Momentos: 1 – 15 Diciembre 2016

1.

Giro la cabeza a la derecha levantándola ligeramente, estiro el brazo suavemente para colocar la pantalla en un ángulo visible y entorno los ojos. 15:34, marca el despertador. Llevamos traspuestos veinte minutos, un poco más. Me quedaría aquí con él el tiempo que hiciera falta, hasta que despertara. Y podría hacerlo, pues no tengo nada agendado ni urgencia alguna esta tarde. Pero no dejarse llevar, ceñirse a un horario respetando la rutina, es parte de la disciplina. Muchas veces es uno mismo quien tiene que marcar la pauta y guiar a esa otra parte de sí que abandonaría. Así que le pongo la mano en la cabeza, lo sostengo firme y, tirando de abdominales, me incorporo con sumo cuidado para no despertarlo.

2.

Tercer intento fallido. Hace un rato volvió a despertarse, seguramente al intuirse solo, y el llanto es descarnado desde hace más de una hora. Ha entrado en bucle, con tal ataque de rabieta que ninguna postura ni masaje le consuela. Sólo poniéndolo frente al espejo, viéndose llorar, parece calmarse un poco. Pero enseguida vuelve a berrear desconsolado, con pequeñas lágrimas y mocos apareciéndole por la cara rojísima. Algo debe estar quemándole por dentro, y es frustrante no poder ayudarle a mitigar el dolor siquiera. En un día de más claros y destellos en mi ánimo y talante (siento que el cambio de actitud me hace ver las cosas con un optimismo inusitado), este colofón me descoloca.

3.

Los puntos que uno pierde contra su rival en el descuento no son sólo los dos que deja de sumar, sino tres: la diferencia entre lo que es y lo que habría sido minutos antes del final. Y son seis, no sólo tres, si le remontan el partido. Eso mismo ocurre, reflexiono, cuando uno se deja llevar y sucumbe al modo piloto automático en lugar de dedicar el momento a actividades significativas: ese uso alternativo del tiempo, además de malgastarlo, supone alejarse del propósito, quedar más lejos que al principio de donde uno quiere encontrarse. Estoy a punto de caer en ello, con la excusa del descanso del encuentro, cuando el teléfono suena y me libera de la trampa.

4.

El Paraninfo es una sala coqueta y relativamente pequeña, alargada como elipse pero únicamente con cuatro o cinco filas de asientos. Sobre la enorme mesa de madera oscura, tras la que reposan recogidas varias banderas nacionales, un enorme tapiz preside la estancia. Representa la muerte de Absalón, hijo de David, explica el militar; que fue dado caza al enredarse su larguísima melena en una parra mientras cabalgaba, quedando suspendido de la rama y así presa fácil de su perseguidor, que lo ensarta con tres lanzas. Cruzo el aula para salir por la otra puerta, y antes de hacerlo me vuelvo a contemplarla de nuevo. Imagino el puntazo que sería contar allí.

5.

Me lo cruzo al salir del edificio, no encontrándonos de frente porque, justo en el momento en que yo llego a la puerta que él abre, se vuelve un par de pasos para mirar a la torre junto a los dos tíos con los llega. Sigo mi camino sin girarme, recordando la escena de esta mañana. Resulta que en una conversación a tres sobre el partido del fin de semana, a la que se ha unido para comentar la jugada con mi interlocutor, actúa ignorándome una vez más. Como si yo no estuviera allí o no me viera, pasando olímpicamente de lo que yo digo y hablando sólo con el otro. Me quedo perplejo, pero me la suda. Es uno de esos tipos con cara A y cara B. Todo lo que tiene de grandullón lo tiene de carajote.

6.

La playa queda apartada, delimitada por un largo pero poco transitado paseo marítimo sólo animado al principio por varios restaurantes. Es una playa no integrada en la ciudad, advierto enseguida con extrañeza, a la que hay que peregrinar a pie desde los barrios próximos, y a la que sólo puede llegarse en bus o coche desde el centro. Una excursión demasiado larga para que compense bajarse a ella a echar un rato, a diferencia de lo que estoy acostumbrado. Aun así, sorprende por su amplitud y su extensión, inabarcable a simple vista. El mar queda lejos, más allá de centenares de metros de arena todavía húmeda por las intensas lluvias de estos días. El sol ya se hace hueco entre las nubes, dejando un buen día para el paseo y para el deporte. Eso haremos, andar hasta que nos plazca, en un rato. Pero ahora, con permiso, nos vamos a “jhincar” un arrocito de categoría.

7.

El estadio se levanta pletórico en plena avenida. Nos adentramos en la oscuridad que se extiende bajo uno de los fondos en busca de un lugar donde hacer una parada; a lo tonto llevamos hora y cuarto de caminata, y el pequeño ha arrancado a llorar sin consuelo. Frente a la tribuna principal encontramos varios bares chusqueros que sin duda serán epicentro de aficionados los días de partido, y convenimos que las sillas metálicas de la terraza vacía bien pueden servirnos para descansar y darle de comer al chatito. Cuál es mi sorpresa al dar con el ilustre aficionado, que sale a atendernos luciendo su mítica zamarra roja con el doce a la espalda, y con un auténtico museo de recuerdos futbolísticos: desde las bufandas de clubes más atípicos cubriendo por completo el techo, pasando por multitud de recortes de prensa y fotos enmarcadas que apenas dejan al descubierto mínimos resquicios de pared, pasando por los objetos más variopintos con los escudos de los equipos de Primera, o que alguna vez lo fueron. E incluyendo, cómo no, las reliquias más preciadas: sus célebres bombos.

8.

He perdido la noción del tiempo cuando abro el ojo. Han debido de pasar veinte minutos, atendiendo a la estimación de llegada que marca el navegador. La tarde va cayendo irremisiblemente, tendremos que hacer un buen tramo de noche. Más allá de la gasolinera a la izquierda, la parte baja del cielo, por debajo de las nubes, se torna de un naranja muy intenso. Pronto podré ver las puestas de sol sobre el mar, pienso. Giro la rueda para devolver el respaldo a la posición vertical y la oigo también a ella espabilarse. Fuera la temperatura ha caído en picado con respecto al día soleado esta mañana. El viaje será más largo de lo previsto, pero mucho me la estaba jugando conduciendo en este estado de adormilamiento.

9.

Si no contaba con la reunión, que me ha partido esta mañana al consultar por un casual la agenda (al carair mis planes de currar hoy desde casa), que sea fuera de la oficina me descoloca todavía más. Subimos la avenida a ritmo de marcha, el que él impone sin medida influenciado por su obsesivo hábito de caminar diez mil pasos diarios, según dicta la OMS. No llevo el calzado apropiado, con sus castas, pero agradezco ir a pelo, sin abrigo: no tardo en entrar en calor, y de llevarlo seguramente ya habría roto a sudar. Llevamos un rato de caminata cuando diviso a lo lejos un rótulo de bar con el 105. No me lo puedo creer, queda un huevo todavía hasta el 159. Resignado a echar la mañana, cambio el chip y decido sacar el aprendizaje que me ofrezca el encuentro con el personaje, un fenómeno, que nos espera en la puerta cuando llegamos.

10.

Ha caído la tarde cuando me despierto (o más bien cuando abro el ojo y me incorporo para consultar la hora en el despertador, ya que no he llegado a dormirme sino a trasponerme, en un ejercicio espectacular de la técnica). Decido incorporarme, y con mucha cautela agarro el pomo y lo giro lentamente hasta poder tirar de la hoja de la puerta. La escueta claridad grisácea de la habitación es corrompida por el centelleo del televisor, que proyecta imágenes mudas. Lo apago y me quedo inmóvil, observándola echada sobre un costado en el sofá, y con dificultad distingo en la penumbra una bolita que apenas sobresale de la manta. Podría permanecer allí, inmerso en la ternura, el silencio y la oscuridad, y nada me faltaría. Pero rompo mi quietud con gran sigilo y, con movimientos muy medidos y pausados, cojo el ordenador y el cargador y vuelvo a la habitación oscura. Pronto habré cumplido una nueva hazaña, me digo para animarme; sólo queda rematarla.

11.

Cago en mis castas, sí que me han pasado factura estos meses en blanco. Me engaño pensando que quizá sea por no haber calentado, pero qué carair: estoy más quemado que el cenicero de un bingo. Una triste serie de suaves calisthenics (un par de tandas de flexiones, sentadillas, tres dominadas a duras penas, seis repeticiones de tríceps en paralelas, algunas abdominales) y la carrerita de un cuarto de vuelta para alcanzarla me han dejado listo de papeles, shoporvi, p’al arrastre. Tengo que ponerle remedio a esto sin demora, aunque sólo sea para retrasar la degradación. Temo haber cruzado un punto de no retorno.

12.

Se nos ha hecho tarde (son casi las doce cuando salimos a la fría noche), así que no nos demoramos en la despedida más que con un abrazo y emplazándonos a preparar el encuentro. Nos han hablado a calzón quitado, con la crudeza a la que la situación, tan límite, grotesca e indecente, les ha llevado. Es tristísimo, vuelvo a reflexionar metiendo puño avenida abajo, cómo una familia puede romperse en mil pedazos por el veneno de una arpía acomplejada y consentida. El titánico esfuerzo de dos personas para levantar a los suyos de la nada, hecho añicos por una sinvergüenza a la que nadie le tosió mientras sembraba el germen del resentimiento entre hermanos y primos. Todo y más, no se puede ser peor persona. Vuelvo al presente, repaso la conversación. Id preparados, nos ha dicho. No tratéis de convencer con la lógica, con ellos no se puede razonar. Vuestro interlocutor no es racional.

13.

No es lo mismo modestia que humildad, dice que dijo. La primera es interesada, falsa, deshonesta; la segunda supone tomar consciencia de las propias limitaciones y debilidades. El locutor le preguntó qué sentía al ser un personaje reconocido y con tanto mundo recorrido a través de la oralidad. No se siente especial, contestó, “soy un pobre muchacho de Camagüey”. Su discurso sigue sin atesorar la fluidez verbal previa al ictus, pero muestra un gran avance. El solo hecho de estar plantado ahí frente a nosotros, sin muletas y reviviendo historias, ya es una gran victoria. Sus palabras vuelven a resonarme, a moverme por dentro, a inspirarme. Hace frío, recuerdo, y es noche de luna llena.

14.

Tiro a la calle de nado rápido por ser la menos concurrida, y en ella me topo con un fulano inmenso que se desplaza por el agua cual Forrest Gump corriendo, con un estilo nada ortodoxo que le lleva a sacar medio cuerpo en cada brazada. Tanto que a un tris estoy de llevarme una guantada muy seria en una de éstas al cruzarnos. No tardo en percatarme de la velocidad con que recorre la piscina a pesar de su peculiar técnica (o más bien ausencia de ella), hasta el punto de que me detengo a comprobar si realmente vira al llegar al fondo o se vuelve a mitad de camino. El tipo es como una orca, observo entre asombrado e inquieto. Y entonces, en una parada para tomar aliento, me parece ver al fondo, entre las salpicaduras del agua que levanta, una enorme cola que se bifurca en dos aletas.

15.

Me separo del grupo para dar una última vuelta de reconocimiento. Si vuelvo a encontrármelas será en esta zona de la pista, aunque pudiera ser que ya no estuvieran allí, pues las perdí de vista hace un buen rato. No es el caso, así que doy por buena la noche y emprendo la retirada. Antes de coger puerta me detengo en tres conversaciones sucesivas (ella, que ayer entró en mi despacho para darme la primicia de que nos deja, y dos rotantes encantadas con sus asignaciones). Entonces sí, enfilo camino y asciendo los peldaños de la grada hasta la salida. Apenas he comido, pero confío en que las cervezas no me hagan mucho destrozo mañana. Me paro un minuto a contemplar la vista desde arriba, todavía imponente a pesar de lo avanzado de la noche. Entonces los veo aparecer subiendo las escaleras hasta donde estoy. Qué dos buenos personajes.

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