Momentos: 16 – 28 Febrero 2015

16.

Quedamos a solas, y la conversación adquiere un tono distinto, mucho más personal y abierto que hace unos instantes. Hablar con el otro es como entrar en combate, porque es una piedra que ni escucha ni empatiza y que sólo mira por sí mismo, siempre a la defensiva y atacando a la mínima que algo no le encaja en su mente estructurada. Ahora que no está, la charla es relajada, de tú a tú, y hablamos sin tapujos. Muestro mi desacuerdo y respondo a sus preguntas desde la confianza, no desde la cautela por evitar el enfrentamiento. Y noto cómo, en el diálogo asertivo, se gana mi respeto y hasta diría que mi aprecio.

17.

Practicamos los pasos y movimientos separados en dos grupos. A un lado de la sala, nosotros repetimos la rutina del líder hasta afianzarla mientras las chicas, enfrente, pulen sus ochos y adornos. Entonces levanto la cabeza y al verla me sorprendo. Me detengo a mirarla un instante, y compruebo que está guapísima. Viste falda negra de cuero sobre unas medias grises que perfilan el contorno de unas piernas bonitas, moldeadas a base de correr, y un jersey ceñido, también gris, que resalta sus curvas. Estaré jodido y enfrascado en mil cavilaciones, pero cuando acaba el día soy yo quien se va a casa con ella, pienso reconfortado antes de volver al tango.

18.

Me coloco el cinturón, me pongo el reloj y echo el móvil al bolsillo antes de comprobar que la bandeja queda vacía. La pantalla no concreta aún la puerta de embarque, pero voy avanzando camino hacia las tres zonas indicadas. Cojo la rampa mecánica y vuelvo a consultar el directorio de salidas al llegar abajo, justo en el punto en que se bifurcan las direcciones hacia las áreas H, J y K. Ahí me detengo, en un espacio casi futurista de vitrinas repletas de tarros de cosméticos y perfumes, esperando a que el panel especifique letra y número. Miro alrededor, contemplando la disposición de los productos, y me paro a escuchar la música cañera que emerge de algún altavoz camuflado. Son las ocho de la mañana y queda un día duro por delante.

19.

Sentado en cuclillas en la alfombra, con la espalda apoyada en el respaldo del sofá, mantengo una cadencia de respiración constante, pero no soy capaz de detener la corriente de pensamientos que emergen a borbotones, más desde la barriga que desde la cabeza. Ha sido una semana difícil, incómoda, de sensaciones desagradables, de frustraciones y de constantes idas y venidas en reflexiones y argumentos. Demasiado como para dejar la mente en blanco de buenas a primeras ahora que la decisión está tomada y comunicada. De pronto me ruge el estómago y siento unas ganas tremendas de comer, así que me incorporo para preparar la cena.

20.

Cuando llego al descansillo los dos electricistas que acaban de terminar su faena en la oficina están de palique con el portero. Saludo deseando buen fin de semana, abro la puerta y salgo a la noche a paso ligero mientras me ajusto la mochila al hombro. Voy más satisfecho que contento, y sé que el haber vaciado el tintero al fin, aunque no cambie las cosas, me dará serenidad. Y es por eso que sonrío, desde la tranquilidad del desahogo. Desacelero y hasta me detengo, y de pronto la calle se me presenta más lúcida y vívida que de costumbre. Miro en torno, intentando captar esos nuevos matices. Quizá no sea la calle la distinta, pienso; quizá soy yo el que ha cambiado.

21.

Cuenta que es un descaro. Su voz es envolvente, de una dulzura extrema que atrapa irremediablemente. Los gestos con los que acompaña la historia, las descripciones sugerentes que evocan imágenes precisas, su rostro, su cuerpo, su mirada. Todo en ella es tan magnético en escena que uno se entrega al momento sin reservas y siente que está viviendo algo único. Verla es un regalo, le digo abriendo la ronda de feedback cuando termina su narración. Y ella una inspiración. Ese regalo me llena hoy especialmente, y le estoy muy agradecido. Sus ojos azules se clavan en mí mientras hablo, y, aunque acoge mi comentario al parecer sin inmutarse, creo adivinarle una ligera sonrisa bajo las comisuras.

22.

Completo la lista de prioridades semanales, traslado las metas al cuadrante “no urgente – importante” y grabo el archivo. Necesito recuperar el pulso después de estos días de tanta sacudida emocional, volver a centrarme, recobrar el equilibrio. Soy consciente de que no va a ser fácil lidiar con lo que viene a partir de ahora, pero me encuentro con fuerzas y ganas para afrontar el cambio. Abro la carpeta de música motivadora, pincho el play y al primer acorde me vengo arriba. Extiendo los brazos, índices en alto, miro al techo y respiro hondo. Todo listo para el arranque: empieza la primera semana de mi nueva vida.

23.

Repaso mentalmente las tareas a abordar hasta el domingo y decido la meta a cumplir esta tarde con la firme intención de empezar a crear inercia. Voy subiendo las escaleras cuando caigo en la cuenta de que, a esta misma hora, el trayecto que hacía hasta hoy era el contrario, de bajada en lugar de subida. Al llegar al rellano, el giro de la llave lo hago esta vez a la derecha y no a la izquierda. La sensación es rara, pero no por eso me inquieto. Será un camino arduo y conviene tener temple; así que a disfrutarlo, convengo conmigo mismo.

24.

Hace calor, pero siento las manos y los pies fríos. Suena el ruido de la calefacción y el incesante soniquete del horno, que lleva treinta años repiqueteando y otros tantos sin usarse. Dos cristales de la lámpara tintinean al chocar levemente en un movimiento pendular. El apartamento está hecho unos zorros, con pilas de objetos inservibles y elementos decorativos de otra época allá donde uno mire. Hacía tiempo que no venía, y por un momento me asalta un destello de melancolía, de tristeza, que aparco enseguida tan pronto me conecto. Con todo, sigue siendo un buen lugar para aislarse del mundo, desaparecer y concentrarse.

25.

Una gran masa nubosa a escasa altura me impresiona cuando salgo del túnel. Alzo la vista con cautela para contemplarla unos segundos, recreándome en su tonalidad anaranjada mezclada con toques morados que va transmutando el gris dominante de la tarde. Dibujo la curva que tantas mañanas tracé de camino a la escuela, y por primera vez tomo consciencia del puente peatonal sobre el tramo anterior a ella. Cuántas tardes como esa, y más bonitas aún, me habré perdido en estos años.

26.

Era necesario, me digo ante la perspectiva de haber tirado la tarde. Aunque tirado no es la palabra, claro, cuando realmente la he ocupado en gestiones varias que no por sobrevenidas dejan de ser importantes. Confirmada la maldita rotura en el gemelo, era prioritario buscar remedio cuanto antes, sin postergaciones; así que trato de convencerme de que en el fondo ha sido tiempo bien invertido. No obstante, el imprevisto me incomoda, porque me ha privado de  avanzar en aquello que tenía programado para hoy. Es la vida, por supuesto. Miro el reloj, aceptando que no hay más vuelta de hoja. Quedan veinte minutos para la quedada.

27.

La niña juega en el agua con muñecos y utensilios varios que arroja según le viene en gana. Se pone en pie, se vuelve a sentar, agita los brazos, chapotea, salpica la pared y encharca el suelo. Todo ello con balbuceos ininteligibles y sonrisas incontenidas. Disfruta como loca el rato del baño. Yo también lo hago, observándola a ella y a su madre, que la trata con un amor inmenso. Sentada en su silla de ruedas al borde de la bañera, le pasa la esponja por el cuerpo con dulzura y bromea con ella sin importarle quedar empapada por el brío de la pequeña. Su hija es todo cuanto tiene, y a ella se aferra para seguir luchando día a día contra las eternas adversidades que la han golpeado desde siempre. La admiro y la quiero.

28.

La foto. Veinte años atrás, siendo él tan sólo un niño. En el centro de la imagen yo, con la zamarra del Inter, haciendo el moña con su violín bajo su atenta mirada y la de los otros tres chavales (nuestros respectivos hermanos y mi primo), como si realmente estuviera dando un recital. Es esa cara de niño la que recuerdo, y la que me viene a la cabeza una y otra vez mientras observo al portento que tengo ahora delante, dejándome llevar por su interpretación excelsa. En sus rasgos de joven sigo reconociendo al pequeño que ya entonces apuntaba maneras de genio precoz. Es un talento descomunal, un prodigio único. Y verle tocar en un concierto tan íntimo, una experiencia como pocas.

Email this to someoneTweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>