Momentos: 1 – 15 Abril 2015

1.

La mesa está dispuesta a lo largo, junto a una de las paredes de la enorme cocina, de la que cuelga un peso romano y asoman dos vasijas en sendos salientes de la piedra. Llegamos para sentarnos directamente, uniéndonos al grupo, que ya ha empezado a catar las muchas viandas que se expanden sobre el mantel: pinchos de tortilla casera, jamón ibérico, fuet, dos buenos platos de chorizo a la cerveza, otros tantos de albóndigas de pollo, ajos fritos, queso y vino, mucho vino. Son sencillos y cercanos, norteños de acento cerrado y con mucha guasa, como muestran las risas y el buen rollo al que enseguida nos sumamos. Han pasado siete años, y aunque el tiempo ha modificado su fisonomía (seguro que también la mía a sus ojos, pienso), me alegra ver que siguen haciendo honor al recuerdo de gente entrañable que tenía de ellos.

2.

Ha caído la noche, y yo prácticamente. Adormilado en la parte de atrás del coche, oigo sin escuchar las conversaciones de los demás, y agradezco no ser yo quien va esta vez al volante. Voy rendido y satisfecho del día que hemos echado: la corta caminada hacia el mirador; el paisaje de terrazas de viñedos sobre las laderas de los montes; el crucero por el embalse entre el cañón de rocas escarpadas; la panzada de comer en la venta cutre de carretera; el castillo medieval y las vistas de la comarca desde sus torres; la gran iglesia de la pequeña aldea, de la que sus escasos habitantes sacaban tres imágenes en procesión; la caída de la tarde en ese otro pueblecillo, con sus callejuelas y recovecos que desembocaban en una gran pradera verde… Todo muy disfrutado. El cansancio me hace mella en todo el cuerpo. Las curvas y el ruido del motor hacen el resto.

3.

El puente tiene una estructura singular. Se levanta sobre el río, a cuyas orillas se extiende la ciudad, en dos partes diferenciadas: una calzada estándar para tráfico rodante y un curioso tramo peatonal acoplado a ambos lados y que visto desde fuera le da un aspecto de cunita o mecedora. Es una especie de anillo elíptico abombado que, elevándose en las puntas, forma un recorrido cerrado de escaleras con cierta altura en los extremos. Decidimos darle una vuelta completa, lo cual requiere, desde el punto central de acceso, bajar unos peldaños para luego subir otros hasta uno de los vértices. La perspectiva es  muy guapa desde ahí arriba, compruebo al detenerme a coger aire. Pero más que del paisaje, cuando llego a la parte baja y comienzo a escalar el otro lado, es de las sensaciones en la pierna de lo que voy pendiente. Deseando que en un mes pueda encarar escalones similares vestido de corto y sudando la gota gorda.

4.

Nos paramos a observarlo. Pintado de negro y dorado hasta el último resquicio de su piel, viste una especie de zamarra teñida del mismo color, simulando una estatua de bronce. En una mano sostiene una maza, en la otra un cincel. Está de pie, inmóvil sobre un pedestal en el que leo “constrúyete a ti mismo”, y el mensaje me cala. El conjunto lo completan tranquilos acordes de música new age que suena de fondo, a los que acompasa su movimiento suave para cambiar lentamente de postura (unas veces levanta la maza, otras posa el cincel sobre su rodilla) cada vez que alguien le echa una moneda. Lo miramos largo rato, tan quietos como él, y sólo salgo del ensimismamiento para examinar mi cartera, sacar un euro y acercarme a depositarlo bajo el pedestal.

5.

El suelo y los peldaños de madera crujen a nuestros pasos cuando cruzamos a tientas el descansillo. Sigilosos, palpando las paredes en busca de interruptores que encendemos un instante y apagamos al ubicarnos, llegamos a la puerta principal y salimos al patio oscuro. Avanzo a duras penas cargando el peso de ambas maletas y salgo al exterior ascendiendo por las escaleras y el camino en pendiente que desembocan en el amplio jardín. Aún es noche casi cerrada, aunque va asomando la primera claridad del alba. Una bruma espesa acrecienta el misticismo del lugar, cuyo silencio sólo rompe el gorjeo de algunas aves mañaneras. Conseguimos llegar al coche. El termómetro marca cuatro grados cuando arranco, y no se ve a tres metros de distancia.

6.

Tres o cuatro largos de calentamiento y ya voy asfixiado. Me agarro a la plataforma de salida, y al soltarme me sumerjo expirando hasta pisar el fondo para impulsarme otra vez a la superficie, donde inspiro antes de dejarme caer de nuevo. Repito la secuencia varias veces buscando darle tregua a los pulmones. Han sido tres semanas de ausencia y ahora cuesta reengancharse, no sólo por el hábito perdido sino sobre todo por lo rápido que se viene abajo el cuerpo, como si los días de deserción obligaran a volver a la casilla de salida. Cagándome en mis castas, me arrepiento de haberme dejado llevar por las excusas. No eran más que falsas justificaciones para acomodarme a mi nueva realidad.

7.

Salgo del ascensor en la cuarta planta y echo una ojeada en torno. Para mi decepción la sala de lectura no es como la había imaginado, y además está ocupada hasta las trancas, mayoritariamente por chavales universitarios. Hay que abortar el plan, compruebo enseguida. Bajo una planta por la escalera, calibrando improvisadamente alternativas, y al llegar al descansillo me detengo un momento, pasmado por la visión de una habitación llena de libros. Entro en ella con curiosidad y, como quien ha encontrado un tesoro, decido que aún tengo algo de tiempo para pasear, absorto y sin rumbo, entre sus estanterías.

8.

Sabía que no estaría plenamente tranquilo hasta que todo estuviera cerrado. Por ahora he mantenido a raya la sensación de incertidumbre, viviendo al día y disfrutando de esta nueva vida en tránsito sin mucha perturbación. Hoy, sin embargo, no puedo contener la ansiedad. Va siendo hora de poner en marcha el papeleo, de iniciar los trámites. Y a pesar de haber hecho lo que está en mi mano, vuelven a aparecerme los fantasmas ante la mínima contrariedad. Consciente de que nada puedo hacer más que aguardar un par de días, decido tirar de hábitos para enfrascarme en algo productivo y evitar comerme el coco. Así que cojo de la balda el manual, saco reglas y portaminas y acciono el temporizador.

9.

El cielo encapotado amenaza lluvia cuando salgo del portal. Me ajusto el chaquetón y me coloco la capucha mientras doblo la esquina y subo la pendiente calle arriba. Cantidad de chavales van en dirección contraria camino del colegio, y el movimiento de hora punta de la mañana se percibe en el bullicio de coches y gente, mucha apareciendo a puñados por la boca de metro cercana. En ese escenario, mi indumentaria deportiva (pantalón de chándal, sudadera bajo el abrigo y tenis) me delata como elemento extraño. Me coloco los cascos y pulso el play. Para mi sorpresa, suenan los primeros acordes de “Glad You Came”, y eso lo cambia todo.

10.

Cumplimentado el registro de acceso, estoy en el hall de la torre aguardando el ok para subir cuando lo veo al otro lado. Sostiene la gabardina en una mano y un pequeño trolley en la otra. Me quedo observándolo un rato, recordando al tipo que llegaba a clase con aspecto de haberse bajado una petaca de whisky, que hacía de éstas un auténtico espectáculo, más de entretenimiento que docente, y que una vez, durante un desayuno, nos dio una excelsa teórica sobre tráfico de drogas, cárteles y presidiarios en no sé qué región de EE.UU. Un fenómeno inaudito. Y toda una eminencia en su materia, ahí donde lo ves. Por eso, instantes después, sentado en la salita de espera de la planta en cuestión, mi sorpresa es mayúscula cuando aparece por la puerta y se dirige a las secretarias. Intrigado, preguntándome qué (¿turbio chanchullo?) le traerá por ahí, pienso si tamaña coincidencia no será acaso una señal.

11.

El espacio está tematizado de ambiente callejero, haciendo gala de su nombre. Hay trazos de pintadas por las paredes y ejes de monopatín haciendo las veces de perchas. Del techo cuelgan carteles con eslóganes e imágenes surrealistas, y algunos objetos de decoración kitsch un tanto estrafalarios. Los camareros-cocineros, elegidos sin duda no sólo por sus aptitudes sino también por su aspecto rudo, acentúan el toque suburbano del local. Son tipos fornidos con los antebrazos plagados de tatuajes, barba desaliñada y piercings (algunos, como la chica que nos sirve los cócteles, hasta en la nariz y en la lengua). Ellos mismos elaboran los platos a la vista de los comensales sentados a la barra, y los sirven acompañados de la pertinente explicación, una suerte de trabalenguas, un circunloquio de palabras inverosímiles e inéditas hasta para los más letrados, y que uno no es capaz de retener por más empeño que le ponga. Es parte de la parafernalia, del show y la experiencia. Comida de vanguardia, lo llaman. Y qué más da, porque habla por sí sola. Quedamos conquistados al primer bocado.

12.

Nos despedimos en un lateral del parque, junto al coche de una de las parejas, mientras desmontan el carrito del niño y completan la logística que requiere su traslado. La vida les ha cambiado por completo, nos contaban hace un rato, y aun así se habrían decidido antes. Los cuatro nos animan a animarnos, después de habernos soltado la pregunta que empieza a ser fija en todos nuestros reencuentros con amigos. Si está para nosotros estará, nos repetimos al alejarnos; y mientras tanto seguiremos disfrutando de nuestros planes, el uno con el otro; de fines de semana como éste.

13.

Ya nada nos sorprende a estas alturas. Son las doce y cuarto de la noche y la escena se repite: sentados en el coche detenido frente a mi portal, él al volante y yo de copiloto, comentamos la jugada y hacemos balance de la conversación. Reiteramos impresiones compartidas, intuyo, como mecanismo terapéutico, para soltarlas mutuamente y sacudirnos de encima (otra vez) la frustración y el desengaño. Es como toparse contra un muro. Sin embargo, hoy me voy a la cama tranquilo, le digo. Siento que he hecho lo que tenía que hacer, que poco o nada más me queda por decir. Hasta aquí hemos llegado. No se me escapa que el problemón futuro está servido y que llegará el día en que explote sin remedio, pero empiezo a relajarme y aceptar la realidad. ¿O será que tengo otras cuestiones relevantes con las que lidiar?

14.

Suelto el móvil, el Kindle y las llaves en la bandeja, que recojo al otro lado del arco justo antes de que el operario de seguridad la vuelva a lanzar con desgana a lo alto del escáner. No es el mismo que ayer, observo, pero está igual de aburrido. Paso la puerta y entro en la sala, también hoy atestada de gente esperando a ser atendida. Ya conozco el mecanismo, así que voy directamente a la máquina, que me escupe un papelillo con la rúbrica “R301”. Levanto la vista hacia el panel electrónico sobre las mesas de los funcionarios, y al ver que van por el 247 busco un asiento libre en el que echar un rato de lectura, no sin antes cagarme en sus castas.

15.

Siento que estoy cerca. Releo el correo enviado hace unas horas, supongo que para calmar el ligero punto de incertidumbre que surge al no recibir respuesta (claro que yo me he tomado deliberadamente un día para contestar, y tampoco he atendido la llamada esta mañana), o bien para contrastar lo escrito, aunque no haya vuelta atrás. Me reafirmo en mi mensaje, en el fondo y en la forma. Opero estratégicamente para ganar tiempo, intentando arañar días que resten a la cuenta atrás. Voy a necesitar aplomo para gestionar el solape entre salida y entrada, si es que finalmente decido aceptar la oferta. Torear con temple, con cuidado de no tensar la cuerda. Ahora la pelota está en su tejado, y no me queda otra que esperar.

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