Momentos: 1 – 15 Diciembre 2015

1.

El rodeo en busca de aparcamiento nos deja a tres manzanas largas de las oficinas. Arrecido durante todo el camino (el alemán ha rehusado poner el aire acondicionado, con sus castas), bajo del coche y me estremezco. Me he venido a pelo por no cargar con chaquetón, pues con esto no contaba. Echamos a andar bordeando las naves del polígono por una acera estrechísima y elevada salpicada de farolas. A cada paso noto que se me hiela el cuerpo entero. Voy alternando vistazos al suelo, con cuidado de no dejarme los tobillos, y adelante, fijando la vista en el cartel enorme de supermercado junto a la meta. Medio kilómetro después, que se me hacen lo menos diez, bordeamos el parking y entro tiritando en la recepción. Descompuesto, con más frío que un guarro agostizo.

2.

Me pregunto si me he creado yo la sensación, pero me encuentro entre dos orillas. Dejar pasar su propuesta para una ocasión como ésta (dentro de lo poco trascendente, tan única e ilusionante por un rato), me remueve por dentro más de lo que habría esperado. Por un lado, me encantaría compartirla con él, vivirla juntos como otras citas históricas que guardo en el recuerdo. Por otro, las circunstancias siguen sin ser favorables. Marejada en calma, y yo en la balsa en medio sin saber cómo remar. El caso es que estoy jodido aunque no del todo arrepentido, deduzco al mirar adentro en la quietud del salón a oscuras. Era tal la encrucijada que no lo habría disfrutado en ningún caso, cago en todo.

3.

La conversación es relajada, y el tipo acoge nuestro mensaje sin sobresaltos, lo cual ya es algo. Máxime cuando quienes le plantean tal cuestión son dos desconocidos a los que cinco minutos antes ha visto por primera vez en la salita de espera junto a la puerta principal de su colegio. Es tranquilo, rayando lo poca sangre, con un toque añejo de educador que no desmienten su clásica vestimenta, insignia en la solapa incluida, y unas formas exquisitas. Me sorprende oírle hablar de protocolo familiar, y entonces pienso fugazmente en qué distinto sería todo si otros hubieran tenido igual criterio. De pronto, abstraído por un segundo, me paro un momento a escuchar. De la ventana del despacho, que debe dar al patio, llegan las voces, risas y griterío de niños jugando en el recreo, y me digo que tiene que ser una gozada trabajar así.

4.

Se adivina escaso movimiento por la planta, mayoritariamente vacía ante la espantada general de quienes se han cogido la tarde para enlazar cuatro días de parón. Tiro del portón para salir al baño y me lo encuentro cara a cara en el descansillo frente a los ascensores, avanzando en dirección contraria. Entonces, en un impulso improvisado, para disminuir la habitual tirantez de la mirada fría y el saludo siempre a medias, intentando romper el hielo seis meses después, le tiro la cuña del partido. Tengo que reiterarla hasta que la comprende, pues en un primer instante mi comentario le coge a por uvas. Aun así, no parece que atienda la sorna muy receptivo, ya que sin apenas detenerse esgrime algo parecido a un “ya veremos”, tira para adelante y desaparece por la puerta de acceso a las escaleras.

5.

Corretea a un lado y a otro, se agacha, se incorpora, toquetea, trepa al caballito a duras penas. Explora todo cuanto está a su alcance. Ella sola, con mucho esfuerzo, sube los tres peldaños de la pequeña escala. Al llegar a la plataforma se adentra por el tubo, al otro extremo del cual me mira risueña cuando sale. Haciéndose hueco entre otros niños, se sienta y se desliza por el tobogán, y al llegar abajo se impulsa con los brazos para pisar tierra, ponerse en pie y salir disparada de nuevo a repetir el recorrido. En su camino tropieza con una corteza de árbol, y se gira intrigada para averiguar qué la ha desequilibrado. Coge el trocito de tronco y lo usa a modo de herramienta para alisar el suelo y hacer surcos en la arena. A todo ello asisto maravillado, embobado con sus gestos, sus movimientos, sus miradas, sus balbuceos. Su sonrisa me desarma por completo. Me vuelve loco, y no puedo evitarlo.

6.

Oteo el reloj, que marca 18:33. Queda un minuto y medio escaso cuando igualo el registro de las dos semanas previas. Fundido como voy, la mente me pide quedarme ahí, aceptar el empate y coger todo el aire que pueda para prevenir el desvanecimiento. Y no sería mala opción de no ser porque la posibilidad de completar seis series está al alcance de diez burpees. De modo que me recompongo como puedo, decido darle dos patadas a mi mente conformista y tiro para adelante. Hay tiempo de sobra en un minuto.

7.

Nos hemos metido en la boca del lobo, pienso nada más enganchar la avenida. Atascada de tráfico en ambos sentidos hasta donde alcanza a verse, algunos coches quedan cruzados en mitad de un carril al salir de una bocacalle, bloqueando el paso a los que bajan y llevándose la pitada tanto de los que tienen delante como de los que vienen detrás intentando escapar del embudo. Maniobro con suma prudencia pasando muy arrimado a retrovisores, tanteando con los pies y sin dar puño, esquivando obstáculos, descifrando resquicios entre vehículos detenidos. El pitote es tremendo no sólo en la calzada sino también en las aceras, tan atestadas que sólo se distingue una masa compacta de personas que conforman una riada ingente por la que todo quisqui queda engullido. Sólo cuando un agente detiene el paso momentáneamente para cortar al tráfico la perpendicular podemos atravesar al otro lado y salir de la ratonera. Una trampa para bobos muy ambientada, eso sí, por bonitas luces de colores navideñas y reclamos de tiendas y escaparates de los que entra y sale en tropel la muchedumbre aborregada.

8.

Me adentro en el túnel en solitario y meto puño cuesta abajo. Unos segundos más tarde la trazada describe una curva a la izquierda en pendiente de subida, tras la cual se percibe la claridad al otro extremo, de salida. Me inclino ligeramente, dejándome ir con la inercia, y la particular inflexión del asfalto en ese punto me produce una vez más la impresión de entrar en un videojuego. Es ahí cuando siento el escalofrío. Una sensación de júbilo interior impensable hace unos meses, una sacudida de poder inexplicable. Algo está cambiando, me digo. O más bien ya ha cambiado.

9.

Nos ofrece asiento en una de las dos mesas inundadas de papeles. A juzgar por la chaqueta y casco de motorista, su forma de expresarse y el desorden del despacho, el tipo no parece un director al uso. Nos da su visión del panorama educativo y de su gestión del centro, comparte pormenores sobre instalaciones, mobiliario, obras y reformas recientes y detalle de la situación accionarial. Su conversación es amena, y no termino de calar si se trata de un fulano interesante o medio hippy (o ambas a la vez). En una de estas miro en torno. Entre los muchos papeles colgados en la pared a su espalda, distingo un diagrama sorprendente en una escuela: el esquema del círculo de influencia – círculo de preocupación del primer hábito de Covey.

10.

Idéntica secuencia a la de ayer, salvo porque esta vez pago el importe exacto (cuatro tickets más dos monedas) y en lugar de pasta y espinacas elijo base de arroz, meto algún ingrediente nuevo y tiro al aliño de mostaza. Como ayer, agarro la bolsa de papel con la mano izquierda, junto al maletín, y puede que hasta replique las mismas pisadas hacia la puerta y más allá, al dirigirme a la moto aparcada en la misma posición. Es algo más tarde, advierto (diez minutos a lo sumo), pero casi calcaré los movimientos cuando llegue. Con jornadas laborales relativamente desestructuradas (un día entre chavales, aulas y griterío de patio de colegio, al siguiente aguantando el tipo en una charla formativa que de poco me aprovecha), amoldar la rutina donde cabe me permite perseguir algunos hábitos, máxime cuando por primera vez en varias semanas encadeno dos borrones seguidos en uno de los más notables: las sesiones de deporte.

11.

Cojo el botellín de la barra y me doy media vuelta dándole el primer trago. Podía no haber estado ahí, pienso, si me hubiera dejado arrastrar por la pereza. O podía estar sin haber acudido a la sesión en el taller, si me hubiera dejado llevar por la parsimonia, o por una limitación ficticia. Horas antes, ahora lo veo claro, tomé la decisión acertada: concluir que ambos planes eran no sólo compatibles sino hasta sinérgicos, enfundarme sin más dilación traje, camisa y corbata, y tirar para adelante. Y vaya si ha merecido la pena, reflexiono recordando el cuento y las conversaciones, henchido por la experiencia. Me planto en mitad de la pista y miro en torno, sin distinguir ninguna cara conocida entre la multitud. Le meto un nuevo tiento a la cerveza y continúo el rodeo a mi bola. La noche puede ser aún más redonda.

12.

Cuando el cuerpo pide movimiento la mente no pone tantas trabas. Aún tengo que bajar a por las empanadillas, preparar la ensalada y abrir el vino, pero queda todavía hora y media por delante. Así que, sabiendo que me vendrá de lujo despejarme un poco, me cambio en un minuto y salgo sin darle más vueltas, tan a las bravas que el frío me envuelve nada más pisar la calle. No ayudan a mitigarlo, claro, ni el viejo polito fino de manga larga con el diez a la espalda ni unos calcetines cortos que no me cubren ni el tendón de Aquiles. El ambiente en casa, sin embargo, es tremendamente acogedor (ella se ha encargado de disponer la mesa, las luces, las flores, el arbolito), y también lo será la velada en muy grata compañía, pienso encantado a medida que troto cuesta arriba, rompiendo también, de paso, los tres días seguidos de parón.

13.

El perro, el río. Los monasterios, las campanas. Nadar hacia una orilla o hacia la otra. Si no es ahora, pienso, no podré anotarme el tanto, aunque no sea prioritario. Por otro lado, hablando de nadar, acojo de buen grado la perspectiva de unos largos y unos chorros, que no me llevarán más de una hora. Actuar, ponerse en marcha, pienso. Bien sea en un sentido u otro, pero tomar la decisión. Nada de medias tintas, de quedarse entre dos aguas. Siéntate o levántate, recuerdo, pero no vaciles.

14.

Cuando la espalda, apoyada contra la pared, empieza a entumecerse, abro los ojos y dirijo la mirada arriba, escorándola a la izquierda, donde la pantalla del ordenador ilumina el flexo y la esquina opuesta con una luz tenue ligeramente azulada. Siento las palpitaciones de la sangre recorriendo mis manos hasta el extremo de los dedos. No puedo dejar la mente en blanco, pues me llegan imágenes cronológicas de un día rico en ellas: la oscuridad de la habitación en silencio, mi lado vacío de la cama, la breve reunión, el toro y el lituano, el viaje en coche de vuelta, la oficina de correos, “hustle”, dos lecturas, lentejas con arroz, la melena negro tizón, una sonrisa, varias conversaciones telefónicas. Hay mucho más, pero no me detengo en ello. Me incorporo, dejo el cojín a un lado. Me siento tremendamente afortunado.

15.

La oficina está hasta las trancas, compruebo al pasar junto a la cristalera. Desde fuera, el escaparate deja al descubierto los sofocos de los solicitantes rezagados, que han acudido en tropel para retirar sus papeletas in extremis y se agolpan en torno al mostrador y la repisa, rellenando formularios como posesos. Hay gente protestando en la calle, y dentro el ambiente se percibe caldeado. Una señora levanta la voz a la funcionaria cuando ésta le recrimina de malos modos que ponga atención al impreso, encendiéndose en el intercambio al punto de echar pestes por la boca mientras enfila la puerta de salida. Allí nadie da instrucciones ni pone calma, de modo que todo el que entra se suma al caos y la confusión, retirando números en torno a la centena superior al atendido. Menudo esperpento.

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