Momentos: 1 – 15 Septiembre 2016

1.

Llegamos al final de la playa. Aprovechando el repliegue de la marea esquivamos las rocas que interrumpen el paso y cruzamos hacia la lengua de arena en la desembocadura. Detrás de las pequeñas dunas, el cauce final del río ofrece una perspectiva diferente del pueblo al fondo, un pintoresco conjunto de pequeños edificios bajo un radiante sol de media tarde. Hay pleamar, y varios pescadores se apostan a ambas orillas intentando sacar partido del ímpetu del caudal. Con los pies hundidos en la arena y sumergido hasta la rodilla, contemplo la postal encantado. De pronto siento sus brazos que me rodean suavemente por la espalda.

2.

El paseo presenta un aspecto vistosísimo, a pesar de que son fundamentalmente los lugareños los que lo recorren y ocupan sus amplias terrazas, toda vez que muchos de los veraneantes se esfumaron a golpe de quincena. Me sorprende la alta proporción de niños (se ven muchísimos de todas las edades y a todas horas, incluidas madres empujando carritos) en un pueblo que, con estadísticas de empleo en mano, no tiene con qué subsistir. Uno siempre busca el modo de salir adelante, concluyo, y muchas veces basta una calle, una plaza, una playa, unos amigos con quien compartir correrías, para vivir sin mayores alardes. El caso es que la noche es espléndida, y tras una buena cena frente al mar vamos a rematar la faena con unos helados para el camino de vuelta. Han sido cuatro tarrinas pequeñas, una mediana y un cucurucho, total trece euros, le relato al dependiente. Ea, pues trece, si tú lo dices…, responde con una cachonda mezcla de desafecto y parsimonia.

3.

La última vez que las vi ella ya había pegado un cambio grande. Comía bolas de cereales con miel como si fueran pipas, cuyas bolsitas pedía que le abrieras con un balbuceo difícilmente inteligible acompañado de una sonrisa adorable y completamente irresistible. Hoy casi me da un vuelco el corazón al verla bajar del coche, con su vestido azul de lunares cerrado atrás en un lazo, y su moña en el pelo más largo, recortado en media melenita. Mira al bebé entre curiosa y asombrada, y la imagen es linda a más no poder. No sólo entiende todo lo que se le dice, sino que habla y se expresa con tremendo desparpajo. Está preciosa, como sus dos hermanas. Sólo han pasado cuatro meses, no llega; y cómo han cambiado. Son tres princesas de cuento.

4.

Eran las cuatro y media cuando empezaba a removerse inquieto, lanzando algún gemido que interpreté signo de hambre. Pero no se ha enganchado a la teta, sobadísimo como está. Tumbado entre los dos (ella duerme, reventada), lo contemplo en lo que me permiten las cabezadas, los párpados cayéndoseme como persianas. Mantengo la vigilia como buenamente puedo, presto a atenderlo de un momento a otro. Pero, a pesar del movimiento, el tío no termina de espabilar. Esto es así, no podemos esperar reacciones previsibles ni pautas estructuradas. Son ya las seis y media, y no puedo con mi alma.

5.

Me tumbo boca arriba para reponerme del esfuerzo, metiendo aire en los pulmones y relajando el cuerpo mientras observo la infinitud del cielo azul. Me gusta permanecer así, flotando con los brazos extendidos en cruz sobre el inmenso manto marino. La desconexión es sólo un instante, pues enseguida vuelvo en mí para ubicarme. No me sorprende no hacer pie, pero no dudo en nadar en vertical hacia la orilla, esta vez con tres brazadas antes de sacar la boca para respirar una vez por cada lado. Al notar que sigo sin tocar fondo, cambio el estilo al habitual de dos brazadas. Tiro un largo trecho hasta cansarme, y entonces compruebo con preocupación que sigo a más profundidad que mi metro ochenta. Debo estar braceando sólo para compensar el arrastre, como quien recorre unas escaleras mecánicas en sentido inverso; de pronto, esa certeza me hace entrar en pánico por un momento. Paro el coco, me rearmo y cojo fuerzas. Arranco a nadar de nuevo, y ya no me detengo hasta verme a la altura de los chavales sentados sobre las tablas.

6.

He dado una carrerita corta, ridícula, sólo para entrar en calor. He hecho los cuatro o cinco ejercicios de calentamiento de hombros y brazos en la orilla, calibrando la amplia distancia entre donde estoy y la siguiente línea de boyas. Me concentro en el reto. A punto de meterme por completo en el agua, me arranco a extender piernas alternativamente al frente, tocando el pie con la mano contraria a cada patada como último preámbulo. Entonces escucho la voz a mi espalda (“eso es mono de fútbol”, exclama) y ahí queda abortado el plan. Pero ningún encuentro es por casualidad.

7.

Cuando pensaba que no se podía estar mejor aquí, puesto que no hay rincón en el mundo más acogedor y gozoso (o al menos yo no lo conozco), resulta que la función de bienestar no había alcanzado máximos. El chatito duerme plácidamente, ebrio de leche materna y complementaria de los dos biberones que se acaba de enchufar. Sosteniéndolo por el pañal con la siniestra, la diestra apoyada en su espalda, siento su respiración sobre mi pecho. Al fondo, el mar traza la recta inmaculada en el horizonte bajo un cielo celeste en el que el sol empieza a hacerse fuerte. Observo su rostro maravillado, me entrego por completo al momento. Como él, me dejo llevar; y así, tan del carair, tan conectados, caigo en una serena modorrilla que no habría imaginado ni en mis mejores sueños.

8.

Pulso el interruptor del telefonillo. Al abrirse la puerta el signo de sorpresa es evidente, pues no esperaban verla allí. Pasamos con prudencia, y cuando las dos mujeres se ven ocurre algo que nos deja atónitos a todos los que presenciamos la escena (menos a mí que al resto, que no imaginaban que se tuvieran tanto cariño mutuo). A las dos se les ilumina el rostro, y con una alegría incontenida se funden en un abrazo largo, como dos adolescentes que pasan ya de los sesenta holgadamente. Hacía más de veinte años, se dicen emocionadas, con una sonrisa radiante que a punto está de derivar en lágrimas. Qué bien estás, sigues igual que entonces, dice una; tú tampoco has cambiado, responde la otra. Miro a los demás, que se preguntan qué está pasando aquí. Feliz por el encuentro, yo siento además una punzada de orgullo. Es una muestra más de la huella que deja en las personas buenas que han tenido la suerte de conocerla.

9.

Cuántas veces miramos para otro lado para seguir con nuestra vida. Bajo el pretexto de no complicárnosla, ignoramos situaciones que nos ocasionarían no ya problemillas sino simples incomodidades, cuando con un pequeño gesto podríamos mejorar las circunstancias de otros. Desde nuestra poltrona, acomodados e indiferentes, somos tan suspicaces que no actuamos Vemos con recelo cualquier cosa que nos perturbe mínimamente. Qué poco cuesta mostrar empatía y qué poco nos prestamos a tenerla. No se puede ser tan ruin, me digo. Entonces me doy media vuelta, deshago el camino andado, cojo el teléfono móvil del suelo y busco la carpeta de contactos. Marco el primer nombre de la agenda.

10.

No habrá forma de salir de aquí a menos que me quite de en medio discretamente. Demasiada gente, demasiadas despedidas innecesarias, una enganchada tras otra. Antes quiero comprobar una cosa, así que salgo del cobertizo donde transcurre la fiesta, cruzo el amplio jardín y me dirijo al espacio de la cena, donde los camareros desmontan mesas y sillas, que apilan en varios montones. Uno me pregunta si necesito algo. Declino su ayuda al comprobar con decepción que el cartelón con la disposición de los comensales ya no está allí. Entonces camino hacia la puerta, dejo el salón a mi izquierda sin volverme a mirar siquiera y abandono el lugar como si nada de aquello fuera conmigo.

11.

Me detengo en la pasarela y echo un último vistazo atrás, contemplando el impresionante panorama con un aire de despedida. No he conseguido el reto, pero no está mal haber cubierto la distancia en tan sólo dos tacadas, compruebo desde esta perspectiva. Me quedaría aquí, vuelvo a reflexionar. En mi patria, mi tierra, mi playa. Toca volver, sin embargo, y esta vez es para empezar una vida diferente. Una vida nueva e ilusionante.

12.

Desabrocho el cinturón de seguridad y extraigo la silla del asiento trasero del taxi. El tío va tan a gusto, liberado de la morterada que le ha sacado la pediatra presionándolo como si fuera un bote de mostaza. Ella abre el portal y subimos las escaleras llevándolo en peso cual cesta de camarones. Desde los últimos peldaños observo el buzón, y al aproximarme más distingo el pico de un paquete que asoma por la ranura. Me acerco con un punto de nerviosismo, pues ya sé de qué se trata: la materialización física de mi “criatura”. Ha llegado la prueba de impresión del libro.

13.

Empujo despacio la puerta y me paro en la semioscuridad del umbral, observando la escena embelesado mientras me abotono la camisa. Los dos duermen profundamente. Ella en la cama, girada sobre su lado derecho, las piernas juntas, rodillas flexionadas en ángulo recto. Él dentro del moisés, en su postura habitual boca arriba, con los dos brazos sobre la cabeza y los pies tocándose ligeramente cual rano echado al sol. Los miro a ambos alternativamente a través de la claridad que poco a poco va llenando el salón a mi espalda. Paso el último botón por el ojal y todavía me quedo un ratillo así, tratando de fijar la imagen en la retina. Absolutamente maravillado.

14.

Minutos antes de abrir la llamada me doy cuenta de que la conversación se oye con nitidez del otro lado, pues le escucho hablar por teléfono sólo con poner mínimamente la oreja. Por un momento pienso que tengo tiempo de meterme en el despacho contiguo, donde tendré total privacidad. Sin embargo, enseguida recapacito y me saco mi usual pudor de encima. Cambio de mentalidad, y en lugar de quitarme de en medio decido que qué carair, que tanto mejor: es una oportunidad para hacerme notar y mostrar cómo me desenvuelvo. El recato y la circunspección no son expansivos sino limitadores, y sólo impiden las oportunidades de visibilidad.

15.

Miro a través de las paredes de cristal hacia la avenida y contemplo los edificios adyacentes de colores pastel, próximos al hotel del que no recordaba haberme percatado nunca. La chica teclea en el ordenador, incorporando al sistema los datos de los DNI y el libro de familia. Es joven, o lo aparenta. Cara de ratón de biblioteca, he observado al saludarla; pelo peinado hacia atrás, recogido en una coleta, y cierta voluptuosidad bajo la chaqueta y la camiseta de rayas horizontales. Cuando concluye la gestión del trámite me despido agradeciendo que me hayan hecho un hueco, y confirmo que es extremadamente tímida. Al extremo, imagino, de rehuir el contacto con la gente.

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