Momentos: 1 – 15 Agosto 2016

1.

Los focos del rascacielos trazan una pantalla de luz en torno al perímetro, como una cúpula invisible que protegiera el edificio. Atravieso la penumbra, allá donde la oscuridad se extiende a medida que me adentro en la plaza desierta. A estas horas no quedan ni los perros. La quietud es sobrecogedora, acrecentada por la suave calidez de la atmósfera. Miro a uno y otro lado en busca de algún signo de vida, entre la vegetación abundante, el foso inerte y los solitarios bancos de piedra. Me parece estar cruzando el escenario de una distopía.

2.

Así que era eso, advierto en tanto recupero su imagen anoche saliendo casi a hurtadillas. La juzgué, deteniendo a tiempo las elucubraciones que me habrían hecho pensar mal de ella. Ahora me cuenta que se fue a casa disgustada al poco de enterarse, y que está desmotivada por lo acontecido. Me pide consejo. Le explico que la entiendo y que, a otro nivel pero en situación parecida, comparto su mosqueo. Se trata de una cagada muy seria ajena al equipo, que surge de promesas irresponsables que no debieron hacerse. No es una situación premeditada sino sobrevenida. Consigo aplacar el efecto de las tres jarras de cerveza que me he bajado hace un rato y compongo mi sugerencia sincera. Que no se pelee con la realidad. Que se haga más visible, que levante la mano, que asuma más protagonismo. Y que haga que su trabajo hable por ella.

3.

A pesar de que ha pasado ya mes y medio desde el más largo del año, la tarde aún prolonga el ocaso estirando el día, lo cual me concede un agradable paseo de vuelta. Atravieso la plaza y levanto la mirada hacia el edificio iluminado, cuya fachada semitransparente cambia de tonalidades (morado, verde, azul, amarillo) a cada rato. Me conecto a la música y, movido por una misteriosa fuerza, me vengo muy arriba, hasta el punto de que un escalofrío me recorre el cuerpo. Me dan ganas de esprintar, saltar, bailar, gritar de júbilo… miro alrededor y compruebo que no hay nadie. De pronto siento un deseo enorme de abrazarlo, de sostenerlo, de tenerlo agarrado con mimo y simplemente observarlo. Lo imagino vivamente. La emoción es tan real que prácticamente lo siento conmigo hasta que, escapando de la evocación, caigo en la cuenta de que todavía no ha llegado.

4.

Espero que esto no sea cambiar de caballo en mitad de la carrera. De cara a la galería mi argumento es siempre el mismo, para tranquilizarla: es un profesional, el otro doctor le habrá transmitido los pormenores del caso, el traspaso no supone ningún problema, la clínica será otra tan buena como la prevista en un principio… De tanto repetirlo me lo creo, apaciguando la inquietud por que quien hornee el bizcocho no sea el mismo que lo cocinó. Escuchamos su nombre, nos levantamos y nos dirigimos a la consulta ocho. Al abrir la puerta nos encontramos a un hombre (mayor que el otro, es mi primera impresión, así que por experiencia no será) que teclea en el móvil sin levantar la cabeza. Tomamos asiento y nos miramos de reojo un ínfimo instante. Seguimos observándolo en silencio, esperando a que nos haga caso.

5.

Anuncio mi retirada inexcusable a la puerta del local, en tanto el grupo debate acerca de dónde tomar una copa, como si los incontables botellines y dobles, apuntalados con la margarita del postre, no fueran alcohol suficiente. Me noto pesado de tanto nacho, queso, taco y burrito, y me digo que a esto hay que darle un giro antes de que sea demasiado tarde. Ella también lo deja aquí. Subimos juntos la calle mientras me relata sus planes de vacaciones en la India. En el paso de cebra nos separamos, y por un momento dudo de si acompañarla a la parada de taxis que le señalo unos metros más abajo. Quizá no sea lo apropiado, así que sigo mi camino con un sencillo “hasta mañana”.

6.

Ni tan mal. Coronado el puerto de segunda en el trabajo, que estas últimas semanas me ha privado de margen para otros menesteres, puedo empezar a disfrutar de la descompresión: el desayuno en la cafetería, el mercado prácticamente vacío, una estupenda lubina al horno con patatas y cebolla, la sobremesa estirada hasta media tarde a base de juegos olímpicos, relegando la habitual trasposición de manual. Una carrerita y unos buenos largos en la piscina para comenzar a crear inercia. La ciudad es más cómoda estos días, y hasta tiene su punto estar aquí en plena espantada general. Suena el teléfono, señal de que está llegando. Va a caer una cena en un sitio por determinar, de esos que siempre están impracticables. Otra externalidad positiva de esta época tranquila.

7.

Cuando me doy cuenta de que estoy haciendo el canelo con las jodidas cremalleras, ya estoy sudando la gota gorda. Claramente, las manualidades nunca fueron mi fuerte; pero para ser un capazo las instrucciones y el montaje tampoco están muy conseguidos. Nada que ver con los fantásticos muebles Juan Palomo diseñados al dedillo por ingenieros y cuyo manual, ilustrado paso a paso, no deja lugar a dudas. El caso es que me las veo y me las deseo para fijar las paredes a la estructura. Lo consigo media hora después, o tres cuartos, he perdido la noción del tiempo en la pelea. A la parte de arriba le dedico un fatigado forcejeo antes de desistir muy mosqueado, con sus castas.

8.

El sol ya ha remontado los edificios, elevándose cada vez más vertical y abarcando ampliamente ese costado del parque que queda al descubierto. De cara a la luz, completo la serie de sentadillas y flexiones y me dirijo a las barras, donde tiro cinco dominadas. Son demasiado estrechas para agarrarlas con firmeza, y además su ondulación rasga las manos desnudas, imprimiendo dificultad adicional al ejercicio; pero tampoco es que en una lisa y del grosor adecuado fuese a hacer muchas más. Por la pista discurre un buen número de corredores y caminantes que aprovechan el respiro mañanero. A posteriori es un gran plan, claro, pero cómo cuesta ponerse en marcha. Con esto sumo cuatro de cuatro y remonto el rosco inicial para empatar el cincuenta por ciento. Poco a poco voy cogiendo el ritmo. Que no decaiga.

9.

No la imaginaba por aquí en estas fechas, por eso me sorprende encontrármela nada más salir a tomar el aire, una vez firmados unos buenos largos. Su silueta no desmiente la que evoca enfundada en las mallas y en la camiseta de tirantes sobre la cinta de correr y la elíptica, pero le observo una piel tostadísima, excesivamente chocolatada, que no termina de encajar en su apelativo de the Queen. Escucha música acostada en una tumbona del solárium; o eso me parece desde el borde de la piscina, sentado como estoy con las piernas en remojo. El día se ha nublado, pero no me importa. Desde hace días estoy a la espera; él podría llegar en cualquier momento.

10.

Nos echan para atrás en la puerta principal, indicándonos que la entrada a urgencias es a la espalda del edificio, bordeando toda la manzana. El taxi ya se ha marchado, pero ella resuelve tirar andando a pesar del sufrimiento (o precisamente por ello), para que la atiendan cuanto antes. La calle aún está oscura, y tal es el panorama que de no ser por su barrigón y las maletas podríamos pasar por juerguistas de recogida de una farra. Quizá eso piense la monja con la que nos cruzamos cuesta arriba, pues ni siquiera me dirige la mirada. A duras penas, con evidentes muecas de padecimiento, ella va siguiéndome los pasos hasta llegar a la esquina. Un poco más, la aliento, ya estamos. Cada metro se le hace un mundo. Cuando al fin damos con la recepción, la chica y el enfermero de guardia no dan crédito a que haya subido a pie. Es una máquina, pienso en el instante en que las puertas se cierran tras ella y la pierdo de vista. Lo va a bordar, estoy seguro.

11.

Descuelgo el teléfono recomponiéndome del sobresalto, y al otro lado una voz amable me invita a bajar a verlo. La dejo a ella descansando y me dirijo por los intrincados pasadizos hasta el lugar indicado, donde una matrona está bañando y acicalando a una niña lindísima, de cuatro días y todavía más pequeña que él. El enfermero me conduce a la sala contigua, un nido con varias urnas transparentes. En una de ellas lo encuentro, frágil, delgadito, con las piernecitas encogidas y los ojos semiabiertos. Salvo por el pañal está desnudo, y pegado a la muñeca tiene un cable conectado a un dispositivo que emite una luz roja. Introduzco los brazos por las dos aperturas y lo acaricio con cuidado y mucho mimo, el corazón algo encogido. Todo va bien, me tranquiliza el chaval. Pasará la noche aquí, cogiendo calor en la cápsula, y nos lo subirán por la mañana. Resulta que los gruñidos no eran de gatito sino de destemplanza.

12.

Me despierto en mitad de la noche sin noción de la hora ni posibilidad de consultarla; incluso es probable que no me haya dormido. A mi lado ella ronca extenuada, aprovechando una de las escuetas ventanas de oportunidad para el descanso desde que hace dos madrugadas la levantaran fuertes dolores de vientre que resultaron ser contracciones. Tampoco yo he sumado mucho sueño en este incómodo sofá-cama. Me acerco al carro transparente, donde dormita al borde de la vigilia, haciéndose a este entorno nuevo, tan diferente y para él seguramente hostil. Es precioso, una locura de bonito. Reventado como estoy, no soy capaz de sostener los párpados, mucho menos mi cuerpo incorporado. Pero tampoco puedo dejar de mirarlo.

13.

Hay mucha gente en la habitación, ella está acompañada; así que, en lugar de volver directamente a la clínica, giro a la derecha al salir de la farmacia y bajo la calle hacia la avenida para ampliar el recorrido. Apenas he transitado la zona desde entonces, pero este fue mi “barrio” durante seis años. Registro mentalmente sensaciones, más que recuerdos concretos. El bar de copas en la esquina, la parada de autobús enfrente, el paseo hasta la glorieta y más allá, por la calle en curva. Dejo atrás una urbanización de pisos altos que no tenía ubicada, y al llegar abajo me topo de cara con uno de los colegios mayores. Me quedo parado un instante echando un vistazo alrededor, rememorando. Ha pasado media vida. Y es curioso, reflexiono, que haya visto nacer a mi hijo aquí. Si me lo cuentan entonces, saliendo de esta misma boca de metro hace catorce años, no lo habría creído. Los guiños del destino.

14.

El cubo no está frente al portal, no lo han sacado hoy. No es lo único que falta, compruebo intrigado: la ausencia de vida es casi total, no se ve un alma en la calle. Calibrando posibilidades con la bolsa en la mano, concluyo liberarme como sea de la peste de los pañales. Así que, sin importarme mis pintas, y dado que con este panorama cuasi apocalíptico puede que no me tope con nadie, salgo a la noche, recorro la calle y me llego hasta la esquina, bien arriba, en pijama y con babuchas. Pa verme, qué pelotazo.

15.

La habitual “trasposición” como forma avanzada de descanso es ahora una siesta a trompicones que el cuerpo pide como asidero de último recurso. El primer parón deliberado en dos días y medio de puro ajetreo. Sin estar extenuado, entre tomas, esterilizaciones, biberones, pañales, majadas, meadas y demás atenciones, tanto filiales como domésticas, llega un momento en que uno no sabe por dónde le sopla el viento; si va o viene, si esto lo hizo ayer o lo otro esta mañana. El tiempo transcurre de tal forma que el reloj es mera anécdota. Todo lo demás es accesorio y relegado a un segundo plano. Lo importante es él: que coma, que duerma, que crezca. Que sea feliz.

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