Momentos: 16 – 28 Febrero 2014

16.

Una melodía suave surge de fondo, repentina. Suena a armónica y a tango, con una sensibilidad que apacigua el murmullo constante de conversaciones, envolviendo la sala en una atmósfera sublime. Sé que se trata de él al instante porque días atrás no había querido compartir su don con nosotros, más por verdadera timidez que por hacerse de rogar. La pista, hasta ese momento abarrotada, se despeja a medida que el gentío va echándose a un lado para contemplarlo. Toca “Por una cabeza”, y a la siguiente pieza una pareja de bailarines experimentados se animan a acompañar al solista en un alarde de movimientos formidables. Arte improvisado, una maravilla.

17.

Los veo de refilón desde el andén, sin prestarles atención, antes de que el tren se detenga por completo. Entro en el vagón, me acomodo junto a la puerta y me sumerjo de nuevo en la lectura. Pero la música me engancha enseguida. Levanto la cabeza y los estudio con curiosidad. Son dos tipos jóvenes, uno a la guitarra y el otro acompañando con bongós, entregados a la causa con pasión, más notoria aún a esas horas de la mañana. El ritmo atrae, aviva el ánimo, invita a venirse arriba y a afrontar el día con otro espíritu. El percusionista deja solo al compañero en el punteo para recorrer el vagón pidiendo la voluntad. Entonces echo la mano al bolsillo, saco una moneda y la tiro al cubilete de cartón.

18.

Ya no es el que era, pienso. Aunque sería más correcto decir que soy yo el que ya no lo veo igual. Presenta datos y tablas, evolución de estadísticas y ratios que de nada sirven para disimular la cruda realidad de lo que fuimos y lo que somos. A estas alturas, tan de vuelta como estoy y con tanta decepción acumulada, su discurso está lejos de calarme. Su intención es positiva, creo, tiene buen fondo. Pero hace tiempo que para mí perdió la autoridad, bien entendida como la admiración y el ejemplo de un referente al que aspirar, de un modelo en que mirarse. Cuando comenta, como de pasada, como si se tratase de un aspecto secundario del tipo “por cierto, que sepáis”, que no habrá bonus ni subida de sueldo para nadie, alguno se revuelve y busca explicaciones. Miro a uno y a otro. Qué falta de liderazgo, pienso. Estamos en un barco sin gobierno.

19.

Caminamos con paso acelerado, el que impone su inquietud continua, cuando estamos a dos manzanas y 20 minutos del sitio y la hora acordados. De los tres sólo habla él, y lo hace prácticamente a gritos, despotricando una vez más contra el cliente. No le falta razón en el fondo (van para dos años de trabajo en el proyecto, sin ver un duro), pero la forma resulta un tanto absurda, como si le fuera la vida en ello. O, más bien, como si su identidad y su sentido de valía personal fuesen inseparables del trabajo, o vinieran determinados por éste. Y así es, observo nuevamente. El afán de enardecerse en lo profesional. Seguramente no imagina hasta qué punto me es ajena su soflama.

20.

“Se identifica hiperintensidad de señal en cabeza humeral en la región del troquiter, en relación con edema óseo por microfractura de trabécula por contusión traumática, con discreta bursitis subacromial subdeltoidea asociada y cambios inflamatorios en articulación acromioclavicular”. Careto a cuadros. El resto del informe, también prolijo en tecnicismos, parece tranquilizador. Vuelvo a leer ese primer párrafo y me quedo igual, así que convengo dejar las traducciones para la consulta y confiar, entretanto, que las molestias sigan remitiendo poco a poco. Estoy deseando volver.

21.

El despacho está en la planta baja de un antiguo palacete en una de las zonas más nobles de la ciudad, separado del edificio principal por un pasillo adoquinado que debió ser en otro tiempo entrada de carruajes. Unos pocos peldaños alfombrados de color carmín conducen al portón de entrada, que abre a una estancia pomposa decorada con un estilo barroco hoy en desuso. La secretaria nos hace pasar a una sala amplia, de techos altos, que confirma el clasicismo de la ornamentación: mesa y sillas de madera en el centro, escritorios en piel de Loewe, obras de arte en las paredes, una vitrina alta con manuales antiguos de Derecho, una escultura abstracta con una especie de cilindro de metacrilato. Una baraja española con su juego de amarracos, disimulada en una mesa baja junto a la ventana, pone la nota discordante al escenario. Esperamos diez, quince, veinte minutos. Se abre la puerta y su figura aparece gris, distante, con semblante frío, casi inhóspito. Tal como lo recordaba.

22.

Apago la tele y me siento en el suelo. Alrededor todo está en calma, en la penumbra que tan sólo la luz tenue de la lámpara recrea. Busco esa quietud, quizá instintivamente. Estiro las piernas, con la espalda apoyada en el brazo del sofá, y observo en torno, intentando no pensar en nada. Bajo la mirada y respiro hondo. Pero no consigo acallar la mente, que salta de un pensamiento a otro sin dar tregua. Observo al pensador y consigo abrir una brecha mínima en esa corriente imparable. Aun así, dura tan sólo un instante. Por alguna razón que se me escapa hoy no me encuentro. Me noto incómodo, aturdido. Me incorporo, cojo el mando y vuelvo al partido, tan sólo para echar el rato.

23.

Objetivo: zanjar una de las dos entregas del próximo fin de semana. Hay tiempo suficiente por delante, por más que eso suponga, acepto de antemano, renunciar al espléndido día que luce ahí fuera. Abro una página en blanco y dispongo sobre la mesa el material necesario, que recorro pausadamente planteando mentalmente la estrategia. Cada vez es más ímprobo el esfuerzo (menores las reservas de energía, mayor el coste de oportunidad de encerrarse a currar); quizá por eso, al advertir el rectángulo de luz radiante derramado junto a la ventana, resuelvo tomarme un respiro y corro a tumbarme allí, en el estrecho hueco que alinea mi cara con el marco luminoso dibujado por el sol de la mañana. Me quedó así un buen rato, en la gloria, escuchándome roncar. Debí ser caracol en otra vida.

24.

Siento la lluvia nada más pisar los primeros escalones de salida de la boca. Miro arriba, al cielo gris, que deja entrever algún claro allá a lo lejos. De pronto me viene a la mente su imagen y me pregunto si hoy también estará ahí, desafiando al frío y al agua. La escena me sigue produciendo desconcierto, y es que no deja de ser ambigua: el banco, la chica, las orejeras, el cartel de “tengo hambre”. Por su aspecto no lo parece, desde luego, pues además de ser joven y rolliza aparece cada día con ropa limpia y se diría que aseada. Es tan contradictoria la imagen que uno no sabe qué pensar. Y, sin embargo, no he podido evitar el remordimiento cada vez que he pasado frente a ella todos estos días, sin atreverme siquiera a mirarla y sintiendo sus ojos tristes clavados en mí. A la altura del quiosco, protegido de los goterones por grandes trozos de plástico, dirijo la mirada al final de la calle. El banco está vacío.

25.

Es un mercado considerable. No debe llevar abierto mucho tiempo, pues todavía son más los despachadores que los despachados (cuento hasta ocho departiendo tranquilamente en el interior de uno de los múltiples puestos de fruta). La galería anexa acoge a varias personas desayunando en las mesas exteriores, bajo las setas-estufa que combaten el frío de la mañana. Cruzo la nave atravesando pescaderías, carnicerías, coloridas fruterías y puestos varios. Es la vida de la calle, del día a día, pienso, aquella de la que no soy consciente desde mi rincón en la oficina. Giro al llegar al centro, hacia la entrada en el lateral contiguo de la manzana. Observo el animado ambiente de la cafetería mientras salgo y continúo con paso vivo mi camino.

26.

Esta vez sí responde a mi saludo. Viste camisa de cuadros oscura, tampoco hoy lleva bata. “Te has dado un buen golpe”, dice estudiando muy solemne el monitor. Traumatismo en el húmero y no sé qué historia, determina. Nada demasiado serio, pero sí lo suficiente como para dos o tres meses de reposo hasta que baje la contusión del hueso. Salvo que quiera acelerar el proceso, comenta, en cuyo caso podemos practicar una infiltración. Acojo el diagnóstico molesto, escrutando algún matiz que temple en parte el jarro de agua fría que acaba de soltarme. Si buscaba un mínimo de empatía puedo seguir esperando hasta aburrirme. Dirijo una ojeada a la enfermera, sentada a su derecha; absorta en lo que quiera que esté rumiando, parece mirarme sin verme.

27.

Enchufo el portátil y me pongo al lío. Tengo hora y media por delante de tranquilidad hasta que empiece el “turno de tarde” y los compañeros vayan llegando en goteo. En la amplitud de la sala, cómoda aunque no demasiado luminosa, encuentro un buen espacio para concentrarme. Echo un vistazo en torno y observo el decorado: la enorme mesa redonda de madera maciza oscura; la rinconera y las repisas del mismo material, y sobre ellas los tombstones de metacrilato y algún folleto de OPV de conocidas compañías, vestigios de un tiempo exitoso que se me antoja ya muy lejano; la puerta corredera de cristal translúcido; la lámpara de pie con su tulipa gigante, también redonda, sobre la mesa. Llega algún ruido de la calle a través del ventanal, y de vez en cuando se oye el eco de pasos procedentes del piso de arriba. Me es todo muy familiar, y a la vez un tanto ajeno, como si formara parte de mi pasado. El ordenador ha terminado de arrancar. Abro el archivo y retomo el caso.

28.

La conversación transcurre a modo de entrevista ante la clase, que observa interesada desde su rol de público en un plató sin cámaras. El invitado accede a preguntas de índole personal acerca de su infancia, recuerdos de su niñez, influencia de sus padres, antes de adentrarse en cuestiones más relacionadas con su carrera profesional y habilidades directivas. Es presidente de una gran multinacional de telecomunicaciones, pero más que su imponente trayectoria y los cargos desempeñados sorprende la serenidad que transmite, su empatía, su inteligencia emocional. Habla del poder, del ego de los directivos killers, de la importancia de mirar hacia adentro, del liderazgo basado en valores. Y de la vida al margen del trabajo. “Cuanto más poder tienes más tienes que invertir en la persona para que no te devore el personaje”, declara. Le escucho con atención, admirado por su forma de estar y su actitud ecuánime y sabia. Una de sus muchas frases me resuena especialmente: “lo malo del estrés no es que te mate; lo malo es que te impide saborear la vida”.

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