Momentos: 1 – 15 Febrero 2014

1.

Habla desde detrás de la mesa, como si el escaso hueco entre ésta y la pizarra le sirviera de burladero para protegerse del contacto con la clase. Su expresión transmite nerviosismo, se la ve incómoda hablando ante un público desconocido. Ahora, ahí donde la ves, consiguió el apoyo de Rodolfo Carpintier para su start-up (la segunda, después de una primera aventura frustrada tras la que acabó con una demanda de 500.000€ por parte del inversor que le puso el dinero para montarla). Es una chica sencilla, una veterinaria metida a emprendedora para liderar sus propios proyectos en aquello que le encanta, las mascotas. Su historia incluye miedos, frustraciones y experiencias variopintas que la han curtido sobremanera. Un olesuscohoneahí en toda regla. Escuchándola con curiosidad, me revuelvo en el asiento y pienso: “qué carair, si esta tía lo ha hecho, ¿por qué no podría hacerlo yo?”

2.

Descuelgo el auricular y marco. Dos, tres tonos. Escucho su voz. Tras un fugaz desconcierto caigo en la cuenta del error y me maldigo por ello. La situación es incómoda, la distancia demasiado grande. Una semana después nos encontramos en polos opuestos. Siento dolor, explico, un nudo en el estómago. Ella se siente igual, dice. Nos enzarzamos en una discusión estéril. Lejos de aunar posturas, la brecha se agranda. De pronto, con un movimiento tan involuntario como la llamada, el teléfono se va al suelo escupiendo el cable de red. Ninguno de los dos llama de nuevo.

3.

Giro el puño y gano velocidad, con pista libre por delante. El semáforo está todavía a una distancia prudencial como para seguir acelerando. La doble fila de coches parada ante el disco rojo me lleva a cambiar de dirección sobre la marcha: en lugar de coger la curva decido seguir recto, dejando la fuente a la izquierda para sortearlos. Es una deliberación instantánea, ejecutada prácticamente en la bifurcación de la amplia avenida. Justo en ese instante, el primero de los dos semáforos seguidos cambia del verde al ámbar, y abro gas para pasarlo. Centésimas después, mientras el segundo replica la secuencia, encaro el giro de 90 grados. La moto patina, pierdo el control y voy al suelo.

4.

La traducción, exasperante, es en un español latino que calca la versión inglesa hasta extremos cómicos. Se trata de un caso de Harvard, ya de por sí farragosos en el texto original, hecho un auténtico pitote a base de aliteraciones redundantes de pronombres (“Él vio una oportunidad enorme para Starbucks. Él se imaginaba a la compañía creando una cultura de cafetería en los EE.UU. similar a la italiana […] Al regresar a Seattle, él intentó convencer a sus jefes…”) y de términos como bienes raíces, tiendas de abarrotes, mayoreo, mercadeo y regalías; locuciones entre las que ocasionalmente se destapa una genialidad del tipo “se convirtió en el mariscal de campo del equipo de su secundaria”. Concentrado en la lectura, oigo el sonido del ascensor al otro lado de la pared, seguido de unos pasos y el tintineo de una llave que entra en la cerradura. Un chispazo de alegría me recorre de repente.

5.

Ha venido a recoger sus cosas. En su indumentaria habitual (traje y corbata, siempre con camisa blanca, como si cualquier otra vestimenta fuese indecente), pasa a la sala y saluda al personal, que a estas alturas ya no le guarda ni un mínimo de aprecio. A todos nos consta que las salidas de sus trabajos anteriores siguieron parecidos derroteros. En lo que a mí respecta, hace tiempo que se lo perdí, si es que alguna vez se lo tuve. Todavía recuerdo su insinuación amenazante en aquella conversación hace ahora un año. Y mira por dónde, la vida va poniendo a cada uno en su sitio. Me cruzo con él en el pasillo cuando sale, cargado con una caja entre los brazos. “Cierra la puerta”, me pide. En el descansillo veo a nuestro analista, al que ha cogido de botones, intentando mantener el equilibrio detrás de otra caja que debe de pesar para sus castas. Se va sin decir adiós.

6.

Hacía tiempo que no iba. Mucho, por lo menos desde que me pasé al tupper para sacar horas de estudio a mediodía. Bajo las empinadas escaleras de madera y oteo el local. En una de las pequeñas mesas junto a la barra, un hombre trajeado despacha su menú del día (judías verdes con tomate, me parece ver). Habré comido en ese mismo sitio unas cincuenta veces, pienso. Los camareros me resultan conocidos, aunque no tan familiares como los de la primera época, cuando Carol y Álex me recibían siempre sonrientes. Dirigiendo el cotarro sigue Jaime, con su mítico bigote, y compruebo que aquello sigue estando hasta las trancas. Y que se sigue comiendo bien. Salvo el precio (lo han subido a 9,5) todo parece como entonces. Dejamos los billetes en la mesa y nos levantamos. “A ver si se dejan caer por aquí más de seguido”, se despide el mexicano.

7.

Ni siquiera nos mira al entrar. Vestido de paisano (no lleva la bata puesta), permanece absorto a la pantalla y hace oídos sordos a mi saludo. Es ella la que nos invita a sentarnos cuando nos ve aún de pie frente al doctor. Me despacha en un minuto, no llega. Que pida cita para una resonancia y cuando tenga los resultados vuelva, es todo su diagnóstico. Hala, venga, hasta luego. Y que pase el siguiente. No hemos cruzado la puerta cuando oigo a la enfermera. “¿Susaanaa? Ya puedes pasar.”

8.

Subimos en tropel, una expedición de diez personas más la pareja anfitriona y su preciosa niña Chloe, que cumplirá un mes a mediados de esta semana. Dejamos los abrigos sobre la cama de la habitación principal, en una de cuyas paredes cuelga un poster gigante de la película “Persiguiendo a Amy”. La sorpresa es mayúscula al pasar al salón y encontrarnos una máquina de arcade, pintada con los personajes del Ghosts’n Goblins y el logo de Capcom, idéntica a las de los recreativos de nuestra infancia. Echo un vistazo alrededor. Las estanterías están plagadas de colecciones de manga, libros de videojuegos (enseguida reconozco el emblema del Street Fighter II), merchandising y DVDs de Star Wars, figuras de Goku y otros personajes de “Bola de Dragón”, un muñeco del fontanero Mario, varias estatuillas de “El Señor de los Anillos” y demás artilugios variopintos que delatan un “friquismo” sorprendente en un tío tan normal en apariencia. Cae la tarde en buena compañía.

9.

Parece que me resisto a concederme un respiro, como si eso de relajarse más allá de la sobremesa fuera un lujo inasumible. O como si el cupo estuviese ya cubierto después de haber desconectado un día (y no completo). He decidido echar un rato y luego enchufarme a la tarde deportiva, con la final de Copa de basket y el partido del Barça, obligado a ganar en Sevilla, como grandes alicientes. Pero no puedo evitar una incómoda sensación de inquietud por entregarme a tan pasivos acomodos. Algo a examinarme, sin duda. Acaso para aliviarla, me pongo a doblar calcetines frente a la pantalla.

10.

Al fin consigo hablar con él. El jaleo es comprensible, estará desbordado, pero sus correos pidiéndome el teléfono una vez más, después de que el viernes nos cruzáramos varias llamadas, tampoco me despiertan mucha confianza. Ni falta que hace, concluyo. Con saber qué papeleo necesita me es suficiente. Solicitud de visado, foto tamaño carnet pegada en el impreso (tendré que tirar de esas que me perpetraron para la renovación del DNI, cago en todo), pasaporte, carta de invitación y reserva de vuelos. Ahora sí, Shanghai está a la vuelta de la esquina.

11.

Tumbado boca arriba en la camilla, con el torso apenas cubierto por una gasa a modo de bata desechable, intento relajarme. Estoy cubierto hasta la cintura por un semicilindro de pared interior blanca, sin margen para moverme. Serán 20 minutos, ha dicho la chica al darme las indicaciones, en un tono tan aséptico como el de la azafata que escupe las medidas de emergencia antes del despegue de un vuelo. Una ocasión pintiparada de practicar el noble arte de quedarme traspuesto, en el que soy ducho como nadie. Pero el ruido es ensordecedor. Suena de fondo, sin interrupción, una cadencia machacona que recuerda a ese sonido que hacen algunos raperos con la boca, y desde algún punto de la cápsula llega una sinfonía de taladros y máquinas tuneladoras, como si hubiese sido transportado a las obras de la M-30. Así no hay forma de sobarla.

12.

Cuatro horas después la mierda sigue acumulada en el pasillo. Y a saber el tiempo que lleva. El tono de la propietaria, a la que he vuelto a llamar esta tarde nada más recibir documento gráfico de la cerdada, transmitía un hastío preocupante, como de boxeador que baja los brazos ante un KO inevitable. Más de lo que ha hecho ya no puede hacer, dice, a partir de aquí nos cede la iniciativa del cara a cara. En el descansillo, bloqueando el paso y la salida del ascensor, un puñado de bolsas de basura abiertas con restos de todo tipo (indeterminadas a simple vista, tantas que hay que contarlas para saber cuántas son) se expande hasta el portal de enfrente en una estampa indecente. Llamo al timbre un par de veces intentando reprimir la cólera. “¿Quién es?”, se oye al cabo. “Soy el vecino, abre la puerta.”

13.

La cena ha transcurrido entre anécdotas y pullas varias, ambiente festivo y bastante cachondeo, como cada vez que nos juntamos. La expedición varía según la disponibilidad y ganas de cada cual, pero siempre converge en el buen rollo y la alegría por volver a vernos, aunque sólo hayan pasado dos semanas. Hemos despachado varios dobles de cerveza acompañados de empanadillas criollas, fajitas, tempura, huevos rotos con lomo y ensalada de ventresca. Un Seagram’s con tónica emerge de repente prematuro, y cuando el camarero toma nota del resto de copas el donostiarra, solícito, pide un Cola-Cao caliente. Lo mira el otro desconcertado, evaluando la gracia del asunto, y nos echa un ojo al resto en busca de indicios concluyentes hasta que por fin, encogiéndose de hombros, cae en la cuenta de que el maromo que tiene delante le está hablando totalmente en serio.

14.

Es un espectáculo en escena. En ningún momento llegué a avalarlo, y hasta me enzarcé en crispados debates con mis compañeros negando en rotundo que fuese un fuera de serie, como defendían algunos. Esos fans primigenios ya lo van calando y empiezan a aflojar su pasión por él, y hasta a cambiar de bando. Eso sí, gustará más o menos, pero hay que reconocer que el tipo es un fenómeno. Ahí está, rojo como si acabara de bajarse un par de tintos, cascadísimo y pasado, haciendo alarde de su particular verborrea con la que, aderezada de alguna fantasmada ocasional, mantiene alerta a la audiencia y siempre viva la sesión. La camisa se le va empando por momentos, y bajo los sobacos se manifiestan dos lamparones inmensos que amenazan con llegarle a la cintura, viva estampa de Camacho en Corea. En una de éstas me da la impresión de que se ha echado el vaso de agua por encima, a ambos lados de la corbata que lleva anudada como si hubiese salido de un after. Miro a la botella, que está intacta sobre la mesa.

15.

El Capitano se ha llevado la primera votación con mayoría absoluta, como era de prever, en medio de un jolgorio que el director de sección intenta reprimir en vano. Para elegir al segundo de a bordo la cosa no está tan clara, pues hay varios nombres en la pizarra que han arañado algunos votos. El recién nombrado Presidente se dirige a la clase con un breve discurso improvisado, y acto seguido se procede a la segunda elección. Para mi total sorpresa y júbilo de mis compañeros, resulto el más votado. Entre más aplausos y vítores salgo a la palestra por petición popular. Las únicas palabras que acierto a engarzar son de sincero agradecimiento por las muestras de cariño. Es todo un honor y un orgullo representar a estos fenómenos, y una gran satisfacción su estima. Sonrío de oreja a oreja.

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