Momentos: 1 – 15 Julio 2015

1.

El musicón lleva sonando un par de horas, y por los decibelios que llegan a las alturas de la torre no hay duda de que debe de tratarse de un auténtico desfase. Desde aquí no localizo de dónde procede, ni imagino a cuento de qué viene. A estas horas, por otra parte, el ventanal sólo me devuelve mi propia imagen reflejada en el cristal; así que intento aislarme de la resonancia y vuelvo a inclinar la cabeza sobre el documento. Se avecinan días largos, asumo con una mezcla de resignación y ánimo. Habrá que renunciar a hábitos y metas, pero mientras haya ganas de seguir creciendo y expandirme, todo se andará.

2.

Doce horas, y sumando, metido en la misma sala. Me siento como un saco de boxeo que se mantiene en vertical sólo por el enganche que lo encadena al techo. Distinto habría sido venir mentalizado, pero la reunión matutina a la que me convocaron anoche ha derivado en varias sesiones posteriores, interminables, con una legión de abogados y asesores y la contraparte. Aun así me esfuerzo por seguir el hilo, contribuyendo con alguna aportación cuando se tercia. Giro la cabeza atrás. La tapia blanca a la que da el ventanal, que esta mañana, con el reflejo del sol, era una pantalla deslumbrante, ha ido perdiendo resplandor con el paso de las horas hasta quedar reducida a sombras. He perdido la noción del tiempo. De mis manos me llega un ligero aroma que identifico con el gel de té verde con el que me he duchado a primera hora. Sorprendente lo que dura, pienso.

3.

La vista impresiona. La sala ocupa la esquina suroeste, con un amplio campo de doscientos setenta grados si uno se pega al cristal y mira más allá. Me sitúo junto al ventanal que hace de vértice, desde donde se divisan perfectamente los grandes edificios de oficinas colindantes y, justo enfrente, a poca distancia, el del apartamento con la piscina en la azotea. Tanto que podrán distinguirse claramente las personas que suban a pegarse un baño, y hasta el top-less de la señora con la que me topaba allí diariamente aquel verano de hace tantos años. La chica sigue disparando y pidiendo sonrisas que yo no sé forzar. Ahora un cruce de brazos, ahora no tan serio, tres dos uno y… sonríe. Clic, clic, clic. Esto no da para más, comento guasón. Alguna servirá, esperemos.

4.

La claridad del día penetra entre los entresijos de la persiana, llenando de luz y de calor la habitación. La encuentro tumbada boca abajo con las piernas estiradas, completamente destapada y con la cara girada hacia mi lado vacío de la cama. Me tiendo con cuidado junto a ella, rozando con la nariz su mejilla, y al contacto reacciona con un leve gemido y una expiración profunda. Sonrío con sigilo y me quedo así un rato, observándola serena, preciosa. Qué más da la hora. Está tan planchada que no quiero despertarla. Sin dejar de mirarla, maravillado, me incorporo lentamente y vuelvo sobre mis pasos.

5.

Respiro profundo, con los ojos entrecerrados, intentando tomar conciencia del aire que entra en mis pulmones y expulso lentamente por la nariz. Me relajo así un instante, en la semioscuridad, escuchando el ruido de la campana de extracción sobre la sartén a fuego bajo. De pronto una, dos gotas de sudor surgen en la raíz del pelo y descienden por mi frente. Tres, cuatro. Noto cómo las primeras salvan las cejas y caen decididas sobre el párpado, quedando retenidas en las pestañas. Otras me recorren la sien y llegan sin dificultad a las mejillas, mientras las anteriores saltan del ojo a la nariz y se posan sobre el labio. Siento la tentación de apartarlas y secarlas, pero decido mantener la quietud de la postura y simplemente las dejo estar ahí. Sigo respirando.

6.

Empujo el portón y salgo. Creo que no he cruzado el umbral cuando me viene el golpe de calima, tan extremo que por un momento no sé si voy o vengo. Es un ardor sin sentido, un aire de caldera en combustión que me impacta como si recibiera una bofetada con la mano bien abierta. El reloj marca las diez en punto, y de pronto me sorprende tanta claridad. Me detengo a los pies de la escalera y miro arriba, al extremo del prisma rectangular de nosecuántos metros, echando atrás la cabeza hasta situarla paralela al suelo. Un fondo celeste, más propio del mediodía que de esas horas de la noche (en serio, ¿qué ocurre aquí?, me pregunto), enmarca las líneas rectas de la fachada en una imagen singular.

7.

Hoy se cumplen veinte años, advierto de repente. Fue un siete de julio del año noventa y cinco. Rememoro las imágenes, y me vienen a la cabeza las de mi álbum de adolescente: varias instantáneas de un chaval golpeando un balón, que mantiene en el aire desde hace una hora; y detrás, festejando la hazaña, otros niños y pibes que posan alborotados y sonrientes, queriendo sumarse a una épica que sienten también como propia. Veinte años, qué locura. Es todo cuanto pienso antes de apartar las ensoñaciones, borrar el mensaje escrito a medias, dejar el móvil a un lado y volver a las tareas del presente.

8.

La conversación cambia a español, y entonces una voz de acento eslavo irrumpe sin complejos por encima del hablante, en ese momento un argentino de cierta edad que arrastra las palabras y platica como fatigado. Miro a mi izquierda medio aturdido, y compruebo que la señora, sin recatarse lo más mínimo y pisando al gaucho, lanza una verborrea ininteligible mirando al frente, impasible, en lugar de al lituano para quien traduce, un tipo joven de pelo rubio ondulado y barba desaliñada al que bien podrían haber sacado de entre los muchos huéspedes que cruzan el hall del hotel en bañador y chanclas, poniéndole traje, camisa y corbata para la ocasión. La situación no deja de tener su puntito de esperpento, pienso con sorna. Quizá mejor así, con la tirada que queda por delante.

9.

Casco el huevo, lo vierto boca abajo en el hueco hendido en la harina a tal efecto y remuevo la mezcla con movimientos constantes de falanges, metiendo bien los dedos. Enseguida la masa pastosa se adhiere a pulgares, índices, corazones, anulares y meñiques, sin perdonar ni un solo resquicio. Una guarrada en toda regla, no apta para modosos. Después de mucho meneo aquello va adquiriendo un aspecto de bola más maleable. Sigo amasando y, sin soltarla, me acerco a escuchar las indicaciones del cocinero, que junto a los fogones explica los pormenores de la preparación de la sala boloñesa. Apartada en una enorme perola hay una ingente cantidad de producto elaborado, que nos da a probar. Meto el tenedor, me lo llevo a la boca y exploto de gusto. Qué espectáculo, chiquillo.

10.

Paso de nuevo la rebanada por la tostadora, y segundos después ésta aparece al otro lado ya con tono oscuro. La riego de aceite y tomate y voy a sentarme a una mesa cerca del buffet, junto a un ventanal que da al jardín, en la que he dispuesto zumo de naranja y taza con vaso de leche fría. He dormido poco, apenas tres horas, y aun así aguanto el tipo. Las varias copas de anoche, después del vino de la cena, no me pasan factura, advierto sorprendido (aunque había poso suficiente para diluir bien el alcohol). Tomo algo de fruta y me bebo un par de vasos de agua antes de volver a la habitación a recoger los bártulos y hacer el check-out. Tengo tiempo todavía de trasponerme un rato, pienso complacido cuando miro el reloj.

11.

Media hora clavada. La sensación es poderosa, porque proviene de una especie de control no dirigido, espontáneo, casi involuntario. El cuerpo sale del modo stand-by de repente, sin detonante alguno que lo active. Hoy es de esos días echados en casa para recuperar terreno, completando gestiones pendientes y poniéndome al día en ciertos asuntos de trabajo. Así que, al percibir la señal de mi subconsciente y girarme con lentitud a mirar el reloj de la mesilla, el subidón es máximo cuando veo que señala las cinco y media en punto.

12.

Me pregunto si la práctica de los hábitos diarios no estará derivando en una presión excesiva y hasta cierto punto de sentido cuestionable. A veces podría relajarme más y simplemente desistir, dejarlo estar, en lugar de empeñarme en sumar puntos para rebasar la marca predefinida. Entonces me recuerdo a mí mismo cómo surgió y de qué se trata. Las cuatro dimensiones. Evitar el desaprovechamiento. Ese es el quid de la cuestión. Una hoja de ruta para hacer que cada día cuente e ir añadiendo granitos de arena a esos ámbitos que realmente me importa cultivar. Y no hay hoja de ruta fácil, me digo; pero bien diseñada conduce al crecimiento.

13.

Es un mostrenco de mucho cuidado, corroboro esta segunda vez, cuando me aprieta la mano con su manopla de dedos gruesos. Su voz grave, como de doblador pasado de tuerca, encaja con su aspecto tosco, corpulento, casi basto. Toquetea el teléfono (se diría que lo golpea) sin demasiado sentido, pues el báltico ya escucha al otro lado, y todos le oímos alto y claro. Observo su cabeza de grandes proporciones, roja de la frente a la barbilla, sus brazos, su enorme panza. Parece fuera de sitio, incómodo, sin saber cómo contribuir a la conversación; de hecho no lo hace, y se limita a asentir y a repetir las propuestas e ideas que oye. Un búfalo perdido, lejos de la manada, pienso. Un administrador venido a más.

14.

De nuevo el recuerdo de los veinte. Tal noche como hoy, pienso con un toque de congoja, fue la última que compartimos juntos en aquel rincón idílico de nuestra infancia y adolescencia. Aquel lugar lejano, para mí lo era, donde crecimos y forjamos un vínculo eterno conviviendo apenas quince días al año, uno tras otro, por entonces los mejores de nuestras vidas. Esta noche hace veinte años de la última, les recuerdo en el chat cuando nos emplazamos a un próximo reencuentro en unos meses. Nos hicimos mayores, pero aquí seguimos, manteniendo una amistad que ha resistido el paso del tiempo. Los tres magníficos, qué grandes fuimos. Va por vosotros, chavales.

15.

No escucho los pitidos de la señal horaria, lo cual me extraña, sino directamente la sintonía del programa deportivo nocturno cuya melodía siempre me saca como poco un contoneo de videoclip. La ensalada de arroz está en el límite entre comible y revenida, pero es lo único que había preparado en la nevera, y a estas horas no me apetece hacerme nada más. La casa no es la misma sin ella, pienso echándola en falta. Pero así fue siempre en otra vida, y llevo bien la soledad.

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