Momentos: 16 – 31 Julio 2015

16.

Había estado allí otras veces, con personas que en una vida pasada fueron cercanas, importantes, y que hoy son poco más que un recuerdo, el que me evoca por un momento la galería peatonal entre casas pintorescas y el café haciendo esquina, tan añejo. El espacio queda detrás, ajeno a la vista desde la calle, casi clandestino. Y se diría que así es el encuentro, una celebración tranquila entre compañeros y maestro con motivo de su sesenta y ocho cumpleaños. Acomodados en sillas de madera oscura y mesas redondas de mármol, entre paredes con espejos a ambos lados y candelabros estilo principios de siglo (pasado, claro), escuchamos atentos sus relatos e historias entrañables. La compañía es gratísima y el tiempo pasa volado. Era mi primera vez, contrasta dirigiéndose a mí al introducir la despedida. Así es, asiento con la cabeza; y me ha parecido una maravilla.

17.

La noche es extraordinaria. Acomodado en la mesa de madera del recodo, disfruto del momento: la brisa fresca, el rumor del mar, el cielo negro estrellado, la compañía. Conversamos poniéndonos al día mientras recupero fuerzas entregado a los restitos que me han guardado (un poco de pasta con un chorreón de aceite, un trocito de bacalao) y que me saben a gloria. Nos acompaña la gata, que para mi sorpresa ya es una más de la casa. Tanta confianza ha cogido que hasta se tumba boca abajo en el césped pidiendo que le rasquen la panza, la sinvergüenza.

18.

La observo maravillado, intentando penetrar sus movimientos, grabar en mi mente sus gestos, en la memoria sus balbuceos (chapurrea algo ininteligible del tipo “atita, atita”, y a veces se descuelga con algún “oh” cachondísimo). De pie, estirándose agarrada al borde, se entretiene sacando conchas y piedrecitas del jarrón de cristal, y me las ofrece antes de cogerlas de nuevo de mi mano y devolverlas a la vasija para repetir la operación. Es preciosa, linda hasta decir basta. Acodado junto a ella en los cojines sobre el césped, aprovecho para tocarla y apreciarla de cerca ahora que ha cogido confianza y ya no llora en brazos y presencias que no son los de su padre. Es un regalo de la vida, como sus dos hermanas. Las tres me tienen ganado, y esta pequeñaja, además, me vuelve loco.

19.

Volver no es fácil, si bien el trauma es menor tratándose de un fugaz paréntesis tan breve como reconstituyente. No es el regreso en sí lo que aflige, sino irnos de nuestra tierra. Y es que, por más que nuestro hogar ya no esté allí, allí resurge y se alimenta esa parte de nosotros que bebe de nuestro origen. Hoy se la ve triste, porque para ella sí es dura la vuelta. Su rostro deja entrever un desánimo mal disimulado imaginando el escenario que la aguarda. La acaricio tratando de darle fuerzas y me devuelve una sonrisa melancólica preciosa. Quedan tres paradas para llegar a casa.

20.

Enviado el documento antes de salir a comer, la perspectiva de tarde tranquila por delante vuelve a suponerme un desafío. Cuando no hay urgencia ni debe inminente no es obvio afirmarse y coger el toro por los cuernos para evitar el desaprovechamiento. Más bien al contrario, sucumbir a la dejadez es bastante más sencillo, al menos cuando el trabajo habitual suele presentar un patrón de dientes de sierra con frecuentes rampas explosivas. Pero todo es ponerse. Aparco al amago de divagación y me meto de lleno en las cifras con el propósito de plasmar las cuestiones por escrito y enviar el archivo pidiendo aclaraciones. En situaciones así es donde uno muestra de qué pasta está hecho. Hoy saco a relucir carácter, incluso sin más juez y parte que yo mismo.

21.

Su inconfundible voz me llega al instante, y levanto la vista para verlo entrar en la sala contigua a saludar. Viste con chaqueta suelta y porta su maletín, como de costumbre. Además del fenómeno que sé que es, del crack al que admiro, empiezo a ver en él a un hombre entrañable. Sobre todo en ese gesto tan suyo, sonrisa franca y un tanto pícara, ojos apuntando al techo y barbilla gacha, como el pase a un lado de Laudrup o Ronaldinho mirando al flanco opuesto. Se acerca, me sorprende que recuerde mi nombre. Intercambiamos unas palabras, y antes de retirarse me pregunta cómo estoy, si va todo bien. Muy bien, confirmo, feliz y contento. Y tenerlo por ahí de sabio experto, verlo aparecer de vez en cuando (aunque esto no se lo digo), no deja de tener su punto.

22.

Llueve, observo cuando tiro de la pesadísima hoja del portal. Desde el bunker en que vivimos estos días, con las persianas echadas para repeler en lo posible el fuego implacable e ininterrumpido desde hace semanas, ni siquiera me había percatado del giro a nublado que ha tomado el cielo. Echo a andar bajo el aguacero, qué remedio, y las gotas gruesas me van pincelando el traje. No viene mal un poco de refresco, pienso. Aunque puestos a aliviar el ambiente cargadísimo, me da que lo que cae es agua sucia, poco depuradora. Al menos da una tregua, aun a costa de la calada.

23.

Lo escucho atentamente, fijándome muy por lo menudo en sus gestos y su entonación, además de en las palabras. Habla un castellano impoluto, y su notable acento británico no entorpece un ápice su fluidez. Conversa tranquilo, pausado, casi en voz baja a pesar de la multitud de presentes que abarrotan la mesa de dispositivos y papeles, quizá porque considera interlocutor sólo a uno, su contraparte. Visto así, se diría un hombre sosegado y asertivo, un sexagenario admirable. Pero qué diferente es esta cara de la que ha mostrado, rayando el desprecio y la tiranía, con terceros de menor rango a lo largo del proceso. Maleducado, irrespetuoso y gilipollas vía mail y sin su peer delante, me sorprende su habilidad para transformarse en otro tan distinto según las circunstancias. Un ejemplo más, reflexiono: “cara A” y “”cara B”, como los antiguos radiocasetes.

24.

Ahí está, bombita de viernes tarde. Si alguien pensaba hacer planes que los vaya cancelando. Hay que tener esto para el lunes a primera hora, avisa nervioso al otro lado del aparato. Y yo tengo un vuelo, me voy de viaje, añade. Ya sé por dónde van los tiros: dale tú que yo ya si eso lo miro luego y lo envío; luego a ser posible esta noche, antes de salir a pegármela con los colegas, y así mañana sigo de parranda, leré-leré. Con mano izquierda pero firme asumo lo mío (no hay más tutía, éste es el juego y decidí seguir jugando), pero le dejo bien claro qué partes no me corresponden. Hago valer no tanto los galones como la experiencia, que ya era hora. Qué importante es no dejarse pisar y poner los límites, y qué poco lo he hecho hasta ahora en mi vida.

25.

El solano mañanero parece otorgar un respiro, abriendo el grifo bastantes grados y dejando un día de lo más agradable, con un cielo celeste muy pulcro y una ligera brisa fresca. Las puertas laterales permanecen cerradas los fines de semana, así que camino unos metros más que de costumbre, bordeando la plaza hacia la entrada giratoria principal. La zona está casi desierta, y sólo algunos paseantes aprovechan para disfrutar del espacio libre que brindan los días de asueto, tan distinto del bullicio semanal. Miro abajo y lo veo allí, casco en mano y echándose un piti a la sombra, cabeza gacha sobre el móvil. Sorprendido por la coincidencia, apura el filtro en una última calada mientras bajo las escaleras, nos saludamos cordiales y tiramos para adentro.

26.

Oscurece, y cuando la noche se echa encima la pista ya presenta el aspecto habitual, atestado de bailarines y curiosos. Era cuestión de tiempo, claro. Esta vez, sin embargo, no son muchas las caras conocidas. Entre tanda y tanda veo aparecer al “panza”, camiseta de tirantes blanca bajo camisa ancha desabotonada. No se nos da mal, convenimos, para el tiempo que llevamos sin practicar. En una cortina suena “Clocks”, qué grande el musicalizador, momento que aprovecho para observar a mi alrededor coincidiendo con los primeros acordes de un nuevo tango. Sigo admirando la confianza con la que algunos se acercan a las chicas apoyadas en la barandilla y, extendiéndoles la mano, les preguntan “¿bailas?” con una media sonrisa de ganador. A eso aspiro algún día.

27.

Estoy sentado en una de las mesas altas de madera, ondulada, apurando las últimas pinchadas del bol de arroz con atún, pavo, queso  fresco y champiñones. Me he terminado el vaso de gazpacho y tengo el zumo verde marciano a medias, reservándolo como postre. A mis tres se ha sentado la tremenda chavala que hace un momento he visto en la cola, y de vez en cuando le echo alguna mirada furtiva. Entonces lo veo aparecer. Entra en el local portando una bolsa de deporte en la mano izquierda (la imagen me resulta incoherente), mientras con la derecha se quita las gafas empañadas del sudor que también le tapiza la camisa de lamparones oscuros por la espalda. Al verme se acerca a saludar e intercambiamos sonrisas y palmadas en el costado. Está a punto de pagar cuando me despido, y nos emplazamos a vernos tranquilamente a la vuelta de vacaciones. Que está deseando coger en una semana, dice, porque para variar sigue hasta arriba, totalmente desbordado. Qué gran tipo es, pienso al abrir la puerta.

28.

No es tarde, todavía de día, y aun así me noto embotado. Voy escaso de ánimo, y me cuestiono si tendrá algo que ver la llamada de esta mañana, que me ha removido recuerdos poco gratos. Llego a la conclusión de que sí. La jornada además ha sido larga, más bien estirada, sin parón de mediodía y sin sesión deportiva. Y todo suma, claro. Desciendo la manzana en ligera pendiente detrás de dos guiris jóvenes cuando de pronto, más allá de éstas, la veo emerger del portal en fulgurante aparición, con sus mallas negras y franjas rosas, camiseta negra de tirantes, auriculares blancos y el pelo recogido en una cola. Ella también me distingue, y se detiene a esperarme con una sonrisa radiante y un pequeño bailoteo que lo cambian todo en un segundo.

29.

La garganta me estalla. Es la tercera vez que la tos me obliga a levantarme. Las dos anteriores le pegué un par de tragos al jarabe, así que ahora busco un remedio alternativo en forma de pastillas que no encuentro. En lugar de eso doy con un bote de alcohol etílico, y entonces me viene un recuerdo de la infancia. Saco del cajón un pañuelo, lo doblo, lo empapo con un chorreón de alcohol y me lo amarro al cuello. Sudando como un pato vuelvo a la cama. Miro el reloj. Son las dos y veinte de la madrugada.

30.

Medio minuto, un segundo más. Suelto el cuerpo en tensión, deshago la plancha y me agarro a la bola casi desfalleciendo. Me incorporo sudoroso y con la respiración entrecortada. De pronto la vista se me enturbia, apagándose por un instante, y me aproximo a tientas a la pared en reclamo de un apoyo. Uf, mal rollo. Sobre el papel no me parece que las series hayan sido para tanto. Pero una cosa es el guion y otra distinta representarlo.

31.

Cuando los camareros pasan ofreciendo los postres ellas se han quedado “pajarito”, y a nosotros no nos sobra la chaqueta. Sí que corre fresco en el norte, incluso en plena noche de verano. A petición de ellas, que casi tiemblan, pasamos dentro y nos sentamos en los sillones del hall, donde continuamos la conversación un rato más. La incursión de nuevo afuera en busca de una copa resulta ser misión infructuosa, así que ahí lo dejamos por hoy y nos despedimos hasta mañana. Me alegra verla contenta, pienso cuando pido el ascensor.

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