Momentos: 16 – 30 Abril 2016

16.

Que nadie nace sabiendo, que todo lleva su tiempo y requiere práctica, que la paciencia es la madre de la ciencia y demás tópicos del estilo, están muy bien y uno los tiene por dogmas hasta que se enfrenta a la frustración de un resultado decepcionante; incluso a un “ni fu ni fa” cuando aspiraba a cotas mayores, como es el caso. ¿Y qué esperaba, bordarlo a la primera? Que no esté conseguido no quiere decir que no haya que seguir probando, sobre todo cuando la experiencia sirve para sacar un aprendizaje. Ajustar parámetros para mejorar en el próximo intento, viene a decirme ella, que aun así me asegura haberla disfrutado. Además, si hay un ámbito donde el “prueba y error” aplica por antonomasia, ese es la cocina.

17.

Ha venido un amigo suyo que estará hasta la noche, así que puedo irme si tengo cosas que hacer, me dice. Declino el ofrecimiento y decido quedarme el tiempo de turno que me correspondía, no porque me vea obligado sino porque siento que me apetece estar ahí. Por alguna razón, además, encuentro serenidad acompañándole. Está reventado, física y emocionalmente. No soy un viejito tarado, le dice a la doctora. Comprendo, razona, reconozco el derecho del otro para defender su postura, pero no comparto. La mujer debe verse sorprendida, casi desarmada. Cuando se marcha y quedamos los tres, retomamos la conversación con él. Desde su agotamiento pronuncia una frase que me deja perplejo. No tengo miedo, dice. Estoy en paz conmigo mismo, y con mis libros, y con mis afectos.

18.

El camarero huele a tigre por los cuatro costados, compruebo al recibir una nueva bofetada en la pituitaria cuando se acerca. Ante la sugerencia de seguir adelante con la carne todos se plantan, así que voy a quedarme con las ganas de probarla. Tendrás que volver otro día, me dice. Venir hasta aquí para esto, le contesto siguiéndole el juego. No tiene guasa la cosa. Qué le vamos a hacer, al menos nos hemos visto, que hacía muchos meses de la última; y, como siempre, me voy con la satisfacción que dejan unas risas y el haber echado un buen ratito.

19.

Presente y pasado confluyen de repente en dos interacciones que casualmente coinciden no ya en el mismo día, sino una detrás de otra. A ella la conocí hace ocho años, y aquella noche iba tan borracho que cuando me salí del antro contra su voluntad casi no me tenía en pie. Ahora nos encontramos por tercera vez, la misma que trabajo para la compañía. Entraron y salieron gestores, equipos y accionistas, y de todos ellos sólo quedamos ella, en el mismo rol que entonces, y yo, en distinta posición. Con él he hablado minutos antes, le digo. Me ha contado que le va bien, lo cual celebro; pero también que uno de ellos murió recientemente. La noticia me deja impactado: un cáncer inexplicable se lo llevó en seis meses.

20.

Relájate, tío. Take it easy. Keep calm y déjame tranquilo, que ya estamos otra vez con los agobios y ocurrencias peregrinas. Vuelves a sacar los pies del tiesto, y no me gusta un pelo que me eches en cara que no empujo, ni que lo insinúes siquiera, porque si hemos llegado hasta aquí es porque estaba yo remando. Así que vamos a tener la fiesta en paz y no vuelvas a joderme, que eres muy pesado. Todo eso, y más, me gustaría decirle y no puedo. Me como el mosqueo cuidando mucho de no confrontarlo, porque fulanos como éste, que pierden la noción de los hechos y no son capaces de mantener la compostura, pueden luego volvérsele a uno en contra con valoraciones sesgadas por su propia subjetividad. No me atrevo a pararle los pies por miedo a la represalia, pero me llena de angustia y frustración verme de nuevo, como en una época pasada, en esta tesitura.

21.

Habrá momentos en que quiera desistir, y quizá éste sea uno de ellos. Todo sería más fácil si erradicara la sensación de deber que a veces me autoimpone una atadura; si me dejara llevar sin más, como hace un rato, o si tirara la toalla, como he estado a punto de hacer esta mañana veinte minutos antes de que sonara el despertador, en la gloria bajo las sábanas. A veces no me explico de dónde saco la motivación. Sin embargo, en el fondo sé que sólo así puedo crecer, y no me imagino renunciando a ese camino. “Recuérdate a ti mismo cuán lejos has llegado”, pienso.

22.

Las primeras gotas empiezan a caer nada más sacar las llaves del contacto. Miro al cielo, parcheado de nubes grises sobre esta parte de la ciudad, y saco el móvil del bolsillo para consultar la hora. Tengo todavía treinta minutos por delante, así que decido dar un paseo por los alrededores. La lluvia aprieta a medida que camino sin rumbo por callejuelas anejas a la plaza. Una delgada cortina de agua se distingue con claridad al contraste con los jardines del palacio al fondo, y no tardo en calarme bajo ese manto. Esquivando paraguas y gentes repaso mentalmente la contada, que apenas he preparado hace unas horas. Atravieso el mercadillo. Me detengo un momento, apoyado en un borde de la zona ajardinada. Saco la hoja del bolsillo, que releo como un estudiante a punto de entrar a un examen, y me dirijo al edificio con el pelo y los zapatos empapados. Al cruzar las puertas automáticas las encuentro esperando el ascensor.

23.

Voy pegando cabezadas una tras otra, forzando la vigilia al abrir los ojos en el intento de seguir el partido. Ella, tumbada con los pies sobre mis muslos, ha cogido su postura y ya respira sonoramente. Cada una de esas cambayás, percibo de repente, me sumerge en un estado onírico brevísimo, tan fugaz que cada sueño es una gota que se desvanece nada más formarse cuando lo interrumpo. Es curioso, porque soy consciente de ellos: una idea, una imagen, una acción efímeras. Algo equiparable a la microficción o el relato hiperbreve, pero en la dimensión del subconsciente. El árbitro acaba de pitar el descanso cuando abro los ojos y me espabilo.

24.

Tirando desde abajo con más maña que fuerza consigo extraer a duras penas el frigorífico del hueco, que presenta un aspecto deleznable. Hay aquí hasta cocoroco, y por más que paso tres, cuatro, cinco toallitas limpiadoras, lo más que consigo es extender la mugre y parchear azulejos y madera. Aprovecho para pasar la fregona por el escaso metro cuadrado, alrededor del boquete que los obreros mamarrachos dejaron abierto en el suelo. Empujo lentamente el armatoste con cuidado de colocar la losa en su sitio, y antes de encajarlo de nuevo conecto el enchufe a la pared. Me quito la chaqueta y completo la operación. Entonces desenrosco la pequeña bombilla, no vaya a ser que sea eso. Y resulta que lo era, con mis castas: está fundida.

25.

Salgo del subterráneo a un día celeste. Aflojo puño al llegar al badén, aprieto una vez cruzado y trazo la curva abierta que bordea el parque en el momento en que el semáforo se abre, y, simultáneamente, pasa a ámbar y rojo el que está a continuación, en la coordinada secuencia que siempre se repite. El fulano de la moto debe conocer también la fastidiosa sincronización, pues pasa el primero con un acelerón y atraviesa el segundo con el disco en rojo, en el que me detengo viéndolo marchar por la avenida libre de tráfico. Pero hoy la escena cuenta con un añadido imprevisto: a cien metros veo estacionado un coche de la policía, y a su alrededor varios agentes. A ellos se dirige el listo de la clase, que debe estar cagándose en todo mientras uno de ellos agita el brazo instándolo a parar. Cuando segundos después paso por su lado, no puedo evitar girar la vista a la patrulla, que lo rodea cascándole la multa. Y tampoco reprimir una sonrisa justiciera.

26.

Había empezado a redactar una respuesta a las bravas, sin pensar si lo que me estaba preguntando tenía sentido o, como había dado por hecho, era una más de sus insustanciales peticiones. Enseguida me doy cuenta de que mi contestación es automática en lugar de meditada, y que surge más de la resistencia que de una voluntad resolutiva. Borro lo escrito, me paro un segundo y reflexiono. Estaba a punto de irme (quizá de ahí la reacción defensiva), pero no pasa nada por quedarme un rato más, el tiempo de dedicarle al asunto un poco de atención y tratarlo desde la proactividad. Qué buena es esa de contar hasta diez antes de precipitarse.

27.

Entro en la sala altísimo de moral, venido a más por el efecto de la música que por primera vez hoy traigo incorporada. Una chica a la que no había visto antes estira en una colchoneta, y varios asiduos hacen series de abdominales. Como cada día, dejo toalla y llave a un lado mientras cojo un palo de madera para repetir la liturgia del calentamiento. Esta vez, además, llevo la mirada del tigre que me infunden los acordes del temazo. Mi cuerpo puede estar evolucionando, aun imperceptiblemente. De lo que no hay duda, sin embargo, es de que mi mente se está expandiendo.

28.

El cielo refleja destellos plateados sobre la atmósfera húmeda. Lo observo pausadamente al otro lado de los edificios, mientras camino atento de no resbalar por el suelo mojado y percibo la ligera pátina de agua en torno, como finas gotas de rocío en la mañana. Desciendo las escaleras henchido de alegría. Todo va muy bien, ha dicho el doctor. No es sólo diferente la luz del día, sino también mi ánimo, que despliega una enorme sensación de gratitud. Todo va bien, y así será. Sonrío, estoy en paz. Me siento muy feliz.

29.

Salimos del restaurante y caminamos hacia el hotel a tres calles de allí, ellas dos bajo paraguas, yo con la ligera envoltura que ofrece la cazadora. La cena ha estado bien, y mejor aún el rato echado, el par de horas con ella compartiendo alegrías e ilusiones. Nos decimos adiós en la confluencia de las dos avenidas, y cuando el semáforo exhibe el muñeco verde la lluvia decide apretar para que no extendamos la despedida. La veo alejarse a la vez que cruzamos la calle en la otra dirección. Aguantamos las embestidas del aire entre los reflejos de los faros y las luces de la noche, a tiempo de parar un taxi justo en el momento en que empieza a jarrear.

30.

Miro con decisión la barra, me aferro a ella desde abajo anclando bien el agarre, inspiro y exhalo fuerte antes de volver a coger aire, y me impulso hacia arriba tirando con brazos y dorsales hasta llevar mi cabeza por encima de mis manos. Desde ahí desciendo controlando el movimiento y vuelvo a elevarme con una nueva bocanada de coraje. Para nada pensé que sería capaz de completar ni tres repeticiones, y llevo ya unas cuantas series de cinco. Lleno los pulmones y relajo, disfrutando del sol de la mañana. El día apunta a primavera, y ya se ven bastantes corredores adentrándose en el parque. Entrenar al aire libre es otra cosa, pero la diferencia, sobre todo, está en tener un guía que te marque el camino, y un colega que haya empezado a recorrerlo antes.

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