Momentos: 16 – 29 Febrero 2016

16.

Siempre disfruto pasando por el edificio de infantil, a ambos lados de cuyo pasillo las cristaleras transparentes permiten ojeadas a los más pequeños. Me quedaría ahí un buen rato, pienso, contemplándolos como quien se emboba ante un acuario. Pero la visita continúa. Después de cruzar el patio, las clases de primaria y secundaria, el comedor, el impresionante pabellón, el laboratorio, el aula de plástica, la redacción del periódico y la biblioteca, llegamos al centro deportivo anejo, que comparte con el colegio fachada y propietarios. Entramos por el parking, el director nos enseña la sala de ciclo y subimos las escaleras hacia la zona de fitness. Allí nos encontramos un puñado de tipos y chavalas más fuertes que el vinagre, dándolo todo en plena sesión de crossfit. Miro el reloj digital de la pared, que marca las 11:57, y no puedo evitar preguntarme a qué se dedicará esta gente. Alguno incluso acabará de levantarse, qué alegría.

17.

Son las siete y media, suena el despertador. Ella pide sus cinco minutos. Me incorporo, o más bien inicio el movimiento, cuando la pierna izquierda me pega un latigazo de quedarse en el sitio. Me revuelvo en tremendas sacudidas, y no grito porque la voz se me ahoga en la garganta. Es el gemelo, con sus castas, que se viene arriba porque sí. No sé si tendrá que ver con la lesión en la planta, pero ya es mosqueante que se me suba durmiendo. Por más que le suplico socorro no sabe cómo ayudarme, por la sobada de la que estoy sacándola bruscamente y porque no conoce ese dolor. Los calambrazos me hacen estremecer en un instante que se me hace eterno, y no puedo detenerlos.

18.

Al salir al descansillo coincido con una chica, y al momento se suman otros dos chavales, compañeros de ésta, con quienes entro en el ascensor. Inician la clásica conversación por cortesía, y al escucharla hablar enseguida reparo en ella. Me fijo en su sonrisa deslumbrante, en la alegría que transmite su rostro a pesar del cansancio que dice acumular. Sin ser especialmente guapa, esa sonrisa, que deja al descubierto unas paletas largas y blancas, la hace muy atractiva. Pienso entonces en el contraste con al ánimo que incubo, de nuevo creándome una representación mental que sólo me conduce a la rayada. La observo cuando se abren las puertas y cruza el torno, al despedirse de los dos colegas con esa luz en la mirada. Una luz que anhelo, más ahora que vuelvo a sumirme en un fango auto dispuesto, como si una parte de mí mismo se empeñara en boicotearme.

19.

Apenas puedo ver al público, tan sólo unas pocas caras en la primera fila, pues hoy no solamente me apuntan todas las miradas sino también los focos. Un minuto antes del inicio de la función he sentido el vértigo del blanco, así que cuando bailo la frase me invade un miedo atroz. No puedo detenerme aquí, me digo, tengo que sacar esto adelante. Me recompongo como puedo y sigo conversando. Recupero el hilo y retomo el pulso, intentando aislarme de los latidos que me martillean por dentro. Salvo la situación de pánico. En dos momentos puntuales percibo sonrisas en la oscuridad, y me aferro a ellas para recargar confianza. Paso por el soneto, que recito con gran presencia sabiendo que hay un umbral de duda por debajo del cual el nerviosismo pasa inadvertido. Completo la conversación y respiro aliviado. Hago una pausa en neutro, extiendo el brazo al frente y, con gran seguridad, empiezo el cuento.

20.

A veces, leo, tomamos como sagradas algunas de las acciones que realizamos repetidamente, sin cuestionarnos la importancia que tienen en la persecución de nuestra misión. “But questioning our habits is essential to progress”, reza en negrita la frase reveladora, como si el fragmento estuviese escrito para mí en el momento más oportuno. Para acometer nuestras metas, continúa, debemos evaluar nuestros pequeños pasos, especialmente aquellos que damos de forma recurrente. Es justo lo que llevo reflexionando estos días en relación con mis hábitos diarios: si el afán por completarlos y sumar no me estará privando en ocasiones de tiempo para el cumplimiento de los objetivos mensuales. El siguiente avance de la herramienta será integrar unos y otros, para lo cual es preciso asumir la idea de que no siempre cuanto más, mejor.

21.

La ciudad reposa mansa al caer de la tarde. La luz de los días, cada vez más largos, crece proporcionalmente al frío, que se ha presentado impuntual. Caminamos relajadamente por calles adormecidas. Hay poco rastro de vida, y los escasos transeúntes que nos topamos parecieran estar allí por efecto del despiste. Pasamos junto a las patrullas policiales dispuestas frente a la embajada y alcanzamos la avenida, por la que circulan más coches que peatones. Hoy ha estado distinta, convenimos, más cercana y sonriente. Como lo era al principio, antes de la inexplicable mutación. Me reservo el comentario, pero espero que ese sargo a la brasa haya sido el punto de inflexión.

22.

Hacía días que no nos veíamos, pero no por ello me sorprende verle merendar un tupper de judías verdes con atún, que sostiene en la mano mientras hablamos. Y que huele que tira para atrás. Me pregunta cómo lo llevo, le cuento que cumplo dos semanas de parón por una lesión en la planta. En el fondo sé que la fascitis la he usado como pretexto para enjuagar mi ausencia y no mortificarme. Eso me recuerda el pinchazo de esta mañana, que además de falta de voluntad supone haber tirado el tiempo de anoche preparando la logística. Ese batacazo sí que es doloroso.

23.

Me he impuesto una hora de salida, obligándome a avanzar lo más posible en el tiempo acotado de tarde. Me aíslo de las voces, integro el sonido de su masticar ruidoso (va a destrozar el chicle, pienso un segundo) como un elemento más del entorno, y continúo leyendo los informes que he filtrado esta mañana. Me satisface comprobar que sigo queriendo ir más allá, a pesar de que podría haberlo delegado. He decidido remangarme, pues subcontratarlo no me resuelve el asunto de la forma en que quiero presentarlo, más próxima a la excelencia que a salir del paso. Aprendí que lo mejor es enemigo de lo bueno, pero tampoco me encuentro cómodo en la autocomplacencia.

24.

El sitio es exactamente como lo recordaba, no ha cambiado en ocho años. El salón está poblado de comensales de distinta índole: ejecutivos trajeados, oficinistas, paisanos, tipos comiendo solos, tres señoras que vienen de compras y una cuadrilla de operarios de alguna empresa instaladora o similar en su hora de descanso, arremolinados en torno a una mesa alargada vestidos de faena con sus monos corporativos. A pesar de la aparente aceptación, la comida no es para tirar cohetes. Pido paella, salada y de arroz pasado, y lomo adobado, de lo cual me arrepiento nada más ver el plato. Podría haber tirado por mi cuenta (desde luego, habría sido más provechoso), pero a veces conviene hacer un esfuerzo por dejarse ver y socializar.

25.

¿Eso es todo?, me pregunto perplejo una vez que me transmite sus matices y añadidos al documento. Tales son las modificaciones sugeridas que dos minutos después ya las tengo incorporadas. ¿Para esto tanta prisa? Una hora antes me reclamaba vernos pronto aduciendo que tenía una tarde complicada. No me ha importado abortar la lectura, replantear la comida y volverme nada más llegar, bien está tirar de flexibilidad ante los imprevistos. Pero lo que me cuesta más aceptar, o simplemente me sorprende, es el apretón con cara mustia, ese gesto de afección por una chorrada que se resolvía en dos patadas. Venga hombre, no seamos pusilánimes.

26.

Se acerca a saludar y me pregunta si he venido solo. Decide ponerse a mi lado, pues, dice sonriente, también ella viene sola. Ventana o pasillo, le pregunto con sorna para romper el hielo que advierto siempre en sus ojos fríos y su rostro esquivo. Me dejo llevar por la conversación, y de pronto me doy cuenta de que nunca antes habíamos cruzado más que dos palabras y tres saludos. Ni siquiera ha intervenido nunca para valorar mis contadas en el taller. Comparto con ella recuerdos, como la primera vez que vi nevar, o el verano que acogimos en casa a Abdallah, y cómo le impacto a él ver el mar por primera vez a sus catorce años. Siento por ella un respeto casi reverencial, que ahora aparco para disfrutar de su enigmática compañía. Es una mujer misteriosa, vuelvo a considerar, evitando entrar en terrenos más íntimos o personales. Qué bien se ven los toros desde la barrera, comento al cabo. Ella compone una mueca y asiente, relajada. Entonces se apagan las luces de la sala, que queda un segundo a oscuras hasta que se ilumina el escenario.

27.

El aire sopla fuerte y frío, y lo encontramos de cara al doblar la esquina de la calle comercial que desemboca en la avenida. Se diría que el viento hasta respeta los semáforos. En uno de ellos nos separamos, detenidos entre el gentío que recorre las aceras a riadas. Hay al menos cinco cadenas de ropa puerta con puerta, algunas incluso compartiendo edificio. Al cruzar al otro lado, me dan ganas de estamparle el móvil a una tipa entrada en años que lo sostiene risueña para tomar las instantáneas de los neones de la fachada, que luego compartirá en sus perfiles con la correspondiente ñoñería. Respiro aliviado cuando alcanzo el escaparate de la librería, y entro en ella a resguardarme y pasar el rato.

28.

Tiene una gran presencia y una mirada serena, cincelada por la crudeza de la muerte infantil que intenta erradicar en su país con programas de lucha contra la malaria. Me cuenta que éste es el último acto al que acude, tras una gira de dos semanas en la que ha promocionado su labor con el objetivo de recaudar fondos para el proyecto que está desarrollando: una escuela que pretende mejorar la calidad de la educación de las chicas en una aldea próxima a Yaundé. Luce un vestido colorido que resalta sobre su piel y pelo muy negros. Huele a canela y a clavo. Su inglés es casi perfecto, aunque me cuesta seguirla por lo bajo de su tono. Habla, además, francés y alemán. Es doctora en pediatría, y ahora, además, líder de causas benéficas. En Camerún es toda una eminencia, conocida ponente y activista. Y hoy, por circunstancias de la vida y por propia voluntad de echar un cable, tengo la suerte de ser su intérprete.

29.

El chorro sale tímido, como una especie de lluvia arrepentida. Me enjabono la cabeza y el cuerpo. Estoy cubierto de espuma cuando noto intensificarse el bajonazo. Siento la inconfundible presencia de la pájara, un ligero vahído que me obliga a apoyar las palmas en la pared. Respiro a bocanadas, pero no son suficientes. Tiro de la última reserva de fuerzas para mantenerme en pie. Cago en todo, verás tú que tienen que sacarme de aquí en bolas adosado a una bombona. Ese pensamiento me hace venirme más abajo, claro. Me enjuago a duras penas, me envuelvo en la toalla como puedo, salgo de la ducha y vuelvo al vestuario con pasos cortos, muy medidos. Chorreando me siento en el banco e intento recomponerme; o, al menos, no caerme del asiento. El frío me golpea en la espalda mojada. Debo estar más blanco que una cuartilla de papel.

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