Más sonrisas

Nos presentan al poco de llegar al claustro, en una de las galerías bajo las que los invitados se esparcen para protegerse de la lluvia que encharca el patio. No es guapa. Llama la atención por su pelo rojizo, que lleva suelto sobre los hombros, el tocado inclinado a un lado. De ojos marrones, su piel es de un tono blanquecino que contradice el lugar y la época del año, como si el verano que entra esa misma madrugada no fuera con ella. Sobre su rostro, gracioso y vivo, destaca una nariz prominente, aguileña, incluso más superlativa que la de su marido. Enseguida caigo en que, salvo por la napia, se da un aire a la Lily de How I met your mother.

No es guapa, pero tiene “algo”. Es alegre a simple vista, al primer contacto, con el primer cruce de palabras. Sonríe sin rubor y con franqueza: una sonrisa espléndida, espontánea, a diferencia de tantas otras compuestas para la ocasión por mera cortesía o fingidas para salir del paso. Y ahí está el “algo”, claro. Su sonrisa. Que no es más ni menos bonita que la de otras mujeres de la fiesta, pero sí más franca, y sobre todo más visible.

Nos cuesta sonreír sobremanera. En nuestro día a día, en la vida cotidiana, hay sequía de sonrisas. Como si la reserváramos sólo para supuestas “grandes ocasiones”, como si fuera un bien escaso que tuviéramos que racionar, vamos por la vida con gesto adusto, acelerados, inmersos en pensamientos que nos tiznan la cara de un gris impenetrable. No somos conscientes, pero seguramente nos inquietaría vernos desde fuera. Hoscos, severos, oscuros… ¿en serio tan malhumorados? Asusta subir al metro.

Sí, lo sé. Nos vemos acuciados por problemas, líos en el curro, en casa, la familia, gente cercana que lo pasa mal… Tanto que llevar para adelante que lo último que nos sale es sonreír. De acuerdo. Pues forcemos la sonrisa. Ni siquiera es necesario sentirla. Aunque no salga de dentro, tiremos de farsa para simularla (que no fingirla). Sigamos forzándola si hace falta, seamos no espontáneos (que no impostores), pero insistamos en ella.Es curioso pensar cómo un simple gesto lo cambia todo. Algo tan básico como echar las comisuras arriba y ya de paso acompañar con la mirada; sólo eso, suficiente. Fácil, sencillo, cómodo, gratis. Y aun así con efectos demoledores. ¿Por qué nos cuesta tanto entonces? ¿Por qué vamos con ese careto por la vida?

El impacto es tremendo; no sólo en nosotros sino también en aquellos con quienes nos relacionamos. Hay un “efecto mariposa” en las sonrisas.

Disfruto de la tarde y los reencuentros, de las viejas amistades, de las conversaciones. Al cabo la veo de nuevo. Unas chanclas amarillas, incoherentes con el vestido, han relevado a sus zapatos de tacón. De pronto me descubro observándola bailar, casi sin quitarle ojo de encima, atento a sus movimientos inconexos y a sus bruscos giros de cabeza al ritmo de pachangueo. Y qué va, no es guapa, concluyo. Al menos no en sentido literal, o desde un punto de vista “objetivo”, suponiendo que la belleza lo fuera. Creo que me explico. Pero es atractiva como pocas. Irradia una alegría contagiosa que sin quererlo engancha, atrapa, hipnotiza. Y, por encima de todo, ilumina el patio, ya a salvo de nubes y de agua, con esa sonrisa deslumbrante.

 

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2 pensamientos en “Más sonrisas

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