Momentos: 1 – 15 Agosto 2015

1.

Tanto pega el solano que parte de los invitados, prácticamente todos los hombres salvo los testigos, buscan cobijo bajo los árboles a un lado, dejando las sillas blancas sobre la hierba ocupadas enteramente por mujeres. El sitio tiene un gran encanto, y hoy además el tiempo acompaña quizá en exceso, con un calor impropio de estos lares. Miro al novio y lo veo riendo, como siempre; es espectacular su actitud, pienso una vez más, vive la vida en descojono permanente. Entonces un coche antiguo desciende lentamente el empedrado y se detiene al principio de la cuesta bajo el escrutinio impaciente de la muchedumbre. Escoltada por su padre, baja del carro y aparece en todo su esplendor, radiante, con una sonrisa franca de felicidad total.

2.

Apoyo los codos sobre el bordillo y me quedo quieto un instante, recibiendo en la cara el sol de la mañana, que poco a poco va destapando la sombra del jardín como si se tratara de una sábana. El agua está fresca, unos grados menos que la de dentro, pero aun así sienta de categoría. Miro arriba, a la mole de habitaciones, y luego al frente. Toda la piscina para mí. Me ajusto las gafas y me lanzo encantado a hacer unos larguitos, lo que den los pulmones mientras no me quede helado.

3.

Bajo las escaleras y la vista casi me hace chiribitas. Ante mí se extiende toda la planta sótano, vacía, para contemplación y deleite. Inicio la ronda por la sección de filosofía, junto a los libros de autoayuda. Saco uno de bolsillo del estante y lo hojeo dubitativo antes de devolverlo a su sitio. Me desplazo lentamente junto a los tomos de historia, de fotografía y música, y paso al otro lado, donde se encuentran los de divulgación. En la sección de empresa hay algunos best sellers sobre positivismo que repiten mensajes ya manidos. Me acerco a las mesas centrales. Le echo un vistazo a un par de ellos y los anoto mentalmente en mi lista de próximas lecturas. Voy a dejarlo aquí, decido sin terminar de enfilar la salida, porque prefiero no llegar tarde a casa, pero podría tirarme horas sin aburrirme. Como un niño en un castillo hinchable lleno de pelotas de colores.

4.

Un grado más y el aire abrasaría, pienso con una inspiración que a punto está de quemarme el bigote. Pongo las manos a un lado, sobre la madera hirviendo, y las retiro al instante en un acto reflejo. Aun así, el calor es tan seco que no percibo gota de sudor, como si me hubiese metido en una tostadora. Me quedo sentado inmóvil, controlando respiración y pensamiento a modo de meditación. Un rato después me parece suficiente, cojo el bote de gel incandescente y tiro para la ducha.

5.

Las ventas like for like han caído un 5,2% interanual en el primer semestre, y con éste van diez trimestres seguidos de retroceso. Ahí es nada, observo. A diferencia de sus competidores, que ya remontan el vuelo, las ventas por superficie, de las más bajas del sector, siguen decreciendo. Los informes ponen en cuestión la sostenibilidad de los márgenes en un contexto de caída continua de ventas en superficie comparable, y auguran un progresivo “reseteo” (así lo llaman) si la situación no se revierte a corto plazo, que no tiene pinta, y más aún a medida que la compañía vaya integrando las recientes adquisiciones. Sigo leyendo, y aquello no hay por dónde cogerlo. Ha valido la pena echar el rato, pienso. Me ha servido para aprender, que ya en sí lo justifica; y sobre todo para librarme de una buena sangría de haber entrado a ciegas.

6.

Es la hora y estoy hecho polvo, advierto enseguida. Siento un intenso dolor en la espalda a la altura de las lumbares, y la cabeza, sudada, me da vueltas. Sigue tan embotada como anoche, con sus castas, noto nada más incorporarme. No entiendo qué me pasa, el bajón repentino de ayer, y sobre todo por qué la noche no ha sido suficiente para superarlo. Por un momento estoy tentado de quedarme así tirado, lo necesito. Echo un vistazo al reloj de la mesilla y me levanto a duras penas. No valen las excusas, hay que ponerse en marcha.

7.

Sacrificando comodidad me decido por un banco para evitar el muy probable riesgo de mancharme de verdín el pantalón de lino blanco. Dejo los zapatos de tango a un lado y la cartera al otro y me acomodo lo mejor que puedo apoyando la espalda en las tablas de madera. Un poco más allá la gente hace cola a la puerta del embarcadero. Algunos paseantes y corredores echan la tarde en el parque, y los observo con indiferencia cuando cruzan el camino asfaltado en que me encuentro. Coches de la policía hacen ronda, patrullando tranquilamente, supongo, en uno de las jornadas sabatinas más plácidas del año. El día es nuboso, excesivamente gris, y el aire que apacigua el calor remueve arena y suciedad, cargando la atmósfera de un ambiente polvoriento. Aun así no lloverá, calibro. Por un momento la escena me retrotrae a la soledad de una vida pasada. Saco la guía, la sostengo un segundo ponderándola, la abro y me sumerjo en ella.

8.

Despejadas casi por completo las hileras de aparcamientos, las calles parecen más anchas. La imagen es insólita, muy propia de escena de superproducción apocalíptica, pues no hallo movimiento alguno, de vehículo ni de vida, hasta bien doblada la esquina. Las pocas personas que me cruzo son casi todas mayores, y se ve que aprovechan el vacío para tomar un poco de aire, sacar a sus perros o comprar la prensa en el kiosco junto a la tintorería. Salgo de ella, y con la percha en la mano bajo la manzana hasta la avenida. En la panadería pido la habitual barra rústica y dos rosquillas. Al otro lado de la vía el peluquero triste habla por el móvil; dudo mucho que haga algún corte en toda la mañana. El tráfico es liviano, y los pocos coches que suben lo hacen para adentrarse en el túnel, camino de la autovía que los sacará de la ciudad.

9.

La decisión de interrumpir este mes el cumplimiento de los hábitos diarios me hace sentir de vacaciones sin estarlo realmente. El cierre estival del sistema me otorga cierta liberación y un respiro mental reponedor que aprovecho para disfrutar de la lectura y vivir más relajado. El riesgo de desaprovechamiento es mucho mayor, pero lo asumo sin agobios. Observo mis pautas y compruebo complacido que elijo dedicar una parte de mi tiempo libre a alguno de esos hábitos, ya de forma natural y sin esfuerzo. Señal de que están instaurados, y de que quiero seguir cultivándolos.

10.

Allá al fondo, entre las parejas de bailarines, distingo mi imagen reflejada en la pared de espejos. Sentado al pie de la escalerilla, ocupo una de las mesas más próximas a la pista de madera, esta noche más espaciosa de lo habitual, intuyo. Es la primera vez que acudo a esa sala, hoy asumiendo el rol de espectador tras la media hora de práctica previa con los anfitriones. Casi todas las caras me resultan nuevas, pero reconozco a un par de fenómenos a los que tengo identificados de otras plazas. Uno de ellos lleva varias tandas seguidas bailando, y lo observo con gran detenimiento, atento a sus movimientos elegantes, sus giros, sus desplazamientos imposibles. Ojalá el aprendizaje por observación fuese más permeable, pienso. Miro el reloj, apuro el último trago de tónica (en el vaso quedan girando los dos pedacitos de hielo, prácticamente fundidos) y enfilo el camino hacia la puerta.

11.

Ni el tato. Las luces de la sala contigua y del pasillo son un falso señuelo, porque allí no queda nadie. Y quién va a haber, a media tarde en pleno agosto. Recojo los bártulos y meto las fundas de las gafas en el compartimento delantero de la bolsa de deporte. Movido por una curiosidad infantil, decido dar una vuelta a la planta antes de echar la llave. Todo está en silencio, tanto que acojonaría si fuera noche cerrada. Hasta la esquina sureste no hallo el primer signo de vida humana, un fulano metido en un despacho. Al girar para caminar por el lado sur hacia el oeste, veo en una mesa alargada, más solo que la una, al tío de la salsa pesto. Sin detenerme ni saludar (de lo que me arrepiento nada más pasar de largo), hago como que voy a la impresora y salgo por la puerta cercana a los ascensores. Desolador panorama. Y aun así me voy muy satisfecho por lo avanzado hoy. Próxima estación, gimnasio.

12.

Me acomodo en un rincón con la ensalada de pasta, el gazpacho y el zumo rojo (remolacha, naranja y no sé qué más, veamos qué da de sí la probatura), y saco el Kindle de la mochila. Van tres días seguidos de ejercicio estructurado y empiezo a reencontrar las ganas. Todo es más fácil con un método; o, mejor dicho, es imposible mantenerlas si no se sigue uno: la improvisación no tarda en fulminar la voluntad, en sustituir motivación por desidia. A través del cristal observo a la chica recoger las sillas de fuera y engarzarles la cadena, que cierra con candado, y pasar la escoba a la terraza. Pido una cuchara y vuelvo a mi sitio. Tiempo de sobra antes de la llamada, compruebo complacido, disfrutando del momento.

13.

Quisiera pasar ahí un día entero, rodeado de estantes de libros y sentado en uno de los tres sofás negros entre las escaleras mecánicas y la sección de ensayos. Llevo un buen rato avistando títulos, parándome frente a colecciones enteras de lomos de diversa temática y formato, hojeando, leyendo párrafos al azar, explorando. Miro el reloj y advierto que ha pasado una hora y media. Tiempo de volver. Pero antes, en un último impulso repentino, escojo uno de los dos ejemplares que quedan del título en cuestión, una edición de bolsillo. Y hete aquí que la cajera me ofrece una funda de regalo comprando otro. ¿Ah, sí? Pues dame un segundo, le digo, que ya sé cuál añadir al pack.

14.

Los tres asientos de la última fila están ocupados por una familia árabe. El padre me pide solícito el cambio en un inglés chapurrero más gestual que verbal, y acepto de buena gana. Mi nuevo sitio es algo más adelante, 24A. Las dos japonesas, madre e hija asumo por la aparente diferencia de edad, se levantan para cederme el paso hacia la ventana. Las miro sonriente, aunque ellas no cambian el semblante, y mientas ocupo mi butaca estoy a punto de soltarles un “arigato dosaimas” de libro. Pero vacilo, y en esas décimas de segundo de duda se me escapa, como arena entre los dedos, una gran oportunidad de hacer el paripé. Y quien sabe si de entablar una conversación interesante.

15.

Nos hemos aventurado a ocupar una de las mesas de plástico agrupadas en torno a tres o cuatro puestos callejeros, animados, aunque no del todo convencidos, por la relativa buena pinta de estos y por la cierta afluencia de gente, aún autóctona al cien por cien. El ambiente de comedor ambulante al aire libre, en pleno jaleo nocturno, tiene su punto como experiencia de inmersión. Pedimos pad thai, a secas y con marisco, y luego un plato de arroz con pollo hervido al que acompañan tres rodajas de pepino. Cerramos el banquete con un postre característico: mango natural cortado con un toque exótico de arroz con leche de coco. Todo ello espectacular, y además con una cuenta conjunta de siete dólares incluyendo bebidas. “Quien no arriesga no gana”, me dice cuando nos levantamos, regocijándonos en el triunfazo.

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