Momentos: 1 – 15 Octubre 2016

1.

El sonido de la pandereta y la voz del tipo barbudo de rastas, que enseña a la chica a tocar, son lo bastante repetitivos y melódicos como para no entorpecerme la siesta, a pesar de que se han colocado a escasos metros de nosotros, y anda que no había pradera. Él lleva una blusa azul y amarilla y pantalón cortos, bajo los cuales se adivina un cuerpo plagado de tatuajes. Ella, delgada, guapa, morena de piel y cabello, que lleva recogido en un sugerente moño, se ha despojado de la parte superior del vestido para quedar tranquilamente en un sujetador color crema; lo cual confirma, además de sus gestos y complicidad, que la relación va más allá de profesor-alumna. Me incorporo a echar un vistazo al interior del capazo. Al calorcillo del sol de media tarde y la música (el fulano de las rastas toca bien, pero de canto va cortito), el tío soba encantado. Vuelvo a tumbarme. Observo las copas de los árboles sobre el fondo del cielo celeste y enseguida me traspongo.

2.

Minutos antes de empezar el partido nos hemos visto agolpados en la única entrada habilitada para la afición visitante, cuyos dos tornos no procesaban la ingente cantidad de aficionados que atestaban el acceso. Los alegres cánticos de entonces se han tornado decepción e incredulidad por la paupérrima imagen que ha ofrecido el equipo, así que, para evitar otra aglomeración a la salida, ahuecamos antes del pitido final, justo cuando el cuarto árbitro levanta el cartelón luminoso indicando los tres minutos de descuento. Entre la riada de gente que ha hecho lo propio encuentro a un niño rubio, de unos cinco años, de la mano de su padre. Por un momento nos miramos, y poniéndole una mano en la cabeza le consuelo: “no te preocupes, la próxima vez ganamos”.

3.

Desactivo el modo vuelo, toco el icono del carrito y escribo la palabra en el cuadro de búsqueda. Pulso intro, el sistema piensa unos segundos antes de listar los resultados. El libro aparece en la segunda pantalla. Pincho en él y leo la descripción. Es la primera vez que lo chequeo desde que confirmé la publicación hace unos días, tras un arduo proceso de semanas de revisión, correcciones y ajustes para hacerlo compatible con los requisitos de la plataforma. Debería estar orgulloso. Qué carair, debería estar orgullosísimo, venido muy arriba. Tiene un mérito tremendo haberlo sacado adelante. Y, sin embargo, ahora que lo he “parido” siento casi indiferencia. Desvinculado emocionalmente, tal es mi ecuanimidad que roza el desapego. Desde hace días me cuesta enormemente seguir adelante, hasta el punto de cuestionarme por qué lo hago.

4.

Hoy hace dos años del gran día. Sobre esta hora empezaba a ponerme en marcha: desayuno, ducha, afeitado completo del que luego me arrepentí, cago en todo. No recuerdo qué me puse para el trayecto, pero sí los instantes de acicalamiento previo, vistiéndome como el torero que se enfunda el traje de luces para salir al ruedo. Recuerdo el recorrido en taxi con ella, la llegada y los momentos de espera. Y no se me borrará el momento en que la vi aparecer cruzando el vestíbulo, guapísima a más no poder, irradiando una belleza que cortaba la respiración. Ahora que pienso en ello me vienen con nitidez instantes que consigo enlazar cronológicamente, conformando una memoria muy feliz de un día redondo. Uno de los mejores de mi vida.

5.

Me las prometía felices con una hora todavía por delante, confiado en poder apuntarme un par de buenos tantos antes de dar por concluido el día. No recordaba, sin embargo, que ya no dispongo plenamente de mi tiempo. El chatito llora incómodo desde hace rato, desconsolado en cualquier posición que sondeo para calmarlo. Son las doce cuando ella me da el relevo, y se me presentan dos opciones: una, la más evidente y apetecible, tirar para la cama y quedarme sobado al instante; dos, aguantar un poco más a pesar de la reventaera, echar los quince minutos que el punto requiere, en una crono contra el sueño. Por supuesto, opto por la segunda.

6.

Lo he visto a lo lejos fugazmente al salir de las oficinas y dirigirme al ascensor, y enseguida me he arrepentido de no haberme parado a saludarle. En la entrada del edificio me despido del analista (por más que se haga llamar associate, aunque la mona se vista de seda mona se queda) y tiro en dirección opuesta hacia la moto. De nuevo el pensamiento negativo, autodestructivo. Voy rumiando la sensación de no haber presentado bien, por un lado, y vuelven a aparecer las dudas con respecto al libro, sobre por qué habré publicado, por otro. En ambos casos hay un tremendo curro detrás al alcance de muy pocos, pero no me lo valoro. Una vez más me boicoteo a mí mismo, cago en todo; me atenaza la inseguridad, el qué pensarán. Abro el cajetín, dejo el casco y los guantes sobre el asiento, y entonces escucho su saludo. Al levantar la vista me alegro un huevo de verlo, y pienso en la curiosa coincidencia. A veces la vida da segundas oportunidades.

7.

Bajamos juntos y cruzamos los tornos entre la marabunta que termina su semana laboral a esa hora. En el vestíbulo algunas chicas tiran para otro lado, pero ella sigue hacia la puerta lateral por donde yo accedo siempre. Una vez fuera, al advertir que continúa mi trayecto, cambio de planes sobre la marcha y decido caminar junto a ella. La complicidad de siempre se torna diferente, amenazada por la rareza de tratarnos fuera del hábitat de oficina, como si la calle fuese espacio vetado para vernos. Ambos tenemos tiempo, y pienso que sería natural proponerle comer juntos, acompañándola en el parquecito donde va a tomarse una ensalada. Pero no termino de aprobar la idea, puede que ella se sienta incómoda. Por más que a mí me parezca algo espontáneo e inofensivo, reconozco que quizá no sea apropiado.

8.

El paseo que discurre paralelo a la avenida, con la hilera de asientos de piedra desde el puente hasta el siguiente cruce a la altura del hotel, ofrece un inesperado espacio para los workouts, como un gimnasio improvisado. Tras una serie de flexiones inclinadas, apoyo las manos en el banco mirando hacia la calzada, tirando de tríceps para levantar mi cuerpo extendiendo y contrayendo codos. Ajeno al denso tráfico que pasa por delante, metido en mí mismo a través de la música para venirse arriba, recupero las imágenes de un gran día rico en sucedidos. El trayecto temprano esta mañana para llevar el paquete de la ahijada, la comida con ella rodeados de gente pija justo enfrente de donde me encuentro ahora, la vuelta paseando con él dormido en el carrito, y el rato posterior, una vez despierto. Y sobre todo la contada, de nuevo un exitazo.

9.

Se ha quedado grogui, intuyo por el silencio y la parte de los patucos que llego a ver por la rendija. En efecto, compruebo empujando la puerta sigilosamente: envuelto en la calidez de la luz rosada de la lamparita, duerme boca abajo con las piernecitas encogidas y el brazo izquierdo extendido. El contraste de su tamaño con la cama y los cojines hace aún más graciosa y tierna la estampa. Me acerco con cuidado, como si un movimiento en falso pudiera romper la mágica atmósfera, y me sitúo a su lado en cuclillas observándolo embobado.

10.

La imagen me viene a la mente mientras cruzo el pasadizo camino de las escaleras forradas de moqueta roja. Las fotos. No ubico el momento del día en que las he visto, pero de buenas a primeras se me aparece con gran nitidez la escena: en el palco privado, el tío cogiendo en brazos al sobrino, ambos con la camiseta del equipo; en otra, el niño asomado a la barandilla agarrado por su madre, el césped al fondo; en una tercera, también con la elástica local, el padre presumiendo de retoño. De pronto me brota un incómodo pensamiento: esas vidas, sólo que meritorias en lugar de regaladas, debieran ser las nuestras. No lo son porque nos las han usurpado, como el Mr. Ripley de la novela. Unos tipos que jamás dieron un palo al agua y que ahora van por la vida fardando de lo que carecen, implicando ser unos triunfadores siendo en realidad un fraude, unos impostores. Nunca tanta caradura, tanto impudor y tanta indecencia tuvieron tanto premio.

11.

Salgo del supermercado con la bolsa de pañales y me lo encuentro cara a cara a pocos metros de la puerta. Va caminando despreocupadamente, como quien se da un garbeo, como si en lugar de por una calle oscura a las nueve de la noche estuviera paseando por un parque al solecito de media mañana. Viste pantalón chino, camisa de cuadros y gabardina, y el encuentro parece sacarlo de un profundo ensimismamiento. “Vengaaa, vamos ahí”, responde cuando lo saludo. Empiezo a pensar que este tío está zumbado.

12.

El sándwich mixto es uno de esos preparados y empaquetados, advierto resignado al ver a la chica sacarlo de la nevera, quitarle el envoltorio y meterlo en el horno. De beber pido zumo de melocotón, que no tienen y reemplazo por naranja: una botellita de cristal de apenas veinte centilitros. Saco de la cartera el billete de cinco euros y tengo preparada las dos monedas por si acaso, consciente de la prima aplicada debido a la demanda cautiva que pasa por el aro. Pero hete aquí que no son suficientes. “¡Siete cuarenta!”, le espeto a la muchacha con cara de incredulidad. “Vaya sablazo”, añado espontáneamente tirando de tarjeta.

13.

Los rayos de sol que se filtran entre las plomizas nubes y se cuelan bajo los estores atemperan el pequeño porche y me sumergen en una cálida modorrilla. El mar sigue embravecido, en dos tonalidades de azul, verdoso y marino, más allá del oleaje desordenado. La gata está dormida en el sillón, también bajo el influjo de la claridad intermitente. Entonces oigo el gritito de protesta, seco y cortado, y sonrío para mis adentros.

14.

Hace un rato que vimos la puesta de sol, única de nuevo como cada día, desde una terracita. Empezaba a refrescar entonces, y ahora la enorme extensión de arena aparece casi desierta a medida que la noche despliega su manto sobre la cúpula celeste, que muta a tonos anaranjados y violáceos al contacto con el horizonte. Detrás, las luces de la ciudad centellean y se multiplican en el espejo plateado de la orilla, y al final de la hilera de coloridos edificios el faro dispara su haz intermitente. Huele intensamente a mar, a piedra ostionera, al inconfundible aroma de la sal mezclada con la roca. Es la hora azul.

15.

He conocido todas las caras de la playa, la he vivido en incontables facetas durante muchísimos años. Hoy presenta sus mejores galas, con un sol radiante, un cielo cristalino y la marea baja, reclamo de decenas de paseantes con gran proporción de alemanes. Ahora, no obstante, estoy añadiendo una perspectiva nueva a esas innumerables escenografías: recogido en la mochila, la cara apoyada en mi pecho, gimotea levemente con el movimiento de mis pasos. Me meto en el agua por encima de los tobillos y permanezco así un rato, poniéndole la mano en la cabeza protegida por la gasa y dejándole escuchar por primera vez el rumor del mar. El susurro de bienvenida de la que será, también, su playa.

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