Momentos: 1 – 15 Junio 2015

1.

Los sillones negros de la planta baja, debajo del hall de entrada, se van llenando a medida que concurre gente nueva, también citados, intuyo, para la acogida del primer día. Miro al jardín de plantas exóticas al otro lado del cristal y sigo esperando relajado. De vez en cuando echo un vistazo fugaz a los chavales que tengo alrededor, y compruebo que todos sin excepción juguetean con sus móviles, la mirada gacha sobre las pantallas y tecleando a velocidad de vértigo. Pasa un cuarto de hora de lo acordado, pero me es indiferente. Espero, porque no hay más remedio, y me mantengo sereno y en mí, porque lo elijo.

2.

Empujo el pesado portón de la entrada lateral, y nada más salir recibo la bocanada de calor. El jardín está lleno de gente trajeada que aprovecha el hueco del mediodía para comer en los peldaños de hormigón que rodean la fuente. Cruzo la plaza y salgo al pasillo buscando algún lugar para cogerme algo, y me entra cierta morriña al descubrir que no sigue allí el sitio de zumos y ensaladas regentado por aquel australiano extravagante. De pronto tengo una extraña sensación. Esto ya lo he vivido antes, pienso. Han pasado más de siete años, pero el recuerdo se me aparece vivo. Yo ya he estado aquí, me dice mi cuerpo rescatando impresiones lejanas. Sólo que ahora la situación se me presenta desde otro punto de vista: no el del chaval que comparte primeras experiencias profesionales con otros recién titulados, sino el del recién llegado con bagaje, un extraño alejado de ese ambiente en la soledad de su despacho. El escenario es el mismo, la realidad otra distinta.

3.

Hasta aquí hemos llegado, sigo pensando desde hace algunas horas. Estoy metido de lleno en un cambio radical de vida que poco se parece a la de estos últimos meses más que en la meta por entonces perseguida, y sobre todo en un proceso de adaptación y reajuste a nuevas rutinas, horarios y ocupaciones. Tres días me han bastado para darme cuenta: la inmersión va a ser total, y la fase de integración ya se da por supuesta y completada. La tesitura es más gravosa de lo que esperaba, y a día de hoy esa conciliación que me vendieron tiene pinta de utopía. Atarse los machos y apechugar, no cabe otra. Tal panorama me hará imposible continuar la serie de Momentos si además, como he hecho esta mañana, quiero volver al deporte aun quitándole horas al sueño. Pues eso, que hasta aquí hemos llegado, acepto con resignación y un punto de tristeza. Fue bonito mientras duró: diez quincenas consecutivas, doscientos veintiséis Momentos.

4.

Espero en la planta baja, apoyado discretamente en un saliente de madera mirando hacia la calle, una de las zonas comerciales más concurridas de la ciudad. Observo pasmado que entran en la tienda no menos de cuarenta chicas por minuto, atraídas por una decoración cuidada, un coqueto surtido de bikinis, pijamas, camisones, lencería y demás ropa íntima, y un ambiente muy chic que incluye hasta un aroma propio y en el que los tíos somos rara avis. Un chaval muy pijo, de los de castellanos sin calcetines, vaquero claro de marca, polo de caballito y pelo repeinado hacia atrás, hasta la minga de acompañar de tiendas a su chavala (tan pija como él, por descontado), según delatan sus continuos bufidos y aspavientos, deja libre el único hueco para sentarse, bajo el saliente de un perchero. Lo ocupo y dejo la mirada perdida, retomando mis pensamientos. Qué carair, me digo; todo es cuestión de prioridades. Dejaré de lado lo demás. Renunciaré al resto de hábitos si hace falta. Pero voy a hacer de esto una obligación.

5.

Miro a través del ventanal, buscando el horizonte más allá de la azotea del edificio de oficinas contiguo. El cielo muda a turquesa, con alguna tímida nube que apenas pasa de humo estático. Primera semana rematada, pienso echándome atrás en la silla, las manos en la nuca y mirando al techo del despacho. Será más intenso de lo que pensaba, lo cual no es perspectiva muy halagüeña. Pero el ambiente es bueno, la gente también. Y sé que yo soy otro. Ahora sí, con la serenidad de haber dejado atrás un entorno gris y a ciertas personas oscuras (dicho con exquisita finura), estoy preparado para afrontar con ganas esta nueva etapa. Arriba.

6.

Zarandeo el “puf-pera” en varias sacudidas y lo extiendo delante del otro, el cilíndrico marroquí, que coloco de reposapiés. El mando a mano y un cojín en la cabeza ya lo bordan, despertándome una sensación de euforia contenida ante una perspectiva de relajadísima tarde por delante que hacía tiempo que no cataba. Única además si añadimos el previo de final de Champions. No he visto la película entera, pero conozco la escena: el bicharraco acercándose implacable al jeep, los dos niños dentro, los gritos de “¡apaga la linterna!”. Pasado el peligro me va entrando la modorrilla, y me entrego a la sobada de sobremesa sin contemplaciones.

7.

Abro el correo y confirmo las fechas. La primera, día 20, en el taller. La segunda, cinco días después, viene indicada en un cartel que anuncia la función de narradores en un céntrico café. Leo mi nombre en él, el primero de una lista en la que figuran algunos de los compañeros programados para contar. Genial por el sitio, por la compañía y por el propio desafío, si no estuviera tan en bragas. Dos opciones: pasar directamente y evitar complicaciones, o ir a por ello con carácter. La primera me libera de una tensión emocional segura las próximas dos semanas. La segunda me hará crecer. INSPIRATTIO no es camino fácil, pero merece la pena encararlo.

8.

Voy subiendo el ritmo poco a poco, pulsando el botón con la flecha hacia arriba, en intervalos irregulares desde los ocho kilómetros por hora de partida. Delante del escaparate, a través del cual me expongo a la mirada de curiosos, pasan cada cierto tiempo personas a cuentagotas, presumiblemente camino del trabajo (o más bien seguramente, ya que de lo contrario no estarían en la calle a esas horas). Voy sintiéndome mejor físicamente. Aunque lejos del nivel de antaño, al menos recupero sensaciones, las que imponen el esfuerzo, la decisión y la voluntad para ir cincelando de nuevo una rutina ganadora.

9.

Es la tercera vez que se lo escucho, pero no por ello deja de impresionarme. De hecho es ella, con esa misma historia, la primera a la que vi contar a mi llegada como nuevo miembro de las Compañías, hace unos meses. Desarrolla la trama con gran dinamismo, y da gusto verla en escena. Su voz, la modulación que le imprime para variar el ritmo, sus gestos, su expresividad, su temple… Todo en ella es admirable, y me encanta. Esta vez, además, acojo su contada con una sorpresa adicional: al llegar al final siento su mirada sobre mí cuando, al extender su brazo adelante, pronuncia lentamente la última frase: “¿puedo invitarte a cenar?” Y su sonrisa me traspasa.

10.

A veces es bueno regresar a los principios, entregarse sin reservas al manido “back to basics“. Volver a lo ya sabido, a lo que uno cree superado, para refrescar lo conocido y adoptar una mirada nueva sobre aspectos quizá olvidados, de tan lejanos. El ejercicio requiere, no obstante, una dosis importante de paciencia y de voluntad, y no poca humildad. De todas ellas voy bien dotado, creo. Por eso, cuando doy por finalizado el día y repaso lo avanzado, la sensación de satisfacción es grande y muy gratificante. “Actualiza lo que sabes sin prejuicios”, recuerdo que dictaba el paso 11. Ahí estamos.

11.

Todo listo para salir, a tiempo para llegar a esa sesión de las siete y cuarto que anoche decidí explorar. Dejé la bolsa preparada, así como el traje, la camisa y la corbata, todo muy a conciencia para no dedicar ni un minuto a pensar por la mañana. Para minimizar las decisiones y el esfuerzo: saltar de la cama, enfundarme camiseta, calzonas, medias y tenis, desayunar, ponerme las lentillas, lavarme los dientes y salir. En ese penúltimo paso estoy cuando me percato de que lo que oigo no es la ducha del vecino. Me acerco a la ventana del salón y me topo de bruces con la tormenta: cae demasiado como para pensar en coger la moto; ni siquiera llegaría ileso al garaje, barrunto. Así que, resignado, me desvisto y me vuelvo a la cama. “Cabra” forzosa, qué le vamos a hacer.

12.

El silencio en las gradas es total. Vestida con un atuendo dorado parecido al de las bailarinas de la danza del vientre, es la única artista en escena. Va cogiendo, con los pies, palos curvados de madera que incorpora en equilibrio a la estructura que sostiene en una mano y que cada vez se hace más y más voluminosa, como un esqueleto de ballena, a medida que disminuyen los esparcidos por el suelo. Suena de fondo una música relajante, y es tal la atmósfera de tensión que se escucha su propia respiración concentrada. Es el número menos dinámico, porque transcurre en una quietud y una pausa sobrecogedoras, y aun así (o igual por eso mismo) el que más impactante me resulta.

13.

Me recuesto atrás en el banco, con los codos apoyados en el respaldo, y echo la vista arriba, a las almenas de la muralla que tengo delante. Sigo bastante empuntado, disfrutando aún del homenaje que nos acabamos de pegar. Pulpo con revolconas, un solomillaco al foie y medio entrecot, ambos con denominación de origen, y helado de queso; todo ello regado con media botella de rioja y rematado con una copita de solera (jamás la tomo a los postres, pero hoy me he venido arriba), y un chupito de licor de hierbas. Muy gozado, oiga, revivo encantado observando a los turistas que descienden las escaleras desde la parte alta de la puerta del alcázar. Giro la cabeza y la veo a media distancia, mirándome sonriente.

14.

El santuario se encuentra en un promontorio que muchos devotos ascienden a pie, cubriendo una distancia de varios kilómetros desde la ciudad. El sitio tiene su encanto, con muchísimas mesas y asientos de piedra en el amplio jardín, a modo de merendero. Entramos en la capilla para hacerle la encomendada visita a la virgen, y la encontramos llena por la celebración de la misa. Es curioso el ambiente, con bancadas repletas de personas de mediana edad en chándal y zapatillas de deporte. Terminada la eucaristía inician la etapa de vuelta. Así echarán la mañana cada domingo, comentamos, compaginando ejercicio y espiritualidad.

15.

No hay caso. Es raro, tanto como inequívoco signo de que estoy en modo “marejada mental”. Tumbado boca arriba, brazos cruzados y piernas extendidas, la postura es de manual, pero no consigo trasponerme. Demasiada inquietud, excesivo ruido. Interior, quiero decir. Se trata de un estado de tensa calma, de intranquilidad o apresuramiento, que yo mismo me he creado. La sensación me es familiar, pero sé que ahora es distinta. Más sana, menos juzgadora. Un estrés positivo, quiero pensar. Aunque a veces me pregunto si no me someteré yo mismo a una presión un tanto extrema.

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