece al inclinar la cabeza sobre la hoja, concentrada en resolver el casito que le he entregado. Ha zanjado el anterior en los pocos minutos que la he dejado a solas, con una solvencia impropia de una chica cuya formación y estudios fueron otros bien distintos. Es impresionante cómo piensa, cómo razona y, sobre todo, cómo se expresa en un perfecto castellano que aprendió en apenas tres meses y que, a lo sumo, ha tenido ocasión de perfeccionar en el año y medio que lleva aquí desde que llegó de Bangalore, en su India natal. Un portento intelectual como no recuerdo haberme topado nunca. Me pregunto qué hace aquí pudiendo dar un salto mayor en su carrera; pero por alguna razón nos ha elegido. Entonces aparco mi rol de entrevistador para, sutilmente, adoptar la posición de entrevistado y reforzarla en su deseo.

27.

El pueblo bulle de ambiente en su calle principal. Las mesas de las cafeterías, en mitad de la acera, están plagadas de gente que desayuna en pareja, en grupo o en solitario leyendo plácidamente la prensa deportiva. De las calles colindantes al mercado van y vienen amas de casa, y las tiendas de la zona (varias zapaterías y alguna de ropa) le dan vida a la avenida. Más de la que esperaba, sin duda. Hay jubilados charlando en corro, obreros, buscavidas de tez morenísima, jóvenes en bañador, chanclas y camiseta de tirantes. Y no falta, por supuesto, el ocasional macarra que pasa con la ventanilla de su coche negro y polvoriento bajada, el brazo apoyado por fuera, y la música “bacaluti”, chunta chunta, sonando a todo trapo a las once de la mañana.

28.

El estadio sigue empujando, como lo ha hecho durante los noventa minutos, y lleva en volandas al equipo, que encierra al rival en su área con más instinto de supervivencia que criterio futbolístico. Esta vez sí, los jugadores han afrontado el envite con la seriedad y la entrega que se les presupone a unos profesionales que defienden una camiseta y un escudo históricos. Pero la desidia del sábado pasado, esa actitud indecente de pasotismo intolerable, nos condena con el 1-0. Miro al electrónico y compruebo que el tiempo está cumplido. El cuarto árbitro levanta el cartelón señalando sólo tres de añadido, la madre que parió al colegiado, con sus castas todas. De pronto, una nueva embestida a la desesperada es repelida por el muro de contrarios y el balón queda suelto en medio campo. Un pase fácil rompe la desarmada línea de retaguardia, ya casi inexistente, y deja un pasillo franco de cuarenta metros al delantero rival, que encara sin oposición al portero bajo la penosa mirada de veinte mil fieles descorazonados.

29.

Pareciera como si una masa de aire caliente se hubiera instalado a ras de suelo, como una humareda imperceptible. Es lo primero que me viene a la cabeza cuando empujo el portalón de salida lateral y pongo un pie afuera. Son las diez de la noche y todavía resiste la postrera claridad del día. De pronto, además de la acuciante bocanada de bochorno, percibo un olor familiar que enseguida asocio con la zona y los amplios alrededores del edificio. No sabría decir a qué, ni de dónde viene, pero lo siento ahí, tan característico. Tampoco sabría decir si ya estaba allí hace treinta años, pienso cuando, de pronto, me viene una vaga imagen de infancia. Ella y yo solos, un carrito, un pasillo de cemento entre la arboleda verde. Miro adelante y al cielo, y enfilo las escaleras camino de la moto.

30.

Son más de las doce, y técnicamente el mes ha concluido. Pero la regla no escrita de que el día termina cuando uno se acuesta me da una última oportunidad de cumplir in extremis, tan al límite que no cabe plantarse ahora. A falta de dos, observé anteayer, necesitaba completar quince de veinte hábitos posibles; y los siete de ayer, raspando, me obligaban a una marca top en este junio tan atípico. Podía haber renunciado y dejarlo como está, claro; aceptar el número rojo, que en realidad poco o nada importa. Pero he decidido afrontar la incomodidad, pagar el peaje de la disciplina. Huir de la autocomplacencia con determinación, sin más recompensa que el compromiso que uno mismo se marca con sus propias metas. Echándole, en definitiva, un par de huevos.

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