Momentos: 1 – 15 Marzo 2015

1.

Me siento como un león enjaulado. En el metro escaso de espacio me agarro a la barandilla y me muevo para desentumecer el cuerpo agarrotado, demasiado pasivo hoy al contrario que la mente, atorada de tantas horas frente a la pantalla. Hago varias sentadillas, estiro gemelos e isquios, extiendo brazos arriba y al frente. Observo el movimiento de la calle, los coches que asoman por la esquina y desaparecen al segundo siguiente, el que tardan en cruzar el tramo visible de la avenida. Aguantando el frío quedo de pie inmóvil, apoyado en la pared, sumido en mis pensamientos. Alzo la vista al cielo oscuro y contemplo la luna, en cuarto creciente o menguante, y varias estrellas cercanas, antes de volver a meterme y cerrar el ventanal.

2.

No esperaba la llamada. Ni en ese preciso momento ni nunca, dado el tiempo transcurrido desde que el proceso, por aquel entonces apremiante, había quedado en stand-by según sus propias palabras. Hace sólo unos minutos he tenido una conversación con otro headhunter, y la coincidencia me resulta curiosa. Ojalá los contactos en lo sucesivo sean tan continuos, pienso mientras descuelgo. El caso es que, tras varias explicaciones preliminares, me confirma que se han decantado por otra persona con experiencia en la industria y que encaja bien por sus orígenes familiares. Cuando me suelta el nombre en confianza me llevo una grata sorpresa, por inesperado. Claro que lo conozco, respondo. Y me alegro un huevo por él.

3.

La primera fila me depara una perspectiva inusual, lateral y muy próxima al espacio del ponente, diferente de la que tuve en mis dos años de programa. La sesión acaba de arrancar. Organizo mis utensilios y papeles y me expando aprovechando el hueco libre a mi izquierda para colocar la carpetilla que nos han dado al entrar al aula. Miro al frente y a los lados a modo de escáner, para hacerme una composición del número de asistentes y curiosear caras y nombres. Y entonces, al otear arriba hacia la última bancada, mi vista se detiene en ella con una sorpresa mayúscula, tan incrédulo como si estuviera viendo un ángel.

4.

Al segundo largo voy fundido. He arrancado fuerte, siguiendo una táctica distinta cuya decisión de explorar he tomado tan sólo momentos antes. A diferencia de lo que hago habitualmente, dosificar al principio para acabar a lo que dé, esta vez opto por tirar a todo trapo (o casi) y aguantar el tipo como pueda una vez vaya en reserva, sabiendo que será ahogado. Minimizar en el segundo tramo la pérdida de lo ganado en el primero. El problema es que esa primera embestida me dura menos de lo previsto, y al tocar pared en el primer giro noto el atisbo de pájara. Sigo braceando a buen ritmo hasta que pincho, y la perspectiva de los dos largos que quedan por delante me hacen cagarme en todo. Sufro como un perro, metiendo en los pulmones todo el aire que puedo en cada inspiración. Siento que me estallan los tríceps y me falta el resuello, pero con gran esfuerzo me mantengo a flote, e incluso avanzo hacia el final. Por eso, cuando alcanzo la meta y el monitor me canta el tiempo, sonrío satisfecho al comprobar que he bajado en diecisiete segundos la marca de septiembre.

5.

Paso junto a la berlina negra y reluciente y el botones trajeado de la puerta, y accedo a un hall amplio y alargado. Sin detenerme a registrar el escenario más que para ubicarme, me dirijo a la zona de sillones del fondo donde la tipa me ha citado. El lugar es tranquilo, o lo está a esas horas. Acomodados en un sofá, cuatro o cinco hombres bien vestidos y repeinados que charlan de negocios me dirigen una ojeada cuando paso junto a ellos. Entonces la veo y camino a su encuentro. Nos presentamos al tiempo que despacha a otro chaval, emplazándolo a que vuelva en un rato. Acto seguido me invita a sentarme en una silla, me llena una copa de agua se deja caer repantingada mientras extrae del bolso su libreta .

6.

Escribir el mail me ha llevado más de lo que pensaba, pero estoy contento con el resultado, pienso mientras meto el bloc de notas en el maletín y hago repaso de lo que me llevo y lo que me dejo, justo antes de salir. Además de poner al corriente al destinatario, que es de lo que se trataba, me ha servido para plasmar las ideas y argumentos de forma tranquila y pausada. Esa satisfacción suma al ánimo que siempre me infunde la perspectiva de una nueva sesión del taller, sobre todo cuando, como hoy, voy a escuchar y a disfrutar de mis compañeros. De pronto me detengo en la libreta sobre la repisa, y caigo en que lleva ahí demasiado tiempo ignorada. Decido abrirla y poner los ojos sólo en una frase, la que el azar quiera brindarme. “Es el carácter de una persona lo que mejor define su verdadera capacidad para triunfar”, leo.

7.

La luz menguante de la tarde tapiza las fachadas aledañas de tonos anaranjados. La colina ofrece una visión distinta de la avenida, una mirada novedosa a ese paisaje urbano rutinario. Caminamos a paso relajado junto al edificio del museo. Hay gente en las mesas y sillas metálicas del kiosco al aire libre, y también en el césped más allá, apurando los últimos destellos de un día que parece anticipar la primavera. Alcanzamos la puerta de la escuela y me detengo un instante a recordarlo con melancolía. Aquí hizo historia un genio único, pienso; un fenómeno asombroso, una persona excepcional. Pienso en él un largo rato mientras descendemos nuevamente hacia el paseo, deseando que le vaya bien y esté contento allá donde se encuentre.

8.

Llego a la entrada del recinto entre la riada de corredores y me ubico junto a la puerta, justo en la bifurcación señalizada por un fulano que sostiene dos paneles, uno indicando la continuación de la carrera (“2ª y 3ª vueltas”, leo en la inscripción) y otro el acceso a la pista que conduce a la meta. Al poco de ver pasar gente distingo su silueta, delatada por esa particular forma de correr casi a saltitos, y la sigo con la mirada entre la muchedumbre hasta que ella también me percibe. Entonces hace algo que me deja descolocado: en lugar de acercarse y pasarme de largo en busca de la llegada, me mira risueña y tira por el lado que lleva a repetir el circuito de siete kilómetros. Y así, sin poder hacer nada por evitarlo, la veo alejarse asfalto arriba para encarar la segunda vuelta.

9.

Cuando el temporizador emite el último pitido, miro el reloj y compruebo sorprendido que han transcurrido dos horas. Se han pasado voladas, pienso medio pasmado, y me encuentro tan fresco como si fuera a ponerme a trabajar ahora. Más allá del aparente salto en el tiempo y la ausencia de desgaste, lo mejor de todo es que me ha cundido un huevo. En esos cuatro intervalos de veinticinco minutos, respetados escrupulosamente con sus correspondientes paradas de cuatro, he avanzado mucho y muy bien, planamente concentrado en la tarea. Estoy satisfecho con el experimento, y aún queda mucha tarde por delante.

10.

Volver a la “casa” es grato, como también lo es rememorar esos dos años tan intensos y jodidos, pero en los que tanto disfrutamos. Al contrario de lo que habría creído, no he sentido añoranza en ninguna de las visitas desde aquel día de mayo que tan lejos queda hoy. Ahora vuelvo con otra perspectiva, libre de tensión, por el placer de venir a una sesión sólo porque me apetece. Salgo buscando el sol en el descanso. En la rampa de entrada hay varios corrillos de fumadores y gente que aprovecha esos minutos para hacer llamadas o simplemente juguetear con el móvil. De pie junto a la puerta miro al jardín, donde dos hombres decoran la glorieta que preside el césped con montones de flores amarillas. Levanto la cabeza al cielo azul, recibiendo con agrado el calorcito mañanero, y me quedo así un rato, disfrutando del momento.

11.

La sala es acogedora, en línea con el resto de la oficina: piso antiguo y castizo, en pleno barrio pijo, remodelado con gusto (o eso me parece, no es que yo tenga mucho criterio para juzgar estas cosas). Desde luego no se trata de una sala de reuniones al uso; más bien parece una habitación de bienvenida de invitados, o el cuarto de estar de un casón de alcurnia: la mesa, las sillas, los cuadros, los jarrones de colores vivos, los sillones, todo transmite cercanía y calidez, como si en lugar de a un entrevistador estuvieras aguardando al anfitrión de un festejo aristocrático. A través de los ventanales la estancia queda iluminada por un agradable sol de mediodía. Echo un vistazo a la calle. De pie en mitad del rectángulo de luz, distingo varias escenas cotidianas que transcurren en el edificio de enfrente y me quedo observando a varias personas al azar. Oigo ruidos de pasos sobre la madera, y al volverme veo girarse el pomo de la puerta.

12.

Se define como casa de comidas, y el nombre le va como un guante. El interior no se ve desde la calle; uno no se hace a la idea de lo que hay tras la puerta hasta que la abre y se encuentra en mitad del local, pues de tan estrecho no da para zaguán ni para zona de espera que se le parezca. Acomodado en un rincón, levanto la vista del libro y compruebo que las ocho o nueve mesas, pegadas unas a otras para arañar cada centímetro de espacio, se han llenado en un momento. El mobiliario es oscuro, en madera, y del techo cuelgan varias lámparas de formas y colores variados que aportan la luz que no penetra de fuera. Un cuchitril sobrio, en definitiva, que bien podría albergar furtivas timbas de póker entrada la madrugada. La chica me sirve el primer plato del menú, y nada más probarlo entiendo el éxito del sitio. Casa de comidas, claro está. Me encanta. Qué gran descubrimiento.

13.

Edito el formato del texto añadiendo un par de etiquetas CSS, subo la imagen, incorporo la traducción al castellano y pincho en “publicar”. No lo había planeado, pero es curiosa coincidencia que sea precisamente ésta la entrada número cincuenta. Cincuenta. No está mal, pienso tomando perspectiva. Sé que el número es lo de menos, porque a fin de cuentas INSPIRATTIO es un medio, y no un fin. Durará lo que dure, mientras el deseo y la determinación justifiquen la exigencia de la disciplina y la constancia. Acojo la casualidad como un guiño del azar y me reafirmo, con unas ganas tremendas, en el compromiso de seguir construyendo poco a poco este proyecto personal.

14.

Cantan a dúo, y es impresionante. Él tenor, ella soprano; cosa que me dice poco dado mi absoluto analfabetismo en lo concerniente a la ópera, la lírica o cualesquiera de sus derivados. Esto es una zarzuela, intuyo, aunque el género es lo de menos porque sus voces suenan imponentes en todos los palos que han tocado. Intercambian graves y agudos en un diálogo teatralizado de un fragmento seguramente conocido por el público más ducho. Pasan entre las mesas e interactúan con algunos comensales, abarcando todo el salón en lo que dura su representación. Es una cena distinta, original. Más allá de la comida, que sin ser espectacular no desmerece, disfrutamos de la noche.

15.

Sentado en una de las sillas laterales, miro atento a las parejas en la pista buscando desentrañar los movimientos de algunas secuencias vistosas. No sólo con la práctica se aprende, también es bueno pararse a observar de vez en cuando. Y puede que haya quien también se fije en mí, pienso al comprobar que, lejos de los más avanzados, tampoco soy ya de los más novatos de la sala. Por el rabillo del ojo adivino movimiento al fondo. Es la chica sin pareja, con gafas y aparato, que tantas veces hemos visto allí sin haber cruzado palabra. Esquiva a unos bailarines, y avanzando un par de pasos se me planta delante. Miro arriba y encuentro sus ojos risueños, que acompañan la sonrisa con la que me pregunta si me apetece bailar.

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