Momentos: 1 – 15 febrero 2015

1.

Tumbado en el sofá miro alrededor, recorriendo el espacio lentamente. Observo pausadamente rincones, mobiliario y objetos, muchos de ellos recuerdos de viajes (la lámina de Patagonia sobre la televisión, la cabeza de Buda tallada en madera por un artesano vietnamita, el puf redondo marroquí, las dos figuritas japonesas, el cuadro de Moulin Rouge). Todo ello en penumbra, iluminado a ráfagas por la llama crepitante de una única vela. Me giro y la miro a los ojos, perdiéndome en ellos, recreándome en su sonrisa. Siento su piel en contacto con la mía. La abrazo. La beso.

2.

El “probador” es una pequeña antesala de metro y medio por metro escaso, delimitada por dos puertas correderas. La enfermera me da las indicaciones (de nuevo desnudarme de cintura para arriba, al igual que momentos antes, cuando otra sanitaria me ha llenado el torso y los tobillos de parches conectados a cables) y desaparece para avisarme en un minuto. Paso a una estancia presidida por una máquina baja a modo de camilla y repleta de artilugios de corte futurista, donde me coloco de cara a la pared, con el pecho pegado a una especie de báscula que en realidad es la pantalla de rayos-x. Un par de fotos al tiempo de dos inspiraciones profundas, una de frente y otra lateral, y ahí finaliza el trámite. Cuando vuelvo a la salita me aísla en ella y me habla desde detrás de la puerta, como en un confesionario, para decirme que los resultados estarán en unos días.

3.

El local es casi anacrónico, rayando en lo casposo. Castizo, podría decirse, para honrarlo mínimamente. Está vacío cuando entro, salvo por un hombre que departe con los dos camareros (cincuentón uno, cuarenta y tantos el otro, uniformados de negro y con pinta de llevar allí media vida) mientras se enchufa el primer café de la mañana. Un compañero se ha prejubilado, le oigo decir, y estará en casa más contento que unas castañuelas. Se marcha al cabo y quedo solo, acodado a mis anchas sobre la barra metalizada. En las vitrinas transparentes se agolpan botellas de whisky, de ron, de ginebra y de coñac, y mucho cachivache. El cartel con las raciones cuelga enorme en medio, ya decolorado en rosa pálido y con trazos a mano corrigiendo algunos precios. Los dependientes hablan sobre el tiempo: nevadas y desbordamientos, y cómo se pone su pueblo con la crecida del río. Me bajo la tostada y el vaso de leche sintiendo todavía el picotazo en el brazo, pago dejando una moneda de más y salgo del local.

4.

Vuelvo a comerme el coco, y lo odio. Dándole vueltas al mosqueo, alimento mi eterno conflicto interior entre hablar para no tragar y respetarme, y callar por miedo a lo que piense y cómo reaccione el otro. Tengo tendencia a lo segundo, siempre evitando el enfrentamiento a costa de negarme mi propia salud mental. Me detecto racionalizando la omisión, como queriendo convencerme de que aquí no pasa nada. Hay que andarse con ojo, pienso precavido, mediando tanta soberbia y tan poca voluntad de escucha por parte del individuo. Puede que sea preferible, en tal caso, aplazar la conversación hasta encontrar el momento adecuado para no entrar en caliente. Sea como fuere, me he traído la rayada a casa.

5.

Hay personas con una curiosa tendencia a hablar mal encaradas a la hora de expresarse en público. Como si cada vez que abrieran la boca soltaran al unísono el guantazo, componiendo esa mueca desafiante del tipo “¿mentiendees?”. No he conocido un foro en el que esta pose de mosqueo repentino se lleve tan al extremo como las reuniones de comunidad. Por suerte muchos de los allí presentes (cuatro gatos, por cierto) son gente razonable que expone sus ruegos y preguntas sosegadamente. La junta discurre por fin en tono plácido, esta vez sin altercados, sin enfrentamientos y hasta sin desacuerdos. Por eso no entiendo que para sumar, matizar, puntualizar, o simplemente para insistir en lo ya dicho, haya quien se acelere sin remedio y se pronuncie como si estuviera peleado con el mundo.

6.

A mi alrededor todo está oscuro, salvo por la escasa claridad de las luces de farolas, semáforos y coches que se filtra a través de las cortinas. Me siento en la alfombra con las piernas cruzadas y me acomodo el cojín a la espalda, contra la base del sofá. Entrecierro los ojos y respiro hondo, dejando que el aire entre a su antojo hasta inflarme el torso antes de expulsarlo lentamente. Surgen pensamientos casi a borbotones, e intento apartarlos del coco a medida que aparecen. Me concentro en repetir mentalmente el pequeño mantra, que siento e interiorizo cada vez más, y eso contribuye a relajarme. Permanezco así un buen rato, con la respiración acompasada y escuchando el silencio. Cuando alzo la vista y extiendo las manos, un escalofrío me atraviesa de abajo a arriba.

7.

La radio retransmite la rueda de prensa postpartido mientras doy los últimos retoques, cual artista que añade una ligera pincelada aquí o que perfila un trazo allá. Corrijo tipografías, incluyo líneas en blanco, resalto alguna frase, inserto un par de imágenes en sendas entradas destacadas; siempre junto a bolígrafo y cuaderno, en el que cuento once caras manuscritas desde aquella primera anotación hace menos de un mes. Y bueno, estamos. Todo es mejorable, por supuesto, y sin duda iré agregando, puliendo, eliminando, optimizándolo sobre la marcha. Pero como primera versión estoy muy satisfecho con el resultado. Prueba superada, me digo sonriendo. Esas son las buenas: tirar para adelante, no achantarse ante la duda, venirse arriba frente a las piedras que van surgiendo en el camino, porque salvándolas es como se aprende. Y eso que he metido en la mochila. Ahora sí: versión beta a punto, plataforma lista para el despegue.

8.

Precisamente estoy escribiendo pensando en ellos (o intentándolo, en una especie de forcejeo poco productivo con la página en blanco), cuando recibo su mensaje. Es la convocatoria, sábado a la una. Y me suena raro porque ya cuento con ello, por supuesto. El caso es que quiere pedirme algo, dice a continuación. Segundos después suena el móvil. Descuelgo cuchicheando, para no hacer más ruido de la cuenta a esas horas de la mañana en que todo alrededor está en silencio. Quiere que cuente, como regalo. Desconcertado, respondo que no es el foro adecuado, ni tengo la experiencia suficiente. Menciona un cuento concreto e insiste en que es lo único que pide, que le hace mucha ilusión. Y cómo voy a negarme; por ella haría lo que fuera. Cuando cuelgo me siento incómodo, pero no tardo en cambiar el chip. ¿No queríamos crecer, afrontar retos? Pues ahí tienes otro. Arriba, siempre arriba.

9.

Termino la primera parte que me había propuesto para hoy: el entendimiento general de la compañía, una breve descripción y la evolución de sus principales magnitudes. Es el contexto que introduce la segunda, igual de escueta en extensión pero de más valor y más creativa. Paro para desconectar unos minutos: leo varias entradas sobre el entorno macro en un blog de economía y hago una rápida gestión personal. Entonces aparece el hastío. De nuevo la falta de interés, el cansancio mental, la desconexión emocional, la ausencia de significado. En un esfuerzo por recomponerme, miro el reloj y me marco una meta: comenzar a recopilar información para el análisis durante la próxima hora y cuarto, sin interrupción, antes de marcharme. Objetivo a corto plazo como táctica: echarle fuerza de voluntad para apartar, siquiera momentáneamente, la desidia.

10.

Me zarandea queriendo animarme, pero mi cara sigue siendo mustia. No consigo evitar el malestar que me interfiere una vez más desde hace horas; lo cual me jode enormemente, porque ya podría ser capaz de evitarlo a estas alturas. Así que le digo que no espere otra cosa, que hoy me siento bajo y ni estoy para sonrisas ni me veo con ánimo de forzarlas. Nada más escucharme me detengo en seco, impactado por lo que acabo de decir. No hace ni tres meses escribí algo bien distinto. ¿Qué hay del pájaro? Ese que no sólo canta porque es feliz, sino que es feliz porque canta. Qué manera de caer en la incongruencia. De resbalar más bien, porque acto seguido me doy cuenta y cambio de actitud.

11.

Abre el sobre, desdobla el papel que hay dentro y lo estudia atentamente. Mientras espero el diagnóstico le echo miradas furtivas tratando de valorar su semblante, pero se ha quedado tan clavado que no le observo movimiento ni en un pelo del bigote. No estoy nervioso, aunque el silencio comienza a ser incómodo. Los análisis estaban en orden salvo por el colesterol un poco alto, y la placa (que será el “electro”, entiendo) no refleja anomalías. De pronto deja a un lado la hoja y me extiende un pequeño artilugio en el que me pide que meta el dedo. Al parecer la radiografía (o quizá el “electro”, ya no sé qué es cada cosa) ha registrado 48 pulsaciones por minuto, y quiere comprobarlo. Nada de lo que preocuparse, confirma. ¿Y los pinchazos? Al cardiólogo si persisten, pero no hay problema de momento. Ahí está el tío, sano como una rosa.

12.

Suenan dos golpes en la puerta. Me giro a la vez que ésta se entreabre y asoma la cabeza de un compañero. Me esperan en la sala, me dice. ¿Ellos dos, a mí? Pregunto desconcertado. No esperaba que fueran a sentarse hoy mismo con nosotros, y enseguida lamento que me cojan tan desprevenido, con la mente tan puesta en el sábado. Recorro el largo pasillo con decisión, intentando recomponerme y repasando unos argumentos que tendré que improvisar pero que están claros desde hace mucho. Cuando abro la puerta y los veo, algo me hace saltar la luz de alarma. Mis expectativas optimistas se derrumban de repente.

13.

Hijos de perra. Fui un pobre ingenuo al pensar bien de ellos. Qué peligrosa es la gente con poder y sin sentido de autocrítica, tanto más cuanto más justos, castos y limpios se perciben a sí mismos. Y son precisamente lo contrario, pienso decepcionado. Tíos oscuros, deshonestos, hipócritas. Malas personas. De la misma calaña, el tiempo ha revelado, que otros a los que en su día criticaron. La rabia me enturbia el ánimo. Reclinado en la cama, intento concentrarme, pero me resulta difícil apartar la interferencia. Así que cojo el papel y releo las palabras y el cuento. Hago por estar en mí  y abstraerme de todo lo demás. Mañana es un día importante.

14.

Suena su canción y se les ilumina la cara. Sentados de rodillas sobre el banco de meditación, uno junto al otro, se miran a los ojos y sonríen como dos adolescentes. La observo radiante y doy gracias a la vida por verla tan feliz. Cantan, se abrazan, se besan, se dejan llevar, espontáneos, al compás de la música. Lágrimas de emoción fluyen a raudales entre los testigos. Respirando hondo, hago un esfuerzo por contener las mías. El instante es para recordar eternamente, y estoy seguro de que así lo haré. Cuando la melodía languidece, me levanto y salgo de la sala para enfundarme la camisa negra. Es el momento.

15.

Son seis colgados disfrazados de personajes de túnel del terror: Drácula, el hombre lobo, Frankenstein, Freddy, la niña del exorcista y el que hace de guía, más feo aún que el resto. Nos paramos a escucharlos. La poca voz cantando la suplen con muy poca vergüenza, y se marcan una tanda de cuplés simpática con un estribillo muy cachondo que enseguida corea el escaso público improvisado que los rodea. Nos hacen pasar un buen rato, el mismo que están echando ellos, cada vez más empuntados a base de lingotazos de Canasta. Cuando terminan su actuación seguimos calle abajo. La plaza bulle de ambiente carnavalero.

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