Momentos: 1 – 15 Octubre 2015

1.

De pronto siento lástima por él, que tenía previsto vernos esta noche y comenzar a hablar por fin, con diez, quince, veinte años de retraso. Puede que los acontecimientos recientes me hayan hecho concebir una nueva perspectiva menos rígida. Así que al salir de la torre le pego un toque, por tantear si le apetece un rato de compañía. Segundos después dejo la moto sobre la acera, y sin soltar el casco me dirijo a él. Afanado en no sé qué interacción con el cajero, en la penumbra de la calle, veo de pronto a un hombre mayor de pelo blanco, solitario, tembloroso. Me detengo a observar la escena, y por un momento se me viene el mundo encima.

2.

Uno tras otro, los bares atestados dan al entorno un ambiente festivo, como de verbena. Finalmente encontramos hueco en una de las nuevas aperturas, pegándonos cual guardaespaldas a un tipo grueso y trajeado al que cogemos en pleno tecleo de TPV y cuyo trío de acompañantes deja un espacio razonable en la barra. Pedimos varias tapas (ensaladilla, pulpo, dos croquetas, bacalao, crujiente de morcilla, tosta de jamón de pato con camembert y mango), Coca-Cola y una caña. La pongo al día de situaciones que no hemos comentado durante la semana. Parece que todo va encajando, que voy dejando buena huella en lo que hago, y en cómo lo hago. Y, sobre todo, apunta ella, estoy manteniéndome en mi sitio, sin dejarme pisar como tantas otras veces.

3.

Llaman la atención por la disonancia que a priori representa escuchar a dos chicas negras hablar en perfecto castellano (la misma confusión que me producía aquel chaval, el tal Shung si mal no recuerdo, más chino de aspecto que la muralla pero español de DNI). Una de ellas, además, es de una belleza africana apabullante, compruebo al entrar en el vagón. Deben rondar los veintipocos, y por el tono de la conversación uno detecta fácilmente que a pesar de sus rasgos (piel y ojos oscuros, labios carnosos, nariz ancha, pelo negro ensortijado en trenzas) son nacidas aquí, o al menos criadas desde la cuna. Y qué triste resulta, reflexiono, escucharlas hablar así, camino del botellón, tan chonis que a oídos de un ciego pasarían sin duda por poligoneras. Niñas del montón, qué pena, cuando por su aspecto magnético y seguro que por su historia podrían ser tan especiales.

4.

Deben ser minutos antes de las diez cuando contrasto el horario de apertura en el cartelón de la puerta. Con la bolsa del pan en la mano, que hoy además contiene dos rosquilla y una palmerita de chocolate (sin que sirva de precedente, pues la ocasión lo merece), me acomodo en el entrante del escaparate, donde me resguardo de la llovizna ya menguante. Las calles están mojadas, el día ha amanecido gris. Desde mi posición elevada observo a la gente que pasa por delante, camino del complejo deportivo algunos, simples paseantes con sus perros otros. Permanezco así un buen rato, esperando. Miro el reloj de la parada del autobús, justo en la intersección de ambas avenidas, y empiezo a impacientarme. Podría despertar de un momento a otro, y quiero estar allí cuando se desperece para acostarme unos minutos a su lado. Así que, maldiciendo a la florista, resuelvo volverme de vacío por ahora.

5.

Llevo ya un rato esperando, atento a las pantallas, cuando decido ocupar un sitio vacío en el mullido banco delantero. La oficina está repleta, y a las señoras que aguardan su turno se suma ahora la reivindicación de decena y pico de personas molestas porque ninguno de los tres cajeros parece funcionar. Sigo sin descifrar qué significarán las siglas “JV” de mi papeleta, pero desisto tranquilamente al ver que llaman al número anterior al mío, más cuando al instante queda vacía la ventanilla de la chavala morena. Me incorporo, me abotono la chaqueta y me planto frente a ella a exponerle el caso. Aparenta más de lejos que lo que da de sí en distancias cortas, advierto enseguida. Decepcionado, compruebo además que tiene un cuajo que poco ayuda a mi causa. O será que está aprendiendo.

6.

Hoy no hay bíceps, dice, en su lugar hacemos dos de piernas. Por variar, por hacerlo más ameno. Sus castas. Ya he sufrido con la primera tanda, y con esto sí que no contaba. La tipa tiene un fondo impresionante, cumpliendo ella misma lo que exige sin perdonar una sola serie. Lo cual contrasta con su aparente cursilería y esa forma de hablar tan repipi. El caso es que los cuádriceps, que ya traía bastante cargados de mi sesión de ayer, no me sostienen. Así que cuando la amiga se lanza a hacer lunges como una posesa, rozo el ridículo y no sé dónde meterme.

7.

Me lo encuentro en la cocina, recién apurado el que me cuenta que es el tercer tupper del día. Pollo o pescado con verduras, invariablemente, que se prepara cada noche con meticulosidad y que se enchufa a media mañana, a la hora de comer y a media tarde. No son las siete y acaba de bajarse uno de pollo con espinacas. Me explica entonces lo consabido: que el secreto de una buena alimentación es comer pocas cantidades, muchas veces al día. Así, dice, el metabolismo se mantiene funcionando y no se gripa, porque el cuerpo es como un coche. Yo le escucho flipando, claro. Aparece en ese momento otro fulano obsesivo, y ambos se tiran la cuña de coleguitas de gimnasio. Esa máquina es el diablo, dice, un cargamento de productos industriales, grasas trans y no sé qué más veneno. Cago en sus castas, vaya dos individuos. Y yo que había venido a sacarme un tentempié.

8.

En este trabajo (en casi todos, supongo) hay momentos de descompresión en que, cuando no aprieta la urgencia, uno puede perderse en divagaciones improductivas. Sobre todo tras una embestida de días, y sobre todo online. He decidido no pirarme a la charla, pues suponía desaparecer prácticamente toda la tarde, por lo que, salvo imprevisto o ataque de locura del cliente, me quedan horas relajadas por delante. De ahí la reconfortante sensación de cumplimiento cuando un rato después compruebo que he avanzado tareas no imperiosas, susceptibles de ser postergadas. Pedaleando sin forzar la máquina, pero constante.

9.

Alguna conexión fugaz de ideas me lleva a pensar en el viaje, y más concretamente en la ciudad. En esa ciudad… sí, hombre, esa del norte… Cago en todo, ¿cómo se llamaba? Me quedo paralizado un instante, casi ruborizado por dentro. Repaso mentalmente imágenes, escenas, recuerdos, que siguen muy vivos porque no han pasado ni dos meses. En mi imaginación trazo la ruta: de la capital al norte, de ahí a las islas y vuelta a la capital. Todo está ahí salvo los nombres. De pronto una sensación de agobio me sube al pecho, y siento como si me faltara el aire. Podría tirar de Google o preguntarle a ella, pero sigo luchando en silencio. El nombre de la ciudad del norte… se me ha borrado hasta de la papelera de reciclaje, y cuanto más intento recordar más ansiedad me entra. El tren se ha detenido en algún lugar en medio de la noche, y la niña del asiento de al lado sigue dando por saco.

10.

El sol no termina de romper la espesa cortina de nubes que lo atenazan impidiendo que contrarreste el biruji de la brisa. Acurrucados sobre la fina arena, muy juntos, dándonos calor el uno al otro, siento sus besos suaves, dulces como sus labios. Nuestras caras están tan próximas que acaricio su mejilla con mi tocha, y contemplo su rostro muy de cerca, maravillado. Me entrego a la profundidad de su iris, que mira más allá del mar, al infinito.

11.

Sólo estaría mejor con el estómago lleno, pero he decidido esperar a que se levante para desayunar con ella. El sofá es comodísimo, y el rinconcito una maravilla. Fuera las nubes negras han empezado a descargar con timidez, y el mar, no del todo enfurecido pero sí picado, cubre buena parte de la playa. Me relajo contemplando el exterior, estirado a mis anchas en esta especie de invernadero con vistas a la naturaleza, disfrutando mucho del momento. Ahora mismo no hay sitio en el mundo donde estaría más a gusto.

12.

Los hay maleducados, y éste además es un cerdo y es muy gordo. El tren apenas ha salido del andén. Acabo de abrir el libro, deleitado ante la perspectiva de un trayecto relajado inmerso en la lectura, cuando oigo el cri-cri y no doy crédito. Resulta que el fulano de al lado, tan rebosante de carne que casi no cabe en el asiento, está devorando con su querida un paquete gigante de pipas mientras ven una película en la tablet, tan tranquilos y despreocupados como si estuvieran en el salón de su casa. Y tal es la falta de pudor, tanto se la suda al nota, que va reuniendo sobre la mesita, a la vista de todo el vagón, una asquerosa montaña de cáscaras ensalivadas. Por más voluntad que le ponga ya no puede uno viajar en paz, pienso mientras noto revolvérseme la bilis. Tanto que no me queda otra que cagarme en la madre que lo parió.

13.

La moto se frena al soltar puño, como si llevara un lastre de cien kilos. Conduzco a duras penas, poniendo sumo cuidado para no irme al suelo mojado. Casi no controlo el manillar, que noto más suelto que de costumbre, y cada viraje es un suplicio. Mido cada arranque, cada frenada, cada maniobra, atento al retrovisor, al frente y a los lados. Cuando por fin llego a meta, el diagnóstico es fulminante e inmediato, nada más bajar la rampa: la rueda de atrás, vacía, presenta un clavo incrustado hasta la cabeza, hundido de lleno en el neumático.

14.

Voy repasando el cuento mentalmente cuando salgo a la oscuridad de la plaza. Un grupito considerable de personas coincidirá ahí cada noche, supongo, para sacar a sus perros a última hora del día, cuando pueden corretear libremente entre los árboles y terraplenes donde ya no queda nadie. Algunos canes llevan collares de llamativas luces verdes y rojas, casi fluorescentes, que deben verse parpadear a leguas. Curioso invento; útil para el dueño, seguramente una rayada para el perro, a quien nadie habrá preguntado. Sigo camino sin detenerme y cruzo los sinuosos jardines, alerta a cualquier movimiento inesperado hasta subir las escaleras y llegar a zona iluminada.

15.

El reloj marca las siete cuando pongo el pie en la calle y emprendo la marcha. El cambio de temperatura ya es palpable, aunque todavía no tan severo como para hacerme el trayecto insoportable, vestido como voy de corto de cintura para abajo. Es noche cerrada, y aprecio poco signo de vida todavía al margen de los faros de los coches que recorren la avenida despejada. Media hora antes me debatía muy seriamente entre tirar para adelante o volverme plácidamente a la cama. Miro al frente, hacia la parte alta de la cuesta en penumbra, y de pronto rescato recuerdos, sensaciones. Valdrá lo mismo que el de ayer, pero este punto tiene un mérito tremendo.

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