Momentos: 1 – 15 Septiembre 2015

1.

El tema me preocupa, pero sobre todo me enciende. Me llevan los demonios al escuchar sus explicaciones, porque no son más que excusas para no afrontar la realidad ni evitar el disparate. De nuevo el autoengaño como argumento para justificar lo grotesco y para intentar colármela. No trago, no me valen sus pretextos infantiles. Ya no hay vuelta atrás, dice. Y qué le voy a hacer si es lo que hay. Me aseguro de que sea consciente de mi mosqueo, aunque sé que se lo pasa por el forro, como hace siempre. Cuelgo, me echo el teléfono al bolsillo y entro en el gimnasio.

2.

Pequeñas gotas de sudor me caen por el parietal, y siento una tensión creciente en las ingles. Quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho… Levanto la vista hacia las cintas de correr del fondo. Veinte, veintiuno, veintidós… Más que las abdominales, tiran las piernas y la zona lumbar, que ya casi me estalla en esta tercera serie. Veinticinco, veintiséis, veintisiete. Inspiro profundo y expulso aire, aguantando un dolor intenso hasta que a la cuenta de treinta apoyo las piernas y relajo el cuerpo, satisfecho por anotarme la tercera sesión consecutiva. He vuelto, muy firme el compromiso.

3.

Tengo bastante tiempo por delante, pero no consigo volver a dormirme. En la oscuridad de la madrugada doy vueltas en la cama, las mismas que le da mi mente a la escena de anoche por más que intente apartarla de tales pensamientos. Siento tristeza, dolor y rabia, pero ya no compasión. Su actitud infantil, su falta de aprendizaje ante los golpes, la negación flagrante de su evidente responsabilidad, siempre echando balones fuera y culpando a la vida y a los otros de sus desgracias, me han hecho abrir los ojos. No merece compasión sino desprecio. Por mi propia salud mental decido tomar distancia. Miro el reloj, no hay forma. Me levanto y salgo de la habitación.

4.

Es relevante sacar hueco para atender lo importante más allá de lo urgente, me digo. Y buena parte de lo importante consiste en mantenerse en contacto, lo cual pasa por establecerlo. No el puro networking frío, interesado, sino las relaciones personales con la gente a la que valoramos. Claro que establecer contacto requiere un tiempo que siempre parece postergable, precisamente por no tratarse de un asunto apremiante sino más bien susceptible de ser relegado al fondo de la lista de prioridades. O dejado de lado por pura desidia. Esta vez tomo conciencia, aparco la pereza y decido escribir cuatro o cinco correos en la hora que me queda hasta la cita.

5.

El libro expone una interesante teoría sobre la especie humana como corredora por naturaleza desde sus orígenes como cazadores-recolectores, con vaya usted a saber qué carácter científico dado el perfil periodístico y reportero del autor, y sobre todo su propensión triplista en páginas anteriores. La combinación con las partes relacionadas con la tribu tarahumara y las referencias a los ultra maratonistas constituyen una lectura amena, que recuerdo cuando salimos del portal a estirar las piernas. Pruebo el método por curiosidad, o lo que entendí de él por la descripción sucinta, manteniendo la espalda erguida y echando los pies atrás en cada zancada. Sí que noto algo distinto. Obviando la incomodidad propia de la falta de costumbre, percibo indicios de ligereza, de una mayor suavidad frente a mi pisada normal, que en comparación me parece ahora de elefante. Y es que, como para todo, ha de haber una técnica adecuada, reflexiono; otra cosa es que ni me lo hubiese planteado hasta ahora. Así que es cuestión de explorarla.

6.

Hay una parte de mí que no disfruta del paseo por entenderlo como un desaprovechamiento. Intento desoírla. Cierto es que tengo cosas por hacer (que quiero hacer, más bien), pero por otro lado estoy encantado de acompañarla, y sé que ella lo agradece. Decido relajarme y arrancar de la tarde la etiqueta de tiempo improductivo, porque en realidad, descubro desde otra perspectiva, no lo es. Es tiempo por ella y para ella, y ayudarla me hace feliz.

7.

“Me voy corriendo, a ver si llego a ver a mi hijo antes de acostarse”, me dice. “Hoy es su cumpleaños, mi mujer me mata…”, deja la frase en el aire mientras cruza el pasillo escopetado hacia los ascensores. Cumple diez, responde. Número redondo y significativo para un niño, añado yo. La escena me deja un momento pensativo mientras cierro la bolsa de deporte, bajo la tapa del portátil y compruebo que no me dejo nada. Me resulta incomprensible, hasta preocupante, la distorsión que muestran algunos en la definición de prioridades. Aunque seguramente lo que ocurre es que nunca las han definido, reflexiono. Y ahí precisamente está el problema.

8.

El aprendizaje real, aquel que queda afianzado para los restos, resulta incómodo. La marca requiere un punto perturbador, a veces embarazoso, para resultar indeleble. Sigo dándole vueltas al asunto mientras me llevo a la boca pinchadas de pollo con cuscús, y todavía después de rebañar el plato. No entiendo cómo no he sido capaz de verlo en el momento, puesto que no se trataba de nada que no supiera ya, y sigo “mosca” por ello. Quizá me he ofuscado en mi postura, no parándome a comprender antes de ser comprendido. Al margen de la cuestión técnica, bien interiorizada ahora, ese es sin duda un aprendizaje accesorio muy válido para la vida.

9.

Todo es cuestión de empezar, reflexiono mientras el ascensor se detiene en su descenso hacia la planta baja. Por descontado, es bueno tener claro cómo afrontar la jugada, dedicar un tiempo a pensar y a la planificación para decidir cómo meterle mano al tema. Pero ya se sabe el riesgo que uno corre si no se decide a cruzar la línea que separa la intención de la acción: la famosa “parálisis por el análisis”. Por eso me alegra haber tomado impulso aprovechando esos veinte minutos previos tan dados a marear la perdiz. Encarrilado el arranque, la tarde se presenta tranquila para dedicarle tiempo de calidad. Antes, una nueva sesión de calisthenics, que elaboro mentalmente al pasar la tarjeta por los tornos de acceso y salir animado al hall.

10.

Entro a la zona de aparcamiento dando un rodeo, y pasando de largo las balizas encuentro un terraplén acondicionado como parking de motos. Desconecto la llave, me bajo y pongo la pata de cabra, que apoya sobre el suelo desnivelado por los surcos. Me quito la chaqueta protectora, la aprieto junto al casco dentro del cajón y me ajusto la americana. El complejo consta de varios módulos organizados por especialidad, y no tengo claro dónde dirigirme hasta que en la cafetería una enfermera joven y sonriente me indica el camino hacia el edificio principal. Una vez allí encuentro los ascensores, esquivo a la señora que sale y pulso el botón 3. La habitación queda justo enfrente. Toco levemente con los nudillos y empujo el pomo de la puerta.

11.

Me ha dejado pa’l arrastre, el hijoputa. Camino con esfuerzo con la bolsa a cuestas y la mochila del ordenador a la espalda, y poniendo la yema del índice sobre el lector me arrastro sobre el torno. Cuando salgo a la calle apenas me tengo en pie. El nota ha pasado de la media hora estipulada en el horario, estirándola más del doble y añadiendo series sin descanso sobre la que parecía ser la última, una y otra vez. No ver el final, eso es siempre lo peor. A duras penas me dirijo hacia la moto, sola en la plaza a esas horas. Mirando arriba, al cielo cada vez más apagado, resoplo satisfecho y doy por buena la semana.

12.

El bar está lleno, salvo por la mesita del recodo junto al pantallón de lona, donde nos acomodamos para ver el segundo tiempo. Pedimos caña y tónica, que nos sirven junto con un pequeño chato de almendras. Hacía tiempo que no pasábamos un rato a solas, pienso intentando rememorar la última. Para mí es un agradable colofón a un sábado variopinto y disfrutado, para él cierto respiro momentáneo a unos días intensos como cuidador. Echamos el rato charlando, intercambiando impresiones y frustraciones que compartimos desde niños, agravadas en los últimos años por actuaciones mezquinas de unos y pasotismo indecente del otro. Casi ajenos al juego, hasta que, de pronto, una genialidad del mesías desnivela el marcador para los visitantes.

13.

Llevo más de diez minutos al teléfono, los primeros haciéndome entender por una máquina y desde hace un rato aportando datos al operador (DNI, número de teléfono fijo y móvil), que no encuentra identificación del cliente, uséase, de mí. Eso encaja con que no me estén dando servicio, expongo, pero las facturas bien que me llegan. Entonces caigo en la cuenta y le doy la solución al enigma: el fulano con quien hablo, al margen de encontrarse a no menos de ocho mil kilómetros de distancia, es técnico de telefonía; y me juego el sueldo de un año a que la compañía aún no ha integrado los sistemas tras la fusión. Así es, confirma la voz de telenovela al otro lado, tiene usted que llamar a tal y cual. Y así con todo, continuamente. El cliente a pagar siendo estafado. Mierda de operadoras de telecomunicaciones.

14.

Despierto minutos antes de que suene la alarma (la primera de ellas, configurada tres cuartos de hora antes que la segunda, hora y cuarto antes de lo estrictamente necesario) y echo la meada de rigor, advirtiendo que ha sido la primera noche en mucho tiempo que no me he levantado de madrugada. Abro el grifo, me inclino sobre el lavabo y formo un cuenco con las manos, llevándome el agua a la cara. Me detengo un instante en el silencio abrumador, y es ahí cuando vacilo. El error es de principiante: no tener la decisión tomada previamente, la pauta claramente establecida. Y es precisamente eso lo que me hace volver a la cama.

15.

La noticia me deja perplejo. No conocía en detalle su trabajo, pero sí estaba al tanto de quién era. Se encontraba con su mujer en mitad de un viaje de un año alrededor del mundo. Horas después de la última actualización en su perfil, un accidente escalando el Kilimanjaro se lo ha llevado para siempre. Me entero a través de la entrada que le dedican varios de sus colegas a los que sigo, que leo medio aturdido. Hablan de él como una persona única, un chaval apasionado, alegre, carismático, con una energía inmensa y tremendamente inspirador. Es curioso que, siendo para mí un completo extraño, su pérdida me deja un sentimiento de zozobra y de ligero abatimiento. Su visión, esa cruzada particular por la que trabajaba, queda a medio concluir, pero su legado permanecerá muy vivo entre los que lo conocieron y sus centenares de miles de seguidores. Era un tipo extraordinario. Ha muerto con treinta y tres años.

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