Momentos: 1 – 15 Marzo 2014

1.

Sólo quedamos los regazados apurando la hora de cierre, la baraja medio echada para disuadir a clientes intempestivos. Los cajeros y reponedores han empezado a recoger el chiringuito, y en breve alguno de ellos solicitará por megafonía que vayamos plegando velas y dirigiéndonos con el cargamento a la salida. Dejo el carro frente al estante refrigerado de los yogures y vuelvo a la zona de frutas y verduras a por una bolsa de cebollas. Acabo de elegir una malla del fondo del canasto cuando las oigo, y su acento me hace pararme en seco. Me giro y las observo con disimulo. Su piel tostada, su aspecto andino, casi quechua, su forma de arrastrar las palabras, la humilde complicidad con que se dirigen la una a la otra… todo en ellas me resulta muy cercano y emotivo. Sensaciones, más que recuerdos, se me echan de pronto encima. Me invade el remordimiento. Pienso en Gabriela.

2.

El edificio es tan impresionante por dentro como por fuera. Ya tiene delito, observo, no conocerlo hasta ahora, con la de veces que habré pasado por delante. Las escaleras del vestíbulo conducen a un hall principal diáfano, con dos alas casi simétricas a ambos lados de una obra de arte compuesta por ropa colgada en largos tendederos desde el suelo hasta la balaustrada del primer piso. La amplitud de espacios es más evidente por la ausencia de separación entre plantas, de forma que desde allí se alcanza a ver el techo del palacio varias decenas de metros más arriba y las pasarelas que comunican las distintas exposiciones, una por altura. Me llama la atención una colorida área de descanso con sillones y mesas para la lectura. Subimos a la terraza, donde varios grupos y parejas toman copas bajo el cielo azul del mediodía. La torre mirador está cerrada a esa hora, así que nos detenemos allí a contemplar la ciudad desde esa nueva perspectiva. Un gran descubrimiento.

3.

Pongo la yema del dedo sobre el lector de huellas del torno y éste, por una vez, me permite el acceso a la primera. Me desabrocho la cazadora mientras enfilo el camino al vestuario, contento por volver al ruedo más de un mes después y consciente de lo duro que va a ser enganchar el ritmo de nuevo, más aún obligado a hacerlo en marchas cortas por un tiempo. En esos pensamientos estoy cuando me las encuentro de frente, subiendo y bajando las escaleras de la sala central. Ahí siguen, como el último día que las vi, como cada mañana desde que las conozco. Cuatro guerreras no precisamente jóvenes, madres de familia (alguna incluso podría ser la mía), con una fuerza de voluntad encomiable y una forma física que ya la quisiera yo para mí. Me saludan cariñosas, alegrándose de verme y animándome a afrontar el regreso con un par. Soy fan absoluto de estas tías.

4.

No consigo centrarme. La hora y el sitio son propicios, como cada día y salvando el escándalo de los imbéciles del segundo, para sacar tiempo de calidad. El caso es que me siento nervioso, totalmente fuera del presente. Intento leer el material para la próxima semana, pero no soy capaz de mantener el foco. Divago en el ordenador, con una rayada incomprensible. Y así van pasando los minutos hasta que, aceptando haber entregado el rato, haberlo desaprovechado absurdamente, tiro la toalla y me pongo a prepararme la comida.

5.

La reunión transcurre amistosamente, como procede entre dos partes ya de acuerdo en los términos generales de la operación que negocian las correspondientes particularidades del contrato. En el primero de esos flecos sabemos que van a surgir las primeras fricciones. Observo con atención al vendedor, que argumenta, muy diplomático, que aunque es cierto que nunca lo habían puesto sobre la mesa, la postura que reivindica es práctica habitual en España. Repite su argumento varias veces, cansino, antes de ceder la palabra. Entonces el inglés, sin inmutarse, con su particular hilo de voz que obliga a aguzar el oído, masculla algo ininteligible y dice muy tranquilo que de ninguna manera, que por ahí no pasa. Asunto zanjado, concluyo. Y antes de enzarzarse en una batalla que sabe perdida, la otra parte sugiere pasar al siguiente punto y volver sobre ese más adelante. “Aro”.

6.

No tardamos en darnos cuenta de que no nos citaba a cenar para proponernos un mandato, sino más bien para echar el rato en compañía en lugar de irse directamente al hotel, como hizo anoche. Pedimos varias raciones de tortilla, una ensalada, unos pinchos, steak tartar y unas cervezas. Hablamos de la operación, de qué planes tienen para los colegios y de cómo pretenden llevarlos a cabo. Están buscando a alguien para incorporar al equipo en Londres, comenta en un momento dado. Que sea bilingüe inglés – español, que tenga tantos años de experiencia en transacciones y que conozca el sector. Nos pide referencias, y enseguida pienso que tiene delante a un candidato que encaja del todo en esa descripción. En una etapa anterior de la vida, quizá en otras circunstancias, habría sido una buena opción a perseguir.

7.

Llevo una hora doblando camisas y pantalones, tratando de aprovechar al máximo los huecos de la maleta para que abulte lo menos posible, que ya me conozco el percal para cerrarla luego. Es la parte más ingrata de cualquier viaje, postergada hasta que ya no hay vuelta de hoja y uno se pone a ello con desgana a sabiendas de que el madrugón del día siguiente no dará opción a muchas florituras. Decido que es momento de darme un respiro y salir a por lo necesario: juego de lentillas de recambio, bote pequeño de líquido, aftershave y alguna minucia más. Abro la puerta con sigilo y la veo tumbada en el sofá, todavía dormida y boquiabierta, y me quedo de pie observándola, sin moverme del marco, escuchando su respiración pausada. No es su más bella estampa, pero sí una de las más tiernas. No puedo reprimir la sonrisa.

8.

Me levanto y camino hasta el final del pasillo, donde el espacio se ensancha lo suficiente como para estirar mínimamente. Toco el techo sin esfuerzo abriendo las escápulas y siento alivio en la espalda cargada. Me agarro los tobillos sin doblar las piernas, aguantando el calambrazo sólo unos segundos. Empujo la puerta del baño echando un pie todo lo atrás que me permite el escaso metro y pico hasta la pared. Apoyo sobre ésta la puntera con el talón en el suelo para aflojar la tensión en el gemelo. Subo el pie atrás y compruebo contrariado que la lesión en el cuádriceps derecho, agravada por la caída, seguirá dando guerra en cuanto fuerce, con sus castas. Miro adelante, hacia la oscuridad de la cabina sólo rota por los reflejos luminosos de las pantallitas en muchos de los asientos, que delatan el desvelo de los pasajeros. En la parte trasera del aparato sobrecargo y azafata charlan tranquilamente en un inglés de acento muy británico al que no presto atención. Pido un vaso de agua y me quedo allí de pie, relajado, sin pensar en nada.

9.

Bajo del autobús y sigo la fila, que gira en curva hacia la entrada, a unos metros de la puerta principal del edificio. Al detenerme en la cola me giro y miro arriba. Es tal la altura del bicho que obliga a echar el cuello atrás hasta llevar la cabeza casi paralela al suelo. Es espectacular, compruebo sobrecogido. Una locura. Entonces miro a un lado y rescato una imagen del recuerdo: el cielo negro de la noche, un sinfín de luces multicolor, una imponente fachada metalizada, una cúpula blanca en forma de pagoda. No hay duda, esa torre contigua es la que subí 7 años atrás, en otras circunstancias y muy grata compañía, cuando todavía era el edificio más alto de la ciudad. Hace tiempo que dejó de serlo, eclipsado por el que estoy a punto de ascender, como también hace algún tiempo que se fue uno de esos acompañantes. Pienso en él por un momento y su imagen se me aparece nítida en una ensoñación nostálgica antes de seguir avanzando.

10.

El local es uno de los muchos pequeños puestos de sastrería que se extienden a lo largo, ancho y alto del edificio. Por alguna recomendación concreta hemos acudido allí como moscas. Unos a tiro hecho, ávidos de volver con un armario de camisas y trajes a medida, y otros más bien de acompañantes, movidos por la curiosidad pero dispuestos a aprovechar la coyuntura si se tercia. En esas estoy, estudiando con indecisión un tomo de muestras de telas, cuando una nueva expedición recién llegada abarrota el sitio. Los pedidos se van acumulando por decenas en un desconcierto generalizado que los dependientes parecen gestionar sin alterarse, como si estuvieran despachando en una pescadería. Me pregunto cómo van a sacar nosecuantos trajes, tropecientas camisas y no pocas americanas en tres días. La respuesta es que son chinos, claro.

11.

Entramos en una pequeña tienda cutre que aparenta vender ropa de cama, con algunos edredones (quizá sólo el embalaje) en las estanterías semivacías y una estructura que hace las veces de somier, cubierto por una fina manta casposa, en el centro del local. Tengo ya cierto bagaje como para saber que ni eso es un colchón ni son precisamente sábanas de seda lo que hay debajo. Ante el requerimiento de los interesados el tendero abre cajones y armarios, de los que saca varios ejemplares Bulgari e IWC. Los estudian mis compañeros, pidiendo ver más modelos, y cuando por fin se deciden a preguntar precio por uno de ellos, el falsificador toma la calculadora y teclea una cifra. “Quítale un cero a lo que escriba”, le digo al negociador del grupo. Éste, echándole teatro, le responde que no merece la pena seguir hablando. Ante la insistencia del primero, advirtiéndole de que no se ofenda, marca un número inferior a esa décima parte que yo le sugería. Entonces el chino monta en cólera y nos echa de la tienda a gritos.

12.

El ritmo de la semana va haciendo mella en el grupo, con un parte de bajas considerable procedentes casi todas de nuestra clase. Los que aún seguimos ahí, aguantando con estoicismo todas y cada una de las sesiones, presentamos caritas que son todo un poema. Algunos están sólo de cuerpo presente, dedicados a otros menesteres (atender el correo, leer informes del trabajo, mirar perdidamente al infinito) mientras el taiwanés desarrolla un discurso soporífero. En esas estamos cuando, desde mi posición de atalaya en lo alto de la sala, miro en torno y lo veo. Sobadísimo, de brazos cruzados y apoyada la cabeza contra la madera de la fila de atrás sin ningún reparo. Sólo le falta la almohada, qué fenómeno. Agarro el móvil y alerto al personal: “Ha caído hasta Sin. Ojo a la cabezada. Tremendo”. Pido fotos desde el frente y se abre la veda. Un rato después se despereza y lo veo descojonarse al leer el hilo.

13.

El aula es enorme, prácticamente un graderío con capacidad para unas doscientas personas. El americano, corpulento, de pelo claro y rojo como un langostino, arranca su ponencia ante un público en buena parte derrotado entre el que se encuentran individuos arrastrados que seguramente darían positivo en un test de alcoholemia incluso a esas horas de la mañana. Lo he tenido sentado a mi izquierda estos tres días, al principio tomando notas de las sesiones como un poseso y más adelante aprovechando el tiempo para preparar la suya, que desarrolla ahora plantado entre la mesa y la pantalla. El tema es interesante (su trayectoria profesional es impresionante), pero comete el gran error de proyectar unas slides saturadas de contenido que no tardan en desconectar a la audiencia. Cómo es posible que a alguien con esta experiencia se le escape algo tan básico, me pregunto mientras me esfuerzo por mantener los ojos abiertos. Un fondo muy bueno echado a perder por una forma deficiente.

14.

Cruzamos una planta de oficinas hasta llegar a una sala dispuesta con varias filas de sillas, donde nos acomodamos para recibir una presentación introductoria de la compañía antes de la visita a la fábrica de luminarias. Dos horas de ida y vuelta en autobús bien merecerán el esfuerzo de prolongar el tute acumulado durante la semana, pensaba un rato antes al calzarme los zapatos de vestir traídos junto con la corbata, el pantalón y la camisa ex profeso para la ocasión. Pasamos a un pequeño showroom de bombillas donde se exponen algunos de los productos en sus distintas aplicaciones (luces para el hogar, iluminación para tiendas, tubos de LED, luces para hoteles, etc.). Y cuando volvemos a la sala, pensando que de ahí seremos conducidos a la planta, el chino, con mucha flema, dice “thank you very much, this is the end of our visit” y nos deja con el careto a cuadros.

15.

La calle peatonal, atestada de gente invadiendo los comercios, desemboca en el “parque del pueblo”, según traducción literal. Ni siquiera es éste un lugar para el relax, pues la plaza, rodeada de rascacielos, es tan bulliciosa como las vías aledañas. Algunos lugareños aprovechan el día soleado para ocupar los bancos de la explanada, posiblemente en un parón de sus jornadas de trabajo. Caminamos sin rumbo concreto, haciendo tiempo, hasta toparnos con un tumulto aún mayor de gente concentrada en lo que parece el inicio de una manifestación. Nos acercamos a ver qué pasa. La sorpresa es mayúscula al encontrarnos cartulinas plastificadas colgadas con pinzas una junto a otra en tendederos interminables: no tardamos en comprobar que se trata de anuncios de personas, “perfiles” en la jerga online. Sí señor, estamos ante un “mercado de solteros”, todo un Meetic o un Match.com en vivo y en directo.

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