Momentos: 1 – 15 Noviembre 2016

1.

El tío no se inmuta ni con el trasiego alrededor. Soba como un rano, con el pijamita largo de golilla que le da aspecto de príncipe, los codos hacia afuera y las manos junto a las orejas. Tenemos todo dispuesto, el coche cargado, así que mientras ella termina de acicalarse decido tenderme junto a él a observarlo. Ni siquiera lo toco, por tentado que estoy de besarlo, acariciarlo y achucharlo; sólo lo miro, intentando registrar su rostro por completo al compás de su respiración suave. “Es maravilloso, verdad?”, oigo a mi espalda. “Tú también fuiste así”, dice con orgullo echada encima de mí, abrazándome.

2.

Terminado un cuento que me resulta raro, dejo el libro a un lado y me dispongo a seguir esperando. Saco el móvil del bolsillo para mirar la hora; de paso lo desbloqueo y divago brevemente en una aplicación antes de percatarme del automatismo y volver a guardarlo. Me echo atrás en la incómoda silla, miro en torno y fijo la vista en el cuadro enorme de la pared de enfrente. Tres flores (¿tulipanes?) sin mucha más historia: una morada, otra naranja y otra rosa. Pienso en dejarlo ya, me cuestiono qué necesidad hay de seguir lastrado otros dos meses. Justo ahora, además, que los frentes se me multiplican si quiero salir del agujero. Entonces oigo mi nombre, me incorporo, cojo los bártulos y paso a la consulta.

3.

Fluir con la vida, me dice al otro lado de la línea, y el mensaje me llega como una revelación, o más bien como la constatación de lo que ya sé. Claramente, hay algo en mí que no conecta con este entorno, con esta gente; hay una pauta que estoy repitiendo y que me perjudica. Nada de eso me resulta nuevo, por supuesto, pero me viene bien oírlo. Sonreír. Vivir más acorde con mis valores. Desatar las partes más enrevesadas de mi raíz, de mi relación con él; mirarlo con otros ojos, compadecerme de él, aceptarlo y perdonarle para ayudarle y seguir con mi vida y la de los míos. El diálogo es tan profundo como breve. Salgo del hueco de la escalera de emergencia y la imagen del pasillo me trae un recuerdo meridiano: diez años atrás, en un corredor como éste de una planta idéntica unos pisos más arriba. Renegando de estar ahí; de esa vida que sigo prolongando.

4.

Cuando salgo está oscuro y llueve, aunque la temperatura no es fría. Hace tiempo que no quedaba nadie arriba. Me alegro de haber estirado la tarde, que he aprovechado para completar el registro de las cuentas del mes, en lugar de haberme marchado mosqueado un par de horas antes. Congregados bajo la escalera que les protege de la intemperie, una pandilla de chavales improvisa rimas (muy pachangueras, oigo al poner la oreja con curiosidad) en una suerte de batalla de estrofas raperas, o algo así. Más allá apenas hay signo de vida. Miro a lo lejos, a las copas de los árboles. Atravieso la plaza reflexionando sobre la conversación. He dicho lo que quería decir, estoy contento por ello. Su contraataque era previsible, y los argumentos los conozco sobradamente. Mi parte está ahí: no venderme, no hacer que luzca lo que hago, que deriva de no implicarme más por tener otras prioridades en la vida. La suya es la propia del anti líder: pedir y exigir sin proporcionar los medios, las estructuras ni los incentivos adecuados para ello. Estoy sereno.

5.

Ahí siguen los dos, sobadísimos en el sofá desde que empezó el segundo tiempo del partido, que terminó hace hora y media. Desde entonces he leído un rato, he doblado y guardado los calcetines, le he echado un vistazo a la barra que me pide que coloque en un alarde de bricolajismo, y he cumplido con mi sesión diaria de meditación. Vuelvo al salón con sigilo, caminando muy despacio. Podría descansar también un poco, pero no me parecen horas. Así que con sumo cuidado cojo el ordenador de la mesa y, tras observarlos fascinado de nuevo un rato, me instalo en la del comedor, abro la tapa y escribo.

6.

Soy el primero en salir del vestuario, y por unos instantes el único en el pabellón aparte del socorrista. El agua de los tres vasos se me aparece como alfombras de cristal, tal es la atípica calma del lugar que no tardará en romperse. Para calentar me sitúo en el halo de luz que se proyecta desde el ventanal de la esquina izquierda, que me templa el torso mientras extiendo los brazos con movimientos atrás y adelante de escasa amplitud para despertar los hombros. Cuando me doy el remojón de ducha previo las calles ya están ocupadas. Miro el reloj, que marca diez pasadas las nueve. Plenamente dispuesto a echar muy buena media hora, y todavía estaré de vuelta antes de que se levanten.

7.

Igual no hacía falta que se lo bajara ella y me enseñase la parte superior de la ranura de la hucha. Puestos a ser ilustrativos, cierto es que una imagen vale más que mil palabras; pero vamos, que las instrucciones “quítate la americana, bájate el pantalón un poco y túmbate sobre la camilla” eran lo suficientemente claras como para ahorrarse la demostración. Me coge un poco desprevenido, medio vuelto para colgar la chaqueta, así que apenas capto el gesto. De todos modos, tampoco es que me haya perdido gran cosa. Un rato después, tras haber recibido el “calor profundo” y las descargas eléctricas, me aplica un razonable masaje en la frontera. Con que tenga buena mano y sepa lo que hace voy sobrado.

8.

El escalofrío que se propaga por mi cuerpo es más intenso que nunca, advierto sorprendido con cada inspiración. La energía parece fluir sin restricciones, brindándome una fuerza sobrenatural inimaginable hace cuarenta y ocho horas. Ya me encontraba diferente ayer, y hoy también he estado mucho más presente, centrado en mí con una clarividencia inusual. Algún resorte de mi mente debe haberse activado a pesar de (¿o será precisamente por?) la frustración, la rabia y el mosqueo de estos días. Hay decisiones complicadas que tomar, pero, por una conjunción inexplicable de factores, algo ha cambiado dentro de mí.

9.

Rectifico mi primera impresión y admito que el chaval no es malote, a pesar de que algunas de sus indicaciones contravienen las enseñanzas de los maestros en comunicación. Ahora, de ahí a mejor orador del mundo va precisamente eso, un mundo. La clase es una pachanguilla para mí, habida cuenta de dónde y de quién aprendí, pero como acción comercial de una marca de bebidas el evento es original y entretenido. En cualquier caso, se trataba de un pretexto para vernos, que tiempo hacía. Le he desvelado el secreto de Momentos. Lo ha flipado.

10.

El masaje es de categoría, aunque breve: no más de tres o cuatro minutos. Luego el nota aproxima la máquina y la enchufa a la toma de pared, dejándome un ratillo bajo el supuesto calor que yo no siento (“calor profundo” lo llamó la chica el otro día, será por eso). Finalmente, me extiende un gel frío por la zona y me conecta los parches de corriente eléctrica, prolongando el tiempo en la camilla unos diez minutos. Es todo, por tercer día. Me sabe a tan poco que empiezo a cuestionarme la efectividad del tratamiento (o lo que sea esto), a preguntarme si servirá de algo.

11.

El osteópata es un chaval, pero parece tener buena mano con los niños. Lo agarra en posición sentado mirando hacia adelante, y con la otra mano le masajea el vientre, por debajo del esternón. Él se deja hacer con alguna espiración sonora que delata cierto esfuerzo, pero no parece del todo incómodo. Tomo consciencia de la estancia y del momento, de ella, preciosa, sentada a mi derecha, y lo observo detenidamente. Registro mentalmente sus gestos, sus caras, sus movimientos. Me pierdo en él mientras lo manipulan, y de pronto mi mente se traslada tres meses atrás. Mi recuerdo vuelve al quirófano, al ardoroso empuje de ella por ayudarle a salir. Al instante justo en que lo pusieron sobre su pecho y le vimos la carita por primera vez. Regreso al presente y sigo contemplándolo, con una satisfacción y una gratitud indescriptibles.

12.

Estoy con él sentado en el sofá, lo tengo en brazos mientras ella termina de arreglarse. Listos los dos para salir (vuelve a estar para achucharlo, cualquier cosita le sienta de categoría), lo siento en mi regazo sólo para tenerlo distraído, haciendo tiempo. Como se remueve un poco, pruebo a contarle: “¿Qué es la verdad? La verdad es una mentira contada por Fernando Silva”, comienzo. Entonces el tío se me queda embobado, mirándome fijamente como si comprendiera. En algún pasaje le rozo la mejilla y sonríe sin apartar de mí sus grandes ojos muy abiertos. Continúo, flipado con su cara de fascinación. Con la última frase cierro tocándolo suavemente, y así permanecemos conectados un instante más, a cual más encandilado.

13.

El remojón y los larguitos han diluido el alcohol de cerveza y tinto, y con ellos me he marcado además un tanto atípico tras el planazo del reencuentro. Salgo del gimnasio, todavía saboreando el magnífico regusto de la comida y la sobremesa en gratísima compañía. Al cruzar la calle para enfilar la avenida que discurre paralela al parque, la repentina visión de la luna llena me deja acojonado. Blanca, enorme, presidiendo radiante la noche. De pronto, para más inri, al conectarme los cascos y pulsar el play suena Summertime Sadness. Crezco con cada paso, sintiendo una conexión extraordinaria. Y, sobre todo, reafirmando las ganas de mirar para adelante y seguir creciendo.

14.

Es tarde cuando al fin saco la cabeza de tanto jaleo. Podría seguir un buen rato más (será por trabajo), pero decido dejarlo aquí y retomar mañana lo que no he podido completar por atender los diversos frentes. Hecho a la idea de que la semana será intensa, asumo la situación tal como viene, desde la serenidad, y un tanto resignado. Algo no termina de encajar cuando el mejor momento del día queda tan atrás como a primera hora de la mañana, maravillado al verlos dormir plácidamente. Más tarde, recuerdo ahora, he tenido una reflexión parecida, saliendo del pediatra: por qué tengo que marcharme escopetado y dejarlos a los dos allí, queriendo estar con ellos. Vuelvo a la habitación semioscura y recupero la imagen, desbordante de ternura. Lo sé de sobra: éste no es el camino.

15.

No lo había visto disfrutar así en mucho tiempo, reflexiono de pronto al observarlo interactuar con el pequeño. Quizá en mi vida. Le habla, llama su atención con chasquido de dedos y silbidos, se ríe (¡!). El chatito está calmado y ofrece su mejor versión, con repertorio variado de balbuceos, muecas y sonrisas, y esos ojos que observan como queriendo asimilar lo nuevo, descubriendo; lo cual contribuye a una imagen inédita que me desmonta: la del abuelo que, conscientemente o no, quiere retener de su nieto aquello que se perdió de sus hijos.

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