Momentos: 1 – 15 julio 2016

1.

El comedor está lleno hasta la última mesa, lo cual amplía la resonancia y hace que tenga que hablar casi a gritos. Muy buena la crema de puerros, fresquita, y estupendo el trago de cerveza para entrar en el fin de semana. La pasta está espectacular, genuina Italia: medallones rellenos de bacalao al limón y con un toque de tomillo, y maccheroni a la melanzane. Ella, que casi no puede sentarse (la barriga le choca con el borde de la mesa) está preciosa. Qué más puedo pedir. Qué importa, entonces, que no me haya dado la enhorabuena. No es la primera vez que me decepciona como líder, pero ¿voy a dejarme influir por lo que otros hagan o dejen de hacer?

2.

Caminamos avenida abajo a su paso, medio punto más despacio que el habitual. Las mesas dispuestas en la acera están petadas una a continuación de otra, la gente echándose a la calle en el único momento en que se puede estar razonablemente bien ahí fuera. Al pasar por uno de los bares me agacho ligeramente para echar un vistazo a la pantalla; empate a uno inesperado, la eliminatoria se irá a la prórroga. Unos metros más allá la calle se oscurece al discurrir por el recinto deportivo, frente al escaparate de la tienda de decoración vintage. Del móvil en modo altavoz de un fulano sentado en un banco llega una voz de mujer. La noche sería agradable junto al mar, pero aquí roza lo sofocante. No sopla una gota de aire.

3.

El teléfono suena puntual, estoy esperando su llamada. Al otro lado de la línea percibo una sonrisa permanente, amable, que saluda con acento latino y agradece que la atienda un día como hoy y a estas horas. Después de la conversación días atrás y la cita a una entrevista personal con su jefa, no hay motivos para muchos prolegómenos, así que va directamente al grano y me revela el nombre de su cliente. No era el fondo que había imaginado, pero no me sorprende. Tiene sentido, claro. Y me encajaría, respondo, con una pequeña salvedad que tendría que despejar llegado el caso. No es éste, sin embargo, el momento de cerrar la puerta.

4.

Me ha llamado la atención ver el logo en el directorio de la entrada, y ya es casualidad que esa fundación para el emprendimiento por la que me ha tocado pringar alguna vez esté puerta con puerta. Me sitúo frente a ella y llamo al timbre. Dejo pasar unos instantes, medio minuto quizá, y vuelvo a pulsarlo, asegurándome de que el sonido que surge dentro es bien audible. Con el tercer intento confirmo que ahí no hay nadie. Me retiro del felpudo, dejo el portafolio en un saliente de la escalera junto al ascensor y doy unos pasos por el descansillo antes de hacer la llamada. Miro el reloj. Faltan tres minutos para las ocho.

5.

La primera referencia es de cajón, pues hoy ha anunciado su fichaje por el equipo que presumiblemente será el último de su longeva carrera, y el destino ha querido que su respuesta en este pequeño auditorio sea una primicia. Impresionan sus dos metros largos de estatura, y esa manaza con la que parece que va a reventar el vaso a poco que lo apriete demasiado. Pero más aún su sencillez, su cercanía, su humildad, la sensatez con la que habla acerca de  esfuerzo y de talento, de ser constante, de la ilusión por seguir jugando como el primer día. Dicen de él quienes le conocen que, además de ser un ganador en la pista, es un tío cultivado fuera de ella. Hay un hombre detrás, o además, del deportista, cuenta su agente en un vídeo; una persona con inquietudes y aficiones atípicas en un fenómeno con su éxito y su popularidad. Qué grande, pienso, ahí lo tienes. Eso viene a confirmar mi convencimiento: “tiene que haber algo más”.

6.

Aquí terminó todo dos años y un mes atrás. Y ese cierre fue a su vez el origen de éste. Recuerdo que ya entonces me intrigaron el inmenso cuadro (el rostro de una mujer tapado, a excepción de los ojos, por una especie de burka de cuero y con unas cadenas al cuello) y las paredes de las salas forradas de un plástico negro con efecto acolchado, todo muy “sado”. Mismo lugar, diferentes protagonistas. Salvo yo, que asumía un papel más secundario que el liderazgo que he desempeñado ahora, y el señor notario, cuyo tono más tostado de lo propio a estas alturas le delata como auténtico vividor. Curiosos los giros de la vida.

7.

Con la racha tan aciaga que encadeno (el cambio de estación, los días más largos, el bofetón de calor, llámalo “equi”), hacía tiempo que no se me veía por aquí. Las seis y media de la tarde es una hora totalmente atípica, incluso inusitada un día entre semana. Así que entre eso y el periodo de inactividad, aunque el lugar me sea totalmente familiar me siento tan fuera de sitio como un pingüino en un estanque. Estoy en el descanso entre ejercicio y ejercicio de la segunda serie cuando me paro a escuchar la música que llevo en los cascos, contemplando los nubarrones de fuera. Un par de pensamientos me surcan la cabeza, y con ellos me viene un chispazo y el consiguiente escalofrío: me vengo arriba, imbuido de un misterioso halo de poder. Vuelvo en mí, y es entonces que en las elípticas me parece ver un espejismo.

8.

Bua, casi no puedo moverme. Las punzadas de las agujetas, que emergen de repente, y el atracón de pizza, que estaba espectacular (qué gran sitio, de esos de batalla que tanto me gustan cuando la comida y la atención están muy por encima de vacuas pretensiones), me exigen más de lo que estaría dispuesto a asumir cómodamente. Claro que los dos lingotazos de limoncello (con el segundo puedo haberme excedido, teniendo ella vetado el alcohol) tampoco ayudan. Para colmo no corre un ápice de brisa. Ampliamos el paseo, pues al menos de noche no pega el sol, para dar de vuelta con la bulliciosa calle, los bares como siempre hasta las trancas. Noto gotas de sudor asomando por mi frente, y las piernas encorsetadas. Se avecina noche toledana.

9.

Está guay esto, dice sonriente. Madrugar y salir del tirón a dar un paseo aprovechando el fresquito mañanero, vamos a hacerlo más. Yo encantado, respondo mientras contemplo la vida del barrio alrededor. Acaban de abrir las tiendas y ya se va notando movimiento por las calles. Pasan bastantes bicicletas, advierto. Los edificios de enfrente protegen esta acera del brillante sol que asciende sin pausa y golpea inmisericorde, quedando la mesita a buen recaudo. Llega la chica con el desayuno (sándwich de pavo y quedo cheddar para mí, barrita con tomate para ella), y entonces concluyo que sí, que hay que hacerlo más. Que de vez en cuando es bueno salir de la rutina y adoptar otro punto de vista, situarse en otro plano, mirar las cosas con otros ojos; en este caso, los del turista que pasa un fin de semana en la ciudad.

10.

Curiosa la insistencia de ciertos grandes almacenes en modificar la configuración de sus espacios. Será que quieren marear al personal y a los clientes, o es que no dan con la tecla para optimizar el layout de la planta, si es que tal distribución existe. Paso el rato echando un vistazo a la ropa deportiva, y me distraigo recorriendo el extenso expositor de zapatillas de running, a cual más psicodélica y cantosa. En el pasillo de los balones meto la mano en un canasto enorme de cueros sencillos a cuatro euros, deseoso de pronto de llevarme uno. Doy unos toques, pie izquierdo, pie derecho, rodilla, y experimento una agradable sensación. No sé cuántos años han pasado desde la última que tuve un esférico en los pies, pero no he perdido la clase, compruebo complacido, haciendo bueno el dicho de que el que tuvo retuvo.

11.

Me pongo los auriculares y me conecto a la emisora vía app, desviando la atención del informe para escuchar atentamente las historias. Ella acaba de bajar, y decido hacer un parón para acercarme a la ventana y otear la plaza por si acaso. Me pregunto si sería capaz de escribir relatos como esos, tan potentes e intrigantes. Quién sabe si algún día, en un futuro lejano, cuando pueda disponer del tiempo a mi antojo, me refugiaré en esa forma de creatividad, como otros en la fotografía o la pintura, por ejemplo. Hoy prefiero contarlas que escribirlas. Me visualizo narrando varios de esos hiperbreves, y la imagen me convence de que no puedo dejarlo aquí.

12.

Las doce de la noche, sin tiempo para mí. Una breve meditación y la llamada de veinte minutos después de un largo día es todo lo que he sacado hoy de asueto, bagaje claramente insuficiente para desconectar y cultivar nada. Ni siquiera para echar un vistazo a la portada y responder, ni para preparar la entrevista de mañana. Bajar la caja de cartones, hacer la cena, sacar camisas, colocar lo que queda de compra… A poco que se acumulen varias tareas voy jodido. Y encima estoy tan reventado que no me tengo en pie. Pues hazte a la idea, me dice, porque esto es lo que nos espera a partir de ahora.

13.

No es una entrevista al uso sino más bien una conversación de café, aunque él ha pedido un té y yo un vaso de limonada, como los que he visto pasar en las bandejas mientras lo esperaba. Hablamos más o menos por igual, intercambiándonos preguntas y respuestas acerca de qué hago yo, qué perfil están buscando, el tipo de operaciones a las que van y las que están cerrando estos días, la estructura del equipo, los retornos que están sacando… Es un bigardo considerable, con una mano de esas que podrían tumbarte de un guantazo. Y también parece un buen tipo, bonachón y cercano, desde luego nada estirado (que, con la combinación de pijo y engreído, suele ser norma en el mundillo). En un punto menciona, para ser honestos, que le surgen dudas acerca de si un tío con mi trayectoria, de alguna forma paralela sin llegar a la tangencia, podría adaptarse a lo que hacen. Si fuera posible el reciclaje, desde luego es ahora o nunca.

14.

Voy escuchándola desahogarse al teléfono, satisfecho de servirle de descargo a tanta frustración, cuando subo la escalera y me topo de bruces con el contenedor chamuscado. Sin desviar la atención de ella ni de lo que me cuenta, inmediatamente me salta el click: he aquí el objeto de la humareda causante del revuelo en la planta esta tarde, del que he pasado por completo. Es curioso que no pierda los estribos, pues con gran serenidad observo los restos carbonizados y miro en torno buscando la confirmación de que ahí está. Efectivamente, la veo un poco más allá, envuelta en cenizas y con la cinta del acordonamiento de la zona atada al reposamanos trasero. Ya tiene guasa haber dejado la moto aparcada justo al lado, con sus castas.

15.

Sólo su habitación es bastante más grande que nuestro salón, comedor, habitación y dos baños juntos. Echo una ojeada de nuevo a los tres espacios: entrada-recibidor más despacho, con una especie de futón para tumbarse en el ventanal que da al jardín y a la piscina; dormitorio, presidido por una amplia cama doble sobre la que cuelga una lámina de un lago paradisiaco y a cuyos pies hay un televisor; y vestidor, que en realidad es otra estancia enorme en sí misma, con cuarto de baño incorporado. Me cambio en este último, preguntándome por un momento qué pintaba yo aquí, con chavales a los que saco doce o trece años y que por familia y clase social llevan un tren de vida tan distinto. Pero hay veces que hay que estar, dejarse ver, hacer el esfuerzo por relacionarse. Y bueno, entre tanto chavaleo (ahí los dejo bajándose copas una detrás de otra) he echado un buen rato, después de todo.

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