Momentos: 1 – 15 Enero 2016

1.

Miro al frente, compruebo la vía libre por detrás y cruzo la carretera adentrándome en el puerto. Hay algunas furgonetas y camiones aparcados a la entrada. Más allá se extiende el asfalto irregular junto al muro que delimita el recinto, tenuemente iluminado por farolas y, ocasionalmente, por los faros de los pocos coches que pasan en ambos sentidos. Continúo trotando a un ritmo decente (todo es relativo, por supuesto), y a cosa de un kilómetro llego a la rotonda, que bordeo ampliando el trayecto. De regreso observo el cementerio de anclas, así como las naves abandonadas de paredes desconchadas y ventanas rotas. No voy mal, en absoluto. Sin música motivadora ni crono para medir el tiempo, hasta me sobra la sudadera a pesar de la noche y la brisa marina. En cualquier caso, esto hoy no iba tanto de entrenamiento físico como mental. Puesta a prueba la fuerza de voluntad, contrasto satisfecho que sigue funcionando a pleno rendimiento.

2.

Al este las marismas, de las que emerge el tramo final del río que discurre junto al pueblo antes de su desembocadura, y más allá los montes bajos que las flanquean hasta la costa. A nuestra espalda el pinar, que prolonga el verde hacia el oeste, muy próximo a las últimas edificaciones. A lo lejos se divisa con nitidez el pueblecito blanco coronando la colina. Al sur el mar, expandido al horizonte en toda su amplitud, al otro lado de los tejados de tonos ocres sobre los que se elevan tímidamente las torres de la iglesia y el ayuntamiento. No hay rastro de sol, el cielo encapotado envuelve el paisaje en una cúpula plateada. La panorámica es extraordinaria, contemplo embobado. Cómo no la habré descubierto antes.

3.

Las luces navideñas motean de color su rostro en sombras al circular veloz por la avenida. Muy juntos en el asiento trasero del taxi, detecto de pronto un reflejo acuoso en sus ojos. Qué pasa, susurro conmovido. Tuerce el gesto en una mueca muy suya, pugnando por no exteriorizar la pena. Sonríe sólo a medias a la vez que se encoge de hombros, y sé que sobran las palabras. Aprieto su mano y la beso muy suave en la mejilla, por la que brota al instante una lágrima serena. La abrazo y sonrío con voluntad de consolarla, al tiempo que trato de desenredar el nudo que me sube a la garganta.

4.

Sopla un viento no del todo enfurecido, más bien enojado, que enfría la mañana borrascosa. La calle bulle de ambiente, el que propician las tiendas ante la improvisación de quienes pretenden contrarrestar su falta de previsión con regalos para salir del paso. Como una chavala a la que oigo comentar a otra “bueno, tía, le compras cualquier cosa y si no le gusta que lo cambie”. Estiro el paseo hasta la librería, y cuál es mi sorpresa cuando me topo con una cola en la caja que casi llega a la sección de poesía. Tiene guasa. Cuatro gatos cada vez que voy, y hoy parece que a todo el mundo le ha dado por leer, o por incitar a que otros lean.

5.

Descendemos la calle en pendiente, cortada al tráfico desde la plaza centenares de metros más arriba, hasta el prisma triangular de luces blancas que hace de árbol navideño. El frío se ha presentado sin previo aviso, tan intenso que atraviesa pantalones vaqueros, zapatos cerrados, calcetines y guantes, forzándonos a movernos para evitar la hipotermia. Nos hacemos hueco entre el gentío, pero no conseguimos ver más que la parte de las carrozas que se eleva sobre el bullicio de las primeras filas. De pronto, por alguna extraña conexión, o cortocircuito, me viene a la mente la certeza: las llaves. Me palpo los bolsillos en balde, pues estoy convencido de que están en el contacto. Lo peor es que es el segundo sobresalto del día, cago en todo. Echo a correr con los pies helados, esperando que la moto siga donde la aparqué y barruntando qué carair me pasa en la cabeza.

6.

Mucho más que el aire gélido ahí fuera, me hiela el cuerpo su frialdad. La de ella, que ni siquiera ha saludado antes cuando nos hemos subido al coche, es molesta, desagradable; la de él, sin embargo, me resulta insoportable. Parece haberse instalado detrás del muro levantado por ella, que nos ha ido desuniendo y amenaza con aislarnos. Tampoco muestran signos de afecto, ni de educación prácticamente, cuando para a unos metros del túnel y tenemos que apearnos como si estuviéramos bajando de un taxi. Nunca antes lo había sentido tan distante.

7.

La pantalla muestra borrones, líneas, ondas, una amalgama de formas indescifrables. Fijo la vista en el televisor como si estuviera viendo fútbol, y por un momento creo distinguir dos figuras, o imaginarlas. En realidad no veo ni papa, me digo para no anticiparme. No obstante, el silencio del doctor, y algún murmullo al cuello de la propia bata, no contribuye a destensar el ambiente. Estoy sentado a su espalda, y casi lo prefiero por lo que pueda sugerir su cara. Entonces el buen hombre da volumen al cacharro y oímos los latidos. Es su corazón, dice. Ella emite un “oh” espontáneo, y enseguida intuyo, sin verla, el brillo en sus ojos.

8.

Mucho ajetreo. Demasiados impactos visuales. Excesivos estímulos a diestro y siniestro que me impiden estar a lo mío. Como el del campeón que patea el saco con virulencia, cubriéndose la cara con los puños en tanto despliega un modesto juego de piernas y busca el resquicio por donde soltar su gancho de derechas. Hay que ser flipado, pienso. Tiro de mi cuerpo, inclinado boca arriba, hasta quedar a cuarenta y cinco grados, con el pecho rozando la barra. Siento un pinchazo en las sienes atisbando la jaqueca. Aunque no termino de centrarme, completo mecánicamente las series con más esfuerzo, físico y mental, del que quisiera. Comprendo que hoy no es día de emplearse a fondo. Lo justo para arrancar el punto, y dar por bueno el empate.

9.

Me sitúo de pronto en un tiempo pasado, recordando días como el de hoy hace unos años. No eran tan diferentes, pienso recostado boca arriba sobre la tumbona de burbujas. No me habría atrevido con los garbanzos con langostinos que me he marcado esta mañana, pero sí que hubo tardes de deporte y gimnasio para aplacar la soledad. Sin embargo, el contexto presente es bien distinto. Entonces no tenía claro en qué ocupar mi tiempo, que era residual frente al trabajo, ni había interiorizado el concepto de desaprovechamiento. Estaba perdido, entiendo ahora, lejos de la serenidad que he conquistado. En esos pensamientos estoy cuando una tipa de bañador azul muy ceñido me pasa por delante, sacándome de mis cavilaciones.

10.

Es entrada la noche cuando salimos de la sala a la calle húmeda. Un viento racheado reduce la sensación térmica y nos incomoda el paseo de vuelta avenida arriba. Las tiendas de ropa ya han echado la baraja, y al pasar por una de ellas nos cruzamos, finalizando su turno, a un grupo de jóvenes dependientes portando enormes sacos de plástico llenos de cartones, que dejan pegados a los cubos junto a la marquesina. Apenas se ven algunos despistados estirando la semana, y el poco movimiento procede de los únicos locales abiertos, varias franquicias de restauración. Un mendigo muerde con avidez un trozo de bocadillo sentado en un taburete bajo unos andamios. Agarrados para mantener a raya el frío, bien pegaditos el uno al otro, llegamos a la boca del metro.

11.

Por primera vez me cuestiono cómo sería. Imagino difusamente un hipotético escenario. Nunca hasta ahora había entrado en mis planes; y sigue sin entrar, eso faltaba teniendo en cuenta el circo que es aquello. Pero la imagen de su deterioro me hace abrir los ojos. El reloj ha empezado a marcar la cuenta atrás, y no sabemos cuánta arena hay en la vasija. Eso es lo jodido, reflexiono, que la vida no siempre concede márgenes, ni tiempo para hacer planes. Miro al frente, donde la calle se me aparece de pronto oscura y desierta. Hace tanto frío que el cuerpo me tiembla, y me castañean los dientes.

12.

La sesión no es tan aeróbica como las de la amiga, con quien esperaba sufrir esta mañana. Voy más sosegado de pulmón, el corazón no se me sale del pecho. Con todo, esto tampoco es un paseo, y las piernas piden cambio, árbitro, hechas un destrozo de tanta sentadilla. Sobre el step, pies ligeramente abiertos con las puntas hacia afuera, cogemos disco y bajamos, explica el fulano; que, a diferencia de mi prima, dirige sin dar ejemplo. Sólo son tres tandas más, aguanta el genio, me digo, no sé si como ánimo o como reproche, el de la penitencia por el pinchazo de ayer. Puede que a veces me fustigue demasiado, pienso, ni un aguacero me tolero como excusa.

13.

Me dejo caer sobre la cama y me tapo con la mantita de pelo. Este momento de solitud, cuando lo engancho, es de podio en el día a día. Cruzo los brazos metiendo las falanges bajo las axilas para generar un circuito de calor corporal que me permita entrar en trance. Quedo traspuesto enseguida, pues ahí soy un fenómeno, y se me aparecen imágenes imprecisas en colores vivos, estridentes, sin conexión alguna; composiciones oníricas fugaces que permanecen en la mente tan sólo un instante y al minuto ni recuerdo. Noto con alivio cómo la melancolía se va difuminando poco a poco. Voy superando el badén, reconozco cuando un rato después, a y media en punto, me levanto para iniciar la segunda mitad del día.

14.

La suela no impermeabiliza, al contrario, va calándose y humedeciéndome los pies, que siento cada vez más fríos. Estiramos la despedida a la puerta del local, ya fuera y al relente, como si la comida no hubiera sido suficiente para ponernos al día, o contárnoslo todo. Pocas cosas han cambiado, deduzco. No me explico cómo siguen consintiendo; no sólo haciéndole la vista gorda, sino además premiando su desvergüenza. El tío más jeta e impresentable que nos hemos echado a la cara, y ahí sigue, promocionado y cobrando el pastizal que no merita. Por un instante me enciendo al recordar… Pero ese ya no es mi problema. Qué bien hice en salir de aquel fango, pienso mientras arranco, sacudiéndome las las gotas de lluvia y las turbias sensaciones.

15.

Empiezo a leerlos de corrido por primera vez. Será que estoy apagado, que la tarde truncada para nada me ha achicado el ánimo por no poder aprovecharla, pero me inquieta sentir desafecto. Leo sin emoción, casi ausente, como un observador indiferente a quien el texto le es ajeno. Edito unos pocos fragmentos y corrijo un par de typos. Completo la revisión de seis capítulos, una cuarta parte del manuscrito. Entonces me detengo, volviendo al origen para rescatar los motivos. No se trataba de publicar, ni mucho menos, eso no lo consideraba ni remotamente. El propósito no era otro que forjar el hábito de escribir, y con él cultivar la disciplina, la determinación, la constancia. Era un compromiso de puertas adentro, adquirido conmigo mismo. Para estar más presente, para desarrollar mi propia voz, quién sabe. Simplemente escribir. Eso hice durante trescientos sesenta y cinco días, y eso sigo haciendo.

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