Momentos: 1 – 15 Mayo 2015

1.

Abro los ojos y veo sobre mí un montón de ramas y hojas verdes, y más allá el cielo celeste. La sobada ha sido espectacular, tranquilamente calificable de antológica. Pero ojo, no un siestón de esos que lo dejan a uno atontado; qué va, eso está más que superado. Al contrario, he vuelto a poner en práctica mis avanzadísimas cualidades en el arte de la trasposición, y con un dominio absoluto de la técnica me he mantenido caminando relajadamente sobre el alambre del duermevela, recargando batería y disfrutando tela del ratito. Me desperezo poco a poco palpando la hierba fresca, de la que tan sólo me aísla, bajo mi cabeza, la bolsa de plástico morada con el libro de Chejov, que extraigo al tiempo que me incorporo. Me apoyo sobre el tronco, cruzo las piernas y vuelvo a la lectura.

2.

La plaza presenta un aspecto vivísimo, con montón de gente echada a la calle disfrutando de la tarde. Paseamos entre los puestos de baratijas y antigüedades, que exponen objetos tan variopintos como inservibles, salvo quizá para la decoración de algún espacio en estilo retro. En la parte baja, en el centro, una muchedumbre se congrega alrededor de un grupo que anima la fiesta con un espectáculo improvisado de percusión a base de timbales, cajas, palos y otros instrumentos más bien caseros. Suena de lujo como música de fondo para los muchos chavales sentados en el suelo, bebiendo y fumando no sólo tabaco. Mucha barba larga, rasta, pantalones anchos y coloridos, camisetas con inscripciones, piercings y tatuajes. Nos quedamos un rato respirando el ambiente, medio hipnotizados por el ritmo de la tamborrada, antes de seguir caminando sin rumbo por las estrechas calles del barrio.

3.

Giro el pomo lentamente y empujo la hoja con sigilo para no hacer más ruido que el del inevitable crujido de la puerta. Me aproximo silencioso, dejo las babuchas junto a la mesita y me extiendo bajo las sábanas acoplando mi cuerpo al suyo. Ella percibe mi caricia. Con un leve gemido se remueve, se despereza ligeramente y se acurruca a mí, todavía en sueños. Cierro el abrazo y me aproximo hasta apoyar mi nariz en su mejilla. Besándola muy suave me quedo así, sintiendo su cuerpo sereno al ritmo de su respiración entrecortada.

4.

El despacho once se halla al fondo del pasillo, el penúltimo de los doce ante los que aguardan con un puntito de tensión (según percibo, aunque bien podría estar extrapolando la mía propia) un número considerable de convocados para el turno siguiente. Suelto chaqueta y portafolios sobre una de las sillas de plástico, ancladas al suelo de cuatro en cuatro, y compruebo el registro de mi nombre y la hora en la lista colgada junto al marco de la puerta. Charlamos sobre banalidades (acabamos de conocernos hace escasos minutos), matando los instantes previos en una espera que se me empieza a hacer muy larga. Me pregunto si se percatará de los fugaces vistazos que echo a cada rato más allá de su cabeza, hacia el principio del pasillo; aunque, acostumbrado como está a lidiar en estas plazas, probablemente ni se moleste. De pronto lo veo aparecer y voy a darle el encuentro.

5.

Va saliendo. “Baldosita” al tiempo, “baldosita” con doble en la apertura, “siete” y “corridita”. Cuatro cosas básicas mezcladas nos valen para dar el pego y venirnos arriba. Repetimos secuencias, variando aleatoriamente entre unas y otras, bajo las indicaciones y la aprobación de los profesores (“¡pe-que-ñi-to!”, insiste ella continuamente, mientras prueba a cada uno de los líderes para corregir o matizar algún detalle, o confirmar que el paso está bien marcado). Contentos porque vamos mejorando, yo siento además una alegría añadida, una especie de liberación por haber dejado atrás una etapa de mi vida (y con ella a varias personas tóxicas); y muchas ganas de afrontar la que viene.

6.

Desconecto el cable del enchufe y lo lío alrededor del cargador, que introduzco en la mochila junto al ordenador. Guardo el libro, el estuche y las gafas. Extraigo la chaqueta del respaldo del asiento y mientras me la pongo compruebo que no me dejo nada. La salida de emergencia que tengo justo a mi derecha, un portón gris metalizado que no puede abrirse desde fuera, da directamente al patio, acortando el camino por el interior del edificio hasta la entrada principal y desde ésta hasta el aparcamiento. Estoy a punto de abrirlo cuando me detengo. En un instante cambio de idea y decido atravesar la biblioteca, cruzar el pasillo, subir las escaleras hasta el hall y salir al jardín por las puertas de cristal, acceso común de entrada y salida. Nunca se sabe, pienso, lo que puede deparar un encuentro casual, bien a uno mismo o bien a un tercero.

7.

Me ha gustado la sesión. Su argumento entronca con las referencias del manual que tengo entre manos, cuyas más de seiscientas páginas estoy cerca de terminar, y me reafirma en tales ideas. Repaso mentalmente los mensajes principales (key takeaways, que dirían los esnobs) y pienso en la curiosa coincidencia del solape en el tiempo entre ponencia y lectura. Desciendo la rampa y meto puño para enfilar el camino que conduce a la autovía entre el verde de los árboles y la pradera más allá, con el sol de cara tornando a naranja fuego. Los conceptos están claros, lo siguiente es pasar a la acción.

8.

Echo una rápida mirada al frente, a la imagen que me devuelve el reflejo del cristal. La sala está en silencio, y siento los ojos de todos clavados en mi espalda, pacientes. Aparto la vista abajo, a la punta de mis zapatos, y respiro hondo ciñéndome la camisa al cuerpo. Cada segundo que pasa acrecienta la tensión, a pesar de mis esfuerzos por relajarme y aplacarla. Puedo permanecer así el tiempo que quiera, pero no hay vuelta de tuerca. Así que, como el indeciso saltador a punto de lanzarse en puenting, repaso en un susurro la primera frase e, impulsivamente, me giro y encaro al público.

9.

Forman una pareja peculiar, si bien no acierto a distinguir si lo son también más allá de lo profesional. Altos y delgados, parecen participar de un engranaje común, compenetrándose casi como hermanos gemelos, y bailan como jamás he visto. Él tiene un curioso aspecto felino. Su fina cara con barba desaliñada y picuda, sus ojos rasgados, y hasta sus movimientos, sugieren la apariencia de un gato, o quizá de un lince. Ella lleva el pelo corto, y parece algo mayor que él. Es risueña y simpática, y tira continuamente de diminutivos para explicarse, entre otros dirigiéndose al grupo como “chiquitines”. Exponen una estructura sencilla que van puliendo poco a poco, añadiendo un ejercicio cada vez, con tanta entrega y dedicación que mitigan el “efecto tropa”, ciento y la madre allí metidos. Y antes de darnos cuenta ha pasado la hora y cuarto.

10.

El sol golpea con saña cuando llegamos al final de la calle y desembocamos en la plaza. Varias lonas de tela protegen de su pegada el espacio circular delimitado por un murete de piedra y cuatro o cinco bancos. El suelo, cubierto de baldosas con hendiduras, es poco propicio para los tacones de aguja de las chicas, si bien las más avezadas han optado por sustituir sus zapatos de baile y sus vestidos de gala de anoche por deportivas negras, pantalones anchos y camisetas de tirantes. Nos cambiamos y salimos al ruedo a echar un rato, mientras la pista improvisada se va llenando de parejas y la plazoleta de curiosos espectadores.

11.

No existe una sección como tal, así que me acerco a los estantes de narrativa española e iberoamericana, ordenados alfabéticamente por autor. Sin objetivo concreto, oteo la pared multicolor formada por cientos de volúmenes, y al aproximarme más escudriño los letreros sujetos a las baldas. Me agacho en cuclillas y, tras un breve vistazo al lomo (autor y título), extraigo el único ejemplar de un tomo de cubierta azul marino. Lo abro y leo un fragmento al azar; y entonces, como si el libro me hubiera escogido a mí y no al revés, sé que he dado con las historias que buscaba para pasar a la siguiente fase.

12.

En algún punto la conversación deriva hacia su hija, a quien ha visitado este fin de semana en Inglaterra. Me enseña fotos de la excursión que han hecho a Bath; de la niña, que pasará allí un trimestre como hicieron en su día sus dos hermanos mayores; y del colegio, un edificio victoriano en mitad de una campiña en los Cotswolds. Volvemos a retomar el hilo y sigo contándole someramente: estructura del equipo, socios y directores, bondades del proyecto. Los detalles me los guardo y decido no dar más explicaciones, sobre todo de razones sobradamente conocidas. O eso creía. Cuando comenta que para seguir haciendo lo mismo me podía haber quedado, compongo una mueca sarcástica y decido no entrar al trapo. Qué parte de la historia será la que no entiende, me pregunto. No hay más ciego que aquel que no quiere ver.

13.

Sigue habiendo frases interesantes en epílogo y apéndice, que subrayo apoyando un libro bajo la contracubierta para compensar el desnivel entre el papel y la mesa. Llego así al final del tocho, que hojeo satisfecho repasando algunas anotaciones con las que topo aleatoriamente. Abro hueco en la estantería para devolverlo a su sitio, y al colocarlo entre sus compañeros de balda caigo en la cuenta de su grosor. Recordando el resto de lecturas simultáneas en las últimas semanas, de distinta índole y materia, echo la cuenta por encima y ahí queda la cosa: unas mil cuatrocientas páginas, artículos e internet aparte, en un par de meses y pico. Arsa.

14.

El puesto de bocatas/charcutería donde tantas veces me aprovisioné para las rutas nocturnas de antaño ya no está allí, descubro con decepción y un toque de melancolía. No termino de ubicar si el espacio que dejó corresponde a uno de los varios locales vacíos de la galería o si lo ocupa un novedoso puesto de bebidas psicodélicas, al que presagio un cierre inminente. No es lo único distinto, observo. Han reformado el suelo, han sustituido y reducido el número de asientos, proliferan tenderetes de operadores de telefonía que ofrecen servicios a inmigrantes latinos. Nos hacemos con cuatro triangulitos por cabeza en el mostrador de una cadena de franquicias de sándwiches (siguen tangando a la gente, eso no varía) y bajamos a las dársenas, donde aprecio el cambio más notable. Una alargada estructura de paneles móviles ha modificado el aire del recinto, haciendo, supongo, más civilizado el acceso a los autobuses. Retrocedo un instante a esa época pasada y advierto que, con todo, mucho más que la estación he cambiado yo en todos estos años.

15.

La brisa marinera se acentúa al doblar la esquina de la bocacalle hacia el paseo. Poniente, creo. Unos pasos más allá se extiende el vacío oscuro, poderoso, salpicado levemente por pequeñas lucecitas de barcos pesqueros que no tardarán en poner rumbo a tierra antes del alba. Desde el noreste nos llega el fogonazo del faro, el mismo que en su día espantaba de miedo al niño que, asomado por el hueco del balcón, lo contemplaba con una mezcla de fascinación y misticismo. Nos miramos cansados. La acaricio. Sonreímos.

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