Momentos: 1 – 15 Febrero 2016

1.

No me he parado a pensarlo, pero es posible que haya ganado soltura al teclado. Sopeso la cuestión al poner punto final al texto, con el que completo una nueva quincena. Releo los fragmentos, retoco un par de cosas y copio el contenido en el editor, donde aplico el formato correspondiente antes de pinchar el botón de publicar. Es la primera entrega después de la fantástica conquista, la vigesimoquinta ininterrumpida. Ignoro hasta qué punto he mejorado, asumiendo que lo haya hecho. Lo que es indiscutible es que ahí sigo. Y al menos ya no se me hace un mundo enfrentarme a la hoja en blanco.

2.

La melodía de un saxo se entremezcla con el ruido de motores que llega desde la calle. Nunca hasta ahora la había oído. Reclinado en el asiento, aparto la hoja amarilla del suelo, una merma más del tronco de Brasil, para no despistarme en la lectura al alcanzarla con la vista periférica. El espacio es un oasis de calma. Minutos de serenidad, sumergido en los relatos de Galeano y gratamente sorprendido por lo novedoso de la música.

3.

Por si cabía alguna duda, me lo topo de bruces al salir a reponer agua. Así que, entendiendo la casualidad como señal, lleno la botella y sin más dilación regreso para dirigirme directamente a su despacho. Si algo saqué en claro de tantos años subyugado por una convivencia frustrante y tragando lo indecible, fue el convencimiento de no callar y respetarse. Esta vez, además, alentado por el quinto hábito de Covey: procure primero comprender, después ser comprendido. Con esa necesidad de entender y de aclarar posibles malentendidos lo encaro de frente en su escritorio, preguntándole si tiene un minuto mientras cierro la puerta a mi espalda.

4.

La emisión de deuda intragrupo para repagar la sindicada; la cancelación de los préstamos participativos, parcialmente convertidos en fondos propios; la revisión del cash-flow mañana a primera hora; la maleta pendiente y qué meter en ella; si llevarme la bolsa de cuero o simplemente la mochila. En todo ello, y en alguna cosa más, debo ir pensando mientras piloto en automático, pues tardo un buen rato en darme cuenta. Tanto que a punto estoy de no advertirlo. La visión me llega como un chispazo, devolviéndome al a la noche fría con una convicción hipnótica. Tan sólo un momento antes de trazar el giro miro casualmente a la placa del taxi que tengo delante, y los cuatro dígitos se me aparecen como una revelación.

5.

La mañana ha sido intensa, sin tregua entre hoja de cálculo, reunión preparatoria y llamada de seguimiento del proyecto. He conseguido sacar lo que quería a costa de un punto excesivo de tensión que intento rebajar ahora, recopilando los dos o tres elementos imprescindibles a incorporar a la mochila: bolsa de aseo liviana, una muda, una camisa y un jersey, la agenda, un libro de relatos breves, el cuento y la conversación impresas, el ordenador. Comprobado que van también los billetes, creo estar preparado con diez minutos de margen sobre la hora prudencial, pero antes de salir decido parar un momento para recomponerme. Sigo dándole vueltas al asunto cuando me siento con la espalda recta, apoyando las manos en los cuádriceps con las palmas boca arriba, y empiezo a respirar profundamente.

6.

El sonido de la televisión me llega amortiguado, entremezclándose de fondo con el rumor de las olas rompiendo en la playa, que he recorrido trotando descalzo esta mañana. Noto un dolor intenso en la parte exterior del pie izquierdo, provocado por esa carrera. Frente a mí, la agresiva luz naranja de la farola se inmiscuye en la oscuridad y penetra a través de los estores. A un lado la gata duerme sobre el sillón, ronroneando de vez en cuando. Me quedo un rato ahí, saboreando esa quietud. Miro hacia adentro y sonrío, agradeciendo el pedazo de día y los buenos ratitos echados.

7.

Cantan con mucho desparpajo y muy poca vergüenza. Ataviados con chaqueta azul, corbata de nudo exageradamente ancho y pañuelo de lunares asomando por la solapa, llevan peluca gris canosa y los clásicos coloretes. Entre copla y copla se rocían con colonia Varón Dandy, que pulverizan entre los espectadores más cercanos. Sus cuplés tienen un punto gamberro y satirón, y nos hacen echar buenas risas. Con todo, lo que más me llama la atención son los dos niños que, vestidos al tipo, mascan letras y parodian como un integrante más de la agrupación. El pequeño levanta un metro escaso, pero ya apunta maneras. La cantera, pienso complacido. Qué tradición tan sana, la guasa chirigotera, para transmitir de padre a hijo.

8.

Descartada la rotura, diagnosticada una fascitis plantar y recetados anti inflamatorio y mitigante de dolor con muy poca amabilidad y menos empatía, la chica se afana en redactar la receta en la pantalla golpeando el teclado sólo con los dos índices. Acabo de explicarle la casuística del nombre, para variar, cuando de pronto, sin mediar toque de nudillos, se abre la puerta y la veo aparecer tan tranquila, como si estuviera pasando al salón de su casa. Con mucho temple le pido que salga (“la doctora me está atendiendo”, digo, y llamar doctora a una tipa que se dirige a mí como “padre” me suena incongruente nada más pronunciar la frase), pero ella se encoge de hombros preguntándose qué pasa, como si colarse por la cara en la consulta de una clínica, asaltando al personal, le resultara de lo más cotidiano. “¿Puedes salir?”, insisto desconcertado tratando de rehuir el diálogo e ignorando sus preguntas. La enfermera que observa en silencio lo debe estar flipando, y cuando sale de su asombro le pide que espere fuera. Acabamos de protagoniza en vivo una escena de Almodóvar.

9.

Los días largos y desestructurados son proclives a dejar un poso de confusión incómoda. A veces, como hoy, ese desconcierto adopta la forma de interrogante. No importa cómo de turbulenta sea la sensación, uno siempre puede asomarse a la serenidad que ofrece la mirada hacia adentro. Aparto del asiento algunas prendas sin doblar y encajo la puerta quedando casi a oscuras. Sustituyo entonces el embrollo mental por la respiración profunda, y exhalo sintiendo cómo la vibración de las cuerdas vocales se extiende por la caja torácica. El ánimo no se repone de inmediato, pero la perturbación queda bastante difuminada.

10.

El trayecto es más corto de lo que pensaba, y cuando bajo del taxi me sobra todavía un cuarto de hora. Un cartel pregonando desayunos (tostada, bollería o pulguita más zumo natural por dos treinta) me hace pensármelo un momento, pero decido ignorar al estómago, al borde del rugido. Hace un pestazo de mucho cuidado, más a estercolero que a abono, así que entro en el edificio buscando acomodo en los sofás del recibidor. Me acoplo en el respaldo mullido y cambio las gafas de lejos por las de cerca, que a punto estoy de arrojar al suelo al depositarlas en la engañosa curva de la mesa transparente. Tiro un par de mensajes para hacer tiempo. Me desabrocho el abrigo, echo el móvil al bolsillo y espero.

11.

Giro contramano un par de metros para meter la moto de morro en la zona reservada, justo enfrente de la clínica. Apago el contacto, me bajo cuidando evitar los charcos, apoyo la pata de cabra y tiro del manillar hacia atrás con fuerza. No me he quitado el casco cuando lo veo aparecer. Desde el anonimato que me concede ser uno de sus muchos pacientes (en realidad ni siquiera, soy el acompañante de una de ellas), lo observo pasar por delante con un gesto peculiar, como ido o absorto en su mundo. Camina dando un rodeo innecesario, cruza la calle más abajo y vuelve a subir, deteniéndose en la puerta para encenderse un cigarro. Lo veo mirar al cielo con una sonrisa extraña, y por un instante me parece que me saluda en la distancia, pues murmura algo entre dientes. Le pega una calada al piti y tira para adentro. Decido callarme la escena y hacer como si no hubiera ocurrido, pues más que con el doctor diría haberme topado con un zumbado.

12.

Lo he vuelto a hacer, me digo en una bifurcación de la consciencia cuando enfilo el último párrafo, en el que Alecha lleva a su hermanita a un rincón y le cuenta, tembloroso de cólera, cómo lo han traicionado. He conseguido traer hasta aquí conversación y cuento con gran solvencia e intensidad, o eso percibo en las expresiones de los rostros atentos, en las miradas fijas en mí. Me recreo interiormente en el momento a medida que pronuncio las palabras finales. Bajo los brazos al neutro, hago una breve pausa antes de la postrera frase, que resuelvo vocalizando lentamente, y me congelo extendiendo la palma derecha y mirando fijamente al frente. Sí, lo he vuelto a hacer. La sensación es indescriptible.

13.

Abro el ojo y miro el reloj. Por la hora ya podría estar levantado, aprovechando la quietud de los primeros instantes del día para leer o escribir, como hago habitualmente. Estoy a punto de incorporarme cuando decido concederme una tregua. Advierto que aún no estoy tan despejado, que mi cuerpo agradecería un rato más bajo las sábanas. Así que por una vez descarto el sentido de urgencia. No se puede avanzar desde la rigidez, reflexiono. Disciplina, sí, pero conjugada con flexibilidad. Lo cual no implica ser condescendiente, sino aceptar que las cosas a veces siguen un tempo distinto del que a uno le gustaría. Me giro sobre el perfil derecho, buscando su cuerpo. La rodeo con mis brazos, me acomodo junto a ella sobre la misma almohada y dejo reposar mi mano en su vientre.

14.

Seguramente habría finiquitado el epílogo en estas dos horas, y quién sabe si también la maquetación definitiva, márgenes incluidos. Pero la entrega sincera, dedicar de corazón tu tiempo a apoyar y proporcionar valor a otro, es una de las más altas formas de solidaridad. Me sorprende, además, el interés que le está poniendo en resolver el trabajo, haciéndose responsable de algo que muchos otros solventarían mirando para otro lado. Con la ansiedad y la tensión que acumula en las últimas semanas, ocuparse de esto un domingo dice tanto de ella que me hace sentir orgulloso. Así se lo hago saber: estoy orgulloso de ti, le digo. Encantado de ayudarla, tiro para la cocina a preparar la pasta y la ensalada. En cuanto a mis historias, tarde tengo por delante para darles un empujón.

15.

La iglesia está a rebosar. Nos hacemos hueco a un lado de la nave lateral, desde donde observamos la parte del altar visible entre las columnas. Muevo los dedos dentro de los zapatos, intentando desentumecer los pies helados. En uno de los discursos del cura divago brevemente y recuerdo la introducción del segundo hábito: imaginar el propio funeral. Dejo pasar la reflexión y vuelvo al presente para escuchar con atención las emotivas palabras que le dedica una de sus hijas. Debió ser una mujer maravillosa, pienso. Hay personas cuyo paso por la vida contribuye a mejorarla. Y a juzgar por cómo la recuerdan, fue sin duda una ellas.

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