Momentos: 16 – 30 Abril 2015

16.

Me aúpo a las tablas de madera que bordean el largo depósito de agua, sobre el que tres o cuatro fuentes lanzan chorros de diversas formas y tamaños a bastante altura. Llego al final del camino e identifico un banco al otro lado; al acercarme compruebo que todavía conserva la humedad de la tremenda tromba de anoche, así que vuelvo atrás y continúo mi paseo sin rumbo. Observo la vegetación de vivos colores, fijándome en los carteles identificativos al pasar junto a decenas de arbustos y plantas. El lugar conserva una calma agradable a esas horas, que perderá más tarde cuando el parque vaya llenándose de paseantes, deportistas y corredores. Aprovecho ese sosiego para quedar sereno un rato y pensar en la contada.

17.

Salgo de la piscina oliendo a cloro y con esa confortante sensación que queda después del ejercicio físico. Hoy además con buenas dosis de risas incluidas. Mientras rebusco las llaves en la mochila, veo que el panorama parece más calmado. Sigue habiendo un furgón de policía aparcado en la esquina y varios hombres controlando la zona, pero el enjambre de cámaras, micrófonos y periodistas se ha dispersado un tanto. Ahora recuerdo que al aparcar la moto me he asomado mínimamente a curiosear la escena antes de seguir a lo mío. Eso ha quebrado el automatismo, deduzco, y de ahí que las llaves no estén donde debían. Con una mezcla de alivio, gratitud y mosqueo las encuentro puestas en el contacto, asomando el llavero bien visible.

18.

El sitio debe tener más predicamento de lo que imaginábamos, porque se ha llenado por completo. Cierto que no es paradigma de restauración vanguardista, ni de local despampanante, ni de propuesta rompedora; pero a veces basta ofrecer una comida distinta, bien cocinada y servida y a un precio razonable para entrar en el radar y ser bien valorado. Hemos tomado humus, paté de berenjena, una ensalada de cuscús y un caldo marroquí. Estamos con los segundos (pinchos de ternera, cuscús con pollo, garbanzos y uva, y pastel de pollo) cuando, al ritmo de música del desierto, una chica joven, de largo pelo rizado y sonrisa deslumbrante aparece bailando entre las mesas. No parece nativa, y aun así se mueve como si lo fuera, en un espectáculo fascinante de vaivenes de cintura, sacudidas de cadera, golpes de torso imposibles y contoneos sugerentes. Pasmado ante tal visión, intento mostrarme impasible para no quedar en evidencia.

19.

La cosa se ha complicado de repente, y me resulta difícil escapar mentalmente de la amenaza que supone un giro drástico de los acontecimientos. Por más que intento pensar en positivo y confiar, la realidad es que quedan todavía dos semanas en las que puede pasar de todo. Además de intranquilidad y de ese pinzamiento de zozobra que se me ha instalado en el estómago, siento un cabreo enorme, porque no ha cumplido su palabra. Ha estado a punto de dejarme en la estacada, y ahora, por no haberme prevenido de sus planes, y habiéndose meado en el acuerdo que teníamos, mi situación pende de un hilo.

20.

Aligero el peso de la cartera sacando algunas tarjetas que deposito sobre la balda de la entrada. Me echo las llaves al bolsillo, compruebo que lo llevo todo y me giro hacia la puerta. Entonces mi mirada se cruza con la de la imagen que proyecta el espejo y me quedo petrificado. De pie en posición neutra, con los brazos extendidos relajadamente a lo largo del tronco, observo la figura que tengo delante como si fuera más que un simple reflejo. A mi espalda, la luz de la tarde, que llega diluida desde el ventanal del salón, hace que la silueta quede en penumbra, un lado del rostro iluminado y el otro casi oscuro. Por alguna extraña razón no puedo moverme. Me detengo a mirar fijamente sus ojos (que son los míos, me digo) y me dejo llevar, adentrándome en sus (mis) pupilas. La visión se me nubla de pronto, y siento un escalofrío.

21.

La sala está escasamente iluminada por dos lámparas sobre sendas mesitas en las esquinas, y acaso por los destellos del gran televisor de plasma que anuncia permanentemente los servicios de la clínica. Los tres sofás naranjas a lo largo de las paredes están ocupados por los primeros pacientes del día, entre los que me hallo con la cabeza inclinada sobre la pantalla iluminada del Kindle. De buenas a primeras la habitación va vaciándose a medida que el personal, jóvenes fisios vestidos de blanco impoluto, aparece en la puerta cantando los nombres de sus “rehabilitandos” en una escena que recuerda a la recogida de niños en la guardería. Levanto la cabeza y la veo allí, sonriente, saludándome con un gracioso gesto de bienvenida que me invita a acompañarla.

22.

Apoyado en el cabecero, me acomodo el cojín a la espalda y ajusto el flexo de pared. No llevo más de dos páginas leídas y vuelve a vencerme el sueño. Soy incapaz de mantener el desvelo, por más que quiera disfrutar de un rato de evasión entregado a la historia y a la forma de narrarla. Estéril lucha por la vigilia forzada, concluyo sintiendo el peso de los párpados como si fueran de cemento. Resignado, aparto el cojín, me coloco la almohada, apago la luz y me tumbo tieso. Qué le vamos a hacer, mañana será otro día.

23.

Echo una última mirada a los edificios circundantes antes de cruzar la puerta giratoria, a través de la cual accedo a un amplio hall en tonos blancos, suelo de mármol y dos cuadros cubistas que me parecen reproducciones de Picasso. Junto al mostrador del personal de seguridad, cuatro hombres trajeados (empleados de un gran banco de inversión, deduzco por las tapas de los documentos que portan) hablan en inglés discretamente mientras presentan sus pasaportes. Soy atendido al minuto, cuando la mujer que controla el acceso advierte que no vengo con el grupo, y asciendo a la tercera planta, donde un señor de mediana edad, encorbatado y con bigote, me conduce a una sala de reuniones. “Ella viene enseguida”, escucho sin sospechar que no es verdad, ni que saldré de allí tres cuartos de hora más tarde sin haber cruzado con la susodicha más que un par de frases sueltas.

24.

El tono al otro lado de la línea es de alegría cuando descuelgo. Recién enterado a través del headhunter, a quien he anunciado mi decisión un rato antes, llama para expresar su gran satisfacción y agradecer mi confianza. Los tres están muy contentos, dice, es un notición para empezar el fin de semana. Está convencido de que el encaje va a ser muy bueno y de que vamos a hacer grandes cosas. Yo voy con muchas ganas e ilusión, seguro de que así será. Comentamos brevemente próximos pasos y posible fecha de incorporación. Cuando cuelgo respiro hondo y sonrío para mis adentros.

25.

Las escaleras mecánicas desembocan en un vasto espacio delimitado por paredes acristaladas de tonos oscuros. A uno de los lados se extienden los mostradores para la recogida de dorsales, eficientemente organizados por rangos de mil a dos mil números de amplitud, y más allá pedimos las bolsas y las camisetas, de diferente color para las tres posibles distancias a cubrir. El resto de la nave lo ocupan montones de stands a modo de feria, una congregación sorprendente de firmas y organizaciones relativas al mundillo: calzado y ropa deportiva con las últimas novedades en materiales, fibras y tejidos, accesorios de todo tipo, complementos alimenticios, publicaciones, escuelas, clubes y hasta asociaciones de podólogos que realizan estudios de pisada in situ. Todo muy lleno de gente de nacionalidades diversas, incluso a esa última hora de la tarde. Me impresiona el tinglado montado alrededor de algo tan básico como ponerse unos tenis y correr. La “industria”, en terminología menos prosaica.

26.

Le enseño en pantalla el ejemplo sacado de un caso real, que concreta lo que acabo de esbozarle en el papel. Atento a mis explicaciones, el americano se enchufa otro sugus muy tranquilamente, tras haberle pegado un tiento a los pinchos de queso que, además de la tortilla, yo he declinado probar. Entonces entra ella de rondón, y sin decir esta boca es mía se dirige a la ventana que él ha abierto hace un momento, la cierra y se va por donde ha venido silenciosa, como quien repara un descuido o se ve en la potestad indiscutible de dictar allí las normas.

27.

Llevo diez minutos aguardando en el amplio vestíbulo. Quien lo diseñara lo concibió como mero lugar de paso, sin contemplar que fuera posible espera alguna, puesto que no hay en todo el espacio ni un solo asiento, ni tampoco un perchero o colgador para dejar mi abultada chaqueta de motorista. La chica de seguridad se ha sorprendido al decirle a qué venía (no ha llegado nadie todavía, ha comentado con un tono de obviedad), lo cual me hace imaginar una segunda visita en balde. Decido darle un margen de quince minutos desde la hora acordada, y me entrego a la lectura de varios blogs en el móvil sintiendo el escrutinio indisimulado de los dos seguratas que conversan junto a la garita de recepción. De pronto levanto la vista y la veo aparecer por la puerta giratoria, enfundada en un vestido gris de paño sobre unas medias negras y calzando zapatillas de deporte fucsia con cordones rosa fosforito.

28.

El local está vacío todavía, aunque pronto dejará de estarlo. Es la hora justa en que parece abrirse la veda, como si uno girara el cartel de “abierto” que autoriza la llegada de hambrientos comensales en tropel. Me instalo en la pequeña mesa de la esquina, cercana a la puerta, y haciendo de ella mi rincón me entrego relajado a la lectura. Cuando la chica me sirve la musaka apoyo el Kindle en la jarra y compagino trama y comida; que está espectacular, compruebo gozoso al primer tiento. Agradeciendo el ratito y encantado el paladar, no tardo en rebañar el primer plato.

29.

Toco la pared y expulso aire extenuado. Completo así la sesión: dos series de 150, la segunda con el pull para prescindir de las piernas; una fuerte, cronometrada, de 100 a crol; y finalmente otra de 150 combinando con ejercicios en las idas (dominadas en el trampolín, tríceps en un borde). Hasta ahí hemos llegado. Salgo de la piscina y nos miramos resignados, casi encogiendo los hombros estilo “no pudo ser”. Nos deseamos suerte mutuamente, que la vida nos vaya bien. Evito el abrazo para no empaparlo, pero sí chocamos fuerte nuestras manos en un gesto de aprecio mutuo. Un gran tipo, sí señor, pienso antes de enfilar el vestuario y echarle un último vistazo a la enigmática chavala que, como cada día, espera tempranera sentada en el poyete.

30.

Un promedio de 5 veces al día por 240 días (25 días lectivos de vacaciones y unos 50 fines de semana, que son más pero los sobreestimo para compensar los viajes) resultan en 1.200 veces al año, que multiplicadas por los siete años y pico ofrecen la nada despreciable cifra de 8.700. Un número bastante conservador se obtiene asumiendo los 52 fines de semana libres y un promedio de 4,5 veces diarias, lo cual arroja un total de 7.700. He entrado en ese cuarto de baño más de 8.000 veces, sin duda. Y de todas ellas ésta es la definitiva, pienso objetivamente. Miro al cielo azul y más abajo, a la fachada del edificio desde el patio interior, antes de cerrar la ventana translúcida y echar una postrera meada. Contemplo por última vez mi imagen en el espejo del lavabo, y con una gran sonrisa me deslizo paralelo a la hoja de la puerta, que cierro tras de mí con decisión, como quien clausura una etapa encantado de dejarla atrás.

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