Momentos: 1 – 15 Abril 2016

1.

Diez horas y cinco reuniones después, dejamos la sala y salimos del edificio con algo de margen antes de dirigirnos a la estación de tren, que queda a tan sólo unos metros. Así que, puestos a esperar allí, o en el aeropuerto, nos detenemos a tomarnos una rápida en el pub de enfrente. Es un local pintado de azul con cuyo nombre no me quedo, pues voy fijándome en los tipos y las chavalas que lo atestan dentro y fuera: financieros, analistas, consultores emergidos de las oficinas colindantes, así como operarios vestidos de faena, que no viven por los alrededores sino que están allí como prolongación natural de su jornada, ritual ineludible para empezar el fin de semana. Nos sirve la pinta una mujer oronda embutida en un vestido negro muy ceñido que apenas le sujeta unos pechos voluptuosos. Nos la bajamos en unos cuantos tragos, cogemos los maletines y nos abrimos paso entre la muchedumbre. Menos da una piedra, pienso. Sin tiempo para más, buena es una pinta testimonial, como poner una pica en Flandes.

2.

Extiendo la toalla sobre las tablas y me tumbo boca arriba. El agua que me empapa desaparece enseguida, y la sequedad a tan alta temperatura no tarda en quemarme el cuerpo. Aguanto el tirón intentando relajarme, para lo cual enfoco el imaginario a una ficción de escenas confortantes. Estoy así un rato, el justo para evitar la abrasión, y al salir choco con el contraste de temperatura. Con la piel todavía caliente entro en la sala, suelto la toalla, me planto bajo el cubo de agua helada y sin pensarlo dos veces jalo de la cadena.

3.

La corriente humana avanza pendiente arriba como un manto kilométrico que cubriera por completo la avenida. Subido al bordillo de la acera, contemplo con curiosidad y admiración la riada de corredores, posando la vista aleatoriamente sobre algunos. Los hay jóvenes, de mediana edad y muy mayores, locales y venidos de fuera, en forma y cascados, atléticos y fondones. Muchos corren solos, algunos a buen ritmo y los menos con síntomas de sufrimiento tempranero; otros van en pareja o en grupo, como las varias brigadas y cuerpos de la armada, parapetados en torno a un banderín y equipados con la misma camiseta. No hace mucho que ha pasado el globo de la hora y cuarenta, pronto todavía para que aparezca, cuando alguien me grita exaltado. Al girarme lo veo riendo, frenando en seco para saludarme efusivo. Sorprendido de verlo, choco la mano que me ofrece y le animo a que tire para adelante para no cortarle el ritmo. Menudo fenómeno; ídolo, pienso siguiéndole con la mirada hasta que se pierde en la marea.

4.

Me dejo caer sobre la cama, sujetando la onza de chocolate entre los dientes mientras me cubro con la mantita, dispuesto a trasponerme los quince minutos de rigor. Antes de hacerlo, sin una intención manifiesta, pulso súbitamente el botón de encendido de la radio, que desconecto al instante siguiente. Un “toco y me voy” rápido, absurdo incluso. El tiempo justo de escuchar, en boca del entrenador (se trata de un corte de su rueda de prensa postpartido, imagino), una única palabra seleccionada por el azar: “optimismo”.

5.

A mi derecha, ocupando todo el flanco de la mesa, representantes de ambas entidades. Por parte del banco, la tipa happy ha resultado ser en persona una rubia de cierta edad que sin duda debió vivir momentos de gloria. Ataviada con chaqueta corta de cuero negro, viene flanqueada por tres chavales (multitud, a todas luces) que observan tan atentos como ella, hasta el punto de que me cuestiono cuánto de lo que dice el inglés comprenderán, o si más bien estarán a por uvas. Éste vuelve a tirar la cuña: “primero fui soldado, luego fundé un fondo de private equity y ahora me dedico a la educación; tengo sólo cuarenta y cinco años, así que probablemente me queda aún una carrera más”, explica para ilustrar su pasión por aprender y su versatilidad para adaptarse a nuevos escenarios. Es la décima vez que se lo escucho, pero me encanta.

6.

Pensar en el largo plazo, me digo. A veces la tentación de dejarse llevar se manifiesta sin previo aviso, tan de buenas a primeras que uno es arrastrado hacia la duda. El impulso del deleite inmediato se cruza en el camino, más intenso que el de esas otras actividades no apremiantes, por lo general incómodas y siempre fácilmente prescindibles. Ahí está el intríngulis, claro. Ser capaz de mantener el compromiso es bien jodido, pero es lo que hará la diferencia a cinco, diez, veinte años vista. Todo long shot se fragua aquí y ahora.

7.

Esto empieza a requerir un poquito de capex, pienso por deformación profesional tras haber rotado de ducha por tercera vez: unas sin cerrojo, otras sin puerta, otras sin apenas agua. Ésta no es mucho mejor, pues el chorro dura exactamente tres segundos y tengo que enjuagarme con una mano sobre el pulsador. Estoy dándole vueltas a los asuntos a afrontar esta mañana, anticipando las dificultades de la reconciliación entre cuentas de gestión, anuales y modelo, el archivo a entender antes de la llamada. Atraigo así un toque de ansiedad que me perturba, cuando en su lugar bien podría celebrar otro punto que suma a una racha espectacular. Gracias a la cual, por cierto, estoy volviendo por mis fueros.

8.

Me pongo el jersey, me cambio las gafas y guardo la funda en la mochila del gimnasio. Echo un vistazo alrededor para comprobar que no me dejo nada, cierro varias pantallas pinchando en las correspondientes aspas, y estoy a punto de apagar cuando me paro un momento y lo reconsidero. Quizá esta aparente urgencia provenga de saberme el único que queda allí, pero en realidad no tengo ninguna prisa. ¿Qué pasa si estiro un rato? Puedo sacar buen provecho de una horita más, así que deshago movimientos y me acomodo de nuevo en la silla, dispuesto a quitarme de encima la tarea en lugar de postergarla. Hay veces en que uno gana mucho si consigue serenarse: parar y templar, que decía aquel.

9.

Encuentro la sala enseguida, la biblioteca en la tercera planta. Veo a mis compañeros al fondo, y aún no he cruzado el umbral de la puerta cuando, al saludarla, me sorprende preguntándome si me he enterado ya. No, qué pasa, respondo, poniéndome en tensión para protegerme del impacto. No he calibrado suficientemente el estado de alerta, pues la noticia me llega como un mazazo. Le ha dado un derrame y está ingresado en el hospital.

10.

Habla con dificultad, pues tiene paralizado un lado de la cara, pero se entera de todo. Participa en las conversaciones, no se le escapa un detalle. Un par de veces me levanto a colocarle la sábana que lo tapa de cintura para arriba, cubriendo su cuerpo desnudo. Lleva el brazo izquierdo en cabestrillo, y en la parte superior de la axila se le marca una larga cicatriz tintada con el color rojizo del desinfectante. En el otro brazo tiene clavada una vía conectada al suero. Está agotado, abatido por el sueño que no consigue conciliar. Aunque quizá prefiera seguir escuchando, conversando a duras penas. Lo más duro para él, estoy seguro, es verse incapaz de hablar con fluidez y transmitir sus historias.

11.

El local está repleto de chavales trajeados y alguna que otra chica de las oficinas adyacentes. Hay gente comiendo bajo los toldos en las mesas de fuera, y también en las altas de dentro, con sendas colas para elegir las bases y sandwiches de la nevera y para esperar el turno en caja. Lo que debe facturar el invento, pienso. Agarro un recipiente de arroz y una pita de atún y aguardo a ser atendido en el mostrador de ingredientes. El servicio es muy bueno, pero ni siquiera el educadísimo chaval que cobra, siempre amable y felicísimo el tío, consigue sacarme de este estado reflexivo, un tanto apesadumbrado. Con la bolsa de papel en la mano salgo al día húmedo. Llueve ligeramente bajo un cielo nublado pero todavía luminoso que no tardará en encapotarse.

12.

Desde su sitio, al otro lado del pasillo y a la distancia visual justa que los ángulos de los paneles permiten, me llama para ofrecerme otro chocolate. Alzo la vista y le pregunto qué hace aquí todavía; no son horas, le digo con sorna, Santorini te está pasando factura. Acoge el chascarrillo simpática, siguiéndome el juego mientras se pone el abrigo, y antes de marcharse se me acerca y me da el bombón. Me lo guardo para mañana, le digo agradeciendo el detalle, para dosificarme. Me dedica una gran sonrisa que no la hace más atractiva, compruebo, pero sí más encantadora. Qué distintas son las personas que irradian alegría.

13.

Me acerco a la cama, y desde el borde junto a él me agacho para abrazarle y despedirme. Me observa fijamente, o quizá sus ojos observen más allá a través de mí. Bonita corbata, dice. Acaricia la solapa del traje, como queriendo detenerme. Está físicamente agotado y mentalmente hastiado, pero lo suficientemente lúcido para participar en disquisiciones. Pregunta si aquí se llama chaqueta o saco, como en México. Ambos agradecen la visita. Antes de marcharme finalmente trato de convencerle de que duerma, por su bien y por el del cuidador, que también necesita un descanso.

14.

Me gusta el sitio, más recogido junto a la pared y de cara a la puerta, desde donde he visto cómo la pequeña sala de diez u once mesas se ha vuelto a llenar. Algunas, como las dos que tengo más cerca, están tan pegadas que sin las gafas había dado por hecho que eran tres tipos comiendo juntos. La chica se me acerca con su habitual sonrisa. Bizcocho de naranja, tarta de chocolate, tarta de frutas o fresas. Ya había decidido darme un capricho esta vez, quizá para subir un tono el ánimo alicaído de estos días; así que no vacilo en la respuesta.

15.

Coloco el marcapáginas veneciano, cierro el libro y lo dejo a un lado. Me incorporo ligeramente, ajustando la postura sobre los cojines apoyados en el respaldo de la cama. Roto el tronco, extiendo el brazo y cojo el móvil, que ha vibrado un par de veces mientras leía. Al desplegar la pantalla veo fugazmente su nombre junto al pequeño icono de un sobre. Curiosamente, pretendía escribirle para saber qué tal iba cuando aparece de repente, inesperado. Me había enfriado por no tener noticias. Habrá que recobrar el ánimo y recuperar momentum. Nunca mejor dicho.

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