Momentos: 1 – 15 Marzo 2016

1.

Me quito las gafas, las dejo a un lado. Me siento con la espalda apoyada en el cojín. Empiezo a respirar profundamente. La habitación está fría, el radiador de pared cerrado. Escucho el ruido del lavavajillas que acabo de conectar. Repito mentalmente el mantra mientras asoman algunas imágenes y pensamientos. Junto las palmas en contacto con el esternón, donde compruebo que la vibración resuena limpia. Es señal de que voy haciendo camino, o eso pienso. Con el inicio del mes empiezo a sentir la cuenta atrás. Quiero tener la casa (y por extensión la vida) en orden cuando el momento llegue. Que será antes de que nos demos cuenta.

2.

Los dos fulanos esperan en la salita con las cortinas echadas, renunciando a una vista más que decente desde las alturas, o por lo menos a la amplitud del cielo azul salpicado de nubes muy blancas. Al más veterano, grueso, que viste pantalón con jersey beige, le sudan las manos hasta casi gotearle, a juzgar por lo empapada que me deja la palma al saludarlo. El otro lleva traje gris sin corbata, y durante un buen rato desaparece frente a su portátil, como si la reunión no fuera con él. Es su jefe quien habla y los presenta con un marcado acento italiano. Son ágiles, dice, rápidos en el análisis y en la toma de decisiones. Aun a costa de ser más caros, se adaptan a la situación según el caso, aportando la flexibilidad que un banco no ofrece. Si cuenta algo más no me quedo con ello, pues no puedo apartar la vista de su incisivo inferior, un diente de perfil con forma de puñal que junto con su rostro tosco y su cabeza redonda y calva le da un inquietante aspecto de sabueso.

3.

El deja vu que he sentido al entrar, primero en el edificio y después en las oficinas, es aún más patente en la sala. Hace ya cinco años de aquello, pero fueron muchas y muy largas las horas que pasé aquí. Revivo con especial encono un sábado de tarde completa, obligado a dejarla sola al poco de llegar ella a la ciudad. Es raro, porque todo sigue ahí (la mesa de reuniones, la pantalla gigante, los ventanales, la estantería, la misma disposición del mobiliario, las vistas desde la azotea…), pero las personas son distintas a uno y otro lado. Me pregunto si también seguirá la secretaria, por cuya atención y dulce sonrisa babeábamos al saludarla, único aliciente que tenían aquellas continuas sesiones de trabajo. Salimos de la sala y allí está, en el mismo sitio de antaño. Ella no me reconoce, puede que ni siquiera repare en mí entre tanta despedida cruzada. De pronto recuerdo su nombre y estoy a punto de tirarle la cuña, pero me detengo a medio camino. Entonces recuerdo su nombre: Noemí.

4.

De la misma forma que incluso en la agitación uno puede hallar serenidad, también en un entorno silencioso y relajado puede tener enturbiado el ánimo. Eso me ocurre. El pulso acelerado, una incómoda ansiedad. He dormido poco, y a pesar de no coger el sueño anoche hasta más allá de lo razonable, hoy me he levantado tan temprano que tengo todavía una hora por delante. Hago por darme pausa para aplacar tensiones y fantasmas, pues sé que toda preocupación es un estado de la mente. Cómo me jode verme en este estado. Son poco más de las ocho cuando vuelvo al libro, saco regla y portaminas y, después de unos minutos de meditación, me entrego como terapia a la lectura.

5.

¡Que no… que no!, exclamo. Que no te enteras, hombre, cago en tus castas, comento encendido al vacío. Me empieza a sacar de quicio con sus gilipolleces. Ha perdido el foco, distrayéndose en cambios superfluos de formato y refraseo que no sólo no mejoran el documento sino que menoscaban fondo y forma. Hasta aquí, no obstante, que me gusten más o menos es una cuestión subjetiva, que tengo que tragar por aquello de que donde manda patrón no manda marinero. Pero esta obcecación ya no la compro, porque sigue insistiendo en algo que objetivamente no es correcto. Vuelvo a leer mi correo, con la respuesta técnica adecuada, y el suyo, que la descarta para, dice, “lo de encima lo seguimos llamando CFADS”. No puedo con el empecinamiento, como las mulas con anteojeras. Mañana, en un rato incluso, este mosqueo quedará en trivialidad, pero ahora mismo me llevan tanto los demonios que no soy capaz de serenarme.

6.

Seis camisas, ocho pantalones, cuatro jerséis, cinco camisetas. Unas calzonas, tres camisetas de deporte, ocho pares de calcetines cortos, dos gorros, dos bufandas. Unos calzoncillos, los calcetines verdes psicodélicos, un pijama, siete camisetas interiores. Proceso iniciado, tracción en marcha. El resultado, tres bolsas de papel rectangulares de cierto volumen donde reposan todas esas pertenencias desechadas, más la espalda cargada al borde de la contractura. Saldo el día con un gran progreso y mucho espacio liberado: físico en armarios y cajones, pero sobre todo mental. Una pena que se entrometa la rutina, porque ya me veo con ganas de encarar la siguiente fase. Me siento más liviano.

7.

Del montón de corbatas que todavía se extienden sobre la cama cojo la siguiente. Es la mítica, la más longeva. Tanto que la marca hace años que no existe. De pronto me vienen a la cabeza dos imágenes un tanto vagas. Una, la foto de alguna celebración familiar donde aparezco muy chaval con ella. Desde ahí mis recuerdos viajan aún más atrás en el tiempo, y evoco el instante y la tienda en que mis padres me la compraron junto con mis dos primeros trajes. Otra, bastantes años después, en aquella fiesta universitaria, cuando en el momento de la despedida, una vez encendidos los focos y apagada la música, aquella tipa quiso quitármela del cuello y llevársela como trofeo, o para asegurarse de que volviéramos a vernos. La examino ahora con añoranza, y no puedo evitar el puntito de nostalgia. La miro detenidamente, observo las esquinas algo raídas. Dudo. Primera prueba de fuego seria frente al sentimentalismo. Entonces, como si fuera un ser vivo, le digo adiós agradeciendo sus servicios, y apenado por la despedida la deposito en la bolsa de descartes.

8.

Duerme recostada en el sofá, bajo la manta color piel de vaca. Ni siquiera se ha dado cuenta de que la tele ya no suena y el salón ha quedado medio a oscuras. La raya del pelo y una parte mínima de la cabeza, que sobresale del cojín donde la apoya, es todo lo que alcanzo a verla desde aquí. Oigo de fondo el sonido del lavavajillas agitando agua, y el leve zumbido de la lámpara a mi lado. Repaso mentalmente las imágenes del día. Ella se remueve ligeramente y se gira sobre el otro costado, emite un ligero suspiro. Me pregunto si tanta serenidad resulta compatible con la escritura diaria. Concluyo dos cosas: una, que esta paz es la que tantos años me fue esquiva, lo cual me brinda una razón más para celebrarla; y otra, que el hábito en modo alguno requiere profundidad ni brillantez, sino simplemente disciplina; consiste tan sólo en echarle huevos, mostrarme y seguir sumando.

9.

Cago en todo, lo he vuelto a hacer. Nada más pronunciar la frase me doy cuenta de que he metido la gamba. Estoy convencido de que inconscientemente intento protegerme, poniendo límites cuando el otro los traspasa sin preguntar siquiera. Me jode que asuma que estoy disponible, que no tengo otra cosa que hacer y que por tanto me va bien el atropello. Aun así, conociendo al tipo (ya voy calando a los tres), es poco inteligente pararlo de primeras. Incluso abordado a bocajarro y por la cara, es preferible decir que ok, y si es con una sonrisa mejor todavía. No es la manera asertiva de proceder y respetarse (por eso me cuesta tanto no caer en el impulso reactivo), pero estando sometido a su juicio y evaluación, hay que saber jugar las cartas lo mejor que uno pueda. En ciertos ámbitos, reflexiono, no vale la franqueza. Hay papeles en la vida que tienen que ser interpretados.

10.

Desde ese punto controlo ambos accesos, que mantengo a la vista intercambiando oteadas a uno y otro lado. Quedan aún diez minutos para las nueve, y la cafetería presenta un aspecto tranquilo, con algunos comensales en la zona de barra, y las mesas exteriores, junto a los ventanales que dan a la plaza, completamente vacías. Miro afuera, contemplando las nubes en el cielo más allá de los rascacielos. No he preparado el discurso, pues no creo que haga falta. Se trata de plantear la inquietud de manera natural, de tú a tú y sin dobleces. No siempre fue así, pienso, pero con el tiempo he aprendido a no callar. De aquellas frustraciones, este aprendizaje. De pronto siento un toque en la espalda, y al girarme me lo encuentro a mi lado, sonriente.

11.

Cruzamos el patio, atestado de niños de todas las edades, hacia el edificio de secundaria. Aquí y allá hay pequeños correteando, chavales jugando al fútbol en la pista y en el campo de césped artificial, chicas entretenidas con no sé qué coreografía, jovencitas de últimos años de secundaria que nos miran intrigadas, poco habituadas, supongo, a ver por allí a tres tíos trajeados acompañando al director. Me sorprende gratamente la educación que muestran todos, saludando con amabilidad aunque sea tímidamente, o con un alegre “buenos días”. Qué maravilla, pienso. Qué otro rollo tiene que ser trabajar así, con tanta vida rebosando alrededor. No se me ocurre mejor escenario, tan diferente del ambiente de oficina. Caminando entre las aulas vuelvo a sentir el impulso, una especie de arrebato: ¿cómo sería mi vida en un colegio como éste, allí en mi tierra?

12.

Hace un día espléndido, moldeado sobre un luminoso cielo celeste por un sol radiante, que disipa el frío al contacto directo pero que no lo erradica en callejuelas y rincones sombríos. La caminada en desnivel nos lleva a los jardines de palacio, donde muchos jóvenes pasan el rato sentados en bancos y muretes o tirados sobre la hierba. En la plaza y los alrededores de la catedral el ambiente es muy agradable, con una sorprendente proporción de turistas y extranjeros, muchos de ellos estudiantes. Nos paramos a escuchar a un artista callejero que toca una emotiva melodía de Amelie en una especie de arpa electrónica, y más allá observo a un grupo de chavales practicando freestyle, cada uno haciendo virguerías con su balón. Tengo el regusto del ceviche, del chaufa y del arroz con leche con arena de chocolate. Y, sobre todo, el gran sabor de boca que me ha dejado la contada esta mañana.

13.

La tonada del móvil me saca del letargo. Me giro para incorporarme sobre el costado, estiro el brazo y doy a tientas con el aparato. Es ella, pero no descuelgo. Pulso el botón de silencio justo en el momento en que se corta la llamada y aparece en la pantalla la notificación de perdida. Entonces miro el reloj y, asombrado, me doy cuenta de que ha pasado una hora. Siento una ligera punzada en la garganta. Decido levantarme, resuelto a continuar con la criba de libros, pero obedezco la voluntad de mi cuerpo debilitado, me dejo caer sobre la cama y todavía me quedo un momento echado sobre el cojín mullido.

14.

Todo sería más fácil si me dejara llevar. Podría dejarlo estar, consumir televisión pasivamente; o vídeos virales de esos que cuelgan los enganchados a las redes; o actualizaciones vacuas de estados; o pensamientos lanzados para la galería por aquellos que buscan visibilidad para suplir vacíos interiores. Podría conectarme a la crónica de la jornada previa de Champions, eligiendo, por descontado, el análisis pausado y profesional, no el debate zafio aborregado. Podría descansar en el trancazo para valerme de la excusa. Podría. Podría liberarme del corsé, podría valorar más lo que he hecho y lo que hago, hoy y cada día. Pero el crecimiento conlleva un alto precio: el de la disciplina o el del arrepentimiento. Puestos a pagar, prefiero que sea el primero quien me pase la cuenta.

15.

La mirada de uno de los dos tipos que bajan la calle charlando amigablemente se cruza con la mía justo en el instante en que me despojo del casco. Es cuestión de milésimas, pero estoy convencido de que es él. Lo poco que les he oído confirma la certeza, que al segundo se torna en duda. Demasiada casualidad, pienso, ni siquiera vive en la ciudad. Me detengo a observarlo de espaldas. Aparenta unos centímetros menos de estatura, y los andares no me son del todo familiares (cierto es que hace muchos años que no lo veo, y su fisiología habrá quedado difuminada en el recuerdo). Aun así, por el fugacísimo lapso en que lo he visto cara a cara, apostaría a que no hay confusión posible. No sería tan raro que hubiese tirado de frente incluso habiéndome reconocido, pero por otro lado no he percibido en su gesto amago alguno de detenerse, como si realmente yo no le sonara. Se paran en el cruce y el compañero le indica algo señalando más allá de la avenida. Eso puede significar que está aquí de paso, y por tanto que es él. O quizá no, quién sabe…

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