Momentos: 16 – 31 de Mayo 2015

16.

Recostado de lado en la toalla, aguanto las suaves embestidas del levante sujetando el libro con la mano izquierda. “– ¡Ese maldito samovar! – vocifera la viuda –. Se ha apagado el fuego. ¡Katia, pon más carbón!”, leo. A pocos metros, dos niñas que no han cumplido los diez años juegan en la arena con cubos y palas frente a las sillas de sus padres. Y justo en el momento en que mis ojos recorren esa última frase, décima arriba, décima abajo, oigo el grito de protesta de una de ellas a su hermana: “¡Así no, Katia!” Imposible, pienso. Pongo la oreja hasta que la niña repite quejosa el nombre de su hermana. Me quedo paralizado, calibrando si se trata sólo de una de esas casualidades de remotísima probabilidad o si tal coincidencia no encerrará un mensaje, y qué carair significa.

17.

El viento que despertaba ayer se ha tornado hoy implacable, y anula cualquier posibilidad de deleite tirado al sol y a la bartola. Ni siquiera el paseo que estamos dando es del todo agradable. Así que me arranco al trote tal cual, descalzo y en bañador, recibiendo las acometidas de las nubes rasas de arena que se me clavan como aguijones en las piernas. Me centro en la respiración, intentando mantener una cadencia de cuatro inspiraciones por cinco expiraciones, y pongo atención en el gemelo, que sigue respondiendo bien. Al llegar a la altura de la bajada trazo una curva abierta a izquierda, acelero, me adentro en la orilla y corro frente a las olas, más feliz que un gamo, hasta que el agua me derriba y me sumerjo en el mar.

18.

Camino unos metros y decido esperarla en la acera de enfrente, en la puerta de la sede de una delegación de defensa cuya zona de seguridad mantiene despejado de coches todo el tramo de la calle. Echo un vistazo arriba, al adusto edificio de oficinas al que recientemente se han mudado. La ventaja de no tener conexión de datos en el móvil, pienso, es que puedo aguardar de pie sin más, contemplando tranquilamente el entorno sin tentaciones de consultas vacuas al aparato. De pronto la veo aparecer, guapísima, mirando desconcertada a ambos lados. Le hago señas con el brazo hasta que me ve, y entonces compone esa sonrisa suya que me encanta.

19.

Me revuelvo con la frente sudada y el cuerpo frío, sin saber si arroparme más, echar la manta a un lado, girarme ciento ochenta grados sobre el otro hombro o permanecer boca arriba un rato. Sí resuelvo que es pronto para incorporarme, pues mi cabeza sigue embotada y el mareo no ha sido pasajero, como había querido creer. Cago en todo, pienso resignado. Hoy era un día propicio para meterle un buen empujón a esos asuntos pendientes y avanzar en las metas mensuales. Pero a veces el cuerpo pide tiempo muerto, y no cabe sino parar y aceptarlo. Así vienen las cosas, qué le vamos a hacer.

20.

Es un auténtico espectáculo, un showman en esencia que acabó destacando como académico, uno de los más prestigiosos del mundo en su campo. Tira de repertorio, mensajes sobradamente conocidos por quienes lo tuvimos de profesor, con su particular flema y sarcasmo y sin rastro alguno de soberbia o prepotencia. Puede que no aporte contenido nuevo, y cierto es que las continuas perlas que arrancan carcajadas constantes al auditorio (una pena no sacar la grabadora) son variantes de cuatro o cinco frases míticas por las que todos le recuerdan. Pero muchos de los allí presentes, entre los que me incluyo, han venido a echar la tarde fundamentalmente para verlo a él. Único. Fenómeno. Genio.

21.

Bajo el montoncillo de papeles y siento un golpe de liberación nada más echarlos al contenedor. Es una peculiar sensación de ligereza, algo parecido a una conquista. Y eso que el cargamento era muy modesto. Pero cualquier reducción de objetos no utilizados o tiestos inservibles, por pequeña que sea, no sólo despeja espacio físico, sino también, o sobre todo, mental. La simplificación de pertenencias genera bienestar emocional, y además abre la posibilidad a la renovación: dejar hueco para que puedan entrar otras cosas importantes, significativas, que realmente nos aporten. Me gusta pensar en esta derivada, que no resulta evidente hasta que se experimenta. Contento con el resultado, decido crear inercia una vez comenzado el proceso.

22.

La noche es espléndida, y ni siquiera en cubierta se siente la más mínima rasca. El crucerito es una especie de fiestón flotante bien montado, entrada con consumición incluida. Un grupo amateur (guitarra, bajo, batería y cantante) ameniza el sarao con temazos de pop español muy reconocibles y bien tocados, a los que acompañan los presentes (dos despedidas de soltera además de nuestra expedición, que, al contrario, estamos de reencuentro y bienvenida) coreando estribillos, bailando y viniéndose arriba cuando corresponde. Más allá del río la ciudad se extiende en penumbra, una vez que las luces de la ribera y de la catedral, entrecortada en el horizonte, se apagaron hace horas. Miro arriba, al cielo sin estrellas, y me quedo así un instante, pensativo.

23.

El paseo sin rumbo nos sitúa de pronto frente a una gran placa conmemorativa. En esa misma calle, leo, ubicó el escritor parte de la escena de una de sus más famosas narraciones breves publicadas a principios del siglo XVII. Doblamos la esquina y llegamos a la ribera del río, a lo largo de la cual se alinean tropecientos bares de copas, todavía vacíos. La noche es agradable y la ciudad también, empiezo a admitir. Me gusta recorrerla con ella, que la conoce bien, más aún sabiendo que disfruta volviendo y mostrándomela como la casa que para ella fue. A esa altura, en uno de los soportales, nos refugiamos hace años de un diluvio tremendo, una tromba furiosa de agua y granizo que amenazaba con calarnos horas antes de mi tren de vuelta. Es verdad, responde melancólica. También nosotros tenemos aquí momentos en común que recordar.

24.

Al girarme los veo acercarse, empujando el carrito ella y con el niño en brazos él, y voy a darles el encuentro. Si en algún momento perdieron la sonrisa, o ésta se difuminó por la tensión de interminables meses de hospital, hoy vuelven a lucir dentadura blanca y ojos achinados, sin duda aliviados por haber superado lo más crítico. El pequeño es muy pequeño, pero ya reacciona a carantoñas y se ríe como sus padres, con una cara de duendecillo pícaro cachondísima. Bajo la gorra le asoma el vendaje de la última operación hace unos días, signo de una pelea más de la que ha vuelto a salir victorioso. Es un niño elegido, un superviviente. Él todavía no lo sabe, pero su fuerza para salir adelante y el amor inmenso de sus padres, positivos por naturaleza, le han preparado para la vida. Será un chaval muy especial.

25.

Retiro de la estantería los CDs, el álbum de fotos, los cuadernos de dedicatorias y el pincho del vídeo, para buscarle a todo ello una nueva ubicación y completar esa balda de guías, libros, mapas y postales de viajes con el triple volumen intacto de la versión de 2013 de una famosa publicación de rutas y escapadas. En el hueco repentino aparece el fino canutillo negro metalizado que encuaderna las fotocopias de mi correspondencia (las cartas que yo escribí) con uno de mis colegas de la infancia, regalazo que me hizo hace tres años. Las hojeo sin detenerme, reacio a posar la vista más que de pasada. Me pregunto si me ocurrirá lo mismo con estos Momentos: si volveré sobre ellos algún día, y si entonces me pararé a leerlos.

26.

Reconozco el olor al instante, nada más cruzar la puerta. Mi nombre figura aún en la base de datos, que ya es decir porque hace más de siete años que me di de baja. O que me caducó la inscripción sin renovarla: los últimos meses estuve yendo de gorra aprovechando un fallo en el sistema de control de accesos. Un caudal de evocaciones asoman cuando recorro las instalaciones precedido por el chaval de recepción, y no soy capaz de discernir si tales remembranzas alcanzan la categoría de nostalgias. Aunque el espacio es el mismo, la disposición de las máquinas ha cambiado. El lugar de la antigua cafetería lo ocupan ahora bicicletas estáticas, remos y cintas. Escaleras abajo llego a la sala de ciclo, frente al vestuario. Y entonces sí; me viene el recuerdo de ella y la imagino pedaleando como antaño, como cuando la buscaba con la mirada, sobre una de esas bicis, en otro tiempo.

27.

Lo encuentro en un lateral exterior de la caseta, levantada en su ubicación de siempre en mitad del pasillo formado por la hilera de stands que van poniéndose a punto en los días previos a la inauguración, y nada más vernos nos fundimos en un abrazo. Viste mono rojo con tirantes sobre camiseta blanca, y zapatos de trekking de los que han perdido aceptación frente a las modernas zapatillas deportivas. Luce una barba canosa pobladísima, la misma que siete meses antes, cuando volví a verlo después de tantos años. El espacio está a medio montar, pendiente de retoques y de la colocación selectiva de algunos de los libros que duermen en las cajas apiladas en el centro de la estancia. Sí lucen, no obstante, sus creaciones, que me desglosa orgulloso respondiendo a mi interés. Hay corazones de colores colgando del techo, ilustraciones, pinturas en las paredes y diseños variados en línea con la temática amorosa estipulada. En una de las figuras de gomaespuma identifico con alegría la mano del artista que sigue siendo y fue, cuando en mis años de infancia se convertía sobre el escenario en el simpático y entrañable Piterini.

28.

Suena el pitido y mis iniciales aparecen en la pantalla. Me levanto, camino dos o tres pasos hasta la consulta once, doy un par de golpes en la puerta y la abro. Es la cuarta vez que la veo, y en las tres anteriores me despachó volando, recetándome ecografía, quince sesiones de rehabilitación y nuevamente ecografía. Tres meses entre la primera cita y ésta, con sus castas. Echa un vistazo a la más reciente, pregunta cómo estoy (por primera vez adopta el tuteo, advierto), diagnostica mejoría aunque no cura definitiva y me advierte que no haga el burro. Como estás mejor te voy a dejar en paz, dice, insistiendo en que tenga cuidado. Nos despedimos cordialmente y me sonríe. Al salir, mi mirada se topa con la de una chica que espera, cuya ojeada desconcertada parece inquirir si he venido a decirle hola a la doctora.

29.

Lleva un buen rato contando, pienso, y no debe ser nada fácil mantener la atención de un grupo de colegiales (no más de seis o siete años) durante tanto tiempo. La observo con curiosidad y admiración, entregado a las historias que recrea de los libros ilustrados para niños, pero sobre todo a su voz y a sus gestos. La corriente escandinava de la que habla el maestro, reflexiono. Cuando la comitiva de autoridades irrumpe en la caseta, ella continúa su función como si tal cosa, deteniéndose sólo un instante para atender el saludo de la Reina, que se acerca amable a estrecharle la mano. En medio del jaleo y la marabunta que han engullido de repente el recinto, su foco indefectible está en los niños. A ellos entrega toda su energía, ignorando a fotógrafos, cámaras, reporteros, realeza, guardaespaldas y alcaldesa. Porque ellos, y nadie más que ellos, son su público.

30.

Aparco siguiendo la hilera de motos en la acera, pegado al bordillo que delimita la parte peatonal de la calle, y al darme la vuelta me topo de bruces con la luna vacía y un enorme cartel de una inmobiliaria con la inscripción “se alquila” en grandes letras mayúsculas, un teléfono y las palabras “300m2 planta baja”. Del antiguo escaparate que exponía coches en miniatura, soldaditos de plomo, trenes eléctricos, maquetas, mecanos y otras figuras y accesorios de coleccionista, sólo quedan las vitrinas vacías y sucias, polvorientas, y el rótulo de la tienda, letras plateadas en tipografía antigua sobre fondo negro. Nunca llegué a entrar, pero siempre la consideré parte del paisaje de la calle y con frecuencia me detenía un instante a contemplar su vistoso despliegue de juguetes. Y mírala ahora, pienso, impactado por la visión de sus restos y despojos, por el recuerdo de lo que fue.

31.

El equipo no juega a nada. Falta fútbol y actitud, observamos atónitos dando pequeños sorbos a los vasos dispuestos en una de las mesas alargadas frente al pantallón. La importancia del lance nos ha reunido a unos cuantos “expatriados”, expectantes ante la inmejorable oportunidad de sellar el ascenso en casa tras el resultado favorable de la ida. Pero el ímpetu inicial pronto se viene abajo. La caldera parece haber mermado a los nuestros, que, amedrentados por el ambiente, juegan agarrotados, sin fluidez ni confianza. Cagados, en una palabra. Tiene guasa ser víctima del propio empuje de una grada y una ciudad entregadas a la causa, comentamos sin explicarnos lo que vemos. Y no es que el rival haya hecho mayor mérito; pero en una de las tímidas llegadas bota un córner cerrado, el balón sobrevuela el área ante la mirada de la zaga y acaba en el fondo de la red. La cosa se pone muy fea.

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