Momentos: 1 – 15 Mayo 2016

1.

El parque bulle de gente echada a la calle, loca por unos rayos de sol y una manguita corta. Hay muchos que hasta lo toman sin camiseta, el lago convertido en una playa improvisada. Caminamos sin ruta definida, dejándonos llevar sin más. Al llegar a una sala de exposiciones entramos a echar un vistazo, que resulta ser breve por lo psicodélico de la obra (mayormente cuadros enormes con una misma frase escrita en alemán, iguales entre sí salvo por las combinaciones de colores). De pronto, al pasar por el lugar en cuestión, recuerdo la gran sobada sobre la hierba, el día que elegí el libro de cuentos en uno de los puestos del mercadillo. Por un instante me quedo mirando el árbol, evocando esa sensación y ese momento. Más tarde, de vuelta en casa, comprobaré que, curiosamente, hoy hace justo un año de aquel día.

2.

Levanto los pies del suelo recostándome a medias sobre el sofá para que la señora de la limpieza pueda pasar la mopa. Va atrayendo para si la suciedad que recopila, y está a punto de llegar a la puerta cuando su voz la detiene. “Gracias, Pura”, le dice. Se ha quitado la máscara de aerosoles para poder hablar. Me pregunto cómo es que la ha visto, si estaba pegando una cabezada y parecía que por fin cogía el sueño. Ella se acerca a la camilla y lo saluda con dulzura, preguntándole cómo se encuentra. Es un hombre maravilloso, dice al cabo cuando se retira, se le nota en la mirada. Por eso son tan queridos, respondo. Ojalá hubiera más gente así, reflexiona en alto al marcharse despidiéndose muy educada y deseándome buen día.

3.

Apenas dos horas después, no llega, vuelvo a entrar en la tienda, esta vez a tiro hecho y sin rodeos para encontrarla. El espacio es amplio, prácticamente diáfano, con dos mesas cilíndricas en el centro de la estancia, antes del mostrador de atención, y cinco sillones bajos de asiento negro y exterior blanco entrando a la derecha. En uno de ellos, observo anonadado, duerme un tipo vestido con traje de chaqueta gris. Sale la chica que me atendió hace un rato, le entrego el albarán y vuelve al instante con el aparato arreglado. Era el lighting, dice, corroborando su diagnóstico. Qué carair será eso, me pregunto. La pieza, la conexión o lo que fuera, más media hora de mano de obra. Total, setenta y cinco euros la broma.

4.

La tipa es mala hasta decir basta, y además anda escasa de criterio. Delego la petición e intento seguir a lo que estaba, ya a remolque tras verme a por uvas en la reunión de esta mañana. Varios correos entrantes no tardan en despistarme de nuevo, obligado a despachar la urgencia y a gestionar de forma apremiante en modo multitarea. Voy desbordado, sin poder atender bien los asuntos, viéndolos más de refilón que frente a frente. Y al final ocurre que no estoy ni a una cosa ni a la otra, que opero sin pausa ni temple y que no llego a los temas como me gustaría.

5.

Es algo más tarde de lo que preveía, pero al menos he rematado la faena evitando traer trabajo a casa. Eso sí, estoy baldado. Apenas seis horas de sueño, que últimamente es frágil e interrumpido, para seguir en liza con unos largos matutinos, más un día de los intensos, sin parada técnica para comer y respiros los justos. Giro la llave iniciando la descompresión, y el subidón es máximo al encontrarla relajada, procesando la compra con el ordenador sobre la falda de su alegre vestido de colorines que destaca su enorme barriga, preciosa. De fondo, los acordes de la musiquita completan una escena entrañable. Me acerco a ella embelesado, preguntándome si él llegará a escucharlos.

6.

Entiendo su sensación de desconcierto. El trabajo, los viajes, las estancias prolongadas fuera de casa, la exigencia de demasiadas asignaturas del master a las que llega sólo a medias, le privan de dedicarse un tiempo, siquiera esporádicamente, para hacer algo de deporte. Lo noto resignado, desbordado por los múltiples frentes que tiene ahora en su vida. He pasado por eso, le digo, y todo transcurre en un cúmulo de etapas. Esto también pasará, pero es importante no dejarse alterar por preocupaciones sobre lo que vendrá, o sobre lo que uno tiene que afrontar a corto plazo, y adoptar la filosofía del partido a partido. A mí también me cuesta, le confieso, pero es la única manera: dedicarse de lleno a lo que uno tiene entre manos, rematarlo y sólo entonces ir a por lo siguiente. Me acabo la hamburguesa, él apura el café y pido la cuenta. Uno tiene que curtirse en mil batallas, pienso al despedirnos con un abrazo. Me alegra tenerlo cerca, y quiero que me sienta ahí.

7.

Conduzco en piloto automático, rebasado desde hace un buen rato ese punto en que ni siento ni padezco. Llevo hora y media cual coche patrulla, peinando en balde las siete u ocho manzanas del barrio en busca de un resquicio donde soltarlo. Un ejercicio que a cualquiera, incluyéndome a mí mismo, sacaría de quicio a la mínima de cambio. Sin embargo y para sorpresa propia, lejos de la exasperación acepto lo que es y manejo relajado. En la radio hablan de Agatha Christie y sus “Diez negritos”: de la historia, con lectura dramatizada de algún pasaje que me eriza la piel, y de la desafortunada traducción del título. Vuelvo a pasar por los bares y salgo una vez más a la avenida. Nada, hasta las trancas. Dan las doce, y con las horarias comienzan los programas deportivos en la previa de otra jornada decisiva. Rompe a llover, empieza a entrarme sueño. Sigo dando más vueltas que un trompo.

8.

Volvemos hechos polvo y empapados (más yo que ella, mejor protegida bajo el paraguas) por una lluvia intensa que no nos disuadió de salir de casa para completar el vistazo echado ayer y tener la foto completa: cómodas, cunas, cambiadores, bañeras, carros. Le ofrezco un tiempo muerto con una propuesta imbatible: siestita pre comida. Y así nos quedamos, acurrucados, bien juntitos, en la gloria, tan traspuestos que me oigo roncar. El tiempo justo para recomponernos antes de levantarme a hacer la ensalada y cocer la pasta.

9.

Se abre la puerta del ascensor y aparece un gran carro, y tras él su correspondiente señora de la limpieza, que se apea cuatro plantas más abajo. Desde ahí desciendo directamente, sin paradas, pues a estas horas cada vez van quedando menos gatos. Cargo un incómodo asomo de ansiedad, provocado por lo que tengo entre manos y la preocupación por lo que está al caer. Demasiados frentes abiertos como para atenderlos serenamente, imposible tenerlos todos bajo control. Además, el pinchazo de esta mañana contribuye sin duda al desánimo, pues me ha privado de la sesión de ejercicio siempre liberadora. Cómo me arrepiento de haberme vuelto a la cama, cago en todo.

10.

Copio y pego el texto, pulso “Alt” y tabulador para volver al tracking sheet, busco las referencias a las personas contactadas en su día y cambio los nombres en el correo. Reviso lo escrito, confirmo la fecha y envío. Van unos cuantos, y los que quedan. De pronto suena el teléfono, que atiendo con desgana después de dudarlo un instante. La emplazo a coger el mensaje, pues no quiero distracciones. Estoy a lo que estoy, por eso me he aislado del mundo. A veces, la única forma de enfocarte en lo que tienes que sacar es suprimir todo lo demás, dejarlo fuera, desaparecer.

11.

El agua se filtra a través de las suelas los zapatos, humedeciéndome los pies a medida que cruzo la plaza y me pregunto a qué viene esto y hasta cuándo va a durar este pelete. Hay vallas de obra que recortan el parque y reducen al mínimo su superficie. Camino en paralelo a ellas hasta el pequeño resquicio que comunica con la galería, también encharcado. He hecho bien, qué carair. Uno nunca debe arrepentirse si lo que expone es de cajón y además lo hace con criterio y desde la asertividad. Otra cosa es que su interlocutor sea un inmaduro, o un calzonazos que ni siquiera se cuestiona lo que le planteas: simplemente preguntar, acotar la petición para no lanzarse a hacer locuras ni matarse a trabajar en balde. Ensimismado en mis pensamientos, salgo de tales cavilaciones al percibir el canto de varios gorriones. Lo estarán pasando en grande con tanto jarreo, los pajarillos.

12.

Salgo del vestuario todavía adormilado. Tener clara la rutina es clave para reducir al mínimo la toma de decisiones, pero sigo bajo el efecto de la más importante, que es salir de la cama. Subo los primeros peldaños y me coloco los guantes con cierta pesadumbre, pues, además de no haberme espabilado del todo, voy dándole vueltas al coco, enturbiado el pensamiento con preocupaciones anticipadas. De pronto, en el cruce entre dos tramos de escalera, un movimiento sutilmente percibido por el rabillo del ojo desvía mi atención. Miro hacia adelante, y, para mi asombro, la veo aparecer un poco más arriba, belleza arrebatadora. Todo esfuerzo tiene su recompensa, pienso agradeciendo el guiño de la coincidencia. Goddess.

13.

La chica mira inquieta a un lado y a otro, y luego al reloj, hecha un manojo de nervios. Masculla algo en voz baja, vuelve a mirar por la ventana, arriba, hacia adelante estirando el cuello, y con otro giro de muñeca consulta de nuevo la hora, que digo yo que será la misma que hace unos segundos. Destroza así la primera impresión que me había formado de ella, cuando apareció para tomar el asiento de al lado y vi que en la mesa plegable depositaba el Quijote. De pronto interrumpe mi lectura (en realidad ya lo había hecho) solicitándome paso. “Me voy a dar una vuelta porque es que llevamos tanto tiempo aquí parados…”, dice, a modo de justificación. Eso, pienso, dátela. Como si así fuéramos a arrancar de una vez, y a llegar antes.

14.

Me encanta. Me gusta tanto que me quedaría embobado mirándola toda la tarde. Hace ahora un año empezaba a trepar, indagando el mundo a su alrededor. Se encaramaba al sofá, sosteniéndose a duras penas para ver qué había más allá, sobre las repisas, y al andar se balanceaba como un tentetieso, pegándose algún culazo que no la disuadía en su empeño de explorarlo todo. Ahora chapurrea, entiende lo que le dices, interactúa, pide, juega, corre, ríe. Ha dejado de ser un bebé, pero sigue siendo maravillosa.

15.

El sol ha caído por debajo de ese punto en que deja de iluminar a centelladas y se convierte en una bola naranja incandescente que tiñe el firmamento de tonos rosáceos. En la playa ya apenas queda nadie, y sólo se escucha el murmullo de las olas. El cielo se erige en una enorme bóveda celeste, tan en calma que resulta extraño no ver ninguna nube. Bajo ese manto de serenidad la rodeo con mis brazos mientras contemplamos, atónitos ante tal espectáculo, cómo el sol se desploma sobre el castillo y desaparece más allá del horizonte.

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