Momentos: 1 – 15 Junio 2016

1.

Me cede la piña (sólo queda una, dice la chica) y se queda él con el melón. Me he cuidado de mostrarme beligerante, manteniendo un discurso pausado durante toda la conversación, pero no me he guardado nada. La realidad ha resultado ser muy diferente de la propuesta que me hicisteis hace un año, le he dicho, argumentando los diversos aspectos en los que su planteamiento no era cierto. Como el que se compra una casa y cuando entra a vivir en ella se da cuenta de que los vecinos son ruidosos, la bajante ha reventado, la caldera no funciona y hay filtraciones de humedad. Por eso me sorprende un huevo su búsqueda de titular cuando, tras veinte minutos glosándole mi contrariedad y mi desacuerdo con sus explicaciones, me pregunta a bocajarro si estoy contento. Pues la verdad es que no: significativamente menos que hace un año, zanjo.

2.

Va todo estupendo, ha sido el diagnóstico del médico, a cuyos aires de pirado ya me he hecho. Todo más que bien, tanto que no es descartable un parto natural hacia la semana treinta y siete o treinta y ocho. Ella sigue dudando, quizá porque va en su naturaleza no estar tranquila ni con las mejores perspectivas. Sea como fuere está bellísima, radiante, como el día al que salimos con una alegría inmensa. Nos separamos en la puerta, felices e ilusionados, y la veo alejarse calle arriba, su melena dorada resplandeciente a la luz de la mañana. Me queda una jornada intensa por delante, pero después de esto ya puede venir lo que me echen.

3.

La tarde en la oficina se me ha hecho más larga de lo que preveía, pero ya tengo encarrilado el modelo, o, mejor dicho, la “simulación”, pues sólo estoy incorporando a la parte operativa, que viene dada, la estructura de capital según los términos acordados. Doy por bueno el avance en estas tres-cuatro horas, satisfecho y reafirmado en uno de mis puntos fuertes. Soy de los pocos que quedan en la planta cuando salgo, y tampoco hay mucha señal de vida en los alrededores. Bordeo la plaza y advierto una pareja besándose en un banco. Están sentados en cuclillas cara a cara, abrazándose con ternura, mirándose con admiración, pausadamente, besándose en apariencia tan maravillados que la escena me choca por infrecuente. Al llegar a su altura me doy cuenta de que son dos chicas. Giro la cabeza para observarlas un instante, sonrío levemente y continúo mi camino.

4.

Las cosas no siempre vienen como uno quiere o preveía, y ante eso poco más se puede hacer que aceptar la frustración y convivir con ella. Lo que es, es, leí alguna vez, creo que a Krishnamurti. Puedes darle las vueltas que quieras, al coco y literalmente al bote, removiendo con brío desde abajo en amplios círculos, pero eso no hará que cambie de color. Así que déjalo estar, le digo, no hay más vuelta de hoja. Ella no parece asumirlo, y yo lo que no entiendo es por qué he seguido dando brochazos hasta cubrir la pared entera, si lo había visto claro desde el principio: la pintura es lila.

5.

No se han apagado las luces todavía cuando, de ambos pasillos, emerge una multitudinaria tribu que rápidamente toma la sala y el escenario. Visten ropajes y túnicas de vivos colores, y cantan y bailan con gran alegría lo que parece ser una danza autóctona de marcado ritmo africano. Algunos portan instrumentos de percusión, otros enarbolan pañuelos que complementan su vistosa indumentaria. La escena la remata una bandada de pájaros ficticios, posiblemente hechos de tela, que sobrevuelan el escenario agitados en círculos por los actores y creando un impresionante efecto de realismo a mitad de camino entre un móvil y una cometa. Miro encantado en todas direcciones, asombrado con el espectáculo. Por el rabillo del ojo la percibo embelesada, disfrutando como una niña.

6.

Seis y cuarto, manda huevos. Es esto o renunciar al punto, pues los veinticinco minutos más me impedirían llegar a la cita de las nueve. Por un momento me debato entre sumar o desertar, en una dura pugna por tirar para adelante. El ejercicio, me digo, me aportará la claridad mental y de ideas necesaria para afrontar esa conversación sin dejarme amilanar. Estoy convencido, sí, pero cómo cuesta engancharse. Está todo tan oscuro, y yo tan sobado, que el guarrazo contra la cómoda del pasillo (imposible acordarse de que la plantamos ahí hasta ocupar su sitio) es morrocotudo. Para haberme echado la rodilla abajo, con sus castas.

7.

El francés está enrocado en su postura, y su argumento es difícilmente refutable. Esa línea de capex no es para sacarse dividendo, y si tirar de ella resulta en una mayor caja al segundo y tercer año, allá la compañía, pero no son admisibles las permitted distributions a esos niveles de apalancamiento. Y hasta ahí la discusión, que no da para más que un par de cafés y mi Acquarius. Las mesas del salón se han ocupado cuando salimos al vestíbulo, muy señorial con una lámpara de araña, un pequeño sofá clásico y el mostrador de recepción a un lado. Cruzamos la puerta giratoria, que también le aporta un aire distinguido al cinco estrellas. Un botones pulcramente uniformado nos da las buenas tardes, y acto seguido recibimos la bofetada de calor.

8.

A veces me pregunto cómo lo hago. Hay ratos, no pocos, en que me plantaría y mandaría todo al carajo. Me cuestiono qué sentido tiene seguir con esto y con aquello, cuando hay otras cosas a las que me encantaría dedicarme porque me llenarían, pero a las que irremediablemente no llego. En tales ocasiones me bajaría del carro, así de simple. Y sin embargo aquí sigo, showing up un día más. Mostrándome, sumando, en la esperanza (más que el convencimiento), de que el camino recorrido sirva de algo en un futuro.

9.

Demasiado chicoleo. Las terrazas están llenas de chavales estirados, en su gran mayoría de las oficinas adyacentes, y mucha niña pija y tonta. Los nuestros me parecen un buen grupo, y aun así me veo fuera de juego porque apenas los conozco. Me separa de ellos una generación, pero también una forma de ser por diferencias que diría de valores y cuasi geográficas, a pesar del tiempo que llevo aquí, y que explican que no termine de congeniar ni con los de mi edad. De la que río un par de anécdotas me bajo la cerveza, pincho unas cuantas patatas bravas y me tiro una en el pantalón del traje, cago en todo. Acto de presencia suficiente, de modo que cuando salen a la terraza aprovecho para quitarme de en medio y enfilar la plaza calle abajo.

10.

Es imprescindible que cambie la forma de pensar, porque claramente me estoy boicoteando. Bien está que no me calle, eso ya es un gran avance, pero no puedo seguir rumiando negatividad de esta manera. Hay que parar el coco, sustituir los pensamientos. Nunca encontraré el entorno ideal, pues siempre habrá personas que no me gusten, y sé que en todos sitios cuecen habas. Por celos, inseguridades, afán de protagonismo, falta de humildad o vete a saber qué, el caso es que, invariablemente, habrá por encima un fulano que prefiera tenerme en tierra y que no despegue. Cambia el chip, tío, me digo. Relájate y no sufras. Entonces suenan los acordes, siento un escalofrío, cierro el puño, sonrío y me vengo arriba.

11.

Suena el timbre, por un instante pienso que se ha dejado algo. Me resulta raro, porque hemos echado un vistazo y en la habitación no quedaba nada. Abro la puerta y encuentro su figura menudilla. Perdón, le tengo que dar el cambio, me dice. Había recibido el dinero sin fijarse, más pendiente de cargar con sus bártulos que de cobrar. No, está bien así, respondo con una media sonrisa. El tipo ha hecho un trabajo primoroso que le ha llevado más de lo que anunció, además ampliando el alcance con respecto a lo acordado. Estamos encantados con el resultado, de ahí el reconocimiento. Y él, con una honradez inusitada, todavía se ha tomado la molestia de subir pensando que me había equivocado.

12.

No quedan muchos bancos libres en el parque, y elijo uno con orientación noroeste al que el sol le pega de costado. Me enchufo los cascos, conecto la aplicación de radio y me recuesto sobre las tablas de madera recibiendo los rayos en la cara, completamente aislado del mundo alrededor. Media hora de partido y 0-0, lo cual es buen arranque. El equipo pelea y se defiende con orden, narra el locutor. Por más que me concoma el desencanto, la desilusión por otra temporada aciaga, en horas de la verdad como ésta no puedo evitar contagiarme. De nuevo se ha liberado el veneno que llevo dentro.

13.

El tipo que va delante se enciende un cigarro, y me desvío de su vertical para evitar comerme el humo. Salgo de la plaza y subo el primer tramo de escaleras. En el pasadizo dirijo la mirada al fondo en busca de la pasarela, pensando en que a través de ella podrá acercarse con él a visitarme. Asciendo los escalones alfombrados que dan a la calle. Arriba me llega el perfume de la tienda de decoración y enseres en tanto echo una ojeada al pibón del anuncio de la marca de bikinis. Acabo de ponerme el casco y cerrar el cajón cuando oigo su voz llamándome efusiva. Me vuelvo y ahí está. Alegre, preciosa, radiante.

14.

No me había percatado al entrar, ni al mirar en torno para elegir un lugar donde plantarme, ni una vez tomado asiento. Compruebo la pantalla para calibrar tiempo de espera, que por suerte no será mucho a juzgar por la serie de letras y números y las varias ventanillas de atención abiertas. No es hasta que oigo su inconfundible timbre de voz que me doy cuenta: está siendo atendido al fondo de la sala, su también característica figura, vestido de traje y corbata, inclinada sobre el mostrador. Por un momento dudo de si ir a saludarle, pero convengo en que es preferible no importunarle en sus gestiones. Me quedo un rato mirándolo, entre la admiración por la persona y la curiosidad por el personaje, preguntándome qué se traerá entre manos y qué lo trae por el barrio.

15.

Hago un alto en la lectura sobre terminales portuarias, cierro la puerta y me acerco a la ventana. El día está nublado, aunque a diferencia de lo que estipulaban algunos pronósticos todavía no ha llovido. Esta orientación me sitúa varias decenas de metros sobre la vertical de la puerta de entrada, donde es notorio el movimiento a esta hora en que mucho personal, sobre todo administrativo, finaliza su turno y pliega velas. De pronto, una chica aparece fulgurante y echa a correr cruzando la plaza. Segundos después aparece más allá de los bajos, y enseguida vuelve a desaparecer por el pasadizo. Debe estar bastante en forma para marcarse tal sprint, y encima con esas alzas. Estoy casi seguro de que es ella.

Email this to someoneTweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>