Momentos: 1 – 15 Noviembre 2015

1.

Me fijo en las hojas amontonadas a un lado de la acera, junto a la puerta de la academia. El cielo, gris plomizo, está taponado de nubes que amenazan con descargar intensamente. Hace algo de frío, que mi jerseycillo de algodón, el mítico negro con capucha y cremallera, no llega a contrarrestar. Es otoño, en definitiva. Hemos comido bien, echado un ratillo a gusto que desearía fuera un punto de inflexión. El tiempo dirá. Estoy contento de verlo, aunque cualquier rato con él me sabe a poco.

2.

La luz del cuarto de baño deja su rostro en penumbra, iluminándolo lo suficiente como para permitirme contemplarla. Tendida de perfil, respira con la boca entreabierta, con esa cadencia tan suya un tanto precipitada. El silencio de la madrugada le confiere una belleza serena, templada, que atrae hasta el punto de no poder quitarle ojo de encima. Me fijo en su naricilla, en los huecos tan redondos, en sus mejillas, y sonrío para mis adentros. La observo maravillado mientras me anudo los cordones de los zapatos, y enseguida me doy cuenta de que hoy no habrá momento que mejore este preciso instante. Y eso que el día aún no ha comenzado.

3.

Nos acomodamos en la esquina de la barra, juntando varios taburetes en los que dejamos cascos, bolso, abrigos y chaqueta. A esas horas de la noche el local está casi vacío, y los camareros, elegantemente uniformados, despachan el último turno de comensales que se esparcen por el amplio salón tenuemente iluminado, casi a oscuras. Pedimos pinchos de tortilla, croquetas y un rollito vietnamita. Así da gusto, comentamos. Contentos por el acierto de evitar las aglomeraciones habituales, pero sobre todo felices por retomar el baile.

4.

Echo un vistazo en torno a la sala, recordando. Estuve allí varias veces, en diferentes circunstancias y en distinta compañía. Ahora, mientras esperamos a nuestro anfitrión, la memoria me retrotrae por un momento a aquella época tan turbia. Siempre me senté en el mismo sillón, advierto de pronto, justo en el que he colocado mis cosas. Intrigado por la fecha, hojeo mi cuaderno en busca de las notas de la última vez, que encuentro en las primeras páginas. Febrero. Hace nueve meses. Es curioso, los giros que da la vida, pienso. En ese momento se abre la puerta y aparece el patriarca, algo más cascado de lo que recordaba pero inconfundible, con ese seny suyo rozando lo casposo. Entonces siento el deja vu.

5.

Es avanzada la noche cuando el taxi nos detiene a la altura del bar. Decido no liarme, así que tras estrecharnos la mano enfilo camino hacia la torre. Cruzo la avenida en dos tramos de semáforo y llego al parque, curiosamente atestado de camiones y furgonetas. Unos pasos más adelante percibo cierto movimiento, inusual a esas horas, y no tardo en comprobar que se trata de un rodaje. Una película, me dice cuchicheando el fulano con pinganillo que me impide el paso. Vaya por dios, con el cine hemos topado. Me quedo a un lado como único espectador ajeno al tinglado y asisto intrigado a la escena y al montaje (técnicos de iluminación y sonido, maquillaje, tíos portando micros como plumeros gigantes, y vaya usted a saber qué más funciones) hasta que el director grita “¡coorten!”.

6.

Busco la soledad como refugio que me permita mirar hacia adentro por un rato y dejar atrás el sobre estímulo y la agitación de la semana. Necesito desacelerar, encontrar sosiego. Retomar hábitos y pausa. Por un momento me cuestiono si estaré llevando esto al extremo, y si este sacrificio prescindible me estará distrayendo de cuestiones más mundanas e importantes. Enseguida concluyo que no. Soy yo y no el entorno, ni los convencionalismos, quien define aquí qué es lo importante. Aun así, seguir en la brecha requiere echarle un par de huevos, ser capaz de renunciar a algunas cosas y decir que no a otras tantas. Giro el cerrojo, abro la puerta y me adentro en la oscuridad del apartamento vacío.

7.

Un buen sofrito y un buen caldo, ahí es nada. El mensaje está claro, lo chungo será luego ponerlo en práctica. Paso a paso, llevados de la mano por el cocinero, no parece tan complicado. En algo menos de cuatro horas hemos preparado las seis variedades de arroz que llevamos entre pecho y espalda, así como sus correspondientes acompañamientos: caldoso, negro, risotto de boletus, risotto de calabaza, paella valenciana y arroz del señoret. Me quedo con algún truco que espero retener, y sobre todo con el convencimiento de que en la cocina, como en la vida, todo es ponerse. Salimos del local hinchados y encantados del planazo. Va a caer un siestón de categoría.

8.

Pasan las doce y media de la noche cuando el organizador detiene la música y convoca a los asistentes para presentarlos. Más bien para anunciar su actuación, pues ellos son de sobra conocidos. Me sitúo de pie contra la pared, detrás del rectángulo que forma la gente sentada a continuación de ambas columnas. La exhibición es algo único, una auténtica barbaridad, una explosión de sensaciones de una belleza deslumbrante, una calidad técnica sublime y una sensibilidad extraordinaria. Ellos son, además, una pareja encantadora. Admiro su pasión y entrega al baile, pero sobre todo su sencillez, su humildad, su cercanía. La sonrisa permanente, la gratitud que muestran por el cariño que reciben de quienes se les acercan. Son personas maravillosas, adivino en sus formas. Eso me confirma también la calidez de sus miradas limpias.

9.

Igual me he equivocado, empiezo a considerar a medida que la cola se alarga con la llegada de un público eminentemente femenino y veterano. Sentado en el banco del pasillo, observo cómo van pasando al fondo mujeres de constitución variada y distinta procedencia, la más pibita superando holgadamente los cuarenta. Entre los pocos hombres, también los hay gruesos y escuchimizados, este último portando su propia esterilla en una bolsa de tela colgada al hombro. Dios, dónde me he metido, pienso. Heme aquí totalmente desubicado, valiente panorama. En fin, tanto explorar tiene estas cosas. En esto que la rubia abre la sala y allá que voy para adentro.

10.

No me viene mal la interrupción, después de todo. No es que me apetezca participar del simulacro y bajarme a pie nosecuántos tramos de escalera, pero lo cierto es que el momento no es inoportuno. Prefiero no pensarlo, pero si alguna vez esto va en serio las entrañas del edificio serán una ratonera y ahí nos quedaremos muchos cientos, varios miles. Por ahora el descenso es un paseo en el que se cruzan conversaciones relajadas, gestos tranquilos y actitudes resignadas. Ignoro el tiempo que durará la evacuación, así que, cuando al llegar abajo veo aparecer un camión de bomberos, decido cruzar la plaza entre la muchedumbre, salir a la avenida y echar el rato viendo libros.

11.

Han pasado tres minutos desde que cliqué en send cuando recibo la respuesta. “Is this a joke?”, reza. Cuatro palabras y un signo de interrogación. Punto. Nada más. Ni un saludo, ni un mínimo argumento; ni siquiera una firma, lo cual delata que ha sido escrito desde el móvil en un arrebato impertinente. Hay que ser poco profesional e imbécil, considero sin dar crédito. ¿Acaso no estaría dispuesto a vender si le pusieran una oferta ridícula, por desorbitada? “Not at all”, contesto. Entiendo por su reacción que la sola mención le ofende. Perdón por preguntar, en tal caso. Lo dejo en un “regards”, conteniendo despedirme como me pide el cuerpo: “soplapollas”.

12.

Que todos los inconvenientes queden en anécdota, como testimonios sin importancia de lo que en otras circunstancias podrían ser males mayores. Que todos los olvidos de toalla, como el del otro día, sean en festivo, y lo más que pase sea tener que volver a casa cargando la bolsa preparada en balde. Que todas las caídas sean tan inofensivas como ésta, pienso una vez levantada la moto, mientras recorro los metros hasta la zona de aparcamiento, desconecto la llave y subo las escaleras todavía con el corazón acelerado del susto.

13.

Seis y media, cago en todo. El despertador me coge desprevenido; tanto que, a diferencia de otros días, no reacciono al instante. Me incorporo con dificultad y me meto mecánicamente en el baño. Y es ahí donde sucumbo. De pronto recuerdo que hay reunión a primera hora, lo cual me obliga a acortar al menos quince minutos la sesión. Ya lo sabía anoche, claro, pero la empanada mañanera me hace vulnerable a la excusa. Aún grogui recapacito, considero la situación, por un momento decido tirar para adelante… y al segundo siguiente, inexplicablemente, me entrego a la tentación y saco bandera blanca. He descansado algo más, pero no me encuentro mejor cuando, cuarenta y cinco minutos más tarde, me levanto y me dirijo a la cocina, mosqueado conmigo mismo y con cargo de conciencia. Al menos me queda el consuelo de desayunar con ella.

14.

Cierro el libro, que guardo en el compartimento delantero de la bolsa de deporte, y extiendo los brazos apoyándolos sobre el banco. Siento el calor de la madera en muñecas y manos, el sol a mi espalda templándome el cuello. La combinación de luz y aire suave es agradable, y me hace estornudar. Miro al fondo, más allá de la paleta de colores quebrados que traza la vegetación del parque, donde se distingue claramente la cúpula de bruma marrón que tapona la ciudad. La vida es frágil, pienso. En la aleatoriedad de la barbarie, nunca se sabe el tiempo que nos queda.

15.

Viste camisa blanca y pantalón vaquero celeste muy ajustado, que a la altura de los tobillos queda oculto por unas botas cortas color camel. El pelo moreno, recogido en coleta, magnifica el marrón de sus ojos. Durante aperitivo y comida me ha parecido una tía agradable, simpática. Más resultona que guapa. Acaba de editar su primer disco, que intenta promocionar estos días, así que no pone reparos a la petición de soltarse allí mismo, guitarra en el regazo, sentada al borde del sofá bajo la atenta mirada de todos, como acompañamiento de lujo de café, trufas y tarta. Toca un par de temas, que canta muy dulce con una voz bellísima, radiofónica. La observo sonriente, atento a unas letras tiernas y joviales, y deseo que esté viviendo el principio de su aventura. Que tenga suerte, que sepa buscarla.

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